Capítulo 14
Vincent
Estoy en la casa de mis padres, con la mente enredada en pensamientos y sentimientos que no sé cómo resolver. A ratos, me sorprendo pensando en ese chico, Ivannok. Estoy asustado, manteniéndome a distancia. Siempre me enorgullecí de ser paciente, de no perder el control; mi trabajo lo requiere. Pero con él todo es diferente. Es increíble cómo me saca de quicio, haciéndome explotar por cualquier cosa.
—¿Todo bien? ¿Problemas con la custodia? —pregunta mi padre. Niego con la cabeza.
—No, papá. Eso aún no está resuelto. Es alguien de la empresa.
—Imagino que esos roces son normales, pero debe ser serio para que estés así. Llevas una hora mirando ese café como si quisieras asesinarlo.
—Es el comportamiento de alguien en la empresa. Me pone eufórico, me reta, hace lo contrario a lo que le digo.
No se guarda sus comentarios, dice lo que piensa y vive en mi cabeza. Me despierto con su rostro en la mente, preguntándome qué hará esta vez. Sé que oculta algo, pero no he podido descubrir qué. Ningún empleado me había desafiado así. Me siento cómodo hablando con mi padre, la única persona con la que puedo desahogarme sin ser juzgado.
—Parece que describes mi relación con tu madre. Era experta en meterse en problemas solo para hacerme enojar. La única que se atrevía a enfrentarme. Al principio, me enfurecía. Con el tiempo, entendí que no era enojo, sino frustración por no tener a esa mujer.
Guardo silencio. Debe haber un error. Es imposible. Nunca he cuestionado mi heterosexualidad; esa etapa de autodescubrimiento quedó atrás hace años. No puedo estar atraído por un hombre. Eso, tal vez, es lo que no me deja dormir. Me despido de mi padre, con los sentimientos revueltos.
Es de noche cuando llego a la ciudad. Recibo un mensaje de Alessandro pidiéndome que vaya al apartamento que antes era de su hermana. ¿Qué hace allí? ¿Para qué me necesita? Bajo del auto y entro al edificio.
Espero el ascensor, rezando por no encontrarlo, aunque en el fondo sé que quiero lo contrario. Suspiro aliviado cuando la espera es corta. Entro y pido el cierre de las puertas.
Alguien entra, pero estoy leyendo un mensaje de un viejo compañero que, como yo, lidera un equipo de seguridad privada. Su empresa tiene prestigio en la ciudad. Insiste en enviarme la foto de alguien vetado por el gremio, por orden de Antwan, el antiguo jefe de Fiorella. Decido responder.
—No estoy interesado en ayudar a ese maldito afeminado. Mi empresa no necesita sus favores, no le debo nada, a diferencia de ti. Si alguien pide trabajo y cumple las condiciones, lo aceptaré, especialmente si no le gusta a ese infeliz —quito la vista del móvil, exasperado, y me encuentro con Alexis mirándome, divertido.
—¿Mal día, señor? —no respondo, solo lo observo, pensando en las palabras de mi padre.
¿Es posible?
—Nada del otro mundo. Quieren vetar a alguien del gremio, y me niego a participar —noto que Alexis parece preocupado por lo que dije, lo que me intriga—. No me dejo llevar por rumores, Ivannok. Hago mis propias investigaciones. No sigo la opinión de los demás, ni dejo cosas a medias.
Algo en su mirada cambia. No hay altanería ni rebeldía. Sus ojos se tornan tristes. ¿Qué misterios esconde este chico? ¿Por qué la mención de la persona vetada lo asusta?
—Me alegro, señor. Hay personas a las que la vida no nos ha dado ni la oportunidad de empezar —dice con tono triste. Quiero retarlo, hacerlo hablar, provocar un error que revele quién es. Pero veo que no está en su mejor momento y dejo el tema para otro día—. ¿Viene a ver a Sofía? La dejé viendo anime.
—Muy típico de ella. Pero vengo por otra cosa. Alessandro y Pierre me citaron en el apartamento que era de Emma.
Las puertas del ascensor se abren. Alexis sale y camina hacia su apartamento. Esa amabilidad es extraña viniendo de él. Toco la puerta del apartamento de Emma, mirando hacia donde Alexis entra al suyo. No noto que Pierre ya me abrió y me observa, siguiendo mi mirada.
—¿Perdiste algo por allá, hermano? —dice, haciéndome mirarlo—. Pareces venir de un funeral. Entra, tenemos algo que contarte.
Entro, recordando a mi amiga Emma. Sé que está de luna de miel, pero la extraño. También extrañaré trabajar con ella. Tal vez es la única en quien puedo confiar lo que siento ahora. Me sorprendo al ver a Alessandro sin corbata ni chaqueta, en el bar, con un vaso de whisky y una botella casi vacía.
—Espero que no te hayas bebido todo eso —digo, notando su mal ánimo. Miro a Pierre, preocupado—. ¿Qué pasó?
Temo preguntar. Todo está demasiado calmado últimamente, lo que significa que algo grande viene. Tal vez es la custodia de mi hijo, pero no puedo relajarme.
—Será mejor que te sientes. Esto es largo. Alex se acaba de divorciar —dice Pierre. No lo esperaba. Pienso en el hijo que Sara espera, y como si leyera mi mente, Pierre continúa—. El hijo no es de él.
Como en una película de suspenso, me cuentan la historia más escabrosa imaginable. Me levanto y camino por la sala, sintiéndome culpable. Soy el encargado de la seguridad de los hermanos, y mi vista aguda está fallando. Dos veces el ruso me salvó, aunque no lo admita, y ahora esto.
—Me siento culpable —digo a Pierre cuando termina—. Lamento lo que pasas, Alex. Un divorcio es una pérdida. Al casarte, esperas que sea para siempre, pero a veces es "mientras dure". Me alegra que descubrieras la verdad.
—No eres culpable —dice Alex, con voz dura—. Si engañó a alguien que la conoció años y nunca vio nada raro, es porque estaba ciego. No escuché a mi hermana ni a Frederick. Hoy les agradezco por convencerme de esa cláusula. De no ser así, ella se habría llevado gran parte de la fortuna de mis padres, y ese enfermo habría ganado.
—¿Cómo lograste que firmara sin problemas? —pregunto a Pierre.
—O firmaba ahora, o esperaba a que naciera el niño y se demostrara que no era de Alex. Eso, y el escándalo público que amenacé con hacer, la impulsó a firmar.
—Siempre fue por dinero. Recuerdo lo enojada que estaba Sara cuando creyó que Pierre le dejó todo a Emma, y que Frederick le permitía manejar la empresa sin problema. Jason me confesó que nunca estuvo tan cerca de golpear a una mujer como cuando Sara maltrató a mi hermana. Me enojé con él y con ella por estar a la defensiva, y solo bajaron la guardia porque se los rogué. Hoy me arrepiento.
—¿No dicen que entregó el dinero a Dominic? ¿Por qué el secuestro? —pregunto.
—No tuvo oportunidad de dárselo. Él quería que se confiara. Imagino que el secuestro era para que Alex y Fiorella murieran, y el supuesto hijo quedara como heredero —responde Pierre. Me quedo pensando en lo inverosímil de todo. Es increíble que un solo hombre haya orquestado esto.
—La pregunta es, ¿por qué hicieron esto? Nadie planea tanto caos por nada. No lo justifico, pero es absurdo. ¿Hay alguna posibilidad de que ese niño sea tuyo, Alex?
—Antes diría que había probabilidades, pero nunca me dejó ir a los controles. Esta tarde, tras una discusión que no quiero recordar, fui a la clínica donde lleva el control. Me presenté, comprobaron quién era, y me dijeron que lamentaban mi esterilidad, que el niño estaba sano y la inseminación fue un éxito —veo los nudillos blancos de Alex apretando el vaso—. Dijeron que debía ser un gran amigo para aceptar un hijo de él. No, O'hurn, no es mi hijo. No tengo idea de por qué Anthony me odiaba tanto. Nunca hice nada, o eso creo.
—¿No necesitan tu aprobación? ¿No les pareció raro que el esposo nunca estuviera? —pregunto.
—El dinero hace que muchos miren para otro lado —responde Alex, con voz apagada.
Decido cambiar de tema, viendo su sufrimiento. Recuerdo lo del empleado que Antwan quiere vetar.
—Por cierto, no tiene que ver con esto, pero hay una foto de un ex empleado de Antwan circulando en las empresas de seguridad. Quieren obligarlo a volver al redil.
Veo a los gemelos mirarse, preocupados. Entornó los ojos; no es coincidencia. Algo raro pasa. Recuerdo por qué Ivannok dijo que los gemelos le dieron trabajo.
—¿Te dieron más información? —pregunta Pierre. Tendré que visitar a Thomson.
—No, y no pienso hacerlo —miento. No puedo delatarme. Algo ocultan, y tiene que ver con el ruso—. Solo hablaron de una traición, algo así. —les digo sin interés y regreso a lo que nos interesa —Hay algo en lo de Sara que no entiendo —digo, cambiando de tema para no levantar sospechas—. ¿Tuvo que ver con la muerte de su amiga?
—Tal vez Gabriela supo todo y quiso contarlo, y el padre ayudó a su hijo —dice Pierre.
—No quiero tocar más ese tema —dice Alex, calmado. Lo admiro; yo estaría furioso.
Por ellos supe que Fiorella y Jason regresarán en una semana, ahora en Londres con sus sobrinos. Ella aún no sabe lo ocurrido con su hermano. Sonrío; si Alex pasó página con Sara, Fiorella no lo hará. Algo me dice que le hará pagar cada sufrimiento causado a su hermano. Si vuelven en una semana, tengo siete días para hablar con Thomson y preguntar por ese empleado.
Ivanna
—¡Ángel! —grito al entrar—. Apresúrate, tenemos que volver a esa casa.
—¿Otra vez? Dijiste que mañana —se queja Sofía.
—Sé lo que dije. Pero Alessandro está en el apartamento del frente. Algo gordo pasó en esa casa, y tenemos que volver. Te dije que ayudaría, así que levanta ese trasero y vámonos.
La veo levantarse sin ánimo. Sé que no confía en que Alex se fije en ella, no porque se crea fea. Sofía no se siente hermosa, aunque lo es, y cree que no es suficiente para un hombre como él. Pero yo, que crecí viendo a una mujer de clase alta dejar todo por amor, sé que nada es imposible. La arrastro al auto, y emprendemos la huida.
—¿Por qué insistes, Alexis? Te conté porque no me dejabas en paz, no para esto. No quiero ser la amante de nadie, me guste o no.
—¿Quién habla de amantes, Sofía? En ese matrimonio pasa algo.
En el mismo lugar, observamos la casa. Todo parece en calma. Esperamos varios minutos, pero no hay movimientos extraños. No está el auto de Sara ni el de mi primo Alessandro, aunque sé que está reunido con la mole Vincent y su hermano Pierre; sus autos de lujo están en el estacionamiento.
Entramos en silencio. Busco con la luz del teléfono y vemos fotos esparcidas por la sala. Encendemos el interruptor. Sofía está de rodillas, mirando las fotos. Levanto una: Sara abrazada a un hombre joven. Lo reconozco; es el mismo que Evangeline humilló.
—Sabes, ángel, cada quien canaliza el odio como le enseñan —digo—. El día que empezó el odio hacia la hermana de mi madre, también se gestó el de Anthony. ¿Recuerdas la historia que te conté sobre cuando conocí a la hermana de mi madre?
—Sí, el chico al que golpeaban frente a su madre...
—Estás viendo a ese niño, Sofía —señalo la foto del chico abrazando a su madre—. Parece que el odio lo atrapó y lo envolvió. No niego que guardo rencor, pero siempre supe que la balanza se inclinaría al lado correcto.
—Es increíble. Aquí ella parece joven, antes de conocer al señor —dice Sofía, detallando las imágenes.
—Sofía, tienes el camino libre para conquistar a Alessandro D'Angelo. Si tengo que hacer de celestina, lo haré. Ese hombre será tuyo, ya lo verás.
—No digas tonterías, Alexis. Nunca me verá como más que una amiga.
Su paño de lágrimas, pienso.
—Tal vez —digo, sin dejar que su pesimismo me afecte—. Pero ahora será tu vecino. Un vecino que necesitará apoyo. Y tú, un cambio de look.
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