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Capítulo 15

Vincent

—Estos no son tus dominios, Vincent —dijo Thomson, haciéndome reír—. ¿Qué vientos raros te traen?

—Necesito un favor —respondí. Mi antiguo compañero me indicó que me sentara.

—Tú dirás —preguntó, curioso.

—¿Aún le provees personal a Antwan?

—Tengo algunos hombres allí —respondió—, pero él consigue los suyos propios. Hay trabajos que mis chicos se niegan a hacer.

—¿De dónde los saca? —Thomson alzó una ceja, así que aclaré—. Hace más de seis años, trabajaba con Antwan un ruso, meses antes de que secuestraran a mi jefa.

—No tengo rusos en mi planilla —dijo. Revisó su PC, negó, y buscó en los archivos.

Luego, con rostro serio, hizo unas llamadas. Lo observé hablar por teléfono con alguien del equipo de seguridad del francés, sin hacer preguntas, como solía ocurrir. Nuestras empresas estaban en la misma línea, pero no éramos rivales; nos prestábamos personal o favores.

—¿Qué buscas exactamente? —preguntó al colgar.

—A un ruso que trabajó para él en esa época —confesé. Asintió.

—Trajo cinco de Moscú hace siete años, los únicos rusos que ha tenido. Ninguno está con él ahora. Pedí los nombres, pero esa información demora. ¿Es urgente? —negué, y sonrió—. Te la paso antes de que acabe el día.

—Te debo una —dije, levantándome, tomando su mano y despidiéndome.

Salí con la sensación de estar más cerca de descubrir quién era ese hombre y el misterio que lo rodeaba. Miré la hora; faltaban casi doce horas para saber la verdad. Decidí ir a la construcción de la empresa. Anderson, el arquitecto a cargo, había pedido hablar conmigo.

Ivanna

Esperaba en la oficina a que los empleados se fueran a casa. William no dejaba de acosar a Sofía. Ayer, ella llegó al borde del llanto, temblando, diciendo que el hombre la había acorralado en la oficina tras insistir en que la necesitaba de noche.

El maldito aprovechó la soledad de la noche para lanzarse sobre ella. Por suerte, Sofía se zafó, pero llegó a casa afectada. Decidí que, si William quería una noche loca y un trío, se la daría, pero en su oficina y a mi manera.

Le di indicaciones a Sofía para que aceptara sus insinuaciones, pero solo de noche, cuando todos se hubieran ido. Traje el maletín de Antwan y le di las esposas a mi amiga.

El plan era que ella aceptara, pero lo convenciera de dejarse esposar a su silla y vendarse los ojos. Luego, yo entraría en escena.

Sonreí al recordar cuando Sofía me preguntó cómo sabía tanto si nunca había tenido sexo. Siempre fui curiosa. Al descubrir mi cuerpo y las sensaciones que me producía tocarme, compartí experiencias con compañeras de estudios. Cuando las charlas se volvieron profundas y agotamos las teorías, pasamos a la práctica. ¿Cómo le decía a la inocente Sofía que sabía besar y tocar gracias a esas experiencias? Le dije que era curiosa, que leía y veía videos. Nunca admitiría que esos "videos" eran películas subidas de tono.

Soy de mente abierta; besar a una mujer no me supone un problema. Pero Sofía era diferente. Su inocencia me preocupaba. Aunque me propuse ayudarla con mi "primo" Alessandro, tenía dudas. No sabía qué pasó en su matrimonio fallido ni cómo afectaría su comportamiento. No quería que Sofía pagara los errores de Sara.

Descubrí que Sofía era hija de uno de los fiscales más temidos y respetados del país. Lo confesó cuando vio su foto en una revista en el apartamento que, al parecer, su antiguo dueño dejó. Era de Texas. Al llegar a la ciudad, buscó trabajo en la empresa donde está ahora. Pocos sabían quién era. Se fue de casa porque sus padres la tenían en una urna de cristal. No tomaba decisiones propias. Estudió derecho por orden de su padre, cuando quería economía. Entró a la academia de ballet porque su madre lo decidió.

Tantas órdenes la llevaron a darse cuenta, al terminar su carrera, de que no tenía vida propia. Todo estaba construido por sus padres. La gota que colmó el vaso fue cuando le dijeron que le presentarían a su futuro esposo. Se negó a recibir más órdenes y se fue.

Su padre pensó que era una pataleta y la dejó ir, confiado en que volvería. Pero en el primer lugar donde buscó trabajo, la contrataron de inmediato, tras confesarle a la entrevistadora que no lo necesitaba, pero quería demostrar que podía vivir sola. ¿Quién era esa persona? Emma Bradford, con debilidad por mujeres indefensas. Desde entonces, tomó la causa de Sofía como suya y la apoyó en todo.

Que Sofía no creyera que Alessandro se fijaría en ella era miedo al rechazo. Se negó a profundizar, pero supe que ya la habían rechazado antes, y por eso no quería arriesgarse.

Me aparté de mis pensamientos al ver en un monitor del cuarto de seguridad en el sótano del edificio a Josep, el chico de publicidad, con su secretaria. Sonreí.

—Vaya, mira quién hace cochinadas ahora —dije en voz alta.

Había descubierto los secretos de muchos empleados. El de Recursos Humanos era sadomasoquista. El de Marketing tenía una relación extraña con un portero. Josep con la secretaria. Tantos actos raros que no alcanzaría a nombrarlos. El edificio era una versión moderna de Sodoma y Gomorra, pensé con sorna.

Uno por uno, los pisos se vaciaron, salvo el último, el de los dueños y el gerente. Envié un mensaje a Sofía diciendo que era hora de empezar. Respondió que subiera ya o se iría; no soportaba los mensajes subidos de tono de su jefe.

Decidida a acabar con el acoso a mi amiga, tomé el ascensor y subí, planeando mentalmente. Las puertas se abrieron, y salí apresurada al pasillo. No vi a Sofía en su sitio; ya estaba en la oficina. Caminé despacio. La puerta estaba entreabierta. Por la rendija, vi a William dejándose vendar los ojos, con una sonrisa digna de un anuncio de crema dental.

Lo vi esposado, con las manos atrás. Esa era la señal. Entré sin ruido y le di a Sofía la videocámara. Después de hoy, William estaría tan confundido que no volvería a acosar a mi amiga ni a ninguna mujer. Debía aprender que no es no.

Me quité el saco para no ser descubierta. Cuando Sofía dio la señal, me acerqué lentamente al hombre, rogando que no notara la diferencia de estatura. No podía sentarme a horcajadas; Sofía es más baja, y me descubriría.

—¿No me digas que te arrepientes? Hieres mis sentimientos —dije con voz melosa, sacándole una sonrisa.

Miré a Sofía; la cámara le temblaba. Tenía miedo, no por ella, sino por mí. No quería que me descubrieran. Eso me dio fuerza. Apoyé mis manos en los pectorales de William y lo alejé del escritorio para apoyarme en él. Acerqué mis labios a su cuello. Olía delicioso, y, si era honesta, yo también disfrutaría esto. Rocé su cuello con mi nariz, y lo sentí estremecerse. Mordí levemente su lóbulo, y gruñó.

Giró la cabeza, buscando mis labios. Sonreí, alejándome. "Aún no, grandulón". Puse mis manos en su entrepierna, sintiendo su erección. Seguí besando su cuello mientras desabrochaba su cinturón. No metería la mano, pero él no lo sabía. Lo vi retorcerse, intentando liberarse, murmurando algo en griego.

Paré cuando Sofía casi tropieza con la silla, buscando la mejor toma. Me iba a desconcentrar. Tras unos minutos de morder y besar, probé sus labios. William era atractivo y besaba bien. Gruñó al no poder zafarse.

—Déjame tocarte —dijo, con voz ronca—. Jamás pensé que besaras tan bien. Eres deliciosa.

Ignoré su súplica, mordiendo sus labios mientras masajeaba su miembro, que ya se alzaba orgulloso. Lo disfruté unos minutos, hasta que Sofía indicó que era suficiente. Rodé los ojos; era una aguafiestas.

—¿A dónde vas? No me dejarás así —dijo William.

—Lamento decepcionarte, señor York, pero el juego acabó —quité la venda. Sus ojos parecían salirse de las órbitas, mirándonos sin entender.

La confusión le duró poco. La ira lo reemplazó. Se movió violentamente, pero la silla lo impedía.

—¿Qué mierda es esto? —gritó. Sonreí, disfrutando el momento. Sofía estaba en la puerta, lista para huir si se soltaba.

—Es sencillo, señor York. Querías un trío, una de tus fantasías. Eso le dijiste a mi novia, y soy de mente abierta —me acerqué lentamente. Él impulsó la silla hacia atrás, alejándose, y mi sonrisa se ensanchó—. Di cómo empezamos, en qué equipo o posición quieres jugar —lo provoqué más, quería que recordara esto.

—No vuelvas a tocarme. Esto es un error, jamás debió ocurrir —escupió, confundido y enojado.

—Ve a casa, ángel. Iré más tarde. Asegura ese video —William notó la cámara en las manos de Sofía y abrió los ojos aún más.

—¡He dicho que te alejes! —gritó, viendo a Sofía correr despavorida—. ¡Vuelve aquí, Sofía!

—Grite todo lo que quiera, señor York —respondí cuando quedamos solos—. Nadie lo escuchará. Hace un momento disfrutaba, ¿se le olvidó? ¿Quiere que lo haga recordar?

—Aleja tus malditas manos. Está bien, ganaron. Dejaré a la chica en paz. ¿Eso quieres? Esto fue un error, no vale tanto —gritó, exasperado—. Dame ese video.

—Sofía vale eso y más. Sobre el video, lo siento, pero se queda conmigo. Es un recordatorio de tu desliz. Buenas noches, señor York —lancé las llaves al escritorio.

—No pueden dejarme aquí —gritó.

—No se preocupe, mandaré a alguien a soltarlo. No creerá que lo dejaré así.

Sonreí, salí de la oficina, bajé a mi piso y recogí mis cosas. Sofía me escribió; se llevó el auto, así que tomaría un taxi. Con la satisfacción del deber cumplido, bajé.

—El señor York necesita de uno de ustedes —dije a los chicos de seguridad—. Discreción, por favor.

—Sí, señor —respondieron a coro.

Salí a la calle. Lloviznaba, recordándome mi ciudad natal. Tomé mi gabardina, alcé el cuello y decidí caminar para ordenar mis pensamientos. El claxon de un auto me sacó de mi trance. El destino tenía otros planes.

—Buenas noches, señor —dije a Vincent, viéndolo salir del auto, mirándome interrogante.

—¿Qué haces a esta hora sin auto? —reclamó.

—Sofía se llevó mi auto, señor. Tenía un asunto pendiente con el señor York.

—Voy al mismo lugar. Te acerco —su tono fue amable, así que acepté.

Entramos al auto. Guardé silencio; no quería hablar ni estaba de ánimos para hacerlo enojar. Tomé mi móvil y miré fotos de mi familia.

—¿Estás bien? —preguntó. Alcé la vista de una foto de mi madre. Había preocupación real en sus ojos, algo raro en alguien hacia mí, salvo mi padre.

—Estas noches me recuerdan la casa donde crecí en Moscú. Es inevitable tener recuerdos, aunque los ocultemos. Vuelven en el momento menos esperado.

—¿Qué te trajo a América? ¿Por qué dejaste tu hogar? —su voz era calmada, sin reclamos. Me relajó. Por primera vez, podía hablar con él sin pelear. Estaba vulnerable, así que dije una verdad a medias.

—Ya no había hogar, señor. Mi padre estaba preso, y quise escapar de las miradas de reproche.

—Sé cómo es eso. La gente puede ser cruel e injusta al juzgar. Lamento lo de tu padre.

No preguntó qué hacía en prisión ni mostró el morbo habitual. Eso me gustó. No quiso saber más de lo que estaba dispuesta a decir. Decidí ser amable, solo por esta vez.

—Se metió en problemas por ayudar a mi madre y a mí. Cuando quiso salir, estaba hasta el cuello. Se hundió en el crimen y nos arrastró —dije, mirándolo fijamente.

El auto se detuvo en un semáforo. Nuestras miradas se encontraron. No había reproche en sus ojos, sino algo más, un sentimiento que no veía en años: comprensión, por una razón que desconocía. Vincent me entendía y no me reclamaba nada.

—Te entiendo más de lo que imaginas. ¿Sigue teniendo problemas Sofía con William? —agradecí el cambio de tema.

—Sí, señor, pero no se preocupe. Ya me ocupé —sabía que William no diría nada, y el de Recursos Humanos tampoco, no después de hacerle saber que conocía su secreto. No era el hombre decente y cristiano que aparentaba.

—Aun así, hablaré con Alessandro. No podemos permitir problemas, no con el Juez, por muy rebelde que sea Sofía.

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