Capítulo 7
Ubicar al grupo en la discoteca fue fácil. Éramos unas ocho personas, y la cabellera rubia de Sofía destacaba. Lo difícil fue mantener las manos de Rachel lejos de mí. Me costaba mantener a esa mujer a distancia, mientras Sofía observaba la incómoda situación con una sonrisa divertida.
—¿Cuándo harás valer tus derechos de novia celosa, ángel? —le dije, exasperada. Rachel estaba ebria, por eso toleraba su comportamiento. De pronto, una mano se posó en mi entrepierna, y brinqué de la silla—. ¿Bailamos? —rogué a Sofía, que solo me miraba, divertida.
Me levanté, ignorando a la felina, como la había bautizado.
—Después bailarás conmigo, guapo —dijo Rachel, claramente borracha. Puse los ojos en blanco mientras caminaba a la pista, tomada de la mano de Sofía.
Era un pretexto para alejarme. Nos fuimos a un rincón iluminado del lugar. Mala idea. Como todas mis decisiones, esta fue un desastre total.
—¿No se supone que eres mi novia? —le dije. Sofía solo sonreía.
—Es que es divertido ver tu cara de espanto cuando Rachel te toca. Sus manos parecen un pulpo —respondió, imitando las caricias de la felina.
—Eres el demonio en 1,60 de estatura —le dije, intentando ofenderla, pero ella solo sonreía abiertamente.
—¡Mierda! — exclamó, mirándome—. Tu lente. Tienes un ojo gris y otro azul.
—Si es uno de tus chistes, enana... —la amenacé, pero su rostro estaba pálido, tapándose la boca, asustada.
—¿Crees que lo notaron? —dije, intentando calmarme.
—No, pero la felina tomó como mil fotos. Recuerda que dijiste que querías que subieran a las redes. Sigo pensando que es una mala idea, Alexis —mi conciencia había hablado.
—Hay que borrarle las fotos, al menos las que me muestren nítida —ese era el plan. Ejecutarlo era el problema.
—¿Cómo se supone que haremos eso? Estás loca. Primero dices que quieres fotos, hasta te tomó una intentando besarte, y ahora quieres eliminarlas. ¿Cómo carajos lo hacemos?
—Cálmate, Frodo —la tomé de las manos. Sofía apretó los labios, enfadada—. Está borracha. Hay que llevarla a casa. Su móvil se desbloquea con el pulgar derecho; la he visto. El resto es sencillo. Solo tenemos que hacer que tome más.
—Y mientras tanto, ¿cómo ocultamos tu lente perdido?
—Tengo uno extra. Acompáñame —Sofía me miró con los brazos en jarras.
—¿Por qué tienes extras?
—Porque no es la primera vez que me pasa, Frodo. Vamos —la tomé por el brazo y entramos al baño de hombres, ante las miradas divertidas de los que estaban ahí.
—Ahora todos pensarán que tengo sexo contigo aquí —se quejó—. Me debes un favor si esto sale bien.
—Ángel, si me ayudas con este lío, seré tu esclava por un mes. Haré todo lo que me pidas, lo juro.
—Me conformo con que me ayudes en la oficina.
—¡Hecho! Y unas clases de defensa personal no te vendrían mal, ángel.
—Iré por más tragos —dijo Sofía, acomodando su vestido al salir.
—Estaban haciendo cochinadas en el baño —dijo Josep, el publicista puertorriqueño, risueño y buen bailarín, por lo que había visto.
Ignoré el comentario y me senté, cuidándome de no quedar al lado de Rachel, que se veía bastante mal. ¿No se supone que trabaja en un club? Debería estar acostumbrada a beber.
—Ahora me toca a mí, precioso. Quiero que hagas cochinadas conmigo también —Rachel se levantó y se plantó frente a mí.
—Quieta, Rachel. No has hecho más que acosar a mi novio, y te lo he dejado pasar. Pero si sigues, hablaré con Vincent —dijo Sofía.
—¿Qué importa Vincent? El maldito me dejó porque no quiero a su mocoso. Quiero mis propios hijos, no lidiar con un maldito mocoso enfermo.
Un silencio incómodo se instaló en la mesa. No tenía idea de lo que Rachel hablaba. Imaginé que el chico que había visto con Vincent era su hijo, pero no entendí lo del "niño enfermo". Rachel apenas se mantenía en pie. Al dar media vuelta, perdió el equilibrio, y ágilmente la sostuve por la cintura.
—Será mejor que la llevemos a casa, ángel. ¿Sabes dónde vive?
—Sí, vamos.
Llevar a Rachel al auto fue difícil. Intentaba besarme como Alexis.
—Tú sí me querrás, ¿verdad, guapo? Deja a la mojigata de Sofía y vente conmigo. Te prometo buen sexo.
—Eso no te sirvió para retener a Vincent —dijo Sofía, amargamente, afectada por el comentario.
—Está borracha, ángel. Concentrémonos.
—Aunque lo dijera borracha, lo pensó sobria.
—Tal vez, pero eso no significa que tenga razón. Apuesto a que tendrás más suerte con los hombres que ella.
—Eso lo dices tú, que tienes metros de pierna. Mira las mías. Hace una hora me llamabas Frodo.
—Solo bromeaba, ángel. Es por cariño. Eres hermosa, y más aún porque no te lo crees. Cuando empieces a creerlo, te volverás engreída y despreciarás a los feos.
Sofía sonrió. Le gustaba estar con Ivanna; era como una hermana mayor. Siendo hija única y sobreprotegida, lo valoraba.
Pronto llegamos a una casa de dos pisos, cerca de la de Vincent. ¿Casualidad? Me lo pregunté.
—Busca la llave en su bolso mientras la ayudo a entrar —pero Rachel no colaboraba; estaba decidida a desvestirme.
—Vamos, precioso, déjate querer —gruñí por lo bajo.
—Americanas calientes —murmuré.
—Te recuerdo que también soy de aquí, Alexis, y tu comentario no me hace gracia.
—Tú no, ángel. Eres la excepción en todo. No cambies nunca —dije, burlona, sacando a la terca mujer.
Entré al apartamento sin fijarme en los detalles, la llevé al único cuarto que encontré y la acomodé en la cama.
—Sofía, ángel, esto lo haces tú —Sofía entró y me miró, asombrada.
—¿Has visto sus fotos? Recortó al pequeño Mark.
—Después, Sofía. Ayúdame con ella; ya se durmió.
—¿Para qué ponerse pijama? Mejor desnuda —Sofía giró hacia donde hablaba y sostenía una diminuta tanga y un babydoll rojo.
—Nos salió pervertido el jefe —dije, haciendo que Sofía riera nerviosamente—. Deja de esculcar. Busca algo decente mientras borro las fotos.
Tomé el móvil de Rachel, lo desbloqueé con su pulgar y encontré las fotos.
—Dios, es una maniaca. Casi cien fotos. ¿Cómo encuentro las mías? Esto es un Tetris para mí.
—Tú vístela mientras yo las busco —tras unos veinte minutos, salimos a la sala, exhaustas.
—Recuérdame este día la próxima vez que quiera retar a mi jefe.
—Mira esto —Sofía me tomó de las manos y me llevó a una chimenea con fotos de Rachel y Vincent en un parque.
Todo normal, salvo que Rachel abrazaba a alguien más, cuyo rostro había sido arrancado.
—Son tres, míralas —confirmé que era cierto. Saqué mi móvil y pedí a Sofía que se alejara. Grabé las tres imágenes.
—¿Para qué haces eso?
—Nunca sabes cuándo necesitarás ayuda extra, ángel. Te dije que conmigo abrirías los ojos. Mira y aprende. Vámonos antes de que alguien nos vea.
Al salir, sonriendo, nos chocamos con Vincent, de pie junto al auto estacionado.
—¿Me pueden decir qué sucede aquí? —dijo, cruzándose de brazos y mirándonos.
—Rachel tomó de más, señor. La trajimos —respondí, inocente—. Pero está dormida; no creo que le sirva de mucho, a no ser que le guste la necrofilia. Vámonos, cariño, nuestra noche apenas empieza.
Lo vi girar hacia mí, enojado.
—¡Repite eso!
—Nuestra noche apenas empieza, señor —repetí, inocente—. Adiós, señor.
Me monté apresurada al auto con Sofía, que sonreía divertida ante la cara de indignación de Vincent.
—Te estaré vigilando, mocoso.
—No lo dudo, señor —dije, sacando una mano por la ventana y despidiéndome de un Vincent furioso.
—Te azotará el trasero cuando sepa quién eres, Ivanna.
—Cuando se entere, ya estaré en Moscú con mi padre, ángel. No podrá hacer nada.
Sofía me miró. No estaba tan segura de eso. Se veía que me gustaba hacer enojar a Vincent. La pregunta era: ¿por qué?
Vincent
Decir que había dormido sería mentir. Se sentía enojado y frustrado. Por un lado, estaban esas amenazas; por otro, ese hombre cerca de Sofía y trabajando en la empresa. El sonido del timbre lo hizo soltar el café y caminar hacia la puerta. Al abrirla, encontró a Rachel, de pie, con el rostro triste.
—Tienes que ayudarme...
—¿Qué deseas, Rachel? —preguntó, tosco.
—Necesito hablar con alguien, Vincent. Sé que no hay nada entre nosotros, pero anoche tomé de más...
—Lo sé. Te vi con Alexis, y te llevó a tu casa —interrumpió—. No somos nada, Rachel. No estoy enojado. Solo mantente lejos de mí y de mi hijo, por favor.
—¿Fue Alexis? ¿Estás seguro? No recuerdo qué pasó. Desperté desnuda, con mi cuarto hecho un caos. Me duele el cuerpo... Tengo miedo, Vincent.
—¿De qué hablas? —preguntó, nervioso y confundido—. Sofía estaba con él, y ella jamás...
—Tienes que ver cómo quedó mi apartamento. Es mi culpa; no debí tomar de más...
—No es tu culpa —interrumpió—. Nadie tiene derecho a aprovecharse del estado de indefensión de otro. Vamos a tu apartamento.
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