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Capítulo 6


Las miradas hacia la mesa donde estaba sentado no eran nada disimuladas. Todos parecían fascinados con el nuevo jefe de seguridad. La rapidez con la que me contrataron generaba aún más curiosidad. Alexis Ivannok era el nuevo tema de conversación en el edificio. La historia de la hermana perdida de los D'Angelo había pasado a segundo plano. Ahora todos hablaban no solo de mi contratación acelerada, sino del misterio que me rodeaba. No hablaba con casi nadie, salvo con Sofía, la nueva asistente, con quien, al parecer, tenía una relación. Se rumoraba que era su novio y que, gracias a mi cercanía con la CEO, conseguí el puesto rápidamente.

De no ser por mi supuesta relación con Sofía, todos pensarían que soy raro. Sentado en medio del gran salón, me sentía como un maldito ratón de laboratorio. Todos tenían la vista fija en mí, y no me gustaba llamar la atención. Prefería mantener un perfil bajo, como me había aconsejado mi padre. Había entablado una bonita amistad con Sofía; era alegre y divertida. Ella me sugirió mudarnos juntas para compartir gastos y solidificar la historia de que éramos pareja. Tenía mis dudas. No sabía cuán en peligro estaba. Hasta ahora, Antwan había estado callado; tal vez aún no me había encontrado.

Por otro lado, era mejor estar sola. Así, si tenía que huir otra vez, no arrastraría a nadie conmigo. Unas manos pequeñas se posaron en la mesa, haciéndome levantar la vista. Frente a mí estaba una mujer de ojos avellana, extraños, que podían parecer verdes desde ciertos ángulos, como los de un felino. Llevaba gafas peculiares, no sabía si de lujo o recetadas, labios rojos, era de baja estatura y tenía el cabello teñido. Suspiré.

Aquí vamos otra vez.

—Hola —dijo, sentándose frente a mí—. ¿Puedo sentarme?

—Si eso te hace feliz —respondí con despreocupación, mordiendo la manzana que tenía en la mano y buscando a Sofía por el salón.

—¿No hablas mucho? Soy Rachel Morris, la chica de las copias, así me dicen —su tono coqueto y el pestañeo rápido me alertaron.

Otra calenturienta más.

—Alexis Ivannok —respondí sin tenderle la mano. No sabía por qué, pero su cercanía no me agradaba.

Sexto sentido femenino o vista aguda Ivannok.

—Conozco Rusia. ¿De qué parte eres? ¿Llevas tiempo aquí? Me encanta tu acento, suena sexy —me miró a los ojos, buscando algo más. Seguía sin confiar en ella.

Demasiadas preguntas para mi gusto. Eso quise decirle con la mirada, pero no parecía entenderme.

—¿Qué es esto, un interrogatorio? —mi voz sonó brusca. ¿Por qué tantas preguntas? —. Soy de Moscú, llevo siete años aquí.

—No te alteres. Solo te vi solo y quise hacerte compañía. Es viernes, y solemos salir a la disco. Nos reuniremos a la salida, por si quieres ir —si tuviera una vida, quizás. O si el mastodonte me hubiera dejado menos trabajo—. Puedes ir con Sofí. Solo quiero ser amable. Mi novio está de vacaciones.

Eso último me alertó. Novio. Vacaciones.

—¿Imagino que hablas de O'Hurn? —pregunté.

La vi ampliar su sonrisa. Era hermosa, no había dudas. El mastodonte tenía buen gusto. Sería divertido coquetear con su novia solo para hacerlo enojar, pero eso implicaría que Sofía quedara como cornuda, y no quería eso. Ya se me ocurriría otra forma de molestarlo.

Le pagaría el exceso de trabajo.

—Gracias, ricura, pero tengo trabajo pendiente. En otra ocasión será —respondí, cortés.

—Se rumorea que sales muy tarde de trabajar. Es raro. Vincent siempre llegaba a casa después de dejar a Emma, a eso de las ocho. ¿No te adaptas, tal vez? Si necesitas ayuda, puedo echarte una mano —la miré, buscando algo falso, pero parecía sincera.

Una voz me decía que aceptara, que sería divertido verlo celoso. Otra me pedía que parara; no estaba en posición de buscar enemigos. Ya tenía demasiados y solo necesitaba esconderme el tiempo suficiente hasta contactar a Boris y que me dijera qué hacer.

—Gracias, lo tendré en cuenta —le dije, guiñándole un ojo.

—Toma, este es mi número —me pasó un papel, que observé con sorpresa. Acababa de decir que tenía novio—. Por si te arrepientes y quieren salir con nosotros. Es un buen momento para que conozcas a todos.

Alguien tapó mis ojos, y sonreí. El aroma a frutas que llegó a mi olfato era inconfundible.

—Llegas tarde, ángel —dije, agarrando sus manos.

Al ver a Rachel, noté un cambio en su mirada. Miré a Sofía, que no parecía notar la actitud de la mujer. Era demasiado inocente, quizás sobreprotegida, y desconocía el mundo real. Era un milagro que no la hubieran dañado.

—Estaba buscando esto —dijo Sofía, mostrándome un pichón molokó (leche de pájaro)—. Feliz cumpleaños, Alexis —se lanzó a mi cuello—. Una sola porción. Quería que estuvieras cerca de casa hoy.

—¿Es tu cumpleaños? Felicidades —dijo Rachel, levantándose de la silla, apartando a Sofía y sentándose en su lugar—. Si es así, no hay manera de que te niegues a salir con nosotros.

—Gracias, Rachel, pero tengo otros planes. Agradezco el gesto, pero me gustaría estar a solas con Sofía —intenté ser amable.

Sabía por Sofía que Rachel era humillada en la oficina. Era hermosa, pero con una autoestima del tamaño de un grano de café. Me había prometido que, antes de salir de la vida de Sofía, la haría una mujer segura, capaz de comerse el mundo. Sin embargo, pese a mi negativa, Rachel no se movió y volvió a sentarse frente a nosotros, mirándonos fijamente. Decidí ignorarla.

—Gracias, ángel. Es el mejor regalo que alguien me ha dado en mucho tiempo. Pero ¿cómo supiste que era mi preferido y de mi cumpleaños?

—Lo mencionaste cuando estábamos en tu apartamento con la señorita Fiorella —respondió.

Lo recordé. Fue el día de la despedida. Hablábamos de que solo faltábamos Sofía y yo en el grupo de cinco chicas por casarnos. Dijeron que yo era la mayor, que seguiría yo y luego Sofía. Mencioné que cumpliría 30 en diez días. Me sorprendió que lo recordara.

—Mi madre me lo hacía seguido. Desde que murió, no lo he vuelto a probar.

Recordar a mi madre aún dolía. Con mi padre era diferente; sabía que estaba vivo y que, tarde o temprano, lo volvería a ver. Tomé el postre y lo dividí en dos porciones. Era consciente de que todos nos miraban, pero no me importó.

—Hace unos días, alguien me dijo: "El que come solo, muere solo". Así que dividamos este amigo a la mitad, después de ti, ángel.

Sofía sonreía mientras comíamos el postre. Desde pequeña me encantaba, y mi madre me lo hacía como premio cuando ganaba una medalla. Recordar esa época de felicidad me llenó de melancolía.

—Es mejor irnos —dije tras unos minutos—. Fue un placer conocerte, Rachel, y gracias por la invitación. Otro día será.

Rachel no parecía feliz. Me divirtió notar que estaba frustrada por la llegada de Sofía. Algo me decía que saber la verdad le disgustaría aún más.

—Deberían tener cuidado con las demostraciones de cariño. Aunque la empresa es flexible con las relaciones entre compañeros, las distracciones no serán bien vistas.

—Eres un amor, Rachel. Gracias por hacérnoslo saber. No nos gusta follar por los pasillos, aunque confieso que sería interesante —vi a Sofía ruborizarse y sonreí—. Adiós, Rachel, y que te diviertas esta noche.

Rachel golpeó el suelo con su zapato. Sofía y yo salimos divertidas del salón.

—Quiere contigo, Ivanna.

—¡No! Quiere con Alexis. Pero dijo que tiene novio: O'Hurn —Sofía me miró, divertida.

—Habrá querido hacerse la interesante. Hasta donde sé, Vincent cortó con ella por celosa y posesiva.

Guardé silencio durante el trayecto a mi piso. Me despedí de Sofía y me instalé en mi oficina a seguir con el papeleo. Suspiré al ver la montaña de papeles y las llamadas para verificar las zonas. Una idea vino a mi mente cuando me senté.

(...)

Eran las diez de la noche cuando terminé el último papel. Sonreí satisfecha; a partir de mañana, saldría a la hora normal. Había olvidado por completo mi cumpleaños. Desde que mi padre fue encarcelado, dejé de festejar esa fecha; para mí, era un día como cualquier otro.

Envié el informe a mi jefe por correo y apagué el ordenador. Esto no se quedaría así. Si yo no dormía, el idiota tampoco. Con una idea fija, busqué el contacto de mi jefe y lo llamé. El teléfono sonó tres veces antes de que el tonto, puro músculos, contestara.

—Espero que sea de vida o muerte, Ivannok, o retorceré tu cuello y dañaré esa cara de bebé que tienes —dijo con voz ronca y somnolienta.

—Solo quería decirle, señor, que acabo de enviarle el informe que pidió —respondí, sonriendo.

—¿No podías mandar un mensaje, Ivannok? Creo que fui claro cuando dije que no quería ser molestado.

—Quería decírselo en persona, señor. Además, quería informarle que saldré con Rachel esta noche. Espero que no sea inconveniente. Hoy es mi cumpleaños, bueno, en realidad me quedan dos horas.

—Haz lo que quieras, Ivannok. No me interesa lo que hagas con Rachel —dijo mientras colgaba.

Su voz sonó ruda y áspera. Sí, le había jodido el sueño. Este tipo no dormiría, y valía la pena soportar a la pesada de Rachel por dos horas. Busqué su nota y la llamé. Luego contacté a Sofía, quien, para mi sorpresa, estaba con el grupo porque sabía que cambiaría de opinión. Tomé mi chaqueta, las llaves de la oficina y salí rumbo al lugar que me habían enviado. Me tomaría muchas fotos con la hiena de la novia de Vincent, que seguramente subiría a esas malignas redes sociales que tanto usaban y que a mí me disgustaban, pero que el mastodonte vería. Ahí me vengaría por hacerme trabajar de más.

¿Quién en su sano juicio grita en la calle qué comió o a dónde fue? Para mí, eso eran las redes sociales: como gritar en la puerta de tu casa qué haces o a dónde vas, pensé, divertida.

Vincent

Intentó dormir tras colgar la maldita llamada, pero le fue imposible. Sabía que ese ruso tramaba algo, y su rostro le era particularmente familiar. Era demasiado joven para ser del ejército. Se sentó en la cama, agradeciendo que su hijo estuviera con sus padres esa noche. Era viernes, y sabía dónde solía ir el grupo para festejar el fin de semana.

Entre más pensaba en su supuesto reemplazo, más intriga le causaba. Sabía que escondía algo. Tal vez tenía amenazados a Fiorella y a su amigo con algo; de otra manera, no se explicaba por qué lo contrataron por vía legal. Ya tenía suficiente estrés con el nuevo jefe y la empresa que insistían en que dirigiera.

—Empecemos a investigar. ¿Quién eres, Alexis? —dijo, levantándose y vistiéndose rápidamente.

En una hora, estaba frente a la barra, vestido de negro, con su cabello rubio recogido y oculto bajo una gorra de béisbol. Observaba al grupo departir. Todos en la mesa tomaban, menos él. Tampoco bailaba, pese a ser invitado varias veces por las chicas del grupo.

Sofía sí tomaba, y Rachel había bebido de más, pero ella no le importaba en ese momento. Era Sofía quien le preocupaba. Su cercanía con ese ruso no era sana. La chica, aunque independiente, era hija de un hombre poderoso que no dudaría en joder si su única hija salía herida. Se quedó toda la noche en ese lugar y tuvo que decirle a Alex dónde estaba, pues quería que hiciera algo en ese instante.

—¿Qué tiene ese hombre que no haces más que hablar de él y perseguirlo? —dijo Alex por teléfono.

—Aún no lo has visto. Cuando lo veas, te darás cuenta de que oculta algo. El tipo es raro y anda con Sofía. No me gusta —confesó—. Debo colgar.

No esperó respuesta y colgó. Vio que al ruso le costaba lidiar con Rachel, que parecía haber bebido de más. Apretó los puños al notar que ambas mujeres estaban tomadas, una más que la otra. Que él no hubiera bebido toda la noche lo hacía peligroso. El recuerdo de su hermana llegó a él, y cómo su estado de ebriedad fue aprovechado por esos cuatro infelices. Sin pensarlo dos veces, pagó y decidió seguirlo...

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