Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 5

Estás jodida, Ivanna, ahora sí estás acabada, pensé mientras llegaba al edificio. Miré al guardia y lo saludé con un leve movimiento de cabeza. No era muy dada a hablar, no en ese lugar. Temía que, en cualquier momento, dijera algo que me delatara. Además, aún resonaba en mi mente lo que mi padre me había recomendado: Reducir el número de amigos, cero confidentes.

Contarle a Fiorella y Jason lo que me sucedía fue por necesidad. No tenía otra opción; necesitaba ayuda, y solo ellos podían dármela sin temer a mi exesposo. Si quería que me ayudaran, debía ser sincera. Subí al piso donde estaría mi nueva oficina y entré sin tocar.

—¿No te enseñaron a tocar? —dijo Vincent.

Se levantó frente a mí, y contuve la respiración. La noche anterior, con la adrenalina, no había reparado tanto en él. Definitivamente, estaba ante un dios griego, como esculpido por Miguel Ángel. Me sobrepasaba en estatura, y eso me fascinaba.

Caminó hacia mí sin decir palabra. Sus ojos azules estaban oscuros y brillantes.

—¿No crees que tienes algo que decirme? —se acercaba peligrosamente. Retrocedí como única defensa, sin saber a qué se refería.

—No sé de qué hablas.

Brillante, Ivanna, ahora se te olvidó pronunciar un idioma que hablas desde los doce años.

—¿Querrás decir "no sé de qué hablas"? Me encanta tu acento, se me antoja de lo más excitante —su voz sonó ronca, removiendo algo dentro de mí.

¿Qué me sucedía? ¿Estaba flirteando con Alexis? ¿Era homosexual? Diablos, tengo un imán para estos tipos, pensé.

—¿En serio pensaste que podías engañarme, Ivanna? —puso sus manos en mi cintura y me atrajo hacia él.

Sentí su aliento, el latir de nuestros corazones en sintonía rítmica. Me quedé petrificada. Había sido descubierta. ¿Qué debía hacer? Sabía que Vincent era íntegro; jamás se prestaría para ayudarme. Y si le contaba quién era mi padre, menos aún. Nadie en su sano juicio querría vínculos con la mafia rusa, al menos no alguien cuerdo o decente.

Pasó sus manos por mi cuello, y sus labios buscaron los míos. Presionó mi boca, mordió mi labio inferior levemente, haciéndome soltar un gemido que aprovechó para introducir su lengua. Este hombre sabía lo que hacía.

—Te escapaste ayer de mí, pero ahora es diferente. Estamos solos aquí, no podrás salir —susurró en mi oreja, besando mi cuello.

Me rendí ante lo evidente. Deseaba a este hombre con todas mis fuerzas. Ya daría explicaciones después, ya pensaría después. Por ahora, solo quería concentrarme en él, en lo ardiente que se sentía el roce de sus dedos en mi piel mientras me desvestía. Siempre creí que me gustaban las mujeres; incluso hice cosas atrevidas. Pero desde que lo vi en ese parque, supe que no era así.

Hice lo mismo que él. Quería sentir su piel, saber si era tan magnífico como lo veía de lejos. Sentí sus manos soltar mi pantalón, que se deslizó al suelo.

—Hermosa —lo escuché decir mientras me contemplaba desnuda.

Sus enormes manos acariciaron mi abdomen, me acorraló contra la pared, y sus dedos descendieron a mi intimidad, donde el calor crecía. Las manos de Vincent eran fuego puro, calentando todo a su paso.

—Ángel —escuché decir—. Eres mi ángel —y entonces oí la voz de mi padre.

Así me decía Alexis. Me alejé bruscamente y vi su rostro cubierto de sangre.

—¡No! —el grito de terror que salió de mi garganta me hizo despertar. Descubrí que no solo temblaba de miedo, sino que estaba mojada—. Papá —dije con voz temblorosa.

Mi entrepierna estaba húmeda, y mi corazón galopaba a mil. Me senté en la cama y miré la hora: las tres de la mañana, demasiado temprano para alistarme. El rostro de mi padre en el sueño fue tan real que me asustó. Debía contactar a Boris cuanto antes; tal vez mi padre estaba en peligro. Me levanté y tomé una ducha fría.

Tras unos minutos, mi cuerpo seguía agitado. Solo había una manera de liberar tensión: correr o ir al polígono, pero este último era demasiado temprano. Tomé un short corto, una camiseta ajustada, y un gorro que cubriera mi cabeza y parte de mi frente. Decidí no usar lentes de contacto; quería ejercitarme como Ivanna. A veces necesitaba ser mujer. Me miré al espejo, buscando algún parecido con Alexis. Aliviada al ver que no lo había, decidí no usar las vendas que ocultaban mis senos. Con la confianza de que no encontraría a nadie, salí a la calle.

Las calles estaban desiertas cuando comencé a trotar, primero despacio, acelerando mientras los recuerdos me golpeaban: el rostro de mi padre, la muerte de mi madre, su prisión, los rechazos, llegar a un país extraño, los insultos al descubrirse los vínculos de mi padre con la mafia...

Iba tan sumida en mi dolor que, al cruzar una calle, no vi el auto que venía hacia mí. Sentí que me empujaban a un lado de la vía, y el auto frenó a pocos metros. Alcé la vista y vi salir a una mujer con uniforme de médico. No temblaba; en ese instante, con mis recuerdos, la muerte parecía mi mejor salida.

—Lo siento, no la vi, y ella cruzó sin mirar.

La mujer no me hablaba a mí, sino al hombre que me había salvado del accidente. Su rostro estaba en la penumbra. Giré para agradecerle, sin saber por qué aún me sostenía por los hombros. Me alejé de su contacto, que me quemaba, y me levanté como pude. Al mirarlo a los ojos, me sorprendí.

"Vincent."

—¿Te encuentras bien? —asentí levemente con la cabeza. No podía hablar; sería descubierta si no lo había sido ya.

—Estás helada. No es buena hora para ejercitarte, menos con ese atuendo. ¿Lo sabes? Hay mucho loco suelto —su voz era amable, protectora. Me alejé más, manteniéndome en la oscuridad—. No se preocupe, ella está bien. Yo me encargo; solo está asustada.

Aproveché su distracción con la conductora para huir. Corrí como si mi vida dependiera de ello.

—¡Hey, espera!

Lo escuché a lo lejos, pero no me detuve. Corrí en dirección opuesta a mi casa para que no me asociara con ella. Sentí sus pasos detrás de mí y aceleré hasta que no lo oí más. Me detuve, apoyándome en una pared, con la respiración agitada y el corazón a punto de salirse. No sabía si era por correr, por tenerlo cerca o por temor a ser descubierta, pero estaba fría como el hielo.

El trote de regreso fue más lento. No sabía si acudir a esa cita o buscar otra forma de trabajar. Tal vez debería contactar a Charlie. Primero llamaría a Jason para decirle que me retiraba, luego a Boris para saber de mi padre, y por último buscaría al hombre de la foto.

Llegué a casa y miré la hora: las cinco de la mañana. Le envié un mensaje a Jason contándole lo sucedido. Su respuesta no tardó, asegurándome que averiguaría si Vincent sabía algo, pero que no creía que me hubiera reconocido, pues de ser así, lo habría llamado.

Confié en que tuviera razón. Cuarenta y cinco minutos después, recibí una llamada de Fiorella.

—Buenos días, Ivanna. ¿Estás bien? Jason me contó lo del accidente —su voz preocupada me conmovió.

Seguramente era así por haber sido educada en otro hogar. Los York eran malas personas. La madre biológica de Fiorella era una vil ladrona y bruja. Ella tuvo la culpa del sufrimiento de mi madre en Londres; si no hubiera revelado lo que encontró en Moscú, mi madre no habría sido dañada.

—Estoy bien —dije al fin, cuando encontré mi voz—. Lamento molestarlos tan temprano. Solo fue el susto. En realidad, me preocupa lo de tu amigo. Mira, tengo otra persona que tal vez pueda ayudarme. Lo mejor es que no los meta en mis problemas. Ya tienen bastante con lo que han vivido.

—No digas tonterías, Ivanna —me interrumpió—. Estamos despiertos; nos vamos al aeropuerto. Y de Vincent no te preocupes, no se dio cuenta de quién eras. Está intrigado por la hermosa mujer que salvó, pero no logró ni tu nombre. Está frustrado —su risa me alivió, pero no del todo; tenía reservas. Ese hombre era un hueso duro de roer—. Además, muñeca, te lo debo. Déjame ayudarte. Por ayudarme, estás en esto.

—No tengo tu fe. Ese hombre es astuto. Deja de hacer de celestina, que no te queda —sabía que hablaba con mi jefa, pero saber que él estaba interesado en mí hizo que mi corazón se acelerara.

—Conmigo no tienes que hacerte la ruda, rusa. Vi cómo te lo comías con los ojos, no te hagas. Eso sí, no dejaré que le hagas daño. Ya ha sufrido mucho.

¿Sufrir ese? ¿Quién sería tan estúpida para dejar a un monumento de hombre así?

—Fiorella, dejemos eso. No dañaré a nadie —me defendí—. Tengo cosas más importantes que buscar pareja. Soy consciente de que tu amigo me odia, y desde ya huelo a problemas.

—Eres una aguafiestas —respondió, riendo, mientras yo negaba y buscaba mi atuendo—. Ustedes harían una hermosa pareja. Ya quiero ver esos hijos tan hermosos que tendrán. Yo seré la madrina y te ayudaré con los nombres. Me imagino una boda...

—Adiós, Fiorella —interrumpí—. Tu futura boda te tiene viendo parejas en todos lados. Felicidades.

—Nos vemos en tres meses, y me cuentas cómo te fue.

Colgué y miré la hora. Brinqué de la cama; tenía una hora para alistarme. Llegaría tarde. Cubrir mis senos y caderas no era fácil. Vendaba mis pechos y usaba una prenda debajo para disimular mis curvas.

Casi cuarenta y cinco minutos después, salí apresurada rumbo a la oficina. No tenía más remedio que aguantar el regaño en mi primer día oficial. Ni modo, no había otra opción más que soportar al idiota. Llegué con cinco minutos de retraso, rezando porque él se hubiera varado.

Pero no fue así. Al entrar, Vincent estaba detrás de su escritorio y, sin mirarme, habló.

—Llegas tarde —su voz fue un gruñido. Solté el aire, derrotada.

—Buenos días, señor, y lo lamento —no me miró a los ojos; tenía la vista fija en unos documentos que parecían más importantes que cualquier cosa. Carraspeé ante su silencio—. ¿Para qué me necesitaba a esta hora?

—Dejaste a Emma sola —dijo como respuesta.

—El señor Frederick me encomendó otra tarea —no era del todo mentira, pensé, divertida—. La dejé en el club. Luego llevé a alguien más a su casa. El jefe dijo que estaría con Fiorella, que la cuidaría, y me mandó a casa.

Alzó la vista y, por primera vez, me miró a los ojos. Tragué en seco, rezando todas las oraciones que sabía para que no me recordara. Mentalmente, repetía: Estaba oscuro, no me vio.

—¿A quién llevaste? —su voz sonó ansiosa, casi ronca.

—Es confidencial, señor —la venganza era dulce, pensé, sosteniéndole la mirada.

—Soy tu jefe —rugió—. Me debes informar de todo lo que suceda con Frederick y Fiorella.

—Puede que tenga razón, señor, pero esto último tengo prohibido revelar: a quién y a dónde llevé —insistí—. Usted no es mi jefe, el señor Frederick sí. Le recuerdo que soy su reemplazo y que, técnicamente, no tengo por qué obedecerle.

—¿Te estás burlando de mí? —se levantó, rodeando el escritorio. Mi sueño vino a mi mente, y di varios pasos atrás.

—¡No, señor! Eso jamás, solo obedezco órdenes... ¡Señor! —tartamudeé, porque su presencia me hacía sentir calor en todo el cuerpo.

Tres avemarías y lee todo el Nuevo Testamento, parecía escuchar al sacerdote de la escuela de señoritas si confesara mis pensamientos lascivos.

—¡Mira, jovencito! —me señaló—. No te las des de listo conmigo. Sé que algo te traes, y lo descubriré.

—Será mejor que guarde la distancia, señor. No quiero dañarle —me puse de lado y alcé los brazos. No quería lastimarlo y me negaba a pensar por qué. Lo vi soltar una risa fuerte que debió oírse en todo el edificio.

—¿Sí que tienes fe en ti? ¿Has visto tu decrépito cuerpo? —me miró de arriba abajo, y yo hice lo mismo.

—Existen cosas más importantes que los músculos, señor.

—¿No me digas? ¿Cómo cuáles?

Replicó, levantando una ceja y sonriendo de lado. Metió las manos en los bolsillos y se apoyó en el escritorio, con una pierna sobre la otra. Solté el aire, aliviada; había tomado distancia, y podía respirar sin su cuerpo tan cerca.

—El punto débil de su posible contrincante, señor. Todos lo tienen, y usted no es la excepción.

—Esto es realmente interesante —me miró, buscando burla, pero al cruzarse de brazos, noté que parecía genuinamente interesado—. Cuéntame, Ivannok, ¿cuál es mi lado débil?

Su boca formó una media sonrisa que se me antojó sexy. Quise lanzarme sobre él y besarlo como en mi sueño. Aterriza, Ivanna, concéntrate o estarás frita, le dije a mi niña interior.

—Su pierna izquierda —señalé, y él alzó aún más la ceja—. La falla es leve, señor, pero la tiene. Tal vez una herida de bala. ¿Fue marine? O un accidente de auto —hablé rápido al ver que no me quitaba la vista del rostro, temiendo que me asociara con la rubia de la despedida o la mujer que salvó del accidente—. El punto es, señor, si tuviera que pelear con usted (cosa que no es mi intención, créame), ese sería su punto débil. No se necesita ser una bola de músculos, solo saber dónde golpear.

—Buena deducción. ¿Kickboxing?

—Taekwondo, señor.

—¿Desde qué edad?

—Tres años, señor. De lleno a los ocho, y oficial desde los doce. Mi padre era máster —obvié que está en la cárcel y que es mafioso.

Lo vi sorprenderse, pero no dijo nada.

—Entiendo —dijo tras una larga pausa—. Será mejor avanzar con lo que nos interesa —rodeó el escritorio, y supe que la discusión había terminado—. Te daré las pautas que debes seguir: cuadrar los horarios, verificar el estado de los chicos, llamarlos regularmente y pedir sus informes —asentí. Podría haberle dicho que sabía qué hacer, pues lo hice con Holsen, pero eso implicaría más explicaciones o mentiras—. En esta agenda están los nombres de cada uno, y en estos papeles, los lugares que les corresponden. Necesito que me informes tras verificar su estado. Por ahora, te encargarás de este edificio y los chicos de seguridad. Como sabes, estoy oficialmente de vacaciones, así que si estoy aquí es para hacerte un favor. ¿Entendiste todo, jovencito?

Entrecerré los ojos y lo miré fijamente. Sabía que quería que renunciara, por eso me cargaba de trabajo, esperando que me asustara y huyera. Te tengo una sorpresa, mastodonte; yo no salgo corriendo, adoro los retos.

—Entiendo, señor —respondí con mi mejor sonrisa. Fue su turno de mirarme con sospecha.

—Eso espero, porque no quiero que me llames para preguntarme tonterías. Recuerda que estaré fuera —amenazó.

—Sí, señor.

—Es todo —dijo, entregándome unas llaves—. Estas son de la oficina y del auto de la empresa. No quiero que llegues tarde otra vez. Debes ser el primero en llegar y el último en salir. La seguridad del edificio y de tus jefes depende de ti.

—Sí, señor —dije, irónica.

—¿Algo más que aportar? —negué, y lo vi rodearme. Su aroma llegó a mi olfato, excitante—. Bien, entonces, bienvenido.

—Felices vacaciones, señor.

No me miró. El idiota salió de la oficina, y podría jurar que en sus labios había una sonrisa de burla. Lo hacía deliberadamente.

—Te llevarás una sorpresa conmigo, idiota —dije, lanzando un lapicero a la puerta cerrada. Giré y vi la montaña de papeles en mi escritorio—. Esto será un caos.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro