Capítulo 44
VINCENT
No me entusiasmaba la idea de la despedida de soltero, pero ahí estaba, junto a mi amigo, hermano y ahora compadre, Frederick. Acepté con una condición: solo iría si alguien nos acompañaba. Yo iría con Frederick, y ella con María. No es que la idea me encantara; María con Ivanna era como mezclar gasolina y fuego. Ambas tenían un temperamento libre y peligrosamente desinhibido.
—¿Puedes quitar esa cara de funeral? María sabe comportarse, y ya es hora de que confíes en tu futura esposa —dijo Frederick. Lo sabía, pero no era solo eso. Me preocupaba qué tramaba Frederick; si desconfiaba de María, con él era peor. Conocía lo diabólica que podía ser su mente con los "juegos".
—¿Me dices dónde carajos vamos? Me has tenido dando vueltas por toda la maldita ciudad —protesté. El auto se detuvo frente a un club nocturno. Lo reconocí al instante: era donde llevé a Ivanna para darle una lección, y terminé siendo yo el sorprendido—. ¿En serio? ¿De todos los clubes de la ciudad, tenías que elegir este? —Frederick se burló abiertamente.
Maldije internamente por haberle contado el tormento que fue lidiar con el ruso los primeros meses y cómo me vengué de Ivanna al descubrirlo.
—No te preocupes —me calmó—. Te gustará el espectáculo. Tu futura esposa me hizo prometer que no besarías a nadie y que tus manos se mantendrían lejos de cualquier curva femenina. Espero cumplir su palabra. Solo te casarás una vez por la iglesia. Después de mañana, estarás atado. Es tu último día soltero, disfrútalo. Te aseguro que el matrimonio no es color de rosa, y si queda embarazada... si ya la considerabas la hija de Lucifer, embarazada será la reencarnación de Lilith.
Bajó del auto, y no tuve más remedio que seguirlo. Lamenté no traer el móvil; Frederick insistió en que no lo lleváramos, recordando cómo él y Fiorella se fugaron de su propia despedida. Resoplé al entrar. Allí estaban los gemelos, Omat y Alexis, el padre de Ivanna, en un lugar decorado con globos blancos, azules y rojos. Alcé una ceja; eran los colores de la bandera rusa. Supe que nada bueno vendría.
—Espero que tu impertinencia no me salga cara. No necesito recordarte qué pasó la última vez que hice enojar a Ivanna —le dije a Frederick.
—No te preocupes. Supe por un pajarito que ellas tampoco cumplirán esa parte. Diviértete. Tienes a tu suegro; él evitará que hagas una estupidez —respondió. Precisamente eso me inquietaba: la presencia de Alexis. Aunque me había tratado como a un hijo, si Ivanna heredó su temperamento endemoniado, no quería enfadarlo.
—¿De quién fue la brillante idea de traerlo? —pregunté mientras nos acercábamos.
—Mía. Y él aceptó gustoso. Dijo que la última despedida a la que asistió fue la de Charlie, hace siglos —respondió Frederick.
Reímos mientras nos uníamos al grupo. Había conocido al famoso Charlie, aunque Frederick ya lo había visto en casa de su abuelo. Me sorprendía que la muerte de Epson no le afectara. Quizás era porque lo que descubrieron confirmó sus sospechas. Imaginaba que esperaba que fueran solo eso, sospechas. La carta de Epson lo cambió todo; no me dieron detalles, pero supe que se incriminó.
La lectura del testamento fue otro golpe para la familia Frederick. El 70% de los bienes de Epson pasó a Matthew y Jasón, los únicos que podían perpetuar el apellido. El 30% restante se dividió entre sus hijas y sobrinos. La noticia cayó como un balde de agua fría; muchos esperaban que Epson cediera ante la negativa de Matthew y Jasón de liderar la empresa.
El treinta por ciento de los herederos quisieron vengarse del anciano intentando vender las acciones al mercado. Se llevaron otro golpe, aun más fuerte. No podían venderse a nadie más que a su hijo o nieto.
Matthew asumió el mando de inmediato, acordando con Jasón involucrarse por períodos para no perderse los primeros años de sus hijos. Su esposa tomaría las riendas después, algo que no le gustó a Frederick, pero aceptó tras la promesa de su padre de ayudarlo.
—¿Cuánto te costó convencerlo de que no se metería en problemas con Ivanna? —preguntó Alexis, viéndome llegar con desconfianza.
—Evité mencionar un par de cosas, pero era la única forma de que aceptara —respondió Frederick.
—Vamos, hombre, cambia esa cara. Mañana te casas, disfruta —dijo Pierre.
Alex, en silencio, vaciaba y llenaba su vaso. Imaginaba por qué se volcaba al alcohol y buscaba peleas en bares, de donde su hermano o cuñado lo rescataban tras ser reconocido.
—No te preocupes, nadie quiere ver a Ivanna cabreada. Nos conviene portarnos bien. Ella tiene ojos en todos lados, especialmente aquí —dijo Omat. Sus palabras parecían inocentes, pero sabía el trasfondo.
Iba a replicar cuando una música resonó. Giré hacia el escenario, y lo que vi me enfureció. Era una mujer rubia, vestida de hombre, con cabello corto, bailando y acercándose peligrosamente. Miré a Frederick y los demás, que se reían.
—Estoy seguro de que esto es una de tus malditas bromas, Frederick. No dejaré que se me acerque —dije, apartándome bruscamente. Para mi sorpresa, Alexis y hasta Alex reían—. ¡Que se aleje, joder! Si no dejé que Ivanna me tocara con esos trapos, menos a ti.
—Fuiste afortunado —dijo Alessandro—. La idea original era un travesti, pero ninguno cumplía los estándares de Jasón. Medié para no ser tan cruel.
—¿Qué se supone que responda? ¿Gracias? —dije, irónico. La mujer era hermosa, no tanto como Ivanna, pero lo era. Solo esperaba que esto no llegara a sus oídos, o estaría en problemas.
—No te preocupes, solo disfruta. Seguro mi hija está haciendo lo mismo —dijo Alexis, tendiéndome un trago. Lo tomé de un sorbo, lo que provocó más burlas. Que Ivanna se "divirtiera" no me tranquilizaba; todo lo contrario.
IVANNA
La idea de Vincent con Frederick no me daba paz, especialmente tras su respuesta cuando le hice prometer que no se acercaría a ninguna mujer: "Solo si tú me prometes lo mismo". Estaba rodeada de tres mujeres más emocionadas que yo por el espectáculo que estaba por empezar. Conocía el club; era donde se celebró la despedida de Fiorella.
—Arriba ese ánimo, Ivanna. Mañana serás la señora O'hurn —dijo Sofía, levantándome el ánimo cuando debería ser al revés. Era un ángel que no merecía sufrir lo que vivía—. Sabes que está con tu padre. Ellos incumplieron el trato; es justo que hagas lo mismo.
—Sofía tiene razón, querida. Disfruta. Ya planearemos excusas; tengo un par de mentiras bajo llave —dijo María, guiñándome un ojo.
—Vamos, es tu momento. Algo me dice que no será la última despedida a la que asistamos, así que aprovecha —añadió Fiorella, mirando a Sofía, que pareció no escuchar. Conocía a mi amiga; dudaba que su matrimonio con Alex por la iglesia se diera pronto. Sacudí la cabeza; era hora de alegrías, no de tristezas.
Una canción me hizo mirar al escenario. Iba a tomar un trago, pero me detuve. Un hombre alto, de cabello largo y rubio, torso desnudo, me miraba directamente. Era obvio a quién imitaba; no era Vincent, aunque sabía mover la pelvis magistralmente. Reí, pensando en grabarlo para que mi futuro esposo aprendiera esos movimientos.
Me sentí extraña. En otro tiempo, habría disfrutado e incluso participado, pero hoy no quería, aunque el hombre era atractivo. Se acercó y levantó. Cuando supe que planeaba frotar su pelvis en mi cara, retrocedí como si quemara.
—¡Demonios, no! —dije enérgicamente. Él tomó mi negativa como un desafío y siguió acercándose. Suspiré y me senté—. Haz tu numerito de quinta, pero mantén tus manos lejos de mi cuerpo. Y, si es posible, tu pelvis a metros de mi cara.
El stripper alzó una ceja, divertido, y siguió avanzando.
—Ya me aclararon que eres una cliente especial y que ignore tus pedidos — me hablo en ruso, él no maneja el idioma magistral ¡Era tan ruso como yo!
Mis amigas reían, viéndome con la boca abierta.
—Alguien cercano dijo que solo un compatriota tuyo podía con tu genio. Acepté gustoso —explicó Fiorella, riendo.
—Y nos hizo descuento, ¿cierto, chicas? —añadió Sofía.
No podía creer que ella estuviera en esto, pero ya me vengaría de las Minions.
—Acabemos con esto, pero lo de las manos y la pelvis sigue en pie. Si quieres conservar tus dedos... —lo miré a los ojos, con mi mejor sonrisa.
No terminé la frase, pero mi mirada lo decía todo. Las carcajadas de las tres me hicieron sonreír. No me conocían del todo; yo había inventado la maldad y la picardía. Si creían que me quedaría de brazos cruzados mientras este remedo de Tarzán me bailaba, estaban muy equivocadas.
CHARLIE
—Todo está bajo control. La familia no hizo muchas preguntas. Matt y su hijo están furiosos por lo que descubrieron, así que no les importa cómo pasó. El resto solo buscan métodos para vender sus acciones—dijo Charlie, alzando su bebida hacia Viktor. Ambos sonrieron; era un alivio.
—¿Cuándo viajas? —preguntó Charlie.
—Mañana. Espero tu llegada en cuatro meses —respondió Viktor.
—Sabes que debo esperar un poco, papá. No puedo hacerlo tan rápido. Hemos esperado mucho; un poco más no hará daño. Kathy y los niños viajan contigo, así que al menos para buscar a mi mujer e hijos, iré a ti —dijo Viktor. Charlie rio ante la carcajada de su hijo.
—Te dejo, papá. Me están sacando el jugo estos últimos meses. Te quiero.
—Yo también —respondió Charlie, colgando. Miró por la ventana; la llovizna le recordó el día que mató a Epson.
FLASHBACK
Charlie metió las llaves en la vieja cerradura de la casona Frederick, rogando que no la hubieran cambiado. Giró la llave y sonrió al ver que cedía. Si había un dios para los sicarios, estaba de su lado. Entró al pasillo oscuro, cerrando la puerta sin hacer ruido. Se quedó quieto, acostumbrándose a la penumbra. Una vez que distinguió el camino, avanzó. La puerta llevaba a las oficinas de Epson, sin cámaras de seguridad, para su alivio. Se sentó en un rincón, miró la hora: casi las 2 de la mañana. Si Viktor estaba en lo correcto, era la hora en que Epson no dormía.
Aunque ya no ponían fotos ni actrices que representaran a Geraldine —todas extranjeras, fáciles de convencer por dinero—, Charlie lamentaba no cumplir el plan original: llevar a Epson a la locura para que confesara. Conocía a Epson; era más probable que se pegara un tiro antes que admitir sus pecados. Sacarlo del juego era mejor; así, Viktor y la esposa de su nieto estarían a salvo. Luego vendrían los Rogers, y la paz llegaría.
Epson, controlador, pronto descubriría lo importante que era la hija de los D'Angelo para su nieto. Llegó a sopesar la idea de asesinar a Fiorella. Ese matrimonio y sus hijos impedían que tomara las riendas del negocio. Epson solo sabía eliminar obstáculos, y Charlie lo había ayudado antes. No se engañaba; también quería vengarse. Epson y Holsen lo llevaron a un callejón sin salida, manipulando todo. El ruido del picaporte lo alertó. Epson entró, con su pijama de seda gris y el cabello desordenado. Encendió la luz y dio un salto al verlo.
—¿Qué son estas horas de visitar? —dijo Epson, con voz cansada—. Casi me matas del susto.
—Vine a despedirme. Entregué la empresa a sus nuevos dueños. Es hora de mi retiro —respondió Charlie, viendo a Epson rodear el escritorio y pararse frente al bar.
—Enhorabuena —dijo Epson—. Es bueno que un amigo se libre de la mierda. La mía me absorbe cada día más. ¿Un brindis por los viejos tiempos?
Charlie asintió, recibiendo la bebida. Mientras Epson buscaba algo en la caja fuerte, Charlie sacó un polvo del bolsillo y lo disolvió en el whisky del magnate.
—Tengo un regalo de despedida —dijo Epson—. No sé si lo recuerdas, pero fue el trato. Cumpliste magistralmente.
Charlie recordaba. Esas cintas grababan todas sus conversaciones, asociándolo con las muertes, incluida la de la madre de Jasón y los Rogers.
—¡Vaya! Aún existen —dijo, fingiendo sorpresa, tomando las cintas—. El mejor regalo, Epson.
Epson alzó su bebida, sonriendo.
—Por los viejos tiempos...
—Querrás decir por los nuevos —respondió Charlie, viendo cómo Epson se tomaba el whisky de un trago, como era su costumbre.
Agradecía que el veneno actuara rápido. Epson no podría llamar a seguridad, y nadie notaría su ausencia hasta el mediodía. Últimamente, deambulaba por los pasillos, hablando solo, y se levantaba tarde. El personal tenía prohibido despertarlo. Epson se llevó la mano a la garganta, enrojeciendo en minutos. Era tan diestro en la empresa y en contratar a los mejores, que la misma funcionaba sin él, por lo que podía darse el lujo de no acudir por días.
Eso contribuyó con el plan.
—Fuiste tú y Holsen quienes le hicieron creer a Antwan que yo maté a sus padres —dijo Charlie—. Sabías que él descubriría que tú los asesinaste por esas tierras que no te vendieron. Tierras con petróleo que te hicieron poderoso. Junto con Holsen, me culpaste. Antwan no vio tu artimaña; no distinguía una cabeza de un culo. Yo no me quedo con lo que no es mío —sonrió con malicia, viendo los inútiles intentos de Epson por hablar—. No te esfuerces. No puedes respirar ni moverte. Cuando salga, tus órganos habrán colapsado.
De la boca de Epson salía espuma. Charlie dejó una carta escrita y una pluma en el escritorio.
—No subestimes a tu oponente, Epson. No hay enemigo pequeño. Tú mataste a mi mujer y mis hijos, pero soy hombre de principios. Tus hijos no pagarán tu error; tú lo harás. Fue un placer servirte. Gracias por las cintas.
Se levantó, revisó sus guantes negros y sonrió. Epson estaba muerto. Dejó una tarjeta de una cuenta a nombre de Epson en una gaveta, la misma que usó para comprar el veneno por correo, enviado a una de sus casas. Al salir, respiró el aire puro. Era libre. Caminó bajo la llovizna, sintiendo paz por primera vez en años. Todo salió como planeó. Solo faltaba que Viktor y el cerebro tras esto hicieran lo suyo. Tomó un móvil desechable y marcó.
—Llueve en Nueva York. El clima es perfecto para un café. ¿Te tomas uno?
Una risa respondió, seguida de las palabras esperadas.
—Quizás en unos meses. Estoy fuera de la capital...
—Es una pena. Para entonces no estaré en el país, pero te enviaré una postal —colgó, desarmó el móvil y lo tiró en un contenedor. Caminó hacia la estación del metro, libre de cámaras, un camino que Viktor le hizo memorizar.
FIN DEL FLASHBACK
—Abuelito, ¿nos lees un cuento? Una de tus historias —la voz de sus nietas lo sacó de sus recuerdos. Sonrió, mirando a los niños de 6 y 9 años, la luz de su vida, quienes lo obligaron a retirarse para protegerlos.
—Claro, pero hoy leemos. A tu padre no le gustan mis historias de policías y ladrones; no queremos enojarlo —dijo. Los niños negaron, sentándose a su lado. Viktor, el mayor, tomó un libro favorito y se lo acercó.
—Bien, la historia comienza así...
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