Final
VINCENT
El día llegó, y con él, la ansiedad que me perseguía desde hacía semanas. Temía no ser el hombre adecuado, que Ivanna se cansara de mí, de nuestros problemas. Ella quiso que la boda fuera en el rancho, en el jardín que su madre tanto amaba. No permitió que nadie la viera vestida, ni siquiera Sofía. Solo dos hombres podían entrar: su padre, Alexis, y su hermano, William, cuando ella lo indicara.
Escogimos el lugar por su privacidad y para evitar a la prensa, que no nos dejaba en paz desde que se supo que Ivanna y William eran hijos de Christine York. Estar del otro lado de la moneda era nuevo; siempre fui el protector, y ahora era el protegido. Eso me fastidiaba. Intenté ajustar mi pajarita por quinta vez, pero mis manos temblaban. Gruñí, frustrado, y me senté en el borde de la cama.
—Un dólar por tus pensamientos —dijo Jasón desde la puerta, con una mano en el bolsillo, mirándome fijamente—. Me mandaron a vigilar que no huyas. Tienes cara de arrepentido.
Lo miré en silencio. La herencia, la prensa, los rumores que decían que me aprovechaba de Ivanna me tenían furioso. Aunque Jasón me aconsejó ignorarlos, era imposible no oírlos. Se sentó a mi lado y ajustó mi pajarita.
—¿Cómo sé que soy el indicado? ¿Que la haré feliz? ¿Cómo lidias con la prensa y llevas una vida normal? No quiero defraudarla. Siento que merece más —dije, con la voz quebrada.
—Primero, es normal querer que sea feliz; eso piensas cuando amas de verdad. Segundo, la prensa no importa. Eres la novedad ahora, pero pronto dejarán de perseguirte. No eres tan importante, no te enojes —dijo, al ver que iba a protestar—. Que no quieran la junta directiva de los York ayuda. William no tendrá tanta suerte; los escándalos son su hábitat —me palmeó los hombros, sonriendo—. Mi muchacho se casa. Estoy orgulloso de que encontraste a alguien tan loco como tú.
Sonreí, sabiendo que intentaba calmarme. Admiraba la capacidad de Jasón para no rendirse ante la adversidad.
—Aunque estoy preocupado por tu futura esposa —continuó, con una ceja alzada—. Nadie la ha visto comprar o probarse un vestido. Es independiente, pero necesitaría ayuda, y no ha pedido nada a nuestras mujeres. Hoy no deja que nadie entre donde la arreglan.
—No digas estupideces, Jasón. Ivanna no haría... —me callé al ver su expresión irónica. Me levanté y caminé hacia la salida, pero William entró, bloqueándome.
—¿No tengo privacidad ni en mi cuarto? —me quejé.
—No, a menos que vayas al altar —advirtió William—. El novio espera a la novia, no al revés. Mueve tu trasero. Alexis fue por ella, y me enviaron a asegurarme de que estés en el altar. No me des problemas, porque te arrastraré si es necesario.
Sabía que venía de verla, así que pregunté a quemarropa:
—¿Cómo está vestida? ¡Joder, dime si lleva ropa de mujer!
William rio, entendiendo mi preocupación.
—Te sorprenderás, tanto o más que yo. Si va vestida de hombre, ¿no te casarás? —preguntó, mientras salíamos con Jasón.
—Claro que me casaré. La conozco; dijo que se vengaría por la despedida de soltero. Por cierto, ¿dónde estabas? No fuiste —dije, al llegar donde estaban Alex, Pierre, Omat y Marck.
—¿Qué importa cómo esté vestida? Cuando amas, solo quieres que ocurra. El lugar y la ropa son lo de menos —dijo Jasón, mientras el grupo se unía.
—Tu futura esposa está por salir. Apresúrate o no vivirás hasta la luna de miel —bromeó Pierre, haciendo reír a todos.
El lugar estaba adornado con rosas amarillas y blancas, las favoritas de Ivanna. Vi un piano en un rincón, que no estaba esa mañana. Miré a los demás, que parecían no saber, y a Marck, que sonreía extraño. Últimamente salía con Omat por las tardes y no decía adónde. Llegué al altar y esperé. William y Pierre tenían razón: apenas llegué, vi a Ivanna salir del brazo de Alexis, con Verónica, Emma, Sofía y María detrás. Solo nuestros amigos y familia cercana estaban allí, incluida Evangeline y su esposo en primera fila, junto a mis padres. Aunque Ivanna y su tía no se llevaban bien, ella y Alexis acordaron dejar las diferencias por hoy.
—Creo que me casaré con un ángel —dije, viéndola caminar hacia mí, sonriente.
—El diablo fue un ángel —bromeó Jasón—. Aunque admito que tienes razón
—Recuérdame, ¿qué haces aquí? —repliqué, molesto.
—Asegurarme de que no huyas —dijo, fingiendo limpiarse las uñas.
—Pues no me iré. Ve con tu esposa e hijos —respondí, viendo a Ivanna y Alexis acercarse.
IVANNA
Al terminar de arreglarme, me levanté y me miré en el espejo. El regalo de mi padre era un vestido idéntico al que usó mi madre en su boda. De niña, veía esa foto y soñaba con llevar uno igual, pero ese deseo se desvaneció con Antwan. Nunca imaginé que el hombre que observé en un parque se convertiría en mi esposo, ni que caminaría al altar con alguien dispuesto a aceptarme con mis demonios. El reflejo mostró a William entrando, observándome en silencio.
—Qué hermosa estás. Si Vincent tiene dudas, las disipará al verte —dijo, acercándose. Algo en mi rostro lo preocupó—. ¿Qué pasa?
—¿Sabes si me está esperando? Con lo de la prensa, no está acostumbrado, y yo... —no terminé. William me abrazó y besó mi frente.
—Me aseguraré de que esté en el altar. No creo que necesite amenazas, pero estoy dispuesto a hacerlas —dijo.
No sabía qué era más absurdo: William amenazando a Vincent o él yendo obligado. Le agradecí y lo vi partir. Quince minutos después, entró mi padre. Intenté contener las lágrimas al ver sus ojos humedecerse.
—Tu madre estaría orgullosa. Eres un ángel, pequeña —dijo. Parpadeé, recordando a mi madre. Daría todo por tenerla aquí—. No llores. Ella está feliz; nos ayudó a que este día llegara.
—No es momento de tristezas. Ella lo odiaba. Aceptó cada golpe de la vida y siguió adelante. Vamos, tu hermano ya discutió con Vincent porque quería venir —dijo. Salimos, encontrándonos con Verónica, Fiorella, Sofía y María.
—Alguien está ansioso —bromeó María, viendo a Jasón mirar hacia nosotras.
—Conociendo a Jasón, está fastidiando a Vincent —dijo Fiorella, acercándose a sus hijos, que estaban con primas de Frederick.
El silencio llenó el lugar mientras caminábamos hacia Vincent. Al llegar frente a él, mi padre se detuvo.
—Antes de entregarte a mi hija, quiero contarte una historia. Érase una vez —dijo, haciendo sonreír a todos— un hombre feliz con su esposa, yo. Cuando supe que sería padre, oré por primera vez. Pedí una niña, y Dios me la concedió. Fui el primero en tenerla en brazos, y quise ser un buen hombre para ella. Pedí que fuera como su madre: bondadosa, sonriente, fuerte. Pero también como yo: terca, obstinada, rebelde. Sabe manejar un arma mejor que yo, golpea más fuerte. Lo que me obliga a preguntar... ¿Eres consciente de con quién te casas? —Vincent asintió, sonriendo, mientras yo lo golpeaba en el hombro, haciendo reír a todos—. Cuando supe que estaba sola aquí, pedí a Dios que la hiciera feliz. Entonces te conoció. Nunca la vi tan radiante. Gracias por amarla y cuidarla. Te entrego mi tesoro más valioso. Vincent, no la cagues.
Todos aplaudieron mientras mi padre, con ojos húmedos, me entregaba. No era fácil para él, ahora libre, verme casada, pero mi felicidad era su recompensa.
La ceremonia fue perfecta. Giorgio entregó los anillos, ya que Marck dijo estar ocupado con algo que no quiso revelar. El "los declaro marido y mujer" llegó, aliviándome tras el "si alguien se opone, hable ahora". Temí que Claire apareciera, quien rechazó la ayuda de los D'Angelo. William nos separó para felicitarnos.
—Ya tendrás tiempo en la luna de miel —dijo ante la cara de desconcierto de Vincent.
Perdí la cuenta de los besos y bailes. Aunque era una boda sencilla, sonreía y abrazaba mecánicamente. De haber sido la boda ostentosa que querían mis primos, habría huido con Vincent y Marck. En un rincón, abrazada a él, veía a los invitados divertirse cuando Marck subió a la tarima del piano. No tuve tiempo de preguntar qué hacía. Omat y su hermana subieron con él, ayudándola a sentarse.
—Sabes que siempre pedí una mamá, ¿verdad, papá? —dijo Marck—. Nunca te dije que quería a alguien que también te quisiera —sacó un papel, ayudado por Omat—. Siempre quise una mamá para Navidad y cumpleaños. Llegaron algunas, pero no eran las correctas. A veces veía a papá triste, solo, en la oscuridad. Una noche llegó tarde a recogerme. Me quedé dormido y, al despertar, lo busqué. Lo encontré llorando. Oré, enojado, porque Dios no me escuchaba. Ese día quería que lo hiciera.
Sentí a Vincent apretar mi cintura. Lo miré; lloraba, y no supe cuándo empecé a hacerlo yo.
—No sabía que me vio. Fue el día que tocaste mi puerta —susurró, abrazándome más.
—Al despertar, te vi dormida en el cuarto de visitas. Supe que eras mi mamá. Prometí cantar para ustedes en su boda. Tío Omat y tía Emma me ayudaron. Espero les guste. Los amo —dijo Marck, —Hoy, agradezco tener salud, pero también ver a papá feliz como siempre pedí —finalizó empezando a cantar.
—No sabía que cantaban tan bien —dije, refiriéndome a Omat y su hermana—. Aunque nuestro hijo no lo hace mal.
—A Emma ya la había oído, pero a Marck y Omat no. Creo que nació el nuevo Kurt Cobain —bromeó Vincent.
Reímos, emocionados y llorando, viendo a Marck cantar. Esa era la sorpresa que nos tuvo inquietos. Al terminar, mientras todos aplaudían, corrimos hacia él, tomados de la mano. Marck se bajó y se acercó, sonriendo.
—Nosotros te amamos más —dije, mientras Vincent lo cargaba y abrazaba.
—Alguien dijo que los amigos son la familia que Dios te deja escoger —dijo Fiorella desde el piano—. Nuestra amistad nació en un momento difícil, pero encontrarte en esa carretera fue un acto de amor de Dios. Soy afortunada de tenerte como hermano, Vincent. Este es mi regalo de bodas.
Miré a Vincent, consciente de que la vida fue dura, pero cada dolor nos llevó aquí. Tenía un hogar, un esposo que me amaba, un hijo maravilloso, un hermano, sobrinos, y a mi padre libre. No podía pedir más.
—Aún te debo un favor y una disculpa, ¿recuerdas? —dijo Vincent en el avión a Moscú. Quería que conociera mi mundo. Sonreí, recordando el día que nos presentaron.
—Me debes muchas más —bromeé.
—¿Qué tal si las pago en el camino? —dijo, besándome—. Por cierto, esto es tuyo. Tenías razón; me dio buena suerte —me tendió la moneda de la suerte de mi padre.
—Quédatela. Tu suerte es la mía —respondí, abrazándolo.
Verónica, William, Christine. La familia que Dios nos permitió escoger.
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