Capítulo 43
IVANNA
—¿Es una broma? ¡Vamos, saquen las cámaras! —grité, mirando a todos lados. Estábamos en la casa de William, diferente a la que conocía: sobria, amplia, elegante, más acorde con su personalidad. Vincent, mi prometido, estaba a unos pasos, pero no decía nada—. ¡Vincent, di algo, maldita sea! —mi voz resonó en el salón.
Vincent bajó la mirada, negando con la cabeza, algo apenado. Suspiró fuerte, soltando el aire, decidido a enfrentar mi furia.
—No tengo cómo saber si lo que dice es verdad, salvo por una prueba de ADN —empezó, con voz firme pero suave—. Me temo que William tiene razón, cariño. Conoce los detalles. Lo lamento.
Sus palabras me golpearon más fuerte que la revelación que acababa de escuchar. William, mi medio hermano o tío —ni siquiera sabía cómo llamarlo—, era hijo de mi madre, Christine, producto de una aberración. Mi mente se nubló.
—¡Esto no puede ser verdad! —susurré, pasándome la mano por el rostro—. Es asqueroso... Ella... cuánto debió sufrir —un sollozo se me escapó mientras Vincent me abrazaba, su calor intentando contenerme.
—No te pedimos que lo tomes bien. Sé lo que sientes... —dijo William, pero lo corté.
—¡No! —grité, mirándolo furiosa—. No lo sabes. No digas que sabes cómo me siento.
—¿Crees que es fácil para mí? —respondió él, exasperado, con los puños apretados y las venas marcadas—. Saber que ella debió odiarme por lo que representé. Yo era producto de su humillación, su dolor —golpeó su pecho, con los ojos brillando de rabia y tristeza—. Ella pudo deshacerse de mí. ¡Era una aberración! Pero quiso tenerme. No eres la única que sufre—suspiró, dándome la espalda. Su cuerpo estaba tenso; apoyó la cabeza en la pared, intentando calmarse—. No tengo por qué mentirte. Mi nombre al nacer no era William, sería Iván Alexis. Christine creía que tu padre me aceptaría. Puso los nombres de su esposo y el padre de Alexis —caminó hacia un lado de la sala, mirando el jardín.
—Es una monstruosidad. Ella estaba sola en todo esto... —murmuré, con la voz rota.
El silencio en la habitación era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Lo que se narraba no era fácil de digerir: el acto más vil que un padre podía cometer contra su hija. Mi madre, violada por su propio padre, William York. La idea me revolvía el estómago.
—Christine siempre decía que presentía que estabas vivo —empezó mi padre, Alexis, rompiendo el silencio—. Intenté buscarte. Viajé a Londres y hablé con William York, pero lo negó todo. Nunca se me ocurrió revisar registros de nacimientos; la respuesta estaba tan a la vista... Ella escribió un diario, su forma de desahogar el dolor, como si supiera que algún día lo leerías, Iván —sonrió a la nada, mientras todos lo observábamos en silencio—. Por absurdo que pareciera, la apoyé y guardé ese diario —suspiró, mirándome abrazada a Vincent—. Está entre las cosas que llegarán en unos meses. Vendí la casa que construimos para nuestro hogar, pero no me deshice de los recuerdos. Si quieres saber más de Christine y tu familia, tienes todo a tu disposición. Pero no lo considero prudente, dado que tienes una familia que te acogió como suya —concluyó, mirando a William.
No era solo curiosidad por mi origen lo que me movía; había algo más. William estaba envuelto en un misterio. Vincent me lo mencionó una vez, y yo intenté indagar por Sofía, pero ella se negó a decirme nada. Ahora entendía por qué.
—¿Sabes qué me duele? —dije, mirando a William, mi hermano—. Pude contar contigo, con un hermano que me apoyara cuando todos me señalaban, cuando fingían quererme. Nunca habría ido a América. Me arrebataron la posibilidad de no estar sola. A mi madre no le importaba lo que dijeran de ella; admiraba eso. Pero pensar en su dolor... era su padre. Mi padre es mi héroe —señalé a Alexis—. Jamás lo imaginaría en un acto así —hice una pausa, con lágrimas en los ojos—. Cometí el error de juzgarla. Daría todo por retroceder, decirle que iría a esa cárcel, que escucharía a papá, que no discutiría por cosas absurdas...
—Al menos tú tienes ese recuerdo, Ivanna —reclamó William, su voz temblando—. ¿Crees que fue fácil para mí descubrirlo? Entre más investigaba mi pasado, más asco sentía por mí mismo. Estoy aquí gracias a Verónica, mi esposa. Ella me apoyó, se quedó en Moscú mientras yo viajaba a América, intentando hablar contigo, Alexis. Te negaste a recibir visitas, salvo las de tu abogado. Verónica no era familia, y no sabíamos mucho entonces, solo que Ivanna llevaba el nombre femenino que me correspondía.
—Asi fue en un comienzo, después te permití verme—le recordó mi padre y el asintió—. Cuando caí preso, Holsen envió a su abogado, pero me negué a aceptar su ayuda. Lo conocía; me la cobraría después, y mi hija estaba demasiado decepcionada de mí. Por primera vez, quise hacer las cosas bien —miró a William—. ¿Cuántos años llevas casado?
William sonrió, divertido. Yo también estaba intrigada; hasta donde sabía, tenía una prometida, Dios sabe dónde.
—Esa misma pregunta iba a hacer —dije—. Hasta donde sé, William, tienes una prometida.
—Nos casó un Elvis Presley y una Marilyn Monroe algo borrachos —rio, recordando—. La rubia que entró a mi casa, con la que me fotografiaron arreglándole la camisa, era mi hermana. Encontrar a mi prometida no fue fácil.
Imaginé que hablaba del día que salí corriendo tras recibir esas fotos y una llamada. Pero, ¿quién las tomó? Solo estaba esa pelirroja. Miré a William, que asintió, confirmando mis sospechas. Era mi hermano todo este tiempo; no estuve sola. Mi abuelo no solo destrozó a mi madre, le quitó a su hijo.
—Es una larga historia —continuó, encogiéndose de hombros—. Llevamos unos diez días casados, seis años de noviazgo, dos hijos, y seguiremos contando —caminó hacia una puerta. Un niño de unos cuatro años entró, mirando a todos con curiosidad.
—Papi... —dijo, deteniéndose al ver a Alexis. Se quedó mirándolo fijamente.
—Este es mi hijo, William. Saluda a tu tía —le dijo al niño.
El niño seguía observando a Alexis, que sonreía divertido. Por un momento, el conflicto pasó a segundo plano; el pequeño William y Alexis se volvieron los protagonistas.
El niño caminó con pasos inseguros hacia mi padre, que se inclinó y extendió los brazos. William observaba, asombrado.
—No es muy sociable —explicó—. Cuando supe que tenía un hijo, ya tenía casi dos años. Verónica temía que lo rechazara; era muy apegado a ella. Pero al verme, me miró fijamente, como ahora, y caminó hacia mí. Hoy es tan dependiente de mí como de su madre.
Ver al bebé fue una experiencia nueva, pero cálida. Tener a alguien de mi sangre frente a mí era distinto. Aunque los hijos de Emma y Jasón eran familia, este niño tenía algo de mí, de mi madre, de William. Me miró con la misma curiosidad que antes miró a su padre, y luego sonrió.
—Cuando mi abuelo Giorgio me contó que era adoptado, lo hizo en secreto —continuó William—. Yo iba a administrar el negocio familiar como mayor de Los Vryzas. Pero, como en toda familia, hubo celos. Un primo, quería ese puesto. Descubrió que no llevaba su sangre y me investigó. Así supo, al mismo tiempo que yo, la aberración detrás de mi concepción.
—La has pasado mal —dijo mi padre y él solo asintió.
—No entraré en detalles —siguió—, pero ahora está tramitando quitarme el apellido Vryzas. Por suerte, trabajé con mi abuelo y construí una pequeña fortuna. Compré las empresas de Pierre y Jasón, pero necesitaré socios para inyectar capital, o no podré seguir.
Su voz, aunque firme, tenía nostalgia. Miraba a su hijo, jugando con Alexis. Mi padre me miró, y supe a qué se refería. Como hijo mayor de Christine, William debía ser el heredero. Mirando a mi sobrino, supe que era lo correcto; William tenía la experiencia que yo nunca tendría para manejar ese dinero.
—Hay dos formas de resolver esto —dijo Alexis—. No sé cómo funciona lo del apellido, pero puedes demostrar que eres hijo de Christine, por Ivanna. Sabes del testamento; solo un hijo de mi esposa puede recibirlo. Ni Ivanna ni yo queremos ese dinero, no sabremos administrarlo. Podemos hacer algo, ¿no crees? —William lo miró, sorprendido, mientras yo me sentía orgullosa de mi padre—. No es solo orgullo, aunque hay algo de eso. Mi esposa sufrió por ese dinero. No lo necesito, ni mi hija. Hablo por ambos.
—Tiene razón —dijo Vincent—. Decir que eres hijo de Christine sin contar el resto haría de tu vida una cacería de brujas. Y Demitrius no dejaría pasar la oportunidad de humillarte.
—¿Demitrius es tu primo? —preguntó Alexis. William asintió, sin ánimos.
—Las Vryzas han obedecido siempre: primero a mi abuelo Demitrius, luego a sus esposos, —explicó—. Están enseñadas a seguir órdenes de hombres. Si Demitrius dice que no llevaré el apellido Vryzas, así será. Los demás obedecerán, por cuestión de orgullo y de sangre. No se considerará lo que opinen las mujeres. Pero, aunque me quiten el apellido, seguirán siendo mi familia, aunque no me vean así.
Imaginé que quitarle el apellido era por miedo a que William reclamara el dinero de los Vryzas. Sería solo York. Intenté pensar en una solución, pero Vincent habló primero.
—¿Es complicado aparecer como hijo de Alexis y Christine? —preguntó Vincent —Ese era el deseo de ella. Eras Iván Alexis Ivannok York. Que las cosas tomaran otro rumbo no importa ahora. Estás con la familia que debió ser tuya. Aunque tienes un nombre en tu profesión, seguirías siendo William York. Sería cuestión de aceptar el retiro de los Vryzas y negociar el silencio. Él obtiene lo que quiere, y tú, paz.
—Sería buena idea, pero ser hijo de un exconvicto es tan doloroso como la verdad. No creo que William quiera esa publicidad, no con su empresa bien posicionada —dijo Alexis. Odié sus palabras, pero tenía razón; podía dañar la imagen de William.
—Sería un honor ser tu hijo, Alexis, mejor que serlo del miserable William York —respondió William—. Negociaré con Demitrius. Si no se puede, buscaremos otra solución. Por ahora, el dinero no es urgente.
—Mientras hablas con Demitrius, mi padre y yo tramitaremos lo del testamento. Seas Ivannok o York, eres mi hermano y necesitas nuestra ayuda. Sé lo que mi madre quería —dije, firme. No importaba acercarme a mi tía; haría lo que mi madre esperaba—. ¿Evangeline sabe de esto?
—Ella me habló del testamento —respondió William—. Pero legalmente, tú eres la hija de Christine, Ivanna. El trámite para mí es incómodo, pero Evangeline y el señor Alex insisten en que debe hacerse. Tú también debes estar presente.
—No importa —dije—. Firme o no, ni mi padre ni yo queremos ese dinero. No quiero sonar grosera, pero mi padre y yo podemos sostenernos. Tal vez no con lujos, pero Vincent se encargará de mí y de nuestros hijos —sonreí, sabiendo que nunca aceptaría tanto lujo.
—Queda claro, muchachos —dijo Alexis, irónico, con una sonrisa, sosteniendo a Giorgio, que jugaba tranquilo.
Una mujer voluptuosa, de cabello castaño y ojos marrones, entró con una niña de unos dos años. Al vernos, sus mejillas se tiñeron de carmesí.
—Perdón, no sabía que había visitas —dijo, mirándome y notando mi mano entrelazada con Vincent. Bajó a la niña mientras William se acercaba a besarla suavemente.
—Ven, te presentaré a mi hermana, su padre y su prometido. William no se ha bajado de los brazos de Alexis y parece enamorado de su tía —dijo William. Su esposa sonrió, mirando a su hijo—. Esta princesa es Christine York.
—Es una criatura adorable; el buen gusto viene de familia —dije, viendo a mis sobrinos. El pequeño se bajó y corrió a su madre. La niña pidió los brazos de William. Era una familia hermosa—. ¿En cuánto tiempo estaremos así, Vincent? —le susurré.
—No sabía que querías que Marck tuviera hermanos tan pronto. Si es tu deseo, solo pídemelo. Hacer hijos es un placer, y creo que eso te ha quedado claro —respondió, sonriendo.
—Es un placer —dijo Verónica, estrechando nuestras manos. La niña, más calmada que Giorgio, miraba con curiosidad, pero se quedó en brazos de su padre, jugando con unas llaves.
—¿Cómo se conocieron? —pregunté tras unos minutos. Verónica parecía agradable, y amaba a sus hijos y a William.
—Fui parte de su despedida de soltero. No me mires así, sabes que es verdad —dijo, riendo ante el gesto sombrío de William.
—Entonces fui un experimento que usaste y tiraste —respondió él, fingiendo dolor.
—Después de enterarme que te casaste, no lo olvides —replicó ella. El tema aún levantaba ampollas; los ánimos se tensaron.
—Estuve en Sudamérica buscando a mi madre, siguiendo pistas —explicó William—. Me iba a casar a los 32 para tomar las riendas de la empresa. No planeé encontrar a Verónica, que estaba de vacaciones con una amiga. El día de mi boda, Demitrius le dijo a mi esposa que no era el heredero. Terminé con una mujer que no amaba, por una herencia que no me correspondía. Fue cruel —miró a Verónica, que lo observaba seria—. Pedí ayuda a Demitrius; él sabía que amaba a otra. Esperó a después de la boda para decírselo a mi esposa, que escapó ese día. La encontré casi dos años después. Para divorciarme, debía convivir con ella seis meses, una cláusula estúpida de Demitrius que no leí. Mientras buscaba a Verónica y a mi madre, la encontré en Madrid, con mi hijo en brazos. Tras aclarar cosas y rogarle mucho, me ayudó a buscar a mi familia. El resto es historia —dijo, abrazando a Verónica.
—¿Los niños nacieron fuera del matrimonio? —preguntó Alexis, sorprendido, mirando al pequeño, que jugaba con su pulsera.
—No podía divorciarme, y ella entendió. Fue paciente, me dio hijos maravillosos y un amor que nunca creí encontrar. Como dicen: "La quiero como se quiere a un piloto de avión o a un especialista en explosivos, con el alma en vilo y el corazón en un puño" —todos sonreímos ante lo absurdo, pero especial, de sus palabras. Miré a William acariciar el rostro de Verónica, y pensé que, a pesar del dolor, habíamos encontrado una familia.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro