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Capítulo 42

CHARLIE

Ivanna llevaba dos días desaparecida, y su padre, estaba en camino. ¿Cómo explicarle a un hombre como él que había perdido a su hija porque asumió que, con Antwan y Holsen fuera de juego, estaba a salvo?

—¿Aún no has encontrado nada? —preguntó Charlie a su hijo Viktor, sentado frente a él—. Alexis está en camino. Han pasado dos días, y ese hombre está furioso. No quieres verlo cabreado, Viktor.

Viktor guardó silencio, dio una calada al cigarrillo y lo aplastó en el cenicero, sonriendo. Era uno de sus pocos vicios; el otro era frecuentar el local de la madame y rondar a Alexandre, su ex amigo.

—He revuelto media ciudad. Tengo a mis mejores hombres doblando turnos. Más de uno no entiende por qué busco a una prima de la que nunca oyeron —dijo, exasperado—. Ese maldito hombre se lo tragó la tierra. Alexis debe entender que hago todo lo que mi cargo permite. Sé que le debemos mucho; es como un tío para mí. Nunca olvidaré que nos ayudó a mi madre y a mí a salir de Moscú, me dio un nuevo nombre, una nueva vida, y me presentó al único padre que reconozco —suspiró, molesto, mirando a Charlie—. Pero estoy atado. No sé qué más hacer.

Charlie dudó en responder. Sabía que la turbación de Viktor iba más allá de no encontrar a Ivanna. Había visto a Sasha, y el odio en sus ojos lo tenía así. Viktor cargaba con el peso de haberle quitado la vida a su mejor amigo de juventud.

—¿El chico no ha recordado nada? —preguntó al fin.

—Es un niño aterrorizado. Hasta hace poco, entre su padre y un amigo lograron sacarle que Steven estaba en la casa —explicó Viktor—. Tengo hombres buscándolo. Es más fácil de encontrar; no abandona su vicio de las prostitutas. Pronto caerá. La chica habló de ir a casa. Envié hombres a la casa que su padre le construyó; creo que su prometido también va para allá —se levantó, caminando hacia la salida—. Será mejor que me vaya. Tengo algo que corroborar antes de llegar a la casa de tu protegida.

Charlie se puso de pie, mirando alrededor. La casa estaba vacía; el chef, amigo suyo, había pedido el día libre, dejándolos solos.

—Encuéntrala antes de que llegue Alexis —advirtió—. Dice que su hija se casa en dos meses y no quiere aplazar la fecha, o te colgará de las pelotas.

Viktor no conocía a Alexis enojado, pero Charlie sí, en más de una ocasión: con Dimitri, con lo de su esposa, incluso cuando envió al abogado que aún lo representaba.

—Aparecerá —dijo Viktor, encogiéndose de hombros—. Algo me dice que pronto tendré noticias de Steven. Prepárate para ajustar cuentas con Alexis. De su hija me encargo yo. Espero que no hayas desviado un peso, o estarás en problemas, papá.

Charlie soltó una carcajada. ¿Quién sería tan estúpido de traicionar a Alexis? Nadie. El que lo intentara era osado o idiota. Revisó los documentos del cambio de dueño de la empresa, divertido. Era hora de retirarse, dejar atrás el pasado oscuro. Con Epson, Antwan y Holsen fuera, podría ser libre sin miedo, y todo se lo debía a Alexis. Solo faltaba eliminar a David Rogers y su hermana. Después, sería libre.

IVANNA

Días antes...

Una mano tapó mi boca, despertándome sobresaltada. Intenté liberarme, pero un arma me apuntó. Mi primer pensamiento fue Marck. Giré y vi una silueta apuntando a su cabeza mientras dormía abrazado a mí. Horas antes, estaba asustado; no debí ceder a ver ese programa, pero no pude negarme.

Me hicieron levantar, aun apuntándome. Al salir, reconocí la voz: Rachel.

—Daremos un paseo, querida. Iremos donde nadie pensará. La estrenaremos como se debe. Primero, deja una nota de amor a tu querido —esbozó una media sonrisa—. Dirás que te vas y no volverás. Así no te buscará, al menos no hoy.

Me tendió papel y bolígrafo. Me vigiló mientras escribía. Puse lo primero que se me ocurrió; no quería despertar a Marck, que lloraría y podrían hacerle daño. Hice lo que pedían, pero al dejar la nota en la sala, pedí despedirme de él.

Entré al cuarto y el hombre pequeño me empujó. El ruido despertó a Marck, que me llamó somnoliento. Apreté los puños y golpeé al hombre en la cabeza. Él alzó el arma hacia Marck. Mi reacción fue instintiva, pero apuntar al niño me trajo a la realidad. Le di la nota.

—Debo ir a casa. Entrega esto a tu padre y no te separes de él. Prometo regresar pronto. Cuida a tu padre de la felina, ¿entiendes? —murmuré, pero el hombre me oyó.

—¿Qué le dijiste, maldita? —dijo en mi idioma.

—No eres tan animal; sabes otro idioma —respondí, susurrando.

—¿Mami? —preguntó Marck, y solté el aire.

Solo quería que repitiera mis palabras a Vincent; él ataría cabos.

—Juguemos a las escondidas, Marck —era la señal para que se tapara los ojos, como hacíamos con el programa cuando las imágenes eran fuertes. Me golpearon en la cabeza, y todo se oscureció.

(...)

Desperté en un cuarto, idéntica a la de mis padres. Estaba atada de manos y piernas. Me arrastré a la puerta y la golpeé con fuerza.

—¡Rachel! ¡Serás mi perra! —grité, golpeando insistentemente.

—¡Cállate! —respondió un hombre, entrando y empujándome—. ¡Eres un fastidio!

Sonreí al ver lo pequeño que era comparado conmigo. Parecía molesto, pero no me importó.

—¿Eres un duende? —pregunté, divertida—. Si es así, tengo derecho a tres deseos.

Se acercó y me jaló el cabello. Apoyé mis manos en las suyas para reducir el dolor. Aprovechaba mi indefensión.

—Veremos si sigues con chistes cuando terminemos contigo —dijo.

—Debes aprender a sonreír; eres muy malhumorado —repliqué.

Me golpeó con un bate en las piernas. Las recogí rápido; no quería salir herida a la primera. Necesitaba ganar tiempo para planear mi fuga.

—Así me gusta —dijo, sonriendo al verme callar—. Debo irme, pero volveré. Buscaré a alguien que te quiera. Ganaré dinero y me desquitaré contigo —salió, dejándome sola.

(...)

Perdí la noción del tiempo, pero creía que habían pasado dos días. Rachel venía ocasionalmente, dándome solo agua. Me lamenté por bajar la guardia. No revisé las entradas ni el cuarto de Marck. En mi defensa, con Vincent me confié; nunca pensé que se iría ni que Epson moriría. Miré alrededor, buscando algo para soltarme. Encontré un metal incrustado en la pared. Metí las piernas ahí y moví los pies para aflojar las ataduras. Rogué que Marck le diera mis indicaciones a Vincent y que él las descifrara. Según Rachel, este era el último lugar donde me buscarían, pero fue tan estúpida que me lo dijo.

Pensaba en Marck, solo y asustado. Eso me dio valor. Golpeé la puerta, gritando lo mismo que llevaba días gritando. Quería hacerla acercar. Esta vez era diferente; había logrado desatarme. No vi al "duende" desde aquel día, lo que significaba que estaba sola o solo con Rachel. Ambas opciones me favorecían. Minutos después, Rachel entró con un arma.

—De saber qué harías esta despedida de soltera, me habría vestido para la ocasión. No me dejaste cambiarme; eres muy lenta —me acerqué mientras ella pasaba el arma por mi mejilla.

Parecía una niña jugando a mafiosa. Revisé su postura, buscando su punto débil. Cualquier lugar sería fácil; el problema eran mis manos atadas.

—¿Nunca te callas? ¿No ves la desventaja en que estás? ¿Crees que es una excursión? —me reprendió.

—Siempre quise probar sexo con otra mujer. Dicen que damos el mejor oral. ¿Por qué no aprovechamos y hacemos algo? ¿Quieres ser mi perra, Rachel? —insistí, coqueta, ante su silencio quise saber — ¿por qué estoy aquí? ¿Dónde está el café? Y ese hombrecito, ¿quién es? Es muy bajito para ser hombre y muy grande para un enano. ¿Es un elfo? —sonreí.

Retrocedió al verme moverme, lo que me hizo reír. Estaba atada, indefensa, y aún me veía como amenaza.

—Douglas Morris... —murmuró.

Mi mente recorrió todos los lugares que conocía, buscando ese nombre, sin éxito.

—¿Douglas? ¿Tu nuevo amor? —pregunté—. Eres rápida. Espero que tenga dinero y te dé la vida que quieres. Dijiste que no querías hijos, ¿no? —solté el aire, sonriendo—. Te doy dos horas, Rachel. Luego me iré.

Había encontrado cómo escapar. La casa, idéntica a la de mi padre, me permitía salir sin problemas. Si no, improvisaría; era buena en eso.

—No tienes cómo salir —dijo, segura—. El hombre es mi padre, Douglas, al que Vincent mandó matar, junto con los otros tres que tuvieron sexo con Vanessa O'hurn —enumeró, mirándome—. Ella se hizo la digna, fingió ser violada, coqueteó con mi hermano, aceptó regalos, cartas de amor. Pero se acostaba con Marcos y lo besó frente a él en esa fiesta —sonreí, entendiendo el lío. Junté los pies para que no notara que me soltaba—. Tú estabas ahí; puedes decir que mi hermano no la golpeó, que quiso ayudar...

—Si lanzar una navaja y llamarla basura es ayudar, estás más loca que tu hermano —la interrumpí—. Te quedan 45 minutos. No creo que tu padre regrese; lleva mucho fuera. Debería estar aquí —hablé más para mí, ignorándola—. Yo me iría si tuviera una hija como tú. Preferiría masturbarme eternamente antes que engendrar a alguien como tú o tu hermano.

Solté una risa. Esperaba que se acercara lo suficiente. Estaría en casa esa tarde, me daría un baño, y Vincent dormiría en el sofá por lento. Rachel temblaba, sudando; estaba a punto de perder el control.

—Te permito esas estupideces porque serán tus últimas palabras —respondió—. El plan era simple: lo enamoraba, moría, y el bastardo que tiene por hijo iba a Charles y Tessa. Todos felices. Pero llegaste tú.

Llamar a Marck "bastardo" fue suficiente. Me impulsé con las piernas, rodé por el suelo y entrelacé mis piernas con las suyas, haciéndola caer. Me puse a horcajadas sobre ella, apretando su cuerpo y brazos con mis muslos mientras luchaba por liberar mis manos. El arma cayó lejos. Sonreí.

—Serás mi perra, Rachel —murmuré en ruso, furiosa—. Te dije que lo serías. —le advertí.

—Quita tus malditas manos de encima de mí —exigió —¿Por qué te enojas? ¿No es verdad que es un bastardo?

—Una recomendación: cuando hagas referencia a mi hijo, llámalo por su nombre —apreté sus piernas contra su estómago.

Ella se quejó, pero no había terminado con esa perra. Era una mujer independiente, harta de esconderse. Me encargaría de ella.

—Eres una maldita enferma —se quejó, haciéndome reír más—. Mi padre vendrá; buscará contactos para venderte. Me darán buen dinero por ti.

—Llevo dos días aquí, y no lo he escuchado —dije, seria—. No creo que regrese, Rachel. Acéptalo: te abandonó. Vincent vendrá, y te haré mi perra... tanto que no querrás volver a mirar a un hombre —retorcí mis manos para liberarme—. ¿Sabes qué es bueno de tener un padre paranoico y sobreprotector? —ante su confusión, respondí—. Que te enseña dos cosas: defenderte y liberarte —logré desatarme, puse mis manos en su cuello y golpeé su cabeza contra el suelo—. No volverás a llamarlo bastardo, ni entrarás en mi casa. —le exigía con cada golpe en el suelo —Para tu desgracia, este lugar es idéntico a mi casa en Rusia, donde jugaba de niña.

Seguí golpeándola, perdiendo la cuenta, hasta que unas manos en mi cintura me alzaron.

—¡Por Dios, vine a liberarte, y la que necesita ayuda es ella! ¡Basta, cariño! —gritó Vincent, inmovilizándome.

Su voz me hizo girar. Era él; me había encontrado. Lo abracé, extrañándolo. La necesidad de estar con él y Marck era más grande que cualquier peligro.

—Lo siento, bebé. Te fallé; soy el culpable de esto —dijo, besando mi rostro.

Recordé que llevaba dos días encerrada y que no vino antes.

—¡Llegas tarde! —me defendí—. ¡Te dije que iría a casa! —grité, furiosa, mientras cinco hombres, casi idénticos a Omat, entraban.

¡Se multiplican!, pensé, viendo a los Bradford.

—¿Hablas en serio? Marck lloraba, repitiendo que te quería de vuelta —respondió Vincent. No contesté; lo hice a un lado, saliendo al pasillo, seguida por él y los Bradford, que reían—. ¿A dónde crees que vas?

Me detuve, con las manos en las caderas. Para mí, era obvio, pero mi futuro esposo parecía más lento con los años. ¿Cómo era guardaespaldas?

—A preparar mi boda, Vincent. Perdí mucho tiempo aquí. Quiero estar con mi hijo, contigo, darme un baño, dormir, y estar en casa —dije, al borde de las lágrimas—. Pero, sobre todo, quiero una vida normal. No quiero huir más. ¡No quiero este infierno! —grité, llorando.

Vincent dio unos pasos hacia mí, pero se detuvo.

—Se acabó —dijo una voz con acento conocido detrás de mí—. Se acabó tu espera, bebé. Eres libre; puedes ir y venir a donde quieras.

Giré lentamente. Era mi padre.

—¿Papá? —corrí a él—. Eres tú... —hablé al llegar a él sin poder creerlo — también llegas tarde —me quejé, golpeándole los hombros.

—Lo siento, cariño. —se excusó —Demoré 15 años haciendo negocios, pero estoy de vuelta. Espero que tu futuro esposo logre lo que yo no pude: domesticarte —rio, abrazándome más fuerte.

—Lleva dos meses sin escaparse de los escoltas ni salir de "paseo" —aclaró Vincent, mirándome—. Hice mi mayor esfuerzo, pero creo que tendré resultados positivos —rio.

—No hay nada que hacer; está domesticada. Una gran pérdida para las feministas —dijo William, acariciándome la espalda—. Es bueno saber que estás a salvo, pero hay algo que debo contarles a ti y a tu padre.

Todo se tornó serio. Mi padre miró fijamente a William.

—No había notado tu parecido con Christine; tienes sus ojos y su sonrisa. ¿De cuál de los York eres hijo?

—Será mejor que salgamos. Ya tendrán tiempo para responder esas preguntas —recomendó Omat.

Vincent salió con los Bradford a su alrededor. Eran enigmáticos. ¿Qué historia había detrás de cada uno? Sin duda, tan fascinante como la de Emma y Omat, pensé, mientras salía abrazada a mi padre.

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