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Capítulo 37

Epson

Epson Frederick yacía en la cama, con la mirada fija en el techo de su lujosa habitación, sumido en los pensamientos que se habían vuelto recurrentes. ¿Quién podía estar detrás de todo esto? Charlie insistía en que era producto de su mente, pero Epson no lo creía posible. Nunca había sentido arrepentimiento, y no empezaría ahora. Su hijo, Matthew, se alejó tras la muerte de su esposa, manteniendo a Jasón, su nieto, lejos de su influencia. Sin embargo, Jasón siempre lo buscó, y Epson lo apoyó en todo lo que necesitaba. La vida le dio un solo hijo; sus hijas, como era de esperarse, no se interesaban por los negocios. Matthew eligió una carrera distinta a la que Epson sugirió, así que puso sus esperanzas en Jasón. Pero Matthew, entrometido, lo obligó a estudiar cardiología. Jasón, un verdadero Frederick, se especializó también en gerencia.

Matthew no anticipó que Jasón se comprometería con Emma Bradford, una economista astuta, de las mejores del país. El legado de Epson estaría con ellos; por eso se empeñaba en protegerlos. Eran los únicos capaces de dirigir su empresa cuando él se retirara.

Matthew heredó la terquedad e independencia de su madre. Era el único hijo de Epson, y, pese a sus desavenencias, siempre quiso lo mejor para él. Aquella campesina no era adecuada para Matthew. Ahora, tras tantos años, Epson se preguntaba si debió dejarlo seguir con su matrimonio. Tal vez habría terminado tarde o temprano. Nunca lo sabría.

Sentado en la cama, observó la fotografía que llegó con la nota: "Volví... ¿cuántos pueden sobrevivir a ese accidente?" Era imposible que Georgina viviera. Aunque nunca identificaron el cadáver, Epson sabía que estaba muerta. Si estuviera viva, habría aparecido. ¿Dónde se habría metido todos estos años? La foto, tomada en París, era antigua, pero la mujer se parecía mucho a ella. Alguien quería hacerle creer que vivía, pero era imposible. La imagen del auto incinerado, las voces en el teléfono diciendo "tienes que pagar", y ahora, haber visto a Geraldine en la noche, alimentaban su paranoia.

Miró la hora. Pronto llegaría el hombre que Charlie recomendó. Epson nunca tuvo problemas para dormir; siempre fue activo, durmiendo cuatro o cinco horas a lo sumo. Pero ahora ni eso podía. Suspiró y se levantó. No quería visitar a un amigo de Charlie, pero admitía que el hombre era bueno y sabía lo que hacía. Tenía dudas sobre la inocencia de Charlie, aunque lo vigilaba y no había mostrado nada sospechoso. De quien sí desconfiaba era de Alexis. Ver a su hija, Ivanna, en el hospital lo sorprendió.

Se había convertido en una mujer hermosa, lo que no le extrañó; su madre era de una belleza desbordante, y Alexis, en su juventud, era de buen ver. Por las historias que escuchó, Ivanna no solo se parecía físicamente a su padre, sino que heredó su carácter libre y altanero. ¿Quién creería que la niña de trenzas se transformaría en esa asombrosa mujer? Recordó por qué se distanció de Alexis. No sabía cómo, pero Alexis descubrió lo que pasó con Georgina, la madre de Jasón. Al no estar de acuerdo, le pidió no volver a su casa, y perdieron contacto.

Por eso, cuando Holsen le dijo que Alexis quería retirarse definitivamente de la mesa, Epson sugirió la dichosa lista. No contó con que ese maldito matara a esas personas. Le quedó el sabor amargo de la derrota, pero no lo perdió de vista. Cuando supo que el décimo, onio, aún vivía, decidió actuar. Si algo tenía grabado en la piel era que el que la hace, la paga. Con Holsen, decidieron que ahora debían matar al hijo de onio. Alexis Ivannok tenía motivos para vengarse, pero en la cárcel era imposible que lograra algo. Epson no sabía cuánto conocía Ivanna de lo ocurrido hace 35 años, y no podía acercarse sin exponerse, no con Jasón haciendo tantas preguntas. Maldita fuera la hora en que esa mujer apareció. Y mil veces maldito Antwan, quien la trajo a América, cerca de él.

—Señor, lo buscan. Lo hice pasar a su despacho, como solicitó —dijo una empleada. Epson alzó una mano, agitándola sin responder, y caminó al despacho. Encontró al hombre mirando las fotos de sus hijos.

—Tiene una hermosa familia, señor Epson —dijo a modo de saludo, señalando las fotos.

—Es una lástima que la mayoría sean buitres esperando mi muerte —respondió, con voz amarga. Era cierto: todos en esa pared aguardaban su herencia. Pero se llevarían una sorpresa.

—Alguien debe quererlo por quien es, señor. No todos son parásitos. Por la prensa, sé que tiene un hijo genetista, muy reconocido. No debería leer revistas, ni creerlas, pero dicen que no tiene relación con usted y se hizo un nombre en una profesión distinta —Epson no respondió, solo señaló un asiento mientras tomaba el sillón frente a él. —¿Hizo lo que le dije? —preguntó el hombre.

—Pide imposibles. No puedo ir con mi hijo a pedir perdón, no después de tantos años. Menos con mi nieto —Epson no contó toda la verdad, solo que los errores de su pasado lo acosaban y no lo dejaban dormir. El hombre sugirió aceptar el error y pedir disculpas—. Puede escribir una carta a ambos, aunque no la envíe. Hágalo como si fuera a entregarla.

Epson suspiró, mirándolo. No se arrepentía. ¿Cómo pedir perdón, aunque fuera en una carta que nunca enviaría? Fue un error decir que lo acosaban sus errores, pero no podía revelar la verdad.

—Entonces, ¿escribir esa carta me hará bien? ¿Cree que así solucionaré mis problemas? ¿Qué clase de profesional es usted? —se levantó, furioso—. Será mejor que se retire. Perdí mi tiempo. Lo que pide es una estupidez.

—Tal vez no se solucione, señor Epson, pero aceptar un error es el camino correcto. Dice que no está dispuesto a pedir perdón en persona, y parece que ni se arrepiente. Mire su pasado; tal vez ahí esté la respuesta. Perdonar y pedir perdón es el mejor recurso para sanar. Piénselo. No me debe nada; Charlie pagó las sesiones, un favor que le debo. Buenas tardes —el hombre salió con la cabeza alta, sin mirar atrás.

—¡Qué estupidez! —gritó Epson, furioso. Pero la duda lo atrapó—. ¿Exactamente qué debo escribir? —el hombre giró, respondiendo con gesto serio.

—Lo que considere que merece ser perdonado por su hijo. Pero primero perdónese usted. Cuando lo haga, búsqueme; quemaremos esa carta. Nadie más sabrá su contenido. Sin eso, no podré ayudarlo.

—Pensé que era psiquiatra...

—Jamás dije que lo fuera —salió. Epson se quedó pensando; había asumido que lo era.

IVANNA

Caminé con Marck y Omat por el centro comercial. Omat se iría en unos días y quiso pasar tiempo con nosotros. Vincent estaba trabajando, y, aunque aún estaba de incapacidad, no me negué a salir con Omat. Andrew nos seguía a unos pasos, negándose a dejarme sola, más por Vincent que por mí, pensé, divertida. Le conté a Omat lo ocurrido años atrás. Guardó silencio, mirándome de vez en cuando, pero atento.

—Sigo sin recordar al hombre. Sé que es importante; nadie lo mencionó, ni Vanessa —dije al terminar.

—Teniendo en cuenta lo que describes que le hicieron y lo golpeada que estaba, difícilmente pudo diferenciar cuántos eran. Estabas medio inconsciente cuando iniciaste esa pelea absurda. Tal vez no los contó ni vio cuando le tiraron la navaja. No sabemos cómo la abordaron. Son muchos interrogantes, cariño. Solo tú puedes decir qué viste, y si quieres reabrir el caso, necesitas más que tu testimonio. No sé de leyes, menos de este país, pero aparecer después de siete años, siendo la prometida del hermano de la víctima, no convencerá a un Juez. Necesitas pruebas distintas a las usadas —chasqueó la lengua, divertido—. La tienes difícil —entramos al restaurante.

—El padre de Sofi...

—Es un hombre respetado, con una trayectoria impecable. No se arriesgará. Si quieres acercarte, lleva algo más que lo que viste. ¿Revisaron las cosas de Vanessa? Tal vez pasaron algo por alto —pensé: solo leímos el diario, con poemas y disculpas hacia mí, pero nada más.

—Solo el diario. No hay nada, solo sus relatos de sufrimiento. No menciona cuántos eran; solo me nombra a mí, fuera de su familia. Pedí permiso a Susan y Vincent para entrar a su cuarto este fin de semana.

Omat acarició la cabeza de Marck, sentado junto a él, y pensó.

—Tal vez debas recordar más de ese día —dijo tras unos minutos—. Hablaremos después; por ahora, disfrutemos —tenía razón. Me había acostumbrado a hablar con él solo de mis problemas.

—¿En verdad eres pediatra? Nunca lo imaginé —me miró, divertido, y asintió.

—Imaginaste que me ganaba la vida leyendo manos en parques, ¿verdad? Aunque lo hice al principio —sonrió—. Antes de ser pediatra, tuve una disputa en una fiesta. Alguien me golpeó; era joven e impetuoso. Terminamos a los golpes. Él sacó un arma; yo, una daga. Le hice una herida y estuve preso por lesiones personales. Luego murió, y me acusaron de asesinato. Emma me ayudó; había terminado medicina, pero no ejercía. Tenía una esposa y un hijo de tres años. Mi hermana nos enviaba dinero; no estoy orgulloso. Mi hijo murió a los cuatro años, en un pozo, mientras estaba preso. Mi esposa dividía su tiempo entre la casa, el niño y su trabajo. Salí en libertad tras un buen abogado, pagado por mi hermana, que alegó defensa propia. No preguntes cómo lo logró; lo veo como un milagro. La muerte de mi hijo y la cárcel me hicieron reflexionar. Pedí perdón a mi esposa, trabajé y pagué mi especialización. Si hubiera estado libre, mi hijo no habría muerto. Fue una época dura; pensé que la perdería —su rostro se oscureció. Imaginé que no era fácil recordar. Guardé silencio; a veces, las personas necesitan ser escuchadas—. Un año después nació Stephan; luego, Isabella, y, por último, Gregori. Hoy soy un hombre afortunado, felizmente casado, con una familia y hogar maravillosos, gracias a mi hermana y mi esposa, Eleonor. Marck me recuerda a mi primer hijo, Omat. Hay algo en él, diferente a otros niños. Llámame loco, pero es como verlo, aunque no se parezcan físicamente —miró a Marck, entretenido con videos en su celular. Pensé que, pese a su enfermedad y la ausencia de su madre, Marck era particularmente tierno.

El resto de la mañana transcurrió sin novedades. Estuvimos en un parque; Marck se divirtió como nunca. Vincent llamó para preguntar cómo estábamos, y Omat se burló porque aún desconfiaba de él. Al llegar a casa, supe que era hora de despedirme. Odio las despedidas y, de ser posible, las evito.

—No pongas esa cara. "Solo el que se muere se deja de ver". Volveré en unos meses para el bautizo y tu boda, ¿lo recuerdas? —asentí. Omat llevaría el lugar de mi padre en el altar—. Quiero hacer algo por ustedes, si me lo permiten, pero no hagas preguntas, ni antes ni después —Marck corrió escaleras arriba con un juguete que Omat le compró, parte de su colección. Omat tomó mis manos y nos sentamos en un sillón—. Cierra los ojos, respira profundo y suelta el aire. Ve al día en que encontraste a Vanessa, pero no en el callejón. —me pide en calma en vos tan baja que llega a relajarse —¿Qué ves? Concéntrate, Ivanna; si no, no podré ayudarte.

Su voz era calma, casi un susurro. Soltó mis manos, poniéndolas en mi cabeza. Sentí una paz indescriptible y me vi describiendo: estaba en una calle con Kerchak y otros dos hombres. Quise ayudar a una mujer, pero me lo negaron. Me enojé, me alejé y los perdí de vista. Minutos después, vi a la misma mujer, le di el dinero que llevaba, y ella me regaló un gorro y gafas, diciendo: "Esto te servirá más adelante". Cinco hombres pasaron; uno llevaba a una chica abrazada... era Vanessa.

—No es un buen lugar para caminar, niña —dijo la mujer humilde, con manos sucias, sin bañarse en días—. Pero algunas decisiones son necesarias —tomó mis manos, giró mi cuerpo y me hizo caminar. No vi más a los hombres; me distraje con unos malabaristas. Veinte minutos después, pasé por el callejón.

—Abre los ojos —ordenó Omat, mirándome fijamente—. ¿Lo viste?

Tenía muchas preguntas, pero él fue claro: nada de preguntas. Quería saber qué me había hecho.

—Sin preguntas —dijo, levantándose y ayudándome a levantarme.

VINCENT

Desperté en la noche y vi a Marck durmiendo con nosotros otra vez. Sonreí al ver a Ivanna entre nosotros, abrazados. Pero ella no estaba. Bajé a la cocina, preocupado. La encontré con una manzana, pensativa. Me acerqué, rodeándola por la cintura. Brincó, casi pegándose al techo; creía que dormía.

—¿Qué haces sola a esta hora? Desperté y no estabas. Por un momento, entendí a Marck cuando no te ve —dije, acercándome.

Pegó su cuerpo al mío, y mi erección rozó su espalda baja. Se movió provocativa, girando para mirarme. Su mirada reflejaba deseo, igual que la mía. Teníamos poco tiempo solos, aunque la ducha era nuestro refugio.

—No te librarás de mí tan fácil. No podía dormir; bajé para no despertarlos —mordió la manzana. Saqué unas esposas, y alzó una ceja—. ¿De dónde sacaste eso? —levanté las esposas, interrogante.

—Eso quería preguntarte. Marck jugaba con ellas ayer —sus ojos se abrieron, espantada.

—Escondí ese maletín. ¿De dónde sacaste eso? Y lo que no me deja dormir: ¿qué hacías con él?

—Era de Antwan —me encogí de hombros, abriendo el refrigerador para sacar frutas—. Lo robaste el día que te fuiste. No sé por qué lo hiciste; olvidaste dejárselo a Sofi.

—Se me ocurrieron cosas con ese maletín, pero quién sabe dónde estuvieron algunas. Es prudente rescatar solo estas. El resto, a la basura —la tomé por la cintura, atrayéndola—. Quiero probar algo —me acerqué a sus labios—. Quiero manzana; en tu boca es provocativa —besé sus labios mientras ella pasaba sus manos por mi cuello.

—Tenemos una hora, tal vez menos, hasta que Marck note que está solo. ¿Jugamos? —me senté en una silla, atrayéndola—. El truco es adivinar la fruta con los ojos vendados. Tú decides qué sentido usar. Empiezo yo.

—¡Hecho! —dijo, victoriosa—. Pero debes estar atado o harás trampa; te conozco —su mirada traviesa me dijo que igual jugaría sucio.

—Como quieras —la senté a horcajadas sobre mí.

La tomé por las caderas. En un movimiento rápido, esposé su mano a la silla. Protestó, y mis ojos la miraron, divertidos. Sabía que haría trampas.

—Así no era el juego —protestó, esposada—. Necesito las dos manos —sonreí, esposándome.

—Tendrás dos manos: una tuya, una mía —dije con voz ronca, atrapando su boca en un beso voraz.

—Bien —dijo entre besos—. Tápate los ojos —sonreí, encogiéndome de hombros.

—Empieza el juego —tras vendarme los ojos, tomó una fresa con dificultad—. ¿Qué sentido quieres? ¿Gusto, tacto, olfato? —preguntó, divertida.

—Probar —murmuré, con doble intención. Le acerqué la fruta, pero giré el rostro—. Pruébala tú —lo hizo sin protestar. Con Ivanna aprendí que en el sexo no hay límites, siempre con sorpresas. Este juego era nuevo.

—Acércate.

—Así no lo describiste —jugaba sucio, pero le gustaba.

—Improviso —se acercó. La atrapé con mi mano libre en un beso exigente. Nuestros cuerpos ardían; el beso se intensificó. Gruñí cuando se separó, riendo.

—Déjame ver; aún no sé qué es.

—Di qué es, o no seguimos —jadeó al sentir mi boca en su seno, mientras mi mano libre la acercaba.

—Ya no quiero ese juego; prefiero otro más divertido —solté su pezón, pellizcando el otro—. Pero si quieres, me detengo. ¿Es lo que quieres? —gimió mientras mi lengua jugaba con su seno, alzándola para quitarle la ropa interior.

Con torpeza, quité mi pantalón. Quedamos desnudos, atrapados en la silla. Sentada a horcajadas, sentí su intimidad rozar mi erección. Moví mis caderas, haciéndola gemir.

—Dios...

—No metas a Dios en esto, nena —me reí—. ¿Aún quieres jugar?

—Quiero soltarme...

—La idea de estar atada fue tuya —mordí su cuello.

Su boca caliente y mis manos expertas hacían arder su cuerpo. ¿Se podía morir de deseo? Ella lo creería, estremeciéndose con mis caricias.

—Nos queda media hora... todo puede pasar —dije entre besos. No supe cuándo nos liberé; solo lo noté cuando pasó sus piernas por mis caderas, sintiéndola—. Nunca puedo ser tierno contigo.

No quería eso, no en ese momento. La deseaba brusca, con un toque salvaje, con esas manos que conocían sus puntos sensibles. Nuestros cuerpos, calientes y sudorosos en la cocina, vibraban de adrenalina. Marck podía entrar, y aunque no queríamos ser descubiertos, cuando nuestros cuerpos se rozaban desnudos, no podíamos parar. Mis manos parecían tener vida propia. Había que aprovechar los pocos momentos solos.

—Te amo, volviste mi vida un caos, Ivanna, pero no imagino mi vida sin ti —murmuré, embistiéndola.

No respondió; su cerebro estaba apagado, o tan excitado como ella. El clímax llegó con el llanto de Marck.

—Yo tampoco me veo sin ustedes —murmuró.

—¡Mami, papi! —reímos, separándonos.

—Justo a tiempo —dije cerca de sus labios, besándola y ayudándola a bajar. Me puse el pantalón del pijama y subí corriendo, dándole tiempo para vestirse—. Aquí estamos, Marck. Tu mamá tenía hambre; tuve que ocuparme.

—Idiota —murmuró, ya vestida, siguiéndonos. La encontré acostada con Marck, mirándome divertido. Le saqué la lengua antes de entrar al baño, cerrando el pestillo. Era capaz de entrar con el niño despierto.

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