Capítulo 36
IVANNA
Desperté en la noche y vi a Marck durmiendo con nosotros otra vez. Una sonrisa cruzó mis labios al estar entre dos de los tres hombres de mi vida, abrazándome. Salí de la cama con cuidado para no despertarlos y bajé a la cocina. Aún no había hablado con Vincent sobre mi idea: hacer justicia por Vanessa, encarcelar a los animales que la dañaron. Algo me decía que encontrar al quinto hombre ayudaría.
¿Por qué nunca fue mencionado? Entendía que Vanessa estuviera confusa, pero no que nunca hablara de él. Aunque huyó, él le lanzó la navaja con la que luego intentó suicidarse. Era difícil que no lo recordara. Abrí el refrigerador y saqué una manzana. Unas manos en mi cintura me hicieron brincar; casi me pego al techo, pues creía que Vincent dormía.
—¿Qué haces sola a esta hora? Desperté y no estabas. Por un momento, entendí a mi hijo cuando no te ve —dijo, acercándose.
Pegué mi cuerpo al suyo, sintiendo su erección en mi espalda baja. Me moví provocativa, girando para verlo a los ojos. Su mirada oscura reflejaba deseo, igual que la mía. Teníamos poco tiempo solos, aunque la ducha se había convertido en nuestro mejor momento.
—No te librarás de mí tan fácil. No podía dormir; bajé para no despertarlos —dije, mordiendo la manzana. Lo vi con unas esposas en la mano y alcé una ceja—. ¿De dónde sacaste eso? —levantó las esposas con una mano, mirándome interrogante.
—Eso mismo quería preguntarte. Marck jugaba con ellas ayer —recordé el maletín de Antwan y abrí los ojos, espantada.
—Escondí ese maletín. ¿De dónde sacaste eso? Y lo que no me deja dormir: ¿qué hacías con él?
—Era de Antwan —se encogió de hombros, abriendo el refrigerador para sacar frutas—. Lo robé el día que me fui de esa casa. No sé por qué lo hice; olvidé dejárselo a Sofi.
—Se me ocurrieron cosas con ese maletín, pero quién sabe dónde estuvieron algunas. Es prudente rescatar solo estas. El resto, a la basura —me tomó por la cintura, atrayéndome—. Por ahora, quiero probar algo —se acercó a mis labios—. Quiero manzana; en tu boca es provocativa —besó mis labios mientras pasaba mis manos por su cuello, atrayéndolo más.
—Tenemos una hora, tal vez menos, hasta que Marck note que está solo. ¿Jugamos? —se sentó en una silla, atrayéndome—. El truco es adivinar la fruta con los ojos vendados. Tú decides qué sentido usar. Para que veas que juego limpio, empiezo yo.
—¡Hecho! —dije, victoriosa—. Pero debes estar atado o harás trampa; te conozco —su mirada traviesa me dijo que igual jugaría sucio.
—Como quieras —me sentó a horcajadas sobre él.
Me tomó por las caderas, atrayéndome. En un movimiento rápido, esposó mi mano a la silla. Protesté, y sus ojos me miraron, divertidos. Sabía que haría trampas; él era así.
—Así no era el juego —protesté, esposada—. Necesito las dos manos —lo vi sonreír mientras se esposaba.
—Tendrás dos manos: una tuya, una mía —dijo con voz ronca, atrapando mi boca en un beso voraz.
—Bien —alcancé a decir entre besos—. Debes taparte los ojos —su respuesta fue una sonrisa, encogiéndose de hombros.
—Empieza el juego —tras vendarle los ojos, tomé una fresa con dificultad—. ¿Qué sentido quieres? ¿Gusto, tacto, olfato? —pregunté, divertida.
—Probar —murmuró, con doble intención. Le acerqué la fruta, pero giró el rostro—. Pruébala tú —lo hice sin protestar. Con Vincent aprendí que en el sexo no había límites, siempre con sorpresas. Este juego era nuevo.
—Ahora acércate.
—Así no lo describiste —jugaba sucio, pero me gustaba.
—Lo sé, improviso —me acerqué. Me atrapó con su mano libre en un beso exigente. Nuestros cuerpos ardían; el beso se volvía más intenso. Lo oí gruñir cuando me separé, riendo.
—Déjame ver; aún no sé qué es.
—Debes decir qué es, o no seguimos —jadeé al sentir su boca en uno de mis senos, mientras su mano libre me acercaba más.
—Ya no quiero ese juego; prefiero otro más divertido —soltó mi pezón, pellizcando el otro—. Pero si quieres, me detengo. ¿Es lo que quieres? —gemí mientras su lengua jugaba con mi seno, alzándome para quitarme la ropa interior.
Con torpeza, quitó su pantalón. Quedamos desnudos, atrapados en la silla. Sentada a horcajadas, sentí su erección rozar mi intimidad. Él movió sus caderas, haciéndome gemir.
—Dios...
—No metas a Dios en esto, nena —se rio—. ¿Aún quieres jugar?
—Quiero soltarme...
—La idea de estar atada fue tuya —mordió mi cuello.
Su boca caliente y sus manos expertas hacían arder mi cuerpo. ¿Se podía morir de deseo? Lo creía posible, estremeciéndome con sus caricias.
—Nos queda media hora... todo puede pasar —dijo entre besos. No supe cuándo nos liberó; solo lo noté cuando pasé mis piernas por sus caderas, sintiéndolo entrar en mí—. Nunca puedo ser tierno contigo.
No quería eso, no en ese momento. Lo deseaba así, brusco, con un toque salvaje, con esas manos que conocían mis puntos sensibles. Nuestros cuerpos, calientes y sudorosos en la cocina, vibraban de adrenalina. Marck podía entrar, y aunque no queríamos ser descubiertos, cuando nuestros cuerpos se rozaban desnudos, no podíamos parar. Mis manos parecían tener vida propia; no se quedaban quietas. Había que aprovechar los pocos momentos solos.
—Te amo, volviste mi vida un caos, Ivanna, pero no imagino mi vida sin ti —murmuró, embistiéndome.
No pude responder; mi cerebro estaba apagado, o tan excitado como yo. El clímax llegó con el llanto de Marck.
—Yo tampoco me veo sin ustedes —murmuré.
—¡Mami, papi! —reímos al escucharlo, separándonos.
—Justo a tiempo —dijo cerca de mis labios, besándome y ayudándome a bajar. Se puso el pantalón del pijama y subió corriendo, dándome tiempo para vestirme—. Aquí estamos, Marck. Tu mamá tenía hambre; tuve que ocuparme.
—Idiota —murmuré, ya vestida, siguiéndolos. Lo encontré acostado con Marck, mirándome divertido. Le saqué la lengua antes de entrar al baño, cerrando el pestillo. Era capaz de entrar con el niño despierto.
CHARLIE
Miré la hora: las tres de la mañana. ¿Quién llamaría a mi puerta a esa hora? Debía ser alguien conocido, pues pasó la seguridad. Abrí confiado y me encontré con Epson Frederick en persona, con ojeras marcadas y mirada furiosa.
—Debes ayudarme —dijo, empujándome a un lado—. La veo en todos lados, ¡y me llegó esto! Dijiste que estaba muerta —miré lo que mostraba: una foto del auto donde murió la esposa de su hijo. Sonreí internamente; los demonios de Epson lo perseguían.
—Sabes que está muerta. Nunca hice un mal trabajo. Debes buscar ayuda...
—¡No estoy loco! Te digo que la he visto. Llaman y cuelgan a mi línea privada; solo mi familia la tiene, ni tú —pasaba las manos por su cabello, caminando de un lado a otro. Se veía mal. —Solo tú puedes ayudarme a saber quién está detrás de esto. ¿O eres tú? —me miró. No me inmuté.
—Soy el más interesado en que eso no se sepa. ¿Para qué haría algo así?
—Dímelo tú —siguió moviéndose.
—Escucha, yo pasé por algo así. Un amigo me ayudó —busqué en un cajón y saqué una tarjeta—. Habla con él; te hará una cita en su casa, discretamente. Prometo averiguar quién está detrás. Cálmate; la mente nos juega malas pasadas. No debiste salir sin escoltas; es peligroso. Llamaré a los chicos para que te acompañen.
—Lo buscaré, pero solo si haces lo que digo. Sé que alguien me está haciendo esto; no es mi imaginación. Esta foto estaba en mi caja fuerte.
Lo vi marchar con su seguridad y cerré la puerta, riendo. Caminé a mi estudio, destapé el cuadro cubierto. Había tres fotos. Lancé un dardo a la primera.
—Epson Frederick, tú eres el primero. Organizarse mi vida; ahora es mi turno de destruir la tuya...
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro