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Capítulo 34.5

IVANNA

Ocho años atrás

Algunos errores se pagan caro, pensé mientras perdía de vista a los gorilas que Antwan me había impuesto. Había dado mi palabra de casarme con él; era la única forma de quedarme en América. Extrañaba a mi padre, mi casa, mi idioma, la comida, todo. Por momentos deseaba regresar para estar cerca de lo único que me mantenía con vida. Al pasar por un callejón, los gritos de una mujer me hicieron frenar y retroceder.

Puse una mano sobre mis ojos para que la luz no me cegara, intentando distinguir algo en el estrecho callejón. Las risas masculinas sobresalían entre los gritos. Caminé vacilante en esa dirección. Cinco figuras masculinas se veían claramente de pie, y en el suelo, tirada, una mujer; lo supe por sus piernas desnudas y sus tacones. Uno, en la oscuridad, le dijo algo a la mujer mientras le arrojaba un objeto. El olor a inmundicia y basura del lugar me obligó a taparme la nariz. Los desgraciados la golpeaban, aunque ella ya no podía defenderse. El que estaba en la oscuridad corrió en dirección opuesta, pero los otros cuatro siguieron atacándola.

—¡Ayuda! —grité fuerte en el callejón—. ¡Por favor, que alguien llame a la policía! —Los transeúntes me miraban con desconfianza, ignorándome. A pesar de escuchar mis gritos y los de ella, no hacían nada. Tenía que hacer algo.

Corrí al ver que nadie se detenía. "Maldita indiferencia", murmuré mientras me acercaba al grupo. Eran cuatro, y yo estaba sola. Quería ayudarla, pero mi instinto me hizo quedarme a unos pasos. Tal vez podía dialogar, aunque lo veía improbable. Al verme, sonrieron, divertidos.

—¡Que agradable! Alguien quiere jugar.

—¿Quieres amor, cariño?

—Ven con papá, preciosa.

Los miré, a escasos pasos. Me quité la gabardina y la arrojé a un lado. No dejaría que siguieran dañándola. Recordé algo que mi madre me dijo una vez, y eso me animó a intervenir.

—Déjenla —los hombres se miraron, riendo al notar mi acento.

—Nos visitan de Rusia. Qué dulzura, comeremos carne fresca —dijo el primero, lanzándose hacia mí. Lo golpeé con fuerza en la entrepierna, haciéndolo caer, retorciéndose.

—¡Dije déjenla! —repetí, en guardia.

Uno por uno intentó reducirme, pero al ver que era difícil, se lanzaron todos. Una navaja cortó mi muñeca. Estaba por rendirme minutos después cuando las sirenas los alertaron y huyeron.

—Déjenla, no vale la pena —dijo el líder—. Vamos, Eder, Fred —los vi partir y caí de rodillas, agitada. Tomé la gabardina y corrí hacia la chica.

Sangraba, con la ropa desgarrada y semidesnuda. En sus manos tenía una navaja que presionaba contra su muñeca.

—¡No hagas eso! Debes tener a alguien esperándote: papá, mamá, alguien —le rogué. Sus ojos azules, uno muy golpeado, me miraron entre lágrimas. Era casi tan rubia como yo, con labios rotos e hinchados.

—No valgo nada. Soy el producto de su odio —murmuró, llorando—. Nadie me querrá. Marcos jamás querrá estar conmigo, no después de esto.

—Podrá, y si no, otro lo hará —guardé silencio, sentándome con ella entre la basura—. Mi madre pasó por algo parecido y encontró a mi padre, que la apoyó. Tú puedes. ¿Cómo te llamas? —caminé lentamente hacia ella, le quité la navaja y, para mi sorpresa, las sirenas no eran para ese lugar. La cubrí con la gabardina y la ayudé a levantarse.

—Vanessa —dijo con dificultad—. ¿Vive tu madre?

—No. Lindo nombre, pero no murió por eso, sino años después, en un asalto —dije mientras la alzaba. Perdió el conocimiento. Caminé hacia la salida, esperando ayuda.

Con dificultad, un taxista aceptó llevarnos, quejándose por el tapizado. En urgencias, pedí ayuda diciendo que era mi hermana, asaltada. La pusieron en una camilla y me pidieron esperar. Me senté junto a ella, apretando su mano. La vi mover las pestañas y mirar el lugar hasta fijarse en mí. Llevaba un pasamontañas y gafas oscuras para camuflarme de los hombres de Antwan. Me quité las gafas y la observé, pasando las manos por mi cabello desordenado.

—No te has ido. Nadie te espera... ¿No eres de aquí?

—Soy de Moscú. Llevo un año aquí. Soy Ivanna —sin saber por qué, le conté mi historia: que me casaría con un hombre que no quería por un contrato de cuatro años, que mi padre estaba preso, mi madre asesinada, que me había dado cuenta del error al aceptar ese trato y quería regresar a casa.

—No debes casarte. Si no te deja salir sola ahora, nada garantiza que será diferente después —me dijo con dificultad, tendiéndome una tarjeta con dos números escritos. Habían pasado casi una hora sin que la atendieran, salvo por una inyección para el dolor, tras mi alboroto—. Dile que llamen a mi hermano —asentí, entregué la nota en recepción y volví. Al regresar, me impidieron el paso.

—¿Es familia? —negué, intentando pasar, pero no me dejaron—. No puede entrar. Ha perdido mucha sangre y debe entrar a cirugía. Si conoce a algún familiar, llámelo; necesitamos datos —volví a la enfermera que me dio la nota.

—¿Contactaste a alguien?

—Lo siento, cariño, pero nadie contesta. Tal vez la están buscando; ya amaneció —asentí. Era lo más probable si estaba desaparecida. Caminé hacia una silla y me desplomé, con los pies pesados—. Tú también necesitas revisión; tienes cortes en manos y brazos.

Entonces noté que tenía razón. No me había dado cuenta de mis heridas; no me dolían. Solo pensaba en Vanessa y en encontrarle un familiar.

—Estoy bien —murmuré, cubriéndome con el pasamontaña y las gafas. Perdí la noción del tiempo, debí quedarme dormida. Alguien me sacudió. Abrí los ojos; la enfermera morena me miraba preocupada.

—No te ves bien, preciosa. Debes descansar. Hablé con su hermano hace media hora; viene para acá, con una amiga. Ella está estable. Mi turno terminó —miré alrededor, sorprendida de que fuera de día.

—¿Qué hora es?

—Hora de dormir y curarte eso, niña. Si no, se infectará. Vuelve esta noche, y te haré un espacio para verla —asentí, tomando mis cosas.

—Gracias... ¿Chelsea?

—Chelsea. ¿Y tú?

—Ivanna.

—Ve con Dios, Ivanna. Nos vemos esta noche...

Caminé hacia la salida, poniéndome el pasamontaña y las gafas. Iba tan distraída que choqué con un pecho masculino. Di pasos atrás y miré al hombre, que también iba apresurado.

—Lo siento —hablamos al tiempo. Era alto, más de dos metros, con cabello corto, como militar.

—Iba distraída, discúlpeme —dije, alejándome hacia mi cárcel.

IVANNA (Actualidad)

—Me dijiste que habías llegado de mañana a casa de Antwan y hablaste de un asalto —me reprochó Vincent al terminar de contar. Omat se había llevado a Marck para que habláramos sin problemas.

—Aún después de tantos años, me cuesta decir qué le pasó. Era como dañarla de nuevo. Como la vi ese día... es un recuerdo que siempre llevo. No te dije cuánto tiempo estuve porque ni yo lo sé. Pasé horas en ese pasillo esperando noticias. Chelsea dobló turno porque se iba a casar, o algo así, no recuerdo bien. Ella me mantuvo al tanto de Vanessa. No sabía que era tu hermana; de haberlo sabido, te lo habría contado antes. Era imposible saberlo. Hablaste de cuatro hombres; ese día vi cinco. El primero huyó, arrojando la navaja —recordé su silueta, pero no le vi el rostro; a los otros cuatro sí los tuve cerca—. Debes creerme —tomé sus manos y las apreté. Él estaba callado mientras relataba.

—Te creo, bebé. Es solo que esto es increíble —se pasó una mano por la cabeza y con la otra me atrajo por la cintura—. Te golpearon por ayudar a Vanessa. Dios, nena, pudiste haber muerto. ¿Nunca mides las consecuencias? —no pensé en el peligro ese día.

—No vi el peligro; solo vi a alguien que necesitaba ayuda, y lo hice. Los golpes de Antwan y de esos animales... valieron la pena. Lamento su muerte. Pensé que había hecho algo bueno, que la había salvado —dije, afligida.

—Tú la salvaste, preciosa. Hiciste todo por ella. No sé qué la llevó al suicidio; tal vez saber que no la escucharon o que la culparon por provocar a esos malditos... ¿Viste quién arrojó la navaja? Al quinto hombre; nadie habló de él, siempre fueron cuatro.

—Solo su silueta, su ropa. Puedo describirla, pero nada más —Jasón salió de un pasillo, sonriente, y ambos nos levantamos.

—¡Soy papá! De dos hermosos niños, soy papá —dijo al grupo, que lo abrazó feliz.

—Hablamos después; no quiero dañar su felicidad —Vincent tenía razón. Se veían tan felices que hablar de esa época los entristecería, y no era la idea. Me acerqué a Jasón y lo abracé.

—Felicidades. ¿Cuándo podré verlos? No creo poder estar con ustedes estos días.

—Lo sé, rubia, y lo entiendo. En unos minutos los verás, vengan —nos llevó por otro pasillo. Tras una puerta de vidrio, dos enfermeras sostenían a dos niños idénticos—. Ahí están —señaló, orgulloso. Los observé, sonriendo.

—Son hermosos, J. Felicidades. ¿Cómo está Emma?

—Bien y feliz. Lloró tanto al verlos. Parecen un milagro...

—Espero que saquen la inteligencia de su mamá, no es que dude de la tuya, hermano, pero... —dijo Vincent, abriendo los brazos y sonriendo—. Felicidades, tienes la familia que deseabas.

—Faltan más, y espero sobrinos de ustedes. Quiero una familia enorme —dijo Jasón, orgulloso—. Hablando de familia, ¿mi sobrino ahijado?

—Con Omat. Se lleva bien con él; parece que le gustan los niños —le dijo Vincent.

—Es pediatra; por eso escogió esa profesión —me sorprendí. No imaginaba a Omat como doctor.

—Nunca lo imaginé.

—Creo que lo de Emma lo encaminó a esa profesión. Por eso quisimos que estuviera en el nacimiento, y en unos días llega el resto. Te sorprenderán; son exóticos —miré a ambos sin entender.

—Uno no me quiere... Rey, lo recuerdo porque amenacé con partirle los dedos —no me extrañaba, ni quería saber por qué llegó a eso.

—Mira a quién me vine a encontrar. La pareja perfecta —William nos miró, divertido.

—Ahora no, York, o juro por todos los dioses griegos que te castro y nunca verás a tus descendientes —Vincent sonreía, pero William me observó atento—. Luego alimentaré a los animales del zoológico, y si voy presa por intoxicarlos, valdrá la pena —escupí, furiosa. Vincent, divertido por mi exabrupto, me acercó y besó mi cuello.

—No te atreverás —me amenazó William—. No ha existido mujer que se atreva a golpearme.

—Rétame —respondí, rodeándolo.

—Déjala tranquila, William. No te gustará verla cabreada —dijo Frederick, pasando por delante—. Te mostraré a mis hijos, los futuros herederos Frederick —lo alejó, y lo agradecí, soltando el aire.

—¡Papá, mamá! —ambos sonreímos al ver a Marck correr hacia nosotros—. ¿Ya nacieron los bebés? ¿Cuándo los veré?

—Más tarde, cariño. Por ahora, esperaremos afuera —salimos los tres de la mano hacia la cafetería.

Al salir, vi a un hombre mayor, casi anciano, entrar con cinco hombres. Me detuve. Era el tío Ep. Estaba viejo, pero era él. Se quitó las gafas oscuras y también se detuvo al ver a Vincent. No sabía si me reconocería, ni qué hacer, así que guardé silencio, observándolo. Los años no habían sido amables con él. Sus escoltas se apostaron en diferentes puntos, todos de traje oscuro. Distinguí al líder: alto, de cabello y ojos oscuros, con una cicatriz en el rostro.

—O'hurn, qué bueno verte. ¿Quién es esta criatura tan hermosa? —dijo, mirándome. Algo en él me hizo saber que sí me reconocía, aunque no lo dijera. Su presencia emanaba poder, no solo por sus hombres.

—Buenas tardes, señor. Es mi prometida, Ivanna Ivannok. Cariño, él es Epson, el abuelo de Jasón —Vincent me tomó de la mano, sonriendo.

—Es un placer. Mi nieto me ha hablado de ti. Tuviste problemas con un francés, por lo que sé, pero todos hemos tenido problemas con uno —miró a Vincent sin soltarme la mano—. Una mujer tan hermosa debe ser amada, custodiada y valorada. Debe haber un padre celoso detrás; ten cuidado —soltó mi mano para acariciar el rostro de Marck—. Te felicito; tienes una hermosa familia. Iré a ver a mis nuevos nietos. No te preocupes, ya nos encargamos de ese francés —era obvio que eso iba dirigido a mí y que me recordaba. La pregunta era por qué no lo decía.

Recordaba la amistad franca entre él y mi padre. Fue Ep quien descubrió lo que le pasó a mi madre, a quien tenía cariño. Era la única familia que conocí tras mi padre. Pero, ¿qué pasó para que se alejara de Alexis? ¿Debía decirle a Vincent que lo conocía? ¿O callar? Si me preguntaba, lo diría todo, todo lo que recordaba del tío Ep.

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