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Capítulo 34


Vincent

—Podemos entrar por la parte de atrás, ¿lo sabías? —dije mientras observábamos, desde el interior del vehículo, al mayor de los D'Angelo en lo que parecía un esfuerzo inútil por ser perdonado por Sofía. Ella se mantenía alejada, rechazando cada intento del italiano por acercarse. Entonces noté algo en su mano.

—¿Eso es una roca? —preguntó Frederick, ignorando por completo mis reproches para que dejara a la pareja en paz—. ¿Me vas a decir que no quieres saber cómo termina esto? ¡Le dará con la roca, ya verás! Si él se mueve hacia ella, lo hará.

Frederick se rio con ganas, y yo puse los ojos en blanco.

—Y por lo que veo, tú lo sientes mucho —le reproché, aunque sabía que él se merecía ese trato—. No le dará. Es Sofía, no mata ni una mosca —dije, aunque en el fondo esperaba que ella al menos se hiciera respetar un poco. Confiaba en que los consejos de Ivanna no hubieran caído en oídos sordos.

—¿Qué piensas hacer con Mark? No te veo preocupado porque Tessa se haya ido. De hecho, si tuviera que describir tu comportamiento, diría que estás... aliviado —dijo Frederick, apartando la mirada de la pareja.

—Porque así es como me siento. Sabía que esto podía pasar, y agradezco que ella se haya hecho a un lado. Aunque ahora esté huyendo de la policía, y ese sea su motivo para alejarse de mi hijo. Mark tiene a Ivanna y a mí —respondí, aunque sabía que eso no era suficiente. En el fondo, mi hijo siempre llevaría la herida de que su madre lo abandonó dos veces.

—No dudo de las buenas intenciones de Ivanna. He visto cuánto lo quiere, pero eso no basta, y lo sabes. Debes buscar ayuda para él. Todo esto dejará secuelas, y tienes que saber cómo actuar. ¿Ya pensaste en mi ofrecimiento? —preguntó Frederick, con un tono cargado de esperanza. Agradecía que él y Emma quisieran ayudarme, pero ya habían hecho demasiado por nosotros.

—No aceptaré esa casa, Jasón —respondí, refiriéndome a su generosa oferta—. Me diste la oportunidad de dirigir esa empresa, que prácticamente es mía ahora, y no sé ni cómo pasó. Además, me regalaste a Satanás, cuyo precio es casi el mismo que las tierras de papá...

—No tuve otra opción. Ese endemoniado animal nunca se llevó bien conmigo. Te vio y su comportamiento cambió por completo. Además, sabes que fue una broma que salió mal. El viejo me preguntó qué quería de regalo, y le dije un semental árabe. ¿Cómo iba a saber que lo traería de verdad?

—Pues va a tener hijos. Te daré uno —le dije riendo, aunque ya sabía cuál sería su respuesta—. Lo crucé con la yegua de Carolina.

—¿Qué mierda haré yo con un caballo, O'hurn? —replicó Jasón.

—Pues, ¿para qué lo pediste?

—Ya te dije. Listo, ya lo perdono —dijo, y ambos volvimos a mirar a la pareja. El hombre estaba arrodillado frente a Sofía—. Esto es mejor que Crepúsculo —bromeé, alzando una ceja, divertido—. Intenta razonar con una mujer embarazada —dije encogiéndome de hombros—. ¿Crees que le pedirá matrimonio?

Pero entonces el hombre comenzó a besar la barriga de Sofía.

—¡Rayos! —murmuramos los dos al unísono.

—María también está embarazada —dije después de unos minutos—. Y creo que acabo de arruinar la sorpresa —añadí al ver la cara de sorpresa de Jasón.

—¿No puedes guardarte nada, ¿verdad? Anda, salgamos —respondió él, negando con la cabeza mientras seguíamos observando a la pareja, que ahora se besaba apasionadamente.

—Espera, mira esa mano —dije al ver cómo la mano del hombre se deslizaba hacia los pechos de Sofía. Minutos después, lo vimos detenerse y quedarse quieto, mirando fijamente a la chica—. ¿Qué tan bien puede besar para dejarlo en ese estado?

—Las clases dieron frutos —respondí, y al notar la confusión de Jasón, añadí—: Ivanna y Sofía... solas en el hospital. Sofía llorando, y ya sabes cómo Ivanna soluciona todo. Se propuso ayudarla.

—Recuérdame mantener a mi mujer lejos de la tuya. ¡Es un peligro! —dijo Jasón mientras salíamos del auto, riendo y aplaudiendo al hombre, que seguía estático.

—¿Besa bien mi mujer, verdad, Alex? —grité, haciendo que él despertara de su trance y me mirara confundido. Segundos después, pareció entender todo y miró a Sofía.

—Sofía —dijo él.

—Iré a buscar a Ivanna —respondió ella, soltando la roca que llevaba en la mano y caminando hacia el interior de la mansión.

—No sé si estar agradecido o furioso con tu mujer. ¿No puedes controlarla? —me gritó Alex, claramente molesto.

—¿Y me lo dices tú? La tuya mide 1,65 y mira cómo te dejó. La mía mide 1,79 y maneja un arma igual o mejor que yo —repliqué.

—Sin contar que sabe golpear. O'hurn tiene razón, Ivanna es una mezcla extraña... insisto, es la hija de Lucifer —dijo Alex.

—¿Quién es la hija de Lucifer? —preguntó Pierre, que llegaba con su esposa.

—Ivanna... y tu hermano está enojado porque la rusa le dio ciertas clases teórico-prácticas a Sofía sobre cómo besar —expliqué. Los dos hombres rubios rieron divertidos ante la cara de espanto de Alex.

—¿Qué tan bien le fue? —preguntó María, claramente interesada. Todos la miramos sorprendidos, menos su esposo, que parecía encontrar divertida la actitud de su mujer.

—Estuvo cinco minutos sin reaccionar —respondió Jasón mientras entrábamos a la casa.

—Pues yo quiero esas clases —dijo María, siguiendo a Jasón.

—Y yo quiero verlas —añadió su marido tras ella.

—Nunca tendré una familia normal —murmuré resignado, caminando detrás del grupo—. Ivanna, me volverás loco.

Decidí no seguir al grupo. Entre menos supiera de lo que pasaba allá arriba, mejor. Así que fui a buscar a mi hijo. Lo encontré jugando con Omat, lo que me confundió. Observé cómo el hombre intentaba enseñarle al niño unos pasos de baile, y Mark reía divertido. Me tranquilizó verlo feliz, aunque sabía que era una felicidad superficial. Todavía debía contarle que su madre se había ido otra vez.

—¡Papá! —gritó Mark al verme en la entrada, corriendo hacia mí—. Omat me está enseñando a bailar, y luego dijo que me enseñará unos trucos.

—Me alegro, campeón —lo alcé en brazos, y sus manos rodearon mi cuello. Sentí su corazón acelerado, y eso me preocupó.

—Tessa llegó a casa y se fue otra vez. Solo dijo "me voy y ya". Le dijo a mami Ivanna que podía ser mi nueva mamá —continuó Mark. Miré a Omat, quien me hizo señas para que lo dejara hablar—. No le importo, nunca me quiso. Ivanna dice que no se irá, pero yo sé que sí. ¿Tú le crees? —se soltó de mi cuello y me miró a los ojos. Su mirada parecía esperar una respuesta crucial. Miré al hombre mayor frente a mí.

—¿Quién te dijo que Ivanna se irá? —pregunté. Era extraño que mi hijo mencionara ese tema con tanta certeza, cuando hasta hace unos días estaba feliz por nuestro compromiso.

—Claire. Me dijo que Ivanna se irá y que ella es la única que me quiere —respondió. Me pareció raro; Mark y Claire no se habían visto. El chico solo quedaba solo cuando estaba con Tessa, y entre ellas dos había un odio mutuo desde la preparatoria.

—¿Cuándo te dijo eso Claire, Mark?

—En la casa del abuelo, cuando jugaba en el corral. Ella se acercó y me lo dijo. También me dijo que no se lo contara a nadie, pero tú y yo no tenemos secretos, eso me dices siempre —explicó. Si Claire estuvo ahí, pensé, y se atrevió a envenenar a mi hijo con esas ideas... No recordaba cuándo Mark había quedado solo, pero él no solía mentirme. Si lo decía, era porque era cierto.

—Claire está equivocada. Ivanna no se irá, porque ya somos una familia. Me casaré con ella, tendrás hermanos, una nueva casa y un perro —le dije, siguiendo las promesas que siempre le hacía.

—¿Lo prometes?

—Tienes nuestra palabra de honor —escuché a Ivanna decir detrás de mí. Giré y la vi sonriendo, con los hermanos D'Angelo y sus parejas detrás de ella—. Si digo que besé a María, ¿qué harás tú? Dijiste que por cada cosa que yo haga mal, tú harías otra igual o peor.

La miré un momento y luego al resto del grupo. Fijé mi mirada en Jasón, que parecía entender lo que se me había ocurrido.

—No me mires, ni loco me dejo besar por ti —dijo Jasón, retrocediendo.

—Vamos, hombre, ¿a qué le temes? —se burló Pierre.

—A que le gusté, tal vez —respondí, retándolo con la mirada—. Ya veré qué se me ocurre.

IVANNA

Me acerqué al pequeño Mark y le acaricié la espalda. No entendía por qué insistía en decir que me iría, pero estaba decidida a demostrarle que podía contar conmigo. Miré a Vincent, que parecía preocupado por su hijo, y no era para menos. Aunque Mark reía a ratos y se divertía, su rostro volvía a mostrarse afligido.

—Jasón, creo que debes llevarme a la clínica —dijo Emma de repente. Todos giramos hacia ella y vimos que tenía la entrepierna mojada. Los cuatro hombres parecían amaestrados: Omat corrió a encender el auto, Alex fue por el bolso, Pierre llamó a sus padres, y Jasón cargó a su esposa, siguiendo a su cuñado.

—Vayan ustedes. Nosotros dejamos todo en orden y los seguimos. ¿A la clínica? —pregunté.

—No, al hospital. Todo está arreglado, la clínica tiene el piso de maternidad en remodelación —respondió Jasón, sorprendentemente calmado a pesar de que estaba a punto de conocer a sus hijos.

Minutos después, íbamos rumbo al hospital con Mark sentado entre nosotros, en silencio. El ambiente era tranquilo, pero él sujetaba la mano de su padre y se mantenía algo alejado de mí. Suspiré; no quería presionarlo, pero me dolía que actuara así. Tomé mi móvil y comencé a ver fotos de mis padres y de mí cuando era niña. Aquellos tiempos felices parecían lejanos. De adolescente, pensé erróneamente que nada podía romper esa felicidad, pero ahora, con el tiempo, esa sensación iba y venía. De pronto, una mano pequeña tomó la mía. Miré a Mark, que me observaba fijamente.

—¿Los extrañas? —preguntó.

—Solo cuando duele —respondí, recordando lo absurdo que fue la partida de mi madre. Vincent levantó a Mark en sus piernas, se acercó a mí y me abrazó.

—Decir que dejará de doler es mentir, pero aprenderás a vivir con eso. Siempre dolerá —dijo, besando mi frente mientras me abrazaba.

Llegamos al hospital y encontrar al grupo no fue difícil. Las cinco personas estaban en los pasillos. Omat hablaba por teléfono algo alejado, mientras los gemelos parecían visiblemente molestos.

—Joder, no nos dicen nada, y Frederick se fue con ella y tampoco aparece —dijo Alex, enojado.

—Han pasado diez minutos, Alex. A veces esto toma horas, hay que tener paciencia —le dije, recordando mi experiencia con el nacimiento de Mark.

—Mis padres salen esta tarde —añadió Pierre. No dije nada, pero agradecí la información. Me alejé del grupo y me senté en una silla. Me mantendría lejos de Evangeline todo lo posible. No conocía a su esposo, pero tampoco moría por hacerlo.

Vincent se sentó a mi lado y tomó mis manos. Sabía que estar cerca de mis tres primos me incomodaba; si lo hacía, era por Emma, a quien sentía que le debía mucho. Gracias a ella conocí a Vincent y a su familia. Una enfermera morena se acercó riendo. Algo en ella me resultó familiar, pero no lograba recordar de dónde.

—Vaya, es bueno verlos juntos. Imagino que la tragedia los unió. ¿Es tu esposa? —preguntó la enfermera, mirando a Vincent. Él parecía más confundido que yo.

—Mi prometida —respondí, intrigado—. Disculpe, pero no entiendo. ¿La conozco?

—No me recuerdas, querido, y lo entiendo. Fue hace muchos años, y ese día lo último en lo que te fijaste fue en mí. Fui yo quien te llamó cuando tu hermana llegó. Un gusto volver a verte, preciosa, y me alegro que estén juntos —dijo la enfermera. Nos miramos sin entender de qué hablaba.

—No me digan que no lo saben... Ella fue la chica que trajo a tu hermana ese día —continuó. Nos miramos, atónitos. Miré a la enfermera con los ojos abiertos.

—Aquí debe haber un error —dije.

—Ningún error. Jamás olvido un rostro, y el de ella menos. Estabas golpeada y herida en los brazos. Te recuerdo porque no te dejaron seguir con ella y te quedaste en el pasillo hasta que supiste que había salido bien de la cirugía. Y cuando te dije que había contactado a una amiga y a su hermano... —miró a mis ojos, y yo estaba en shock.

—¿Tú eres el hermano de Vanessa? —pregunté, cerrando los ojos.

Si eso era cierto, ella había muerto. Todos estos años estuve feliz pensando que había ayudado a alguien a no suicidarse al hablar con ella en ese callejón y quitarle esa navaja... Pero no sirvió de nada. Las heridas que le causaron ese día fueron demasiado.

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