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Capítulo 33

VINCENT

Tomé las riendas de Satán y caminé hacia los establos. Era casi imposible que se hubiera soltado solo. Entré, verifiqué, y todo parecía en orden. Lo aseguré y, al irme, un objeto brillante a mis pies llamó mi atención. Me agaché y lo tomé: un pendiente. Creía saber de quién era... Claire.

Podía haberlo perdido otro día, así que no podía confrontarla solo por eso. Necesitaba pruebas para enfrentarla sin que mi madre se opusiera a despedirla. Guardé el pendiente en mi camisa y me dirigí a casa de mis padres.

De camino, pregunté a los empleados si habían visto algo extraño o sabían quién estuvo en el establo. Todos negaron saber nada. El último en visitar el lugar fue mi padre, con Ivanna y Marck, pero él conocía las precauciones con Satán. Me resigné y entré a la casa.

En la cocina, Ivanna estaba sentada con una bolsa de hielo en el costado, lo que me alarmó. Había tenido demasiados accidentes ahí, y yo fui el causante de uno, aunque me doliera admitirlo.

—¿Encontraste algo? —preguntó mi padre, preocupado.

—Nadie vio nada, y Satán no se soltó solo —no mencioné el pendiente. Mi madre no creería que Claire fuera capaz, y yo tampoco lo habría creído antes.

—Puedes aprovechar para entrar al cuarto de tu hermana... —dijo mi madre.

—No, mamá, sabes mi respuesta. Recoge todo, guárdalo en el ático o regálalo. No quiero entrar ahí —ese cuarto, un santuario para mis padres, seguía tal como Vanessa lo dejó.

—Déjalo, mujer. Ya encontrará el momento —mi padre acarició la cabeza de Ivanna.

—¿Estás bien? Dejaremos el picnic para otra ocasión; es tarde —la vi sonreír y asentir. Aún no sabía por qué Claire soltó a Satán.

No entendía cómo logró que el caballo saliera agitado. Fue una suerte que Ivanna tuviera buenos reflejos; de lo contrario, hasta Marck habría estado en peligro.

—No te preocupes. Tu mamá me enseñará a cocinar tus comidas favoritas. Solo sé de postres; era el fuerte de mi madre y lo único que quise aprender —dijo con una sonrisa pícara.

No me extrañaba; era golosa con los postres. Me alegraba que mi madre la quisiera.

—Cuando quieras, preciosa. Esta es tu casa, y si mi hijo se porta mal, llámanos —dijo mi padre, mirándome fijamente. Esa amenaza sobraba; nunca le haría daño tras ver de qué era capaz—. Ven, tengo que decirte—me llevó aparte, lejos de las mujeres—. Claire estuvo aquí esta mañana. A tu madre y a mí no nos gusta su actitud. Sabes lo que pienso de esa promesa estúpida. No has investigado más, pero ahora es diferente. Está en riesgo la mujer que prometiste cuidar, tu futura esposa. Soluciona esto ya, Vincent. Hay prioridades —recordé el pendiente, lo saqué y se lo mostré.

—Lo encontré donde estaba Satán. Es de Claire. ¿Ha venido estos días? Pudo dejarlo otro día, papá —él lo tomó y apretó el gesto.

—No, y nadie se acerca ahí. Está prohibido por lo arisco que es Satán; solo tú y yo lo sacamos. Si esto es cierto, sácala de ahí. Ivanna tiene razón en estar molesta. Desde niña, Claire creyó que se casaría contigo. Ya no es una niña; si hizo esto, es capaz de cualquier cosa. Una mujer celosa es una bomba de tiempo.

—Me ocuparé —dije, acercándome a Ivanna y Marck.

El domingo transcurrió tranquilo por la tarde. No fue el día planeado, pero Ivanna conoció a mis padres, que era mi prioridad. Como era de esperar, se afligieron por nuestra partida y le hicieron prometer volver un fin de semana entero. Era complicado; los fines de semana eran de Tessa y Marck, y dudaba que ella cediera ese tiempo.

Satisfecho con el día, partimos a casa. Debía plantear mudarnos a un lugar más amplio y menos apartado. Evangeline tenía razón; el sitio era pequeño. Antes era solo para Marck y para mí, pero con Ivanna necesitaba algo más cómodo. El problema eran los recursos, que escaseaban.

IVANNA

La visita del lunes a primera hora me dejó atónita. Vincent se había ido hacía minutos, y Tessa estaba frente a mí, sentada en el sofá.

—Perdón por llegar sin avisar, pero necesito hablar contigo. Espero que Marck no esté.

—Está dormido —su visita no era buena señal. Todo lo que venía de Tessa era peligroso.

La noté nerviosa; algo malo pasaba. Jamás imaginé lo que diría.

—No puedo ser madre. Lo intenté, pero es imposible. Me iré. Sé que Marck estará bien contigo. He visto cómo habla de ti, cómo se le ilumina el rostro al verte —estaba furiosa. No podía creerlo.

¿Qué clase de mujer era? Intenté arreglar algo; no podía entrar y salir de la vida de su hijo a su antojo.

—¡No puedes entrar y salir de su vida cuando quieras, Tessa! Es imposible; no puedes hacerle esto —bajé la voz para que Marck no oyera.

Ella sonrió, con un toque de victoria, como si mi ruego la satisficiera. Sacudió la cabeza, fingiendo tristeza, pero sus lágrimas eran falsas.

—Deberías estar feliz. ¡Me haré a un lado! Puedes formar el hogar que mi hijo quiere. ¿No es eso lo que quieres?

Di un paso hacia ella; retrocedió. Quise golpearla, hacerle entender que su hijo sufriría su rechazo, más aún porque yo había avanzado con él. Pero ella estaba decidida a irse.

—¡Jamás sabrás lo que quiero! —le digo exasperada —Eres su madre; lo llevaste nueve meses. Es un niño adorable. ¿Cómo no lo quieres? No has intentado acercarte, pero cuando lo hagas, verás que lo es —la vi caminar hacia la puerta—. ¡Tessa, no puedes irte así!

Grité, desesperada, pero no se detuvo. Sabía que esto dañaría a Marck, ahora y en el futuro.

—Dile a O'hurn que firmaré renunciando a todo lo relacionado con Marck. Puede adoptar tu apellido; eres libre —me acerqué y la hice girar para que me viera.

—No tienes alma, Tessa. Estás podrida. Si sales por esa puerta y firmas ese papel, no te dejaré acercarte a Marck nunca. Le daré mi apellido con gusto. No permitiré que lo ilusiones con una madre que nunca tuvo. ¡No te dejaré cerca de mi hijo! —amenacé.

Busqué humanidad o arrepentimiento en ella, pero no había nada. La solté, y se fue. Me quedé frente a la puerta, incrédula. Había abandonado a su hijo otra vez.

—Sabía que se iría —dijo Marck detrás de mí. Apreté los ojos para no llorar; su voz se quebró—. No me quiere; nunca me quiso. Por eso te pedí a ti —giré y lo vi con su pijama de Cars—. Tú también te irás; siempre quedamos solos papá y yo —me arrodillé a su altura.

—No puedo dejarte, Marck. Eres mi hijo. ¡Estaremos juntos los tres! Dios, cuánto lo siento, cariño —me levanté y subimos las escaleras—. Vamos a cambiarte; pronto llega Alex para visitar a Emma y Andrómeda —no habló mientras lo ayudaba a cambiar. Aunque decía que no la quería, en el fondo esperaba que Tessa se quedara.

El timbre sonó cuando estábamos listos. Bajamos, y al abrir, encontramos a María. Al ver los ojos rojos de Marck, me miró interrogante.

—Espera en el auto, cariño —le dije, pero él habló.

—Tessa se fue otra vez y le dijo a Ivanna que podía ser mi mamá —María lo miró con tristeza, luego a mí, y asintió—. No se despidió; solo dijo "me voy". Ivanna dice que no se irá, pero sé que lo hará —continuó, sin mirar atrás.

—¿Hablaste con O'hurn?

—No, ocurrió hace minutos. No es algo para hablar por teléfono. Marck lo escuchó todo, María. ¿Qué se puede hacer? —ella miró al niño, que se acomodaba en el asiento trasero.

—Espero que no lo decepciones, Ivanna. Quiérelo y habla con su padre; no se ve bien —tenía que esperar a verlo, aunque imaginaba que Tessa también habló con él.

—Pensé que viajarías; eso dijo Alex.

—No, pospusimos el viaje. Logré un tiempo para presentarme. Voy cada año a España por el proceso contra mi padre. Ya terminó, pero debo ir hasta que digan lo contrario —dijo mientras caminábamos al auto. Abrió la puerta de Marck, comprobó que estuviera seguro, le besó la frente; él seguía triste.

—¿Qué pasó con los que secuestraron a Emma y a tu esposo? Dijeron que nunca supieron quiénes eran, aunque tu tío estuvo involucrado —María encendió el auto, me miró y sonrió.

—Murieron como lo que eran —apretó el volante—. Nada me dio más satisfacción que verlos morir. ¿Viste cómo dejaron su cuerpo? —negué; nunca tocamos ese tema con Emma.

No me sorprendió; sabía a qué se dedicaba María antes de Emma. Su historia era de película.

—¿Por qué la golpearon? ¿Lo dijeron? —negué.

—Imagino que por placer. Uno dijo que Luciano no pagó a tiempo; otro, que eran altaneros y no obedecían; y el tercero, por puro placer —se encogió de hombros—. Ya no están; no dañan a nadie —decidí no preguntar más y archivé eso en "cosas que no debí saber".

En la casa, Emma dormía. Marck corrió al patio; lo seguí. Omat estaba leyendo la prensa. Al verme, sonrió.

—Llegas tarde; te esperaba antes —se levantó a saludarme—. ¿Todo bien?

—Divinamente, salvo que ayer casi muero arrollada por la mascota de mi prometido —le conté del caballo, y me miró interesado.

—Conozco a Satán; no es normal que saliera así. ¿No encontraron nada en los establos? —negué.

—Si encontró algo, no me lo dijo. Tal vez es tan loco como su dueño —bromeé—. ¿Qué lees con tanto interés? —vi un libro pequeño junto a la prensa.

—Una historia interesante. ¿Conoces la leyenda del hilo rojo del destino?

—Algo leí —respondí, intrigada.

—Ven, te la leeré. Este libro de leyendas orientales me recordó a ti y Vincent —se cruzó de piernas, abrió el libro y leyó:

"Hace mucho tiempo, un emperador supo que una bruja poderosa podía ver el hilo rojo del destino. La mandó traer y le ordenó encontrar el otro extremo del hilo de su meñique para llevarlo ante su futura esposa. La bruja siguió el hilo hasta un mercado, donde una campesina con una bebé ofrecía productos. Se detuvo, la hizo ponerse de pie y dijo al emperador: 'Aquí termina tu hilo'. Enfurecido, creyendo que era una burla, empujó a la campesina, que cayó con su hija, hiriéndola en la frente. Ordenó decapitar a la bruja.

Años después, su corte recomendó que se casara con la hija de un general. El día de la boda, al levantar el velo de su esposa, vio un rostro con una cicatriz en la frente: la herida que él causó al rechazar su destino, que la bruja le había mostrado."

—Interesante, ¿no? —cerró el libro, sonriendo.

—Insistes en que Vincent y yo nos conocemos, pero no recuerdo dónde. Es un hombre que destaca —dije, buscando a Marck. Lo vi jugando con la mascota de Jasón.

—No necesariamente se vieron. Hay otros factores que desconozco —me miró, y fui clara.

—Sabes más de lo que dices. ¿Por qué no me lo cuentas y dejas de dar vueltas? —pregunté.

—Parecía tranquilo, aunque lo presionaba—. No es fácil. No veo los detalles. Solo sé que algo los unió. Está próximo a descubrirse.

CHARLIE

—¿De dónde sacaron estos videos y papeles? —el agente me miró fijamente.

—¿Importa? Una persona preocupada por sus nietos me los dio para denunciar. No importa cómo, Ferrini...

—El problema, Charlie, es que es una celebridad. No puedo allanar su casa sin más. Sé que está en negocios turbios, pero es escurridizo y no comete errores.

—Hasta ahora —le di un USB—. Lo quiero en el Infierno, Ferrini. Ahí lo esperan.

—No es tan fácil, y no haré negocios contigo...

—Encárgate de que caiga preso. Yo hago el resto —el Infierno, el patio de los peores criminales. Ahí quería a Antwan. Matarlo era fácil; no dolería. Yo quería que sufriera.

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