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Capítulo 32

CLAIRE

—¿Qué haces aquí? Te dije que Vincent venía con su prometida y Marck. Hoy no quiero que la chica se sienta incómoda, Claire —Susan, la madre de Vincent, me miró enojada.

—¿Aún no la conoces y ya te preocupa que ella se sienta incómoda? —respondí en tono mordaz mientras me sentaba en el comedor, ignorando que no me había invitado a entrar—. Prometiste ayudarme con tu hijo y no lo hiciste. Ahora mira —señalé con ambas manos la cocina—. Todo un bufet para la princesa.

—Sé lo que prometí, pero en ese entonces creía que eras la indicada. Ahora tengo mis dudas, por no decir que estoy segura de que no lo eres...

—Le prometiste a tu hija que me ayudarías...

—Ya basta, Claire. Sabes que todo eso es mentira. No pudiste enfrentarte a esos hombres como aseguras y salir ilesa, ni fuiste de ayuda para encontrar el lugar donde dañaron a Vanessa —Susan tiró el paño de cocina con fuerza—. Si mi hijo no hubiera estado tan preocupado por su hijo en ese entonces, lo habría notado. En esa carta jamás mencionan tu nombre. Quiero la felicidad de Vincent, Claire. Nunca lo he visto tan feliz. Ahora, por favor, vete antes de que lleguen —señaló la puerta, pero no se levantó.

Ella prometió ayudarme. Era la única que podía hacer entender a Vincent que yo era la indicada para formar un hogar con él.

—Esa mujer jamás existió. Vanessa estaba delirando. Nadie la vio regresar, y si fue golpeada como dijo, ¿por qué no pidió ayuda? Estaba en un hospital —dije, y Susan resopló. Solo me faltaba que ahora se las diera de detective.

—Vanessa aseguraba que sí, y yo le creo. No le diré nada a Vincent; han pasado casi siete años. Lo que había que hacer por esa chica ya es tarde. Vincent no ha querido entrar al cuarto de Vanessa, ni ver su carta, ni el diario que dejó. Para él, su hermana está de viaje. El día que quiera ver todo eso, no podré detenerlo. He intentado decirle mis sospechas, pero ha estado ocupado con su prometida y la custodia del pequeño. No me hagas hablar... Ahora vete, Claire, por favor —me tomó por los hombros y me levantó.

—Iré a visitar al abuelo... Nos vemos más tarde, Susan —murmuré "vieja estúpida" al entrar al auto.

Había invertido demasiado tiempo en Vincent para que ella lo arruinara ahora. En mala hora se le dio por ser inteligente, cuando su cerebro nunca funcionaba.

Dejé el auto frente a la casa de mi abuelo y caminé hacia el rancho de los O'hurn. Esa mujer no me quitaría lo que me pertenecía. Caminé decidida hacia las caballerizas y me oculté en el lugar donde Vanessa y yo jugábamos de pequeñas. Desde allí, minutos después, los vi llegar. La cólera se me subió a la cabeza al verlos a los tres tomados de la mano. Era yo quien debía ocupar ese puesto, yo quien debería estar acariciando su rostro como lo hacía esa rusa en ese momento. Ella parecía dudar al entrar. Apreté los puños con fuerza. En algún momento la dejarían sola, así que, con esa esperanza, esperé oculta.

IVANNA

—¿No puedes ir tú? No quiero ir —rogué a Vincent, que me miraba divertido en la puerta—. ¡No te rías!

—Mis padres te amarán, simplemente porque Marck y yo te amamos. No te conozco como cobarde, Ivanna —me tomó en brazos y me metió al auto—. Debemos recoger a Marck o no llegaremos a tiempo a almorzar, y entonces mamá sí se enojará —rodeó el auto y se sentó a mi lado.

Tenía miedo de no ser aceptada. Si Vincent era su único hijo y Claire era cercana a la casa de sus padres, ella bien podía contar las cosas a su manera. Suspiré, apretando el bolso contra mi pecho. Me sentía como adolescente: con un vacío en el estómago y sudando.

—Tranquila, mis padres no son tan salvajes. Te sentirás como en casa —entrelazó su mano con la mía, se la llevó a los labios y la besó.

Al llegar a casa de Tessa, Marck salió despavorido hacia el auto sin siquiera saludar a su padre. Abrió la puerta y se lanzó a mi cuello, sonriendo.

—Yo también te extrañé, cariño —le dije, devolviéndole el abrazo.

—¿Y a papá no hay abrazo ni besos? Me siento herido —dijo Vincent, llevándose la mano al pecho de forma melodramática.

De camino, el ambiente fue alegre. Marck parloteaba, contándome lo que había hecho con su madre. Se quejaba de que no salía con él, que siempre estaban en casa porque Tessa temía que resultara dañado. Tal vez ese era el motivo de no querer estar con ella. Conmigo, siempre salíamos al parque o al cine, mientras que Tessa lo mantenía encerrado. Era un niño; necesitaba correr, incluso con sus limitaciones.

Al llegar, me quedé de pie frente a la casa. Miré alrededor; era un lugar amplio. Abrí los brazos y respiré el aire puro. Era hermoso, y el verde del paisaje le daba un toque fantástico, pero seguía dudosa al entrar. Los hombres de mi vida parecieron notar mi temor, así que, tomándome cada uno de una mano, empezamos a andar hacia la casa.

—Te mostraré mi caballo —dijo Marck, animado—. Se llama Phocus, está allá —señaló una enorme edificación—. Pero no debemos ir solos; está Satán, el caballo de papá, y es malhumorado.

—Los animales se parecen a sus dueños —dije, sonriendo, mientras Vincent me abrazaba, riendo.

—Es un buen caballo; solo nadie lo entiende tanto como yo —respondió, acariciando mi mejilla.

Al llegar a la puerta, esta se abrió. En el umbral estaba una pareja mayor. La mujer, de mediana estatura, cabello castaño y ojos azules, era robusta y me miraba con curiosidad. El hombre, rubio, casi tan alto como su hijo, me sonreía.

—Te quedaste corto, Vincent. Qué criatura más hermosa; parece un ángel —dijo la mujer, acercándose y abrazándome fuerte. Aguanté el dolor en mi costado; no quería hacerla sentir mal. Me alivió que, de entrada, le agradara. Una preocupación menos, pensé.

—"El diablo también fue ángel" —respondió Vincent a su madre, quien lo miró con una ceja alzada—. Sabes que tengo razón, preciosa —añadió, abrazándome.

—Mamá, papá, les presento a Ivanna, mi prometida y futura esposa —dijo Vincent, sonriendo.

—Susan tiene razón; te quedaste corto en la descripción —dijo su padre, sonriente—. Bienvenida a la familia. Espero no salgas huyendo de esta casa de locos —señaló el interior y se hizo a un lado—. Adelante, estás en casa. En unos minutos te mostraré los alrededores; necesitarás días para conocer todo el lugar.

—Gracias, señor, señora.

—Soy Vincent, cariño, y ella es Susan. Puedes tutearnos. Dentro de poco serás la esposa de mi hijo y nuestra hija, así que sobran las formalidades —me pasó una mano por los hombros y me llevó a una sala—. ¿Tomas algo? ¿Cerveza, vino? —negué; no acostumbraba a beber.

—No, de hecho, no tomo licor. ¿Café es mucho pedir? —le sonreí. Tenía un gran parecido con su hijo, pero mayor y con el cabello corto.

—Perfecto, ya vuelvo —lo vi dar media vuelta y alejarse hacia lo que imaginé era la cocina.

No vi a dónde se había ido Vincent. Marck se acercaba, sonriente.

—¿Te gusta? Es hermoso, y el lago te gustará. Le diré a papá que nos lleve —me besó las manos. Sería un hombre hermoso; tendría problemas con las mujeres que quisieran dañarlo.

—¿En qué piensas? —preguntó Vincent padre al volver, viéndome mirar a Marck.

—En todos los problemas que tendré cuando Marck sea grande con las mujeres que se le acerquen —ambos sonreímos ante esa confesión.

—Aún falta mucho para eso —me calmó.

—Lo sé, pero, aun así —mis labios formaron una sonrisa al ver al niño montarse encima de mí y besarme las mejillas.

—¿Te parece si damos una vuelta mientras Vincent arregla todo? —me tendió la mano, y la tomé. Salimos directo al establo—. Te mostraré la mascota de mi hijo, Satán —llegamos, y supe por qué el nombre. Era un caballo enorme, de pelaje azabache y brillante. Sin duda, un animal hermoso.

—Es hermoso...

—Y solo se deja montar por su dueño. Fue un regalo de Frederick —eran, sin duda, buenos amigos. No sabía de caballos, pero este debía valer una fortuna.

Salimos del lugar, y me mostraron los alrededores. El lago que Marck mencionó era pequeño pero hermoso.

—En la próxima visita, te mostraré todo el lugar. Ya estarás mejor y podrás montar a caballo sin dificultad —abrí los ojos con sorpresa; ni loca me montaría en un animal así—. No te preocupes, no todos son como Satán. Hay una yegua que puedes montar sin problemas.

Marck corría alrededor de nosotros. Estábamos llegando a la casa desde un costado cuando su grito me hizo girar la cabeza. El sol iluminaba el pelaje negro del caballo que venía desbocado hacia nosotros. Eché todo el peso de mi cuerpo contra el hombre mayor a mi lado, cayendo ambos al suelo. Lo último que escuché fue el grito de Vincent llamándome, y todo se tornó oscuro.

VINCENT

—Nunca te he visto tan enamorado. Me alegra saber que eres feliz —mi madre me ayudaba a empacar una canasta para el picnic al que llevaría a Ivanna.

—Sí, mamá, pero temo que las cosas no salgan como esperamos.

Claire era una sombra oscura. Le había restado importancia frente a Ivanna, pero el día anterior, antes de ir a casa de Jasón, la había enfrentado. Negó todo e insistió en que Ivanna se le había lanzado encima. Había llorado, y si no hubiera escuchado la conversación, habría dudado otra vez de mi mujer. Me asomé por la ventana, mirando hacia la colina donde veía bajar a mi padre con mi familia. Una sonrisa se dibujó en mi rostro.

—Claire será un problema, mamá.

—De ella quiero hablarte —el grito de mi hijo me hizo volver a mirar por la ventana y ver a mi caballo dirigirse desbocado hacia mi padre y mi mujer.

—¡Satán! —le dije a mi madre mientras salía corriendo.

Salí en el momento justo en que Ivanna empujaba a mi padre y caer ella. Mi corazón latía a mil. No quería venir, y yo había insistido. Si algo le ocurría, no me lo perdonaría. Lancé un silbido fuerte al animal, que frenó su galope y se dirigió hacia mí. Alguien debió soltarlo y hacerle algo; no saldría así de la nada. Después averiguaría con los empleados; ahora mi preocupación era otra.

—¿Estás bien, papá?

—Sí, ella me sacó del camino. Es ella la que temo que no esté bien —toqué su rostro levemente, pero no reaccionaba.

—Vamos, bebé, no puedes hacerme esto.

—¡Mami! —lloraba Marck mientras la sacudía—. ¡Despierta!

—Será mejor que no la muevas, corazón. Aún no sabemos qué tan grave fue —un leve movimiento en sus pestañas me hizo suspirar aliviado.

—Marck...

—Él está bien, preciosa. Dime qué te duele...

—El orgullo. Acabo de ser derribada por tu mascota; creo que me odia —todos sonreímos, aliviados, mientras la miraba, dudoso.

—¿Nunca puedes ser normal? —le reprendí.

—¿Prefieres que llore? —dijo, sentándose en el pasto.

¡No! No quería eso. De hecho, era exactamente eso lo que me había hecho amarla.

—Regresen a casa —dijo mi padre—. Me acabas de salvar de un hueso roto, preciosa. Te debo una —Ivanna había conquistado el corazón de mis padres; veía en ambos la admiración hacia ella. Eso me tranquilizó; un problema menos.

—Vayan ustedes. Iré a averiguar qué ocurrió. ¿Quién soltó a Satán y por qué? —caminé decidido hacia las caballerizas.

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