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Capítulo 31

ALEXIS

—Ivannok, tienes visita —el golpeteo de la reja me hizo levantar la cabeza del libro que leía—. Andando, estás muy solicitado últimamente —la voz del guardia era irónica.

—Ya ves, la popularidad me llegó en la vejez —respondí mientras metía las manos para ser esposado.

—Nunca es tarde, Ivannok. Espero que esta vez sean buenas noticias —no respondí; no esperaba visitas. Me llevaron a una sala privada, y supe que el visitante no era alguien ordinario. Al entrar, vi a Evangeline York, ahora D'Angelo, sentada.

Me senté frente a ella y la miré con atención. Había algo de Christine en ella, y eso, en el fondo, me afligió. Aunque mi esposa tenía rasgos más suaves y sus ojos eran grises como los de nuestra hija, los de Evangeline eran azules, como los del maldito de su padre. Guardé silencio, esperando que me diera los motivos de su visita. La última vez que nos vimos no fue en las mejores condiciones. Tuve que ser algo tosco para que entendiera de una vez que a quien amaba era a mi esposa, y eso nunca cambiaría.

—Los años han hecho estragos contigo, Alexis —aunque su voz parecía calma, sus ojos decían otra cosa. Miraba en todas direcciones y golpeaba la mesa con los dedos, insistente.

—No creo que hayas viajado hasta aquí para decirme lo viejo que estoy, Evangeline. Haz tu pregunta y lárgate; lo último que quiero cerca ahora es tu compañía —apretó los labios y empuñó las manos, un gesto que me hizo sonreír. Había cosas que nunca cambiaban.

—Le prohibiste a tu hija verme. Se niega a escucharme, y el hombre con el que decidió vivir no permite que interactúe con mis hijos —empezó su queja—. Hasta con William, que no tiene nada que ver, la mantiene alejada. Esto es inaceptable. ¿A qué le temes? ¿No quieres que ella sepa lo que hiciste? ¿Por eso le negaste que se acercara a mí?

Apoyé las manos en la mesa y la miré a los ojos. Me parecía increíble que hubiera viajado tan lejos para hacerme ese reclamo, después de todo el dolor que Christine vivió y que ella, seguramente, sabía y nunca hizo nada por ayudarla.

—Te estoy haciendo un favor, Evangeline. Agradezco a... Vincent, creo que ese es su nombre —dije, recordando el nombre del prometido de mi hija—, que proteja a Ivanna en mi ausencia. Te recuerdo que Ivanna tiene ya treinta años. Quizás no lo sepas, pero desde que tiene quince, toma sus propias decisiones. Mi hija está pasando un mal momento. Me duele admitirlo, pero es mi culpa.

—Jamás estará mejor en esa casucha que conmigo...

—Está bien cuidada y libre de un ambiente tóxico —corregí, y a mi cuñada no le gustó el comentario.

—¿Temes que le diga quién eres en realidad? —preguntó, sonriendo, y negué. Qué poco conocía a mi bebé.

—Ella no sabe toda la verdad sobre su madre porque coincidimos en que era lo mejor. Pero de algo puedes estar segura, Evangeline: si llega a enterarse de todo, jamás te querrá cerca —entorné los dedos y seguí atento a sus movimientos.

Mi hija había pasado por muchas cosas sola. Evangeline tuvo la oportunidad de buscarla y reivindicarse, pero nunca lo hizo. No me arrepentía de lo que hice; si pudiera regresar el tiempo, lo haría de nuevo, por Christine.

—¿Crees que le gustará saber que su padre no mató a la cantidad que se dice, sino que le faltó muchos más a esa lista? No he tenido oportunidad de hablar mucho con ella. Es una rebelde y maleducada, pero algo me dice que no le gustará saber que su padre mató a su abuelo —su voz se quebró. Era increíble que, después de lo salvaje que fue William York, ella lamentara su muerte.

—No empuñé esa arma, Evangeline...

—¡LO OBLIGASTE A SUICIDARSE! —gritó, alterada—. Era un anciano, Alexis, y no te importó. Obligaste a matarse al padre de tu esposa. ¿Qué clase de monstruo eres?

—No jalé ese gatillo. Le di la oportunidad de tener una muerte digna, una que no merecía —incliné mi cuerpo hacia ella, para que solo ella me escuchara—. No asesiné al padre de mi esposa; sino al maldito que la violó. Y si tuviera la oportunidad, lo volvería a hacer. Pero esta vez, yo jalaría ese maldito gatillo, Evangeline.

—¿Eres un monstruo? ¿No tienes temor a Dios?

—¿Y tú? —le pregunté, sonriendo—. ¿Has podido dormir todos estos años, Evangeline? Eres igual o peor que yo —regresé mi cuerpo a su lugar y la seguí observando—. La que tiene mucho que temer eres tú. ¿Qué crees que dirán tus hijos cuando sepan que sabías lo que tu padre le hacía a tu hermana?

—No hice nada...

—¡Precisamente! —la interrumpí—. No hiciste nada, Evangeline. Imagino que sentiste alivio al saber que era mi Christine la que había sido violentada. Aunque me parece atroz, lo respeto —hablé con calma, pese al tormento que me causaba recordarlo—. Lo que no te perdonaré jamás es que, sabiendo por qué tu abuela la mandó a Moscú y viendo lo feliz que era conmigo, fuiste con tu padre y le contaste todo...

—¡En ese entonces no lo sabía! Lo supe tiempo después, y no tienes idea de cuánto me arrepiento —las lágrimas que derramaba no aliviaban mi dolor. Nada podía calmar el dolor de no haberla ayudado entonces.

—No te creo, Evangeline. Viviste en esa casa con tu hermana. En un solo día, me di cuenta de que algo estaba mal cuando regresó conmigo. Tus celos eran tan grandes que no me extraña que te alegraras de su dolor —la vi taparse la boca mientras sus lágrimas brotaban, pero no me importó. Mi esposa había derramado muchas por su egoísmo, así que continué.

—Jamás me entenderás, Alexis —en eso tenía razón—. Todo lo mejor le pasaba a Christine.

¿Ser violada por su padre era lo mejor? ¿Quedar embarazada producto de eso también? ¿Qué le arrebataran a su hijo? Esa mujer era igual que su padre: dos seres sin alma y sin amor por su hermana.

—¿Qué quieres de nosotros? —dije para acabar rápido con esa conversación—. Mi hija nunca necesitó de ustedes. Déjala ser feliz. No quiero que alimente este odio que por años llevo aquí —golpeé con fuerza mi pecho—, que me mata día tras día al saber que la dejé partir ese día, que no pude protegerla. Quiero que sea feliz, y si ese es el hombre que ella quiere, lo aceptaré. No sabe quién fue su abuelo, el causante de ese dolor. Por eso no te quiero cerca de ella —terminé.

Mi esposa le contó a su abuela lo que su padre le hacía. Al principio, eran solo visitas nocturnas y tocamientos. La señora supo de qué se trataba y, para proteger a su nieta, la envió a estudiar lejos de su padre. Para que él aceptara, le dio el control como albacea de su nieta. Para entonces, William era viudo y padre de dos mujeres de 24 y 22 años.

Desgraciadamente, la llegada de Evangeline a Moscú y los celos hacia su hermana la llevaron a contarle a su padre que Christine estaba de novia con un hombre humilde. En ese entonces, no sabía lo que le había pasado a mi esposa, ni lo que su padre le hizo al regresar a Londres. Pero su comportamiento era extraño: lloraba por las noches, no se dejaba tocar ni acariciar, temblaba si alguien alzaba la voz. Eso duró mucho, hasta que un día llegó Epson a visitarnos. Fue él quien se dio cuenta de lo que le había pasado y del porqué de su conducta. La llevó a un psicólogo, y pudo llevar una vida normal, pero se negaba a decir quién la había lastimado.

—No la mantendrás en una burbuja para siempre. Tarde o temprano, sabrá la verdad...

—No quiero que sea ahora, Evangeline —la reté—. Tú educaste a tus hijos como quisiste. Yo sé lo que produje, y si digo que mi hija no sabrá quién dañó a su madre, eso es lo que se hará. Tú mandas en tus viñedos y en tu palacio; yo mando en mi casa y en mi hija. Aléjate de ella y de Vincent.

—Tiene un niño, Alexis, y está lleno de problemas. No se deja ayudar, es orgulloso y tan maleducado como tu hija. Sé que, si le pides que acepte mi ayuda, lo hará. Es lo que te pido. Me mantendré lejos de ella. Tiene amistad con mi hija y su esposo, pero tampoco han aceptado nada de ellos —me pasé las manos por el rostro, sonriendo. Parecía que mi hija había encontrado a la persona indicada, y eso me alegró.

—Responde algo, Evangeline. Ese chico... ¿quiere a mi hija? —era lo único que me importaba; el resto no.

—Por lo que vi y cómo la protege, sí. Según Emma, adora a tu hija. Pero eso no es suficiente, Alexis. Es mi sobrina; merece lo que por ley le corresponde...

—Ella no necesita tu dinero. Tiene el mío, y no lo ha usado. Está acostumbrada a valerse por sí misma. Mi abogado le envió con tu hijo Pierre todos mis fondos. Tal vez no es la fortuna que tú o tu esposo tienen, pero es suficiente para que ella y su futuro esposo vivan cómodamente. No ha usado un centavo, y no es dinero ilegal; es producto de mi trabajo y el esfuerzo de Christine. Como ves, jamás aceptará un peso tuyo; si no quiere el mío, menos el tuyo —me levanté de la silla. Para mí, la conversación había terminado.

—No es mi dinero, Alexis; es el de mi hermana y, por ende, el de ella.

—Evangeline, este no es un buen lugar para ti —dije, dando media vuelta y caminando hacia el guardia que me abrió la puerta.

—Debes estar orgulloso; tu hija es tan orgullosa y brusca como tú —no volteé.

Nadie entendía que Ivanna era todo lo que yo quería que fuera. Nunca quise hacer de ella una mujer que alguien pudiera moldear a su antojo. Sí, estaba orgulloso de mi hija; de eso no había duda.

—No vuelvas a buscarme, Evangeline, o tu esposo sabrá que llegaste hasta Moscú. No me quedaré en esta simple visita. Le contaré todo lo que sé de ti, y estaré ahí para recoger los restos de tu maltrecho matrimonio junto con mi hija —dije, saliendo del lugar.

IVANNA

Estábamos reunidas en la piscina de la casa de los Frederick: María, Emma y yo. Los hombres estaban en el otro extremo. Jasón y Vincent no habían llegado, aunque ya habían anunciado que estaban en camino.

—¿Por qué te niegas a decir el motivo de esas heridas? Vincent tiene razón: si nunca te ha obligado a contarle lo que pasaste con Antwan, ¿qué importancia tiene esa mujer en la oficina? Serás su esposa, y ella, tarde o temprano, lo entenderá. Aunque no soy la indicada para decirlo; nunca he tenido problemas de celos con Pierre —María me miraba por encima del vaso de whisky que sostenía.

Emma solo me observaba. Hasta ese momento, no había dicho nada. Imaginaba que le era difícil opinar, dada la amistad entre ella y Vincent.

—Porque no hay razón para hablar de algo que causa daño. No entiendo, y nunca entenderé, por qué las personas insisten en recordar épocas tristes del pasado, cuando lo que se debe recordar es lo alegre. No tiene mayor importancia. Solo pedí que la trasladaran a otro lado; era simple, pero su renuencia me dio intriga. Lo averiguaré por mis propios medios —dije, encogiéndome de hombros.

—Es una época dolorosa para él. Lo que dices es cierto: recordar cosas dolorosas no siempre es bueno, y tú misma le das la razón. Tal vez no te lo cuenta porque tendría que revivir lo que pasó con su hermana —dijo Emma, seria—. Esa chica, Claire, hasta donde recuerdo, fue la única que lo ayudó a buscar a su hermana. Si no me equivoco, fue ella quien la encontró y evitó que muriera. Hay una deuda de gratitud con ella. Creo que también hubo una carta donde ella le agradecía por ayudarla y le pedía perdón por no ser tan valiente.

Dijo aquello mientras se pasaba las manos por su enorme barriga. Pensé en esa confesión. Seguía sin entender por qué no podía saberlo. No era extraño que alguien ayudara a otro; yo misma me había metido en líos esa noche por ayudar a alguien, y esa cicatriz era el recuerdo de ese día.

—Sigo sin entender por qué no puede contármelo si es tan simple...

—Tal vez la que no quiere que se sepa es Claire, y él solo obedece. Con lo caballero que es, no me extrañaría —en eso, María tenía razón.

Vincent era lo bastante leal para cumplir si alguien le pedía algo así. En ese instante, los vi llegar y acercarse primero al grupo de los hombres. Desde donde estábamos, no escuchaba lo que decían, pero sí veía la cara de pocos amigos que Vincent puso ante un comentario de William, a quien el malestar de mi prometido parecía divertirle.

—Creo que mejor nos vamos —dije, levantándome de la tumbona—. O te estropearemos la velada, cariño. Estaré atenta al nacimiento de mis ahijados —ayudé a Emma a levantarse mientras caminaba hacia Vincent, que venía hacia mí, enojado.

—Nos vamos —dijo, tomándome de la mano y saliendo apresurado. Omat se acercó, preocupado.

—Cálmate. Sabes cómo es esto. Está provocando; no caigan en su juego —dijo Omat—. Además, tenemos una conversación pendiente.

—Otro día será. No me quedaré aquí con ese hombre —respondió Vincent, acercándome a él.

—Tal vez se pasó, te entiendo, pero debes saber sortear estas cosas —insistió Omat.

—Vincent, espera, hombre. Sabes que lo hace por molestar —dijo Jasón, caminando apresurado tras nosotros—. No hagas algo de lo que te arrepientas —ese comentario lo hizo detenerse.

—Acaba de decirme que, si no puedo con mi mujer, él gustoso me hace el favor. ¿Y pretenden que me quede? Me voy antes de que les arruine la reunión —dijo, alterado. Me acercó y puso la mano en mi pecho, que subía y bajaba agitado.

—Quédense un poco más. Después, con el parto, no habrá tiempo —ambos negamos

—Vincent tiene razón. Será mejor irnos. Conozco un poco a William y el temperamento de Vincent. Será cuestión de tiempo para que terminen a golpes —le apreté las manos a Jasón como apoyo, y él me devolvió el gesto.

—Lamento el inconveniente. De saber esto, no te habría traído a casa; habría elegido otro sitio. Pero podremos quedar antes de que me vaya —me acerqué a Omat y lo abracé. Estaría encantada de hablar con él nuevamente.

—¿Necesitan que los lleve? A Andrew lo enviamos a casa; no tenía sentido que estuviera aquí, estando todos —sabía que Alex, el mayor de los D'Angelo, solo quería aliviar el ambiente.

Nada que saliera de los labios de William dirigido a Vincent sería tomado a broma por él, así que nos despedimos y aceptamos el ofrecimiento de Alex. De camino a casa, había un silencio incómodo. Vincent estaba sentado en el asiento trasero, en completo silencio, mientras Alex miraba de vez en cuando por el retrovisor.

—¿Ya te encuentras mejor? ¿Has podido hablar con Alexis? —agradecí que Alex quisiera romper el silencio, así que intenté ser cordial, a pesar de los problemas entre nosotros.

—Aún me duele al hacer movimientos bruscos, y no he podido hablar con él. Con quien sí hablé fue con Boris ayer. Me hizo detallar mis heridas y narrarle el dictamen médico porque papá lo exigió. Pobre, lo debe estar pasando mal con él —ambos sonreímos ante eso.

—Alexis puede parecer...

—Intimidante —continué, al ver que no encontraba las palabras—. No lo has visto enojado. Yo sí, una vez. No lo recuerdo muy bien. Llegó de visita un amigo suyo al que yo llamaba Ep, un señor alegre que me enseñaba trucos con una moneda. Se encerraron: mi padre, mi madre y Ep. Yo me quedé en la sala. Lo escuché gritar y golpear con fuerza el escritorio. Minutos después, lo salieron a la sala; estaba rojo, agitado y con los puños apretados. Fue el único día que lo vi perder el control —dije en un susurro.

—¿Por qué estaba enojado? —escuché a Vincent preguntar desde atrás. Eso sacó una sonrisa a Alex, y suspiré aliviada al oírlo hablar.

—El tío Ep solo me dijo que se había enterado de algo que le habían hecho a mi madre, pero que ellos se encargarían de todo —recordé que fue la última vez que vi a Ep. Después de eso, nunca volvió, y mi padre se quedó de lleno con nosotras.

—Eso explica su enojo, entonces. Cuando habla de tu mamá, mi tía, se le iluminan los ojos, y un manto de tristeza cubre su rostro. No debe ser fácil.

—No lo es. Siempre fuimos los tres. —recuerdo —Pudimos ser cuatro, pero mi padre perdió al bebé. Él y mi madre se amaban mucho. Incluso después de que él cayera en prisión, mamá no faltaba a las visitas. Yo también la extraño, a decir verdad —habíamos llegado a casa, lo que me evitó seguir con esa conversación incómoda.

—Paso por ti el lunes, si a O'hurn le parece bien. Estarás con Emma; así se harán compañía. María y Pierre viajarán a Italia —asentí, sonriendo. Siempre era un placer visitarla.

—Siempre que William no esté, no le veo inconveniente —dije en un susurro, y Alex solo sonrió como respuesta.

Al entrar a casa, Vincent me tomó por la cintura y me atrajo hacia él. Lo miré a los ojos, expectante. No sabía qué le había dicho William que lo mantenía en ese estado.

—En este momento se acaba mi castigo. No dejaré que sigan burlándose de mí por tu causa —dijo, atrayéndome y tomando mis labios de manera posesiva. No me hice la difícil; también se me hacía difícil estar lejos de él. Lancé un quejido cuando me sostuvo con fuerza—. Lo siento, pero te he extrañado.

—Yo también —murmuré cuando logré separarme. Su mano viajó a mi espalda y bajó la cremallera de mi vestido—. Estamos en la sala —su respuesta fue un gruñido.

—No te preocupes. Después lo haremos en el cuarto, en el baño, en la cocina, donde quieras. Pero por el momento, no creo poder llegar hasta las escaleras —tomó una de mis manos y la puso en su entrepierna para que sintiera su erección—. Así me tienes desde hace cuatro días; estaba por volverme loco —me besó nuevamente y mordió mi labio. En respuesta, entreabrí la boca, lanzando un gemido de placer. El frío de la noche me llegó al sentir mi vestido deslizarse por mis caderas.

Lo ayudé a desvestirse de camino al sillón, mientras sus labios besaban mi cuello y me decía al oído todo lo que me haría esa noche. Sonreí ante el hecho de que nunca levanté el castigo y que aún no sabía qué le había dicho William, pero agradecí en silencio lo que fuera que lo animó a buscarme, y no al revés. Me sentí arder con sus besos y caricias, que no dejaban una parte de mi cuerpo sin besar, diciéndome lo maravillosa que era. Lo vi levantarse y terminar de desnudarse frente a mí. Una sonrisa se dibujó en mis labios al verlo desnudo ante mí.

—¿Qué te parece tan divertido? —dijo con voz ronca, mientras con una pierna se abría espacio entre las mías.

—Que eres mío —respondí, al tiempo que entraba en mí.

—Solo tuyo, pero tú eres mía... —dijo con voz ronca, volviéndome a besar.

(...)

—Alguien dijo alguna vez que el noventa por ciento de la felicidad en la vida de un hombre nos la da una mujer —dijo Vincent tiempo después, mientras estábamos abrazados en la cama—. Y tenía razón. Lamento haber sido el causante de tus lágrimas esta mañana, nena —me atrajo hacia él. Tal vez era mejor contarle lo que le intrigaba, así que me acerqué mientras empezaba a narrar.

—Tres días después de comprometerme con Antwan, supe que había cometido un error —comencé, y sentí cómo me acercaba más y besaba mi frente—. Una noche quise dar una vuelta por la ciudad, pero tuve que salir con dos escoltas, uno de ellos Kerchak.

No podía ser una transeúnte más, así que los perdí de vista y caminé sola. Solo quería caminar sin problemas, sin alguien vigilando mis pasos o alejándome de lugares "peligrosos". Caminé sin rumbo fijo hasta que escuché gritos en un callejón. Me acerqué; estaban asaltando a alguien. Grité pidiendo ayuda para socorrerlo, pero todos pasaban e ignoraban.

—Partí algunos dientes ese día, y me cortaron la muñeca; por eso tengo esas heridas en el brazo —guardé silencio, recordando ese momento. Cuando los hombres se fueron al escuchar las sirenas, vi que la persona estaba malherida, en un estado horrible—. Al final, todos huyeron.

Me acerqué; sangraba por todos lados. Fuimos al hospital, y me quedé hasta que me dijeron que no podía estar ahí porque no era familiar. Me fui a los pasillos, esperando que alguien llegara, pero nadie lo hizo. Era de madrugada cuando llegué a casa. Antwan estaba enojado; me preguntó por qué estaba golpeada y herida. No le di explicaciones. Corrí al cuarto, me bañé, y alguien subió un té con una pastilla para el dolor.

—Me pareció extraño que se preocupara por mí, pero agradecí el gesto. Me la tomé y no supe de mí hasta horas después —me alejé de su abrazo y me senté en la cama, mirando a la nada.

—Lo siento mucho. Tenías razón en no querer recordarlo —dijo al verme llorar.

—Desperté cuando escuché a alguien llamarme —continué, porque ya había empezado—. Era el médico que estaba curándome, el que de ahí en adelante se encargaría de mis laceraciones. Antwan me dijo que eso era su respuesta por desobedecer. Desde ese día, juré no hacer nada de lo que me dijera. Así que se volvió costumbre amanecer golpeada o amarrada —terminé, levantándome de la cama y mirando por la ventana—. Esa es la historia de mis heridas. Tengo otras que ya sanaron, y algunas no se ven físicamente, pero están grabadas aquí —señalé mi cabeza—. Muchas noches no me dejan dormir. Quiero hacerlas desaparecer, y la única manera es no recordarlas nunca más.

—Lamento mucho... No sé qué decir.

—Está bien. Hay muchas cosas hermosas que recordar. Odio recordar lo malo; mi cerebro lo bloquea. No es algo que haga a propósito —me alcé de hombros y sentí que me abrazaba. Juntos observamos el parque—. Recordar lo malo es estúpido. Tengo recuerdos maravillosos de mis padres como para enfrascarme en mi dolor.

—Ojalá te hubiera conocido antes, Ivanna. Quisiera tener el poder de borrar ese recuerdo o retroceder el tiempo para evitarlo —dijo, abrazándome—. Claire fue la persona que me ayudó con mi hermana el día que la encontré. No conocía a nadie más; ella fue quien la halló y se quedó con ella. El día que la encontramos en ese baño, se había ahorcado con uno de mis cinturones, atado a una vieja cañería del techo. Dejó una carta pidiéndole a mamá que la buscara y ayudara. Era la mejor amiga de mi hermana; la conozco desde pequeña. No puedo verla más que como una hermana. Debes creerme.

—Te creo, Vincent. ¿Por qué ocultarlo?

—Porque pensé que no me entenderías —confesó, besando mi cuello, y me estremecí en sus brazos—. No la veo más que como una hermana.

—Ella no te ve como un hermano y ha dejado claro que hará todo para recuperar lo que cree que es suyo —le dije—. Solo que yo no pelearé por ti. Por el único hombre por el que estoy dispuesta a pelear es Alexis Ivannok. Recuerda eso.

—No tienes que pelear por mí, Ivanna. Ya soy todo tuyo. Que ella no lo acepte no es mi problema —me abrazó fuerte.

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