Capítulo 3
Llevaba cuatro meses sin trabajar. Mi padre había cambiado de abogado; ahora se llamaba Deivis, y no sabía nada de él. Tampoco quería buscar al tal Charlie. Había cambiado mi apariencia, pero nadie me contrataría así. No pensé en eso cuando asumí este rol.
¿Por qué no hice simplemente lo que mi padre me recomendó?
—Eres un fracaso, Ivanna —me dije en voz alta. Todavía tenía dinero, pero si seguía así, pronto terminaría en la calle.
Intenté buscar trabajo como Ivanna. Me puse pelucas, llené mi armario con ropa para cualquier empleo que se me ocurrió: camarera, mesera, niñera, hasta secretaria, y nada. Los conocidos no querían problemas con Antwan, y los desconocidos, ni hablar. Viejos verdes que me insinuaron que, si era "amable" y les daba "cariño", tal vez me tendrían en cuenta. Estaba inmersa en mis pensamientos cuando no noté que una mesera se acercó a mí.
—Buenos días, señor, ¿en qué puedo ayudarle?
Alcé el rostro y la miré. Era morena, de ojos marrones, hermosa. La vi sonrojarse bajo mi escrutinio, y solo entonces recordé que iba vestida como Alexis.
—Buenos días, encanto. Un café, por favor —respondí.
—Enseguida, señor —dijo la chica, dando media vuelta. Noté el contoneo de sus caderas y sonreí abiertamente.
¿Qué les pasa a las mujeres? ¿Es tanta la escasez de hombres que se lanzan sobre ellos como fieras hambrientas? Pensé, burlándome.
Minutos después, la chica regresó con el mismo ritmo de caderas, trayendo un café y un brownie. Miré el pequeño pastel y alcé el rostro, divertida. En estos meses, me había divertido mucho con las mujeres.
—Lo siento, encanto, pero aquí hay un error. Solo pedí un café —dije, mirándola fijamente. Ella me sonrió de forma coqueta.
—Es cortesía de la casa —respondió, dando media vuelta.
Era divertido verlas.
—Gracias, querida —le sonreí.
Al levantar la taza, encontré una servilleta con un nombre y un número de teléfono. Alcé la improvisada tarjeta.
—Andrea —leí en voz alta—. Llámame.
El dilema era tomar la tarjeta y hacer creer que llamaría, cuando no lo haría, o dejarla ahí. Me decidí por lo primero, dejé el dinero en la mesa y seguí mi camino. Guardé el papel en el bolsillo de mi pantalón.
Caminé sin rumbo aparente hasta llegar al parque. Siempre que caminaba, terminaba en el mismo lugar. Era el destino, aunque mi sentido común me decía que era mi subconsciente, porque siempre llegaba a la misma hora, por las mañanas, cuando lo veía trotar. A veces, lo veía con un niño pequeño. Ambos eran rubios, pero desconocía el color de sus ojos. Solo lograba fijarme en su estatura —debía medir casi dos metros— y en su cuerpo, que era otra historia. Suspiré, buscando por todo el lugar. Ese día había llegado muy temprano; quizás no lo vería.
—Esto es una locura —dije en voz alta.
—¿Un mal día? —escuché una voz masculina que me hizo retroceder y mirar atrás.
Me encontré siendo observada por un hombre alto, no tanto como el objeto de mi deseo, con cabello largo oscuro y piel bronceada. Debía tener unos cuarenta años, tal vez más, pero su cuerpo estaba bien formado. Vestía elegante, pero no ostentoso.
—No quise asustarte. ¿Eres rusa, cierto?
Entrecerré los ojos y lo observé con más atención. Me perdí en esos ojos cafés; no parecía peligroso, pero era mejor estar alerta.
—Ruso —corregí—. De Moscú, más exactamente —le sostuve la mirada. Él parecía divertirse con mi inquietud.
—Omat Bradford, a tu servicio —dijo con una voz sexy, ronca y varonil, capaz de sacarle un suspiro a cualquiera.
Deseché esos pensamientos rápidamente antes de que mi mente divagara por caminos peligrosos. Recordé el apellido Bradford y su acento inglés. Lo miré aún más; no se parecía en nada a Emma, aunque este sí parecía gitano. Mi antigua compañera, no tanto. Indecisa, le tendí la mano.
—Alexis Ivannok —mi apretón fue firme, pero no rudo.
Él seguía mirándome fijamente, como si pudiera ver dentro de mí, en mis pensamientos. Contrario a lo que esperaba, eso no me inquietó. Lo vi tomar mi mano entre las suyas, abrirla y mirar mi palma, pasando sus largos dedos por ella. Estaba embelesada ante la majestuosidad y el misterio que desprendía Omat.
—¿Crees en el destino, Alexis? —no respondí. Por primera vez, estaba frente a un hombre y no sabía qué hacer—. ¡Yo sí! —continuó—. Tu vida está llena de dolor, llanto y soledad, pero no será por mucho tiempo —dijo mientras cerraba mi mano.
Miré la palma de mi mano y solo vi el lunar de nacimiento en el centro. Alcé la vista hacia él, que me observaba de manera inquietante y en silencio.
—¿Todo eso viste en mis manos? —le dije—. Yo solo veo un lunar en el centro.
Entonces lo vi sonreír, mostrando pequeñas arrugas en sus ojos, que se iluminaron, transformando todo su rostro.
—Aún con todo lo vivido, logras sonreír. Eso es bueno, no dejar que los malos momentos te dañen. ¿Qué haces en este lugar?
—Salí a buscar trabajo, pero no encontré.
—Vestido así es difícil —dijo, observándome de arriba abajo—. ¿Por qué de hombre? ¿Tan grave es?
—¡Dímelo tú! ¿Acaso no eres una especie de brujo? —lo vi mirarme a los ojos, y su sonrisa se apagó. Había algo distinto en su mirada. ¿Dolor? ¿Miedo? No lo supe con exactitud, porque luego su rostro tomó una apariencia neutral.
—Estás huyendo de la persona equivocada. Primero debes conocer el rostro de tu enemigo para saber qué camino tomar. Fuiste impulsiva, pero, aun así, solo lograste acelerar las cosas, ya que tarde o temprano terminarían encontrándose.
No entendí un carajo, pero tampoco quise ahondar en lo que dijo. El tipo empezaba a inquietarme, y la experiencia me decía que había mucho loco suelto.
—Creo que mi hermana podrá ayudarte. Tienen muchas cosas en común.
Miré al frente y entonces lo vi. Sonreí; era como si, sin saberlo, hubiera acudido a una cita, como todos los días a esa hora.
—¿Quién es tu hermana? ¿Qué te hace pensar que aceptaré tu ayuda?
—Solo lo sé. Digamos que soy una especie de cupido moderno —dijo, riendo—. Tú conoces a mi hermana. Sus vidas estuvieron unidas en algún momento. Emma Bradford, hoy Fiorella D'Angelo.
Lo miré una vez más, a mi pesar, por dejar de observar al enorme árbol con dorso sexy.
—¿Cómo sabes que nos conocemos? —pregunté.
—Jamás me creerías si te lo digo —respondió, mirando hacia donde estaba el hombre que yo acosaba. Lo vi sonreír, y luego su mirada se fijó en mí, aún sonriente.
—Es temprano. Dentro de dos horas, ella llegará al trabajo, y él, en diez, se irá a su casa, que queda justo allá —dijo, señalando una casa de dos pisos—. Por si quieres cambiar de rutina un día de estos, dejar de vigilarlo en el parque y acosarlo frente a su casa —hizo una pausa y señaló al frente—. Te lo dije, ya se va.
Miré hacia donde señalaba y lo vi cruzar el parque en dirección a la casa que había indicado.
—¿Entonces, te ayudo a entrar al edificio de mi hermana?
—¿Por qué lo harías?
—No te pediré nada a cambio. Tal vez que me aceptes un café. No me gusta comer solo. El que come solo, muere solo —soltó una ruidosa risa. Era un dicho extraño.
—Pues me espera una muerte sola. Siempre como sola, desde hace muchos años, y en estos meses, aún más.
—No gritaría tan fuerte eso de que morirás sola. Si todo fuera como el tiempo, cambia de dirección muchas veces. Es más —dijo mientras me indicaba avanzar. Caminé junto a él sin saber por qué lo hacía—. Estoy seguro de que en menos de seis meses tu soledad acabará y todo cambiará a tu favor. Pero antes, habrá muchas lágrimas que deberás derramar.
—¿El hablar en clave es de familia? —le pregunté—. Recuerdo a tu hermana. Era muy alegre, pero algo extraña a veces.
—Su alegría acabó, aunque es cuestión de tiempo que su sonrisa vuelva —asintió. Yo lo había notado cuando la vi en la televisión.
Nos detuvimos en un pequeño restaurante, entramos y nos ubicamos en una mesa. Me senté frente a la puerta; tenía una buena vista de todo el lugar. Tal vez era paranoica, pero era por precaución. La mesera llegó, y solo pedí un café. No era de comer mucho.
—¿No quieres algo más? —negué con la cabeza.
—No soy de comer demasiado.
—Conmigo no tienes que presumir. Puedes comer cuanto quieras. Me aliviaría saber que no eres como las demás mujeres y sus dietas extrañas.
—¿No viste eso en mis manos? —le dije, burlona—. Pensé que eran patrañas lo de los gitanos. Leí que no se puede adivinar el futuro, que es imposible. Muchas personas se fijan en el lenguaje corporal y solo dicen lo que el otro espera escuchar o lo que ven en su comportamiento —hice una pausa cuando la mesera trajo mi café y el desayuno de Omat. Miré sorprendida su plato—. ¡Sí que sabes alimentarte!
—Eso es cierto —dijo, ignorando mi comentario—. Mi hermana lo hacía, pero en mi caso es distinto. Nací con ese don. Mi padre lo tenía, y seguramente uno de mis hijos lo tendrá. Pero, a diferencia de otros, no vivo de ese don. Rara vez lo demuestro. No busco a quién ayudar; ellos me encuentran. Tal vez suene difícil de creer, pero la misma corazonada que te hizo llegar más temprano hoy me trajo a ese parque. El tiempo me dará la razón.
—Tal vez.
—¿De quién te escondes, Alexis? —dijo sin mirarme a los ojos, y lo agradecí.
Suspiré pesadamente, debatiéndome mentalmente sobre si contarle o no.
—No creo que quieras saber mi pasado.
—Pruébame —respondió, concentrado en su plato. Entrecerré los ojos. Tal vez fingía desinterés para hacerme hablar. Como si leyera mi mente, añadió—: No escondo nada. Solo quiero saber, así sabré cómo ayudarte. Créeme, tengo cómo hacerlo.
—"Bienvenido a mi mundo. Encontrarás algunos monstruos en el camino. Procura no asustarlos; se enamoran al primer suspiro" —dije mientras empezaba a relatar. No supe por qué, tal vez solo quería desahogarme. Le conté todo desde que llegué a América, omitiendo por qué salí de mi país. Al final, tras un largo suspiro, dije—: Soy un desastre, ¿verdad, Omat?
—Tal vez, pero un desastre muy encantador. ¿Cómo puedes verte hermosa de esa manera?
—Genética —respondí, sonriendo—. ¿Cómo supiste que era mujer?
—Jamás lo creerías. Vamos, es hora de irnos. Te dejaré en recepción y luego buscaré a Frederick. Si Fiorella no puede ayudarte, él sí lo hará, aunque creo que mi hermana te ayudará.
Se levantó de la mesa, y al tomar una servilleta, vi algo escrito en ella. Omat alzó una ceja, sonrió y me la entregó.
—Creo que esto es tuyo. Joder, vencido por una mujer. Sí que estoy viejo —dijo con voz risueña, haciéndome sonreír. En dos horas con él, había sonreído más que en estos últimos cuatro meses.
(...)
Entrar al enorme edificio fue fácil. Todos miraban a los dos hombres que ingresábamos. Nadie me pidió documentos, y noté que Omat tenía cierto respeto en la empresa. Tomamos el ascensor y subimos. Odiaba esa sensación de vacío en las tripas, odiaba estar ansiosa, pero odiaba más a Antwan y a Holsen, el hombre que metió a mi padre en esto.
—Tranquila, todo estará bien. Solo dile lo que me contaste. El resto será fácil. Confía en mí —dijo Omat.
Lo vi acercarse a una chica rubia de ojos verdes que me miraba de manera inquietante. ¡Joder! Otra vez, pensé. Mientras estaba de pie en un pasillo, las mujeres pasaban y miraban al hombre rubio. Pude ver cómo varias se fijaban en mi trasero. Esto sí sería divertido.
Seré la sensación del lugar, el soltero más cotizado, pensé.
—Todo listo —dijo Omat, acercándose y señalando a la chica rubia—. Acaba de aparecer una cita con mi hermana como por arte de magia. Pero... tendrás que salir con ella.
—¿Con quién? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—Con Sofía, la asistente de Fiorella. Suerte con eso —dijo, golpeando suavemente mi espalda mientras se alejaba sonriendo.
—Señorita, el señor Alexis Ivannok quiere hablar con usted —dije, mirando a la chica y mostrando mi mejor sonrisa.
La vi ruborizarse. Era hermosa, algo joven, por lo que podía notar. Esperé lo que pareció una eternidad, pero si podía obtener el puesto, bien podía esperar un poco más. Llevaba cuatro meses esperando y muchos años sufriendo.
—Acompáñeme, por favor —alzó la vista del pulcro suelo y me encontré con el rostro más hermoso que había visto.
De lejos, era difícil distinguir sus facciones, pero de cerca era distinto. Aunque pequeña, Sofia era hermosísima. Mi escrutinio la hizo sonrojarse, y giró rápidamente para caminar delante de mí. A diferencia de las demás, mantenía la vista al frente y su caminar no era provocativo.
Esta chica valía, ¡sí, señor!
Me abrió la puerta y se hizo a un lado para que pasara. Me quedé de pie, mirando a la mujer frente a mí. Su hermano tenía razón; sí que había cambiado. Ya no sonreía. Mi antigua compañera me miraba con curiosidad. Metí una mano en el bolsillo y no me moví. No quería parecer amenazante; era mejor guardar la distancia.
—Perdón, ¿nos conocemos? —la escuché decir.
Diablos, hasta su voz había cambiado.
—Tengo que decir que me siento satisfecha. Me dije que, si lograba ocultar mi verdadera identidad a Emma Bradford, mi vida estaría a salvo.
La vi cerrar los ojos por un momento y luego abrirlos, sorprendida.
—Ivanna Ivannok, pero ¿qué haces vestida así? Por favor, acércate. ¿Tomas algo?
—Gracias, ricura, pero por el momento, no. Vestirme así es una larga historia.
Le hice un resumen de todo lo ocurrido, tal como su hermano me aconsejó. De vez en cuando, veía sus ojos azules abrirse sorprendidos. Al terminar, me miró fijamente.
—En síntesis, te amenazó para que te casaras con él, solo de papel. Viviste un infierno cuatro años con él, y luego fuiste tú quien lo amenazó para que te diera el divorcio. Es increíble lo que cuentas, querida, pero es difícil contratarte como hombre. Quiero ayudarte, pero debes presentar los documentos, y sabes que tendrás que decir la verdad.
Saqué mis papeles y se los pasé.
—Técnicamente, no estoy mintiendo. Mi nombre es Ivanna Alexis Ivannok. Mi madre esperaba un varón —mi rostro se tornó sombrío—. Si tuviera otra opción, créeme, jamás te pediría algo así, pero eres la única con quien puedo contar. Antwan se encargó de cerrarme todas las puertas.
—Ivanna, ¿por qué te casaste con un hombre como Antwan? —me recriminó—. Eres hermosa, podías escoger al hombre que quisieras. Pasaste de ser la jefa de su cuerpo de seguridad a ser su esposa, y ahora a esto. Lamento ser sincera, pero esto es extremista. Le darás a tu vida un giro drástico. ¿No piensas casarte, tener hijos? Espero que esto sea momentáneo.
—Conoces mi historia. Provengo de una mala semilla. Mírame, por más que mi madre se esforzó en hacerme una mujer de bien, observa en qué terminé. Ningún hombre querrá tener en su vida a alguien como yo —mi tono era desesperado—. Sobre el matrimonio, ambos nos lucraríamos. Yo obtenía la residencia, y él, una esposa para callar las murmuraciones sobre su hombría.
—Déjame hacer una llamada. Si él acepta ayudarte, tendrá que saber la verdad. Me refiero a mi jefe de Recursos Humanos.
La vi tomar su móvil y marcar. Rogué internamente por ser aceptada. Nunca había sido mala persona, quizás con mi madre, y solo cuando mi padre cayó en prisión. Ella insistía en que lo perdonara o, al menos, lo escuchara. Cuando Fiorella colgó, sonriendo, yo también sonreí. Supe que mi vida sería diferente de ahora en adelante.
—Todo listo. Llamaré a Sofía para que te acompañe a Recursos Humanos. Pero te advierto, con esa pinta que te inventaste, tendrás problemas. En esta empresa, serás carne fresca para las mujeres, y a menos que quieras intimar con alguna, será mejor que te inventes una novia o una buena historia.
Mientras llamaba a Sofía, pensé en lo que dijo: un novio o una buena historia. Cuando vi llegar a la rubia, demasiado rápido y algo sonrojada, supe qué hacer.
—Dígame, señorita —dijo Sofía, algo nerviosa.
Su comportamiento me divirtió, pero me caía bien, así que quise jugar un poco.
—Dime, Sofía, ¿tienes novio? —vi a Fiorella entrecerrar los ojos, pero seguí—. Verás, ángel, mi nueva jefa —señalé a la mujer detrás del escritorio— me recomendó tener novia si quería sobrevivir en esta selva de mujeres deseosas de hombres. Como no conozco a nadie en la ciudad, y tú eres una mujer hermosa, además de que te debo una salida, me gustaría saber si quisieras salir algún día conmigo. Por cierto, mi nombre es Alexis Ivannok.
—Soy Sofía —su voz fue suave, casi un murmullo.
Era una criatura adorable, una oveja tierna en un mundo de lobos feroces y hambrientos.
—Maldita sea, Alexis, cuando te dije que buscaras una novia, me refería a alguien que supiera tu condición, no que flirtearas con mi asistente. Sofía, te presento a Ivanna Alexis Ivannok, miembro del cuerpo de seguridad y quien reemplazará a Vincent. Ella tiene ciertos problemas que te contará en otra ocasión. Solo necesitamos correr el rumor de que están saliendo, sin dar mayores explicaciones. Además, Alexis tiene razón: no conoce a nadie.
Noté el rubor en las mejillas de Sofía y lamenté haberme burlado de ella. La vi reparar aún más en mi aspecto.
—¿Cómo ocultaste tus...? —dijo, señalando mi pecho.
—¿De todas las preguntas que pudiste hacerme, se te ocurre esa? —respondí, poniendo los ojos en blanco—. Eres muy inocente. Creo que necesitas más mundo, y nadie mejor que yo para guiarte por el buen camino, o te comerán viva.
—Como veo que se llevan de maravilla, Sofía, acompaña a Alexis a Recursos Humanos. Ahora salgan, que tengo que trabajar.
—¿Señorita, y su despedida de soltera? —preguntó Sofía—. Podemos hacer algo sencillo si quiere.
—¿Arruinar la despedida de mi futuro esposo? ¿Te parece bien? —respondió Fiorella.
—Dijiste la palabra mágica para mí: arruinar —intervine, aunque no hablaban conmigo—. Lo que sea que haya que hacer, yo ayudo. De paso, me pongo un vestido; ya me estoy olvidando de cómo se siente.
Fiorella hizo un ademán para que saliéramos.
—Ok, nos vemos en casa de Sofía. Llamaré a Sara para ver si quiere unirse a nuestro plan.
(...)
Esa tarde pasé por Sofía, quien resultó ser muy divertida, pero algo solitaria. Mi compañera perfecta. Se encargó de contarme de quién cuidarme, quién era la chismosa y hasta quién era acosadora.
Como yo con el hombre del parque, así que no tenía cómo criticar; era igual.
Estábamos en el primer piso. Sofía esperaba que su primo la recogiera, y yo conocería su casa. También esperábamos a Fiorella. Cuando la vi bajar, noté que me llamó y me acerqué. Un auto aceleró en ese instante, y alguien bajó la ventanilla. Solo vi una mano salir, así que no pensé con claridad. Tomé a mi jefa y tiré de su cuerpo detrás de mí. Alguien lanzó algo frente al hombre que estaba al pie de un auto negro.
—¡Al suelo! —grité al hombre mientras disparaba al auto que ya aceleraba.
Reflejos. Lo aprendido en Moscú, pese a los años sin ejercer, volvió a mi mente. Actué por instinto; casi nadie tuvo oportunidad de reaccionar.
—¿Pero qué mierda te pasa? —dijo el hombre frente a mí.
Alcé la vista y me sorprendió. Qué pequeño era el mundo. Era el hombre que miraba trotar todos los días, a quien acosaba...
—De nada —respondí, intentando que mi voz sonara lo más seca posible.
—¿De qué estás hablando? Bien pudo ser para ti. Eres el nuevo. No vuelvas a hacer eso —de pronto, ya no me parecía tan simpático. Podía tener el cuerpo de un dios griego, pero era un idiota.
—Perdón, no acostumbro dialogar con personas que tienen una maldita arma. ¿Qué se supone que haga? ¿Le doy palmaditas en el trasero? —me defendí.
—No sé cómo mierda hacían de dónde vienes, pero aquí es diferente —me escupió.
—Tengo solo una manera de reaccionar ante un ataque: primero disparo, después pregunto. Que tú seas una gallina no es mi problema —sabía que lo provocaba, pero me importó una mierda. Lo vi avanzar hacia mí.
—¿Dónde aprendiste a ser escolta? ¿Te lo ganaste en una rifa?
—¡Basta! ¿Quieren calmarse? —Fiorella se interpuso al ver que estábamos a punto de irnos a los golpes—. Vincent, él es Alexis, te reemplazará en vacaciones. Es un viejo amigo.
—¿Qué? No pienso trabajar con él... —se notaba enojado, y yo lo estaría también si creyera que mi puesto estaba amenazado.
—No trabajaré contigo. Seré tu reemplazo. ¿Es que eres sordo? —reproché.
Al pie del mastodonte había un papel. Caminé hacia él. Lo vi ponerse de medio lado y tocar su arma. Puse los ojos en blanco, tomé el papel y lo abrí: "Tienes 3 meses para salir de la ciudad", leí en letras recortadas de periódico.
—Me debes una disculpa y un favor. Te lo cobraré más adelante.
—¿Qué dice la nota? —preguntó Fiorella.
—Nada importante —respondí—. Es para mí. ¿Nos vamos?
¿Por qué le ocultaba eso a mí jefa?
—¿Podrías llevarnos a casa de Sofía? Después, puedes retirarte. No nos moveremos de ahí, y Alexis nos cuidará.
—No estoy seguro... —su voz ya no era autoritaria. Sonaba triste, preocupada.
Me intrigó la nota y la amenaza. Había tomado la placa del auto, pero se la daría después. Si no quería que su jefa supiera, era por algo.
—Ya le comuniqué a Jason. Si quieres, cuando me dejes, lo llamas. Él te dirá que no hay problema. De hecho, conoce muy bien a Alexis.
—¿Por qué su currículum no pasó por mis manos, como siempre?
Este será un grano en el trasero, dijo mi voz interior.
—No es necesario. Conozco a Alexis. No tienes de qué temer —la respuesta no pareció convencerlo, pero no dijo nada.
Me tocó sentarme a su lado en el auto, lo que no era cómodo. De vez en cuando, notaba cómo me miraba con desprecio. Era una lástima que fuera tan hermoso y tan prepotente, pensé mientras miraba por la ventana, ignorándolo.
(...)
—A ver si entendí bien —dije—. Mi propósito es entrar a ese club, buscar a tu esposo, evitar que tus hermanos quieran que se acueste con una chica, y traerlo ante ti, sano y salvo. ¿No es mejor si simplemente no van a ningún lado?
—¿No ves que no pudimos evitarlo? Además, nadie te conocerá, salvo Jason, que ya sabe que irás. Por él sé dónde estarán hoy —me recriminó Fiorella. De repente, la idea ya no me parecía tan atractiva.
No si la muralla estaría ahí. Él se daría cuenta de quién era yo, estaba segura.
—Vamos, Ivanna, solo ayúdanos. Eres la única que puede —dijo Sofía.
—¿En qué te beneficias tú de todo esto, ángel? —le pregunté. Sofía solo se encogió de hombros.
—Solo quiero saber qué hará mi esposo. María dijo que nos encontrará allá —habló Sara, una mujer rubia que me caía mal. Miraba extraño a Fiorella.
—Bueno, manos a la obra, pero con esos atuendos las descubrirán rápido. Todas nos cambiaremos. Espero que tu guardarropa sea amplio, Fiorella; de lo contrario, iremos a mi apartamento. Les aseguro que tengo atuendos para todas.
—Entonces, mejor vamos. Yo conduzco.
Horas después
El chofer de Frederick me llevó a casa. Suspiré aliviada al llegar. Estuve cerca de ser vista por el idiota de Vincent, que me siguió al salir del bar, tras el caos que se formó cuando los gemelos vieron a sus esposas siendo manoseadas por strippers.
—¿En qué mierda pensabas cuando aceptaste esto, Ivanna? ¿No puedes dejar de meterte en líos? —grité frente al espejo mientras me quitaba la peluca y me desvestía.
El sonido de una notificación en mi celular me hizo girar la vista. Lo ignoré mientras seguía quitándome el vestido. Esto iba a ser un caos. No me creía capaz de trabajar en ese lugar y tener que verlo todos los días.
—Dios, ¿por qué a mí?
Tomé el celular y leí el mensaje. Era de un número desconocido. Por poco me desmayo cuando lo vi. Volví a leer.
"Mañana a las 7 de la mañana necesito hablar con usted. Tiene muchas cosas que aclararme, ¿no cree?"
VINCENT
—Maldición...
Ese idiota me había descubierto.
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