Capítulo 2
Moscú, Rusia
"Los amigos se cuentan dos veces: en las buenas, para saber cuántos son; en las malas, para saber cuántos quedan". Esa frase, que una vez escuché de mi padre, nunca tuvo tanto significado como ahora. Estaba en el cementerio, en el funeral de mi madre. Solo el sacerdote y yo estábamos presentes, y él, pensé con ironía, solo me acompañaba porque le pagaron.
Aún no entendía por qué a mi madre. Ella jamás se metía con nadie. Aunque no compartí su silencio al saber en qué andaba mi padre y no decir nada, podía entenderla. Él fue el hombre que amó toda su vida, por quien peleó con su propio padre, renunció a los lujos y se alejó de su familia. Suspiré pesadamente. Cuando la ceremonia terminó, tomé el ramo de rosas que sostenía en una mano y un puñado de tierra en la otra, y lo lancé al féretro.
—Gracias por todo, madre, y perdóname —dije, con el dolor de saber que la última vez que hablamos discutimos—. No tuve tiempo de pedirte perdón. Te fuiste enojada conmigo. Lo siento mucho, mamá.
—No estaba enojada —escuché la voz de mi padre detrás de mí. Me sorprendí, giré lentamente y lo vi a pocos pasos, con unos hombres detrás de él—. ¿Podrían quitármelas mientras hablo con ella? —les dijo, señalando las esposas que llevaba.
Verlo esposado me destrozó. Era mi padre, y por más que quisiera odiarlo, no podía. Solo nos teníamos el uno al otro.
—Papá —mi voz fue más un lamento que una palabra.
Se veía demacrado, con ojeras y los ojos rojos. Amaba a Christine, mi madre, eso no estaba en discusión. Más allá de lo que hizo, lo vi caminar hacia mí y detenerse frente a mí. Solo con él podía sentirme pequeña. Me abracé a él con fuerza. Mi padre era el recuerdo de todo lo bonito que fue mi vida hasta los quince años, de todo lo que me dio y que supe aprovechar.
—Se fue, papá. Le arrebataron la vida por robarle. Pensé que era por...
—Es lógico que lo pensaras —me interrumpió—. Soy culpable de todo lo que le pasó. No supe manejar las cosas y me encontré en un callejón sin salida —dijo mientras me abrazaba contra su pecho y me acariciaba el cabello—. Me contó que te ibas a América. Tras una discusión acalorada, entendió que era lo mejor. Decidió sacar dinero para que no tuvieras limitaciones. Ese fue su error. Le dije que fuera contigo, pero se negó. Dijo que nunca aceptarías mi dinero.
Me separé de él y pasé las manos por mi rostro, una clara señal de que estaba nerviosa.
—Discutimos. Insistía en que debía verte, escuchar tu versión...
—Lo sé, me lo contó —lo vi girar y mirar a uno de los guardias, que le entregó un sobre blanco que sostuvo en sus manos—. Estaba triste por ti, por lo que estabas pasando. Ambos nos preocupábamos, pero no estaba enojada. Te amamos, Ivanna. Eres todo lo que tenemos. Cuando cumpliste tres años y empezaste a practicar conmigo, y luego quisiste entrar a la academia, supe que era el momento de retirarme —lo vi mirar el sobre en sus manos antes de continuar—. Tomé malas decisiones, hice negocios con gente poco leal, y cuando quise retroceder, ya era tarde. Trabajaba con la mafia, como jefe de seguridad de Holsen. En el proceso, vi y escuché muchas cosas. No era fácil salir libremente, no con todo lo que sabía. Una vez que entras en ese mundo, no sales vivo ni ileso. Me pidieron una última cosa antes del retiro: una lista de diez personas. Todas habían escapado de la justicia y vivían tranquilas. Eran asesinos, violadores, traficantes... todos fáciles, salvo uno: Antonio Rivero, mi mejor amigo. Él era el último. No pude matarlo; era mi amigo, me dio ese trabajo. Lo alerté, hice creer que lo había asesinado, y él se fue a Brasil. Me dieron mi libertad, y viví feliz hasta tus quince años. Pero un día, Holsen descubrió que Antonio vivía. El estúpido pensó que todo estaba olvidado y volvió.
Holsen amenazó con matarlas a ustedes. Mostró fotos de todos: de ti saliendo de la escuela, de tu madre de compras. Dijo que me quitaría la única fortuna que tenía: a ustedes. Además, exigió que matara a la persona diez, pero ya no quería que fuera Antonio. Quería que fuera el hijo de su amigo, un chico de catorce años, de tu misma edad. —Lo vi limpiarse una lágrima y me mantuve alejada, sin acercarme. Lo que escuchaba me revolvía el estómago—. Ya no se trataba de si quería salir o no. Sabía que, al terminar, acabaría muerto o preso, así que mi prioridad era salvarlas.
—Cometí error tras error en ese asesinato. No me concentré. El chico iba a una academia de taekwondo, como tú. Llevaba un kimono igual al tuyo, con ese cabello rubio largo. ¡Dios! No podía dejar de compararlo contigo. Tiré el arma en el camino después de disparar. Lo hice frente a testigos, sin cubrirme, sin esperar el momento oportuno. Ese día no solo maté al hijo de Antonio, maté tus sueños, mi libertad y a tu madre —dijo, cayendo de rodillas al suelo. Lo vi empuñar la tierra y llorar—. Todo en esta vida se repite, más aún en nuestra familia. Sé que tu trabajo en América es parecido al que inicié hace treinta años, cuando era el esposo de tu madre y queríamos ir por ella a Londres, donde su padre la había llevado. Yo no tenía el apoyo de nadie, pero tú eres distinta. Me tienes a mí.
Me acerqué y él me abrazó por la cintura. Ambos llorábamos. Sabía que, de alguna manera, esto era una despedida. Era difícil que lo liberaran, y más difícil aún que yo volviera a Moscú. Lo ayudé a levantarse y, una vez en pie, seguí pegada a él.
—No puedo quedarme...
—Lo sé, y tampoco quiero que lo hagas. Pero si te vas, quiero que sea diferente, que no estés obligada a sucumbir a los caprichos de nadie. Escucha bien lo que te diré, Ivanna —me dijo, entregándome el sobre que le había dado el guardia—. Aquí está el nombre y la dirección de un amigo. Al llegar a América, búscalo, preséntate ante él y te ayudará. También está lo que debes hacer al llegar. Si tienes problemas, búscalo otra vez, y él me lo hará saber.
—No podrás ayudarme, estarás encerrado...
—Cariño, estoy preso, no mudo. Tengo contactos como no tienes idea. Si alguien se atreve a dañarte, no vivirá para contarlo. Solo haz lo que te digo al pie de la letra y camina dentro de la ley. Si alguna vez te piden hacer algo ilegal, aunque sea robar un grano de café, te retiras y buscas a esta persona.
—Solo lo buscaré si es necesario, papá. Sé cuidarme sola.
—Lo sé, pero, aunque estés grande y hermosa, sigues siendo mi bebé.
—Ya crecí, papá. Gracias por los consejos.
Los guardias le indicaron que era hora de partir. Aún estaba presente que él había matado; eso no se me borraba. Pero era mi padre, el único que me quedaba, y de alguna manera quería que mi madre viera que hice lo que me pidió.
—Tu madre y yo pensamos que tal vez podrías acudir a tu tía. Tu abuelo murió, y ella... No tendrías que viajar al otro lado del mundo.
Negué. El recuerdo de la única vez que vi a esa mujer vino a mi mente. Mi tía era una mala persona; lo supe en segundos.
—No, papá. Si ella quisiera saber de mamá o de nosotros, habría tenido oportunidad de buscarnos —le dije—. Ella y su padre destruyeron a mamá y le robaron. Solo tú lograste que sonriera.
—Es tu familia, bebé. Aunque la dama me caiga como una patada en los huevos, sé que jamás te dañaría...
—¡No! Tú eres mi familia —corregí—. Soy Ivanna Ivanov Ivanov. No tengo a nadie más que a ti, y ahora que me vaya, solo podré contar conmigo misma.
—Sé que les fallé. Lamento que tengas que pasar por todo esto, pero juro que, tarde o temprano, te compensaré.
Me dejé abrazar por él, pero también correspondí al abrazo, aunque aún dolía saber que todo esto ocurría por él.
—Te amo, pequeña.
—Y yo a ti. Cuídate, papá.
Me quedé contemplando la tumba por un largo rato. Aún no sabía qué sería de mi vida al llegar a América, ni qué me deparaba el futuro, ni cómo ocurrirían las cosas. Solo sabía que estaba sola. Guardé el sobre en el bolsillo de mi chaqueta. Tenía un mes y días para prepararme antes de viajar. Miré por última vez la tumba de mi madre y salí del cementerio.
Una vez en casa, recogí lo necesario. El resto lo donaría a una fundación de caridad, y la casa la pondría en venta. Con eso y lo que tenía ahorrado, no iría tan desprotegida. Abrí el sobre que mi padre me dio. Era muy abultado para ser solo una lista. Al abrirlo, vi entre algunos documentos una fotografía de un hombre. Miré el respaldo de la foto; había un nombre. Suspiré.
¿Cómo consiguió mi padre todo esto estando preso? Entonces recordé sus palabras: "Tengo contactos como no tienes idea". Dejé la foto a un lado y revisé la lista.
Cosas que debes hacer cuando estés en peligro:
♡ Lo primero que debes saber es que te amo con toda mi alma.
♡ Mantén un perfil bajo, intenta no sobresalir (sé que es difícil con lo hermosa que eres, pero inténtalo).
♡ Reduce tu número de amigos, cero confidentes.
♡ Ten siempre listo el bolso de emergencia (sobra enumerar lo que debe tener; tú eras la encargada de hacer el de la casa).
♡ Cambia de look: tíñete el cabello, usa lentes de contacto o pelucas, lo que prefieras, pero nunca te muestres tal cual eres.
♡ Pase lo que pase, conserva la llave.
♡ Cuando todo falle, busca a Charlie. Te conozco; sé que no lo buscarás a menos que estés en peligro.
Miré la foto nuevamente. Era un hombre de piel pálida, ojos oscuros como la noche y cabello negro impecablemente peinado, recogido tras la nuca.
—¿Quién carajos eres, Charlie? Y, lo que es peor, ¿de dónde conoces a mi padre?
Entre los papeles, encontré una cadena pequeña con una llave. Busqué más y hallé otro sobre dirigido al tal Charlie, un mapa de la ciudad y lugares para visitar. Sonreí; mi padre creía que iba de vacaciones, pero sabía que en todo esto estaba la mano de mi madre.
—¿Para qué mierda es esta llave?
Me puse la cadena en el cuello y suspiré. Si era importante, era mejor llevarla siempre conmigo. Busqué más en el sobre, pero no encontré nada. El sobre para Charlie me intrigaba. ¿Qué le habría escrito? Mi educación me impedía mirar el contenido, así que tomé todo, lo guardé de nuevo en el sobre y lo metí en el equipaje que llevaría.
Seis años después...
Miré por última vez el lugar donde viví estos últimos años: una cárcel de oro. Tomé mi maleta y caminé hacia el taxi que me esperaba.
—No podrás sobrevivir sin mí, Ivanna. Tenlo por seguro. No eres nadie sin mí. En ningún lugar te contratarán. Tendrás que volver a mí, y me rogarás que te acepte. Entonces, las cosas se harán a mi manera —dijo el hombre que fue mi esposo.
—¿Quieres apostar? —respondí, sonriendo al ver sus puños apretados. Lo tenía donde quería—. Primero muerta antes que regresar a esta maldita mansión.
El taxista parecía contrariado, manteniéndose a pocos pasos. Pensé que en algún momento se iría, así que decidí demostrar con hechos, no con palabras. Tomé mi maleta, se la entregué al taxista y entré al auto sin mirar atrás al hombre que estaba de pie frente a la gran mansión. No sabía a dónde iría. Aún tenía el dinero de la venta de la casa y lo que me entregó el abogado de mi padre. Con eso podría vivir mientras encontraba trabajo, pero aún tenía un problema.
¿Quién me ayudaría? Lo que Antwan dijo tenía algo de cierto: nadie me ayudaría. Él se encargaría de cerrarme las puertas. Era temido por sus negocios turbios. Me fui a un pequeño hotel. Mañana buscaría un lugar donde vivir. Solo traje lo necesario; nada de lo que Antwan me compró quise llevarme.
Dejé todo en su lugar, tomé un morral y salí a la calle. Necesitaba respirar. Caminé hacia el centro comercial, entré a un cajero y pedí el saldo. Con el dato en mano, fui al banco y cancelé esa cuenta. De ahora en adelante, pagaría en efectivo para no dejar huellas y no ser ubicada.
—Maldito seas, Antwan —murmuré. Afortunadamente, tenía el dinero.
Salí a la calle, me senté en una cafetería y pedí un café. Venían días duros. Noté que el mesero me miraba con cara preocupada. No es que tuviera buena apariencia; mi atuendo era limpio, pero algo gastado. Miré la pulsera que había pertenecido a mi madre. Si todo fallaba, tendría que venderla; no tenía otra opción.
En la televisión anunciaban el compromiso entre Fiorella D'Angelo y Jason Frederick. Conocía a esa chica. Cuando trabajaba como asistente de mi exesposo, la conocía como Emma Bradford. Me pregunté qué habría pasado. Recordé el día en que supe del supuesto compromiso en el que querían involucrarla. Ese maldito la acorraló tanto que quiso obligarla a hacer lo que él quería. Afortunadamente, ella sí tenía amigos. Sabía que violé la confidencialidad ese día.
En ese entonces, yo era la jefa del cuerpo de seguridad de Antwan. Emma me agradaba; era una chica alegre que cantaba mientras trabajaba, lo que alegraba a sus compañeros. Cuando supe en una reunión que planeaban comprometerla con Arthur y que ella había aceptado, quise prevenirla. Fui al bar donde sabía que trabajaba por las noches, pero no la encontré. Pregunté por ella en la barra, y me dijeron que no estaba, pero que sus amigos podían darme razón. Me acerqué a ellos y me topé con un hombre rubio de ojos verdes: Frederick.
Lo conocía por ser parte de la familia de Epson, un socio de mi ahora exesposo. Estaba acompañado de un hombre muy atractivo, su socio, según me dijo el rubio. Al ver que eran cercanos, les conté lo ocurrido, pidiendo que no revelaran quién lo había dicho. Antwan tenía ojos en todas partes, y ese acto me costó caro. Ese día perdí lo más valioso que tenía: mi libertad. Por meses trabajé en una de sus bodegas, sin ver la luz, hasta que poco a poco me gané la confianza de mi jefe.
Un día, me dijo que había una manera de salir: casándome con él. Me aseguró que no me faltaría nada, que cuidaría de mí y que, después de cuatro años, nos divorciaríamos. Era un matrimonio arreglado, un contrato. Dijo que solo me perdonaría la traición si aceptaba. Ambos ganaríamos: yo obtendría la residencia, y él podría mostrarse al mundo como un hombre de hogar.
Sin otras opciones, acepté.
Pero durante ese tiempo viví un infierno. No me dejaban ir sola a ningún lado, así que me escapaba muchas veces. Por eso, fui drogada, golpeada y obligada a competir con Kerchak. Cuando pasaron los cuatro años, se negó a darme el divorcio. Empecé a odiarlo. Era controlador, agresivo y criminal. Una cosa era trabajar para protegerlo; otra, muy distinta, era vivir en ese mundo. Fueron años difíciles. Aprendí a sobrevivir en el mundo de la mafia, sin quererlo.
Era un matrimonio arreglado, sí, pero estaba sometida a la voluntad de ese francés. Hasta que encontré una forma de salir de ese infierno. Había un día en particular en que no podía estar presente. Al principio, pensé que era por sus negocios, hasta que el chef y asistente de Antwan me dijo que algo más ocurría ese día y que, al saberlo, sería libre. Así descubrí la homosexualidad de Antwan. Lo encontré en la cama con Arthur. Me quedé en silencio, grabé lo que vi, hice una copia de seguridad y la guardé bien. Amenacé con sacarlo a la luz si no me daba mi libertad.
No fui estúpida. El día de la firma del divorcio, le dejé claro que guardaría una copia del video por mi seguridad. Esa revelación lo enloqueció. Dárselo todo era firmar mi sentencia de muerte. Era mejor tener algo para protegerme, y en un lugar donde él jamás lo encontraría.
Salí de la cafetería y entré a un almacén. Recordé la lista de mi padre: "Cambio de look". Compré lo necesario y volví al hotel. Guardé el dinero que había sacado, le di una última mirada a mi imagen en el espejo y sonreí.
—Te metiste con la persona equivocada, Antwan —dije mientras empezaba a cortar mi larga cabellera rubia.
Mi padre me había dicho que cambiara de look, pero no especificó cuánto. Minutos después, miré mi reflejo en el espejo.
—Simplemente hermoso —dije a la imagen frente a mí—. Un último toque. —Me puse los lentes de contacto azules, cubriendo mis ojos grises.
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