Capítulo 1
Moscú, Rusia
Caminaba por las calles de mi barrio, el frío calaba hasta los huesos. Sentía las miradas de los vecinos mientras avanzaba hacia mi casa. Acomodé mi gorro, froté mis manos y seguí adelante, ignorando sus ojos curiosos. Desde que mi padre fue arrestado por la policía, este ambiente se había vuelto normal. Las mismas personas que años atrás me querían y me apoyaban, asegurándome un futuro prometedor en el taekwondo, deporte que practicaba desde pequeña, ahora me miraban con desprecio, incluso con asco, como si yo hubiera participado en los asesinatos de los que acusaban a mi padre o formara parte de la mafia en la que, según la mayoría, él estaba involucrado. Nadie quería creer que ni mi madre ni yo sospechamos jamás nada.
Mi padre, Alexis Ivannok, era un esposo modelo, un vecino ejemplar y un padre devoto. Nunca le vi una conducta reprochable; era amable, correcto. Jamás imaginé que tras esa fachada se escondía alguien tan oscuro y cruel.
Recordé el día en que mi vida cambió. Llegaba a casa después de un entrenamiento y vi la casa rodeada de patrullas, con agentes revisándolo todo minuciosamente. Pensar que fui yo quien, sin saberlo, prácticamente entregó a mi padre. En mi inocencia, creí que lo ayudaría. Hoy sé que es culpable de esos crímenes y que debe pagar. Mientras me sentaba en una banca, sin ganas de llegar a casa, recordé la entrevista que lo hundió.
Flashback
—¿Cómo te llamas?
—Ivanna —respondí, mirando al uniformado con gesto altivo.
—¿Qué edad tienes, Ivanna?
—Quince años. ¿Podría ser más ágil? Tengo un entrenamiento en media hora, y si sigue con estas preguntas estúpidas llegaré tarde y tendré que hacer el doble de ejercicios como castigo.
—¡IVANNA! —gritó mi madre.
—No se preocupe, es normal que esté a la defensiva —dijo el agente—. Dime, Ivanna, ¿cómo es tu relación con tu padre?
—Normal —respondí, encogiéndome de hombros—. Nunca nos ha pegado, siempre ha sido cariñoso con nosotras, incluso nos da obsequios. Espere—dije, y corrí escaleras arriba. Entré a mi cuarto, tomé mi pequeño joyero, luego fui al de mi madre y bajé corriendo, con la respiración agitada. Llegué a la sala donde estaban los agentes y mi madre, puse los joyeros en la mesa de centro y me arrodillé, abriéndolos y esparciendo su contenido sobre la mesa.
Fin del flashback.
Ese día aprendí dos cosas: no confiar en nadie y que el mal suele disfrazarse de bien. A mis quince años descubrí que los obsequios que mi padre nos daba a mi madre y a mí eran objetos o souvenirs que tomaba de sus víctimas. La última, un niño de trece años al que le había arrebatado la vida. Mi padre era un maldito asesino a sueldo de la mafia. Por eso los constantes viajes, las ausencias en fechas especiales. Fue en víspera de Navidad, y desde entonces odio esas fechas. Mi madre cayó en una profunda depresión, y aunque he intentado ayudarla todos estos años, ha sido imposible.
La comprendo; es difícil de creer. Ella lo perdonó y lo visita en la cárcel, pero yo soy más firme: no pisaré una prisión, no pasaré por la humillación de ser revisada solo para fingir que nada pasó. Suspiré pesadamente, me levanté de la banca y tomé mi mochila de entrenamiento. Era hora de ir a casa. Mañana elegirían al grupo que viajaría a América. Un viejo amigo de mi madre tenía una escuela de escoltas y, al ver que mi instructor de taekwondo ya no podía ayudarme, me ofreció su apoyo. Así terminé mis estudios universitarios y me uní a su grupo, lo que me permitió liberar en el polígono todo el odio acumulado. El hombre necesitaba seis personas para trabajar y sabía lo bien preparados que estábamos los alumnos de Yulken. Le pedí a mi mentor que me tuviera en cuenta. Tal vez no me elegirían, pero quería agotar todas las posibilidades. Necesitaba alejarme de Moscú.
Anhelaba empezar de cero donde nadie me conociera, donde no me señalaran como la hija de Alexis Ivannok, el asesino a sueldo de la mafia. Me puse la mochila al hombro, caminé hacia casa, acomodé mi gorro otra vez y metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta. Bajé la mirada para evitar los ojos de los vecinos. Era solo un trabajo de doce meses, pero en ese tiempo todo podía pasar. De una cosa estaba segura: si llegaba a América, no volvería a Rusia. No miraría atrás. Mi madre esperaba el indulto que liberaría a mi padre, pero yo no quería saber más de él.
Llegué a casa, metí la llave en la cerradura y empujé la puerta. Mi madre habló desde la cocina:
—Ivanna, llegas a tiempo, la cena está servida. —Resoplé.
Ella quería fingir que nada pasaba, que éramos la familia perfecta, como si mi padre estuviera en uno de sus viajes. Pero la realidad era que llevaba diez años en prisión, y ella actuaba como si hubieran pasado días, como si en cualquier momento fuera a volver. Me asomé a la puerta del comedor y la vi poniendo la mesa.
—Buenas noches, mamá. Que descanses, no tengo hambre —dije, dando media vuelta hacia las escaleras.
—Ivanna... —Su voz sonó como una súplica.
Me detuve, pero no giré. Mi madre, una rubia de baja estatura, muy distinta a mí, que heredé la altura de los Ivannok, se acercó y me abrazó por la cintura. Mi cuerpo se tensó; sabía lo que quería.
—La respuesta sigue siendo no, mamá. No iré a prisión, no visitaré a Alexis Ivannok, no me expondré a más humillaciones por él. ¿Cómo puedes perdonarlo?
—Nunca nos hizo nada, Ivanna. Jamás nos dañó, siempre se preocupó por ti. No puedes darle la espalda, todos cometemos errores...
No la dejé terminar. Sacudí mi cuerpo, di media vuelta y me alejé de ella.
—¿Hablas como si hubiera olvidado un cumpleaños, mamá? —le dije, mostrando ambas manos—. Mató a diez personas, destruyó diez familias, once si cuentas la nuestra. No me pidas que actúe como si nada hubiera pasado. Si sigo en esta casa es porque no tengo a dónde ir. No olvido que tú sabías a qué se dedicaba y no lo detuviste.
—Él quiere verte, Ivanna. Deja que explique, por favor, ven conmigo mañana —rogó.
—¡He dicho que no! —grité, girándome para enfrentarla, al ser que me dio la vida—. No quiero verlo, no quiero comer con el dinero que él te dejó, no quiero seguir manchando mis manos con la sangre de otros.
Vi a mi madre caer de rodillas ante mí, y eso me enfureció aún más.
—¿Rogarás por él, mamá? ¿En serio lo harás? Jamás en todos estos años te vi humillarte ante nadie, ni siquiera ante tu padre, y hoy te arrodillas por él. No jugaré más a la familia perfecta. Él destruyó mi vida —dije, tomando sus frágiles hombros y levantándola—. ¿Olvidaste que por eso que llamas "error" no pude seguir en la academia? Perdí la oportunidad de representar a mi país en las olimpiadas porque los padres se negaron a enviar a sus hijos si no me echaban. Perdí mis sueños, mis anhelos. Todo se lo llevó Alexis Ivannok. No me pidas que lo perdone.
—No te condenes así, Ivanna. No eres como él, puedes cambiar, puedes dar un paso hacia el perdón.
—Tal vez algún día, mamá. Por ahora, no. Si llevo su sangre, es cuestión de tiempo. En algún momento acabaré como él, como todos los de su familia. Estamos malditos —dije mientras subía las escaleras.
(...)
—Felicidades, Ivanna Ivannok. Nos vemos en Nueva York.
Miré al hombre frente a mí y una sonrisa se escapó de mis labios.
—Gracias, señor...
—Antwan, llámame Antwan. Jamás vi a alguien con tus cualidades. Yulken me habló de ti, pensé que exageraba, pero creo que se quedó corto.
—No se arrepentirá, señor, lo juro —respondí, sin poder evitar sonreír. Lo había logrado.
—Sé que no, Ivanna. Algo me dice que esto es el inicio de una gran amistad.
Una sonrisa se formó en mis labios. La vida me estaba dando una nueva oportunidad, y la aprovecharía. Tenía claro que no volvería a Rusia. No sabía qué haría, pero nadie volvería a mirarme con desprecio. Valgo mucho más que eso.
Llegué a casa queriendo compartir la buena noticia con mi madre, pero me sorprendió no encontrarla. A esa hora ya debería estar en casa. Suspiré y subí a mi habitación, pensando que tal vez estaba llorando otra vez. Escuché el timbre y salí de mi cuarto. Mientras bajaba las escaleras de la enorme casa de mis padres, pensé que mi madre habría olvidado las llaves otra vez.
Corrí hacia la puerta y la abrí, esperando encontrarla, pero en su lugar vi a dos policías frente a mí. Algo no iba bien. Fruncí el ceño y los miré.
—¿La señorita Ivanna Ivannok? —dijo el mayor de los dos.
—Soy yo —respondí—. ¿Qué sucede?
—Lamento tener que darle esta noticia, señorita, pero es sobre su madre. Fue asesinada...
No necesité que dijeran más. Solo quería saber cómo.
—¿Quién fue? Fue por él, ¿verdad? La mataron por culpa de mi padre —dije con una frialdad que sorprendió a los agentes.
—Aún no lo sabemos, señorita, pero podría asegurarle que fue un ajuste de cuentas. Necesitamos que nos acompañe para identificar el cadáver.
—En un momento estaré con ustedes —dije, cerrando la puerta. Me tiré al suelo, apretando los puños. Era algo que esperaba en algún momento. Siempre le rogué que dejara de visitarlo, que nos mudáramos al este, que empezáramos una nueva vida, pero se negó a dejarlo solo.
—Maldito seas, Holsen, una y mil veces maldito —dije mientras me levantaba y tomaba las llaves. Ahora nada ni nadie me retendría en este lugar. Me quedé unos minutos de pie, mirando lo que había sido mi hogar durante veinticuatro años, mientras me calmaba. Luego caminé hacia la patrulla.
—¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo? —preguntó uno de los agentes.
Negué con la cabeza y entré al vehículo.
—Cuanto antes terminemos, mejor. Tengo un viaje que preparar. Ahora más que nunca debo alejarme de esta ciudad.
—Lamento decirle que no podrá viajar de inmediato. Debe esperar...
—No se preocupe, esperaré un tiempo, pero no espere que me quede más de dos meses aquí. Me esperan en América en dos meses.
Los agentes se miraron entre sí y luego a mí. Era extraño; no me mostré afectada por la noticia, aunque tenía los ojos rojos. No había rastros de lágrimas. Posé la mirada en un punto del vehículo para evitar llorar. No lloraría, no le daría al mundo el gusto de verme derrumbarme. Nunca más lo haría. Me habían arrebatado lo único valioso que tenía.
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