Capítulo 27
IVANNA
Me desperté con una suave caricia en la mejilla. Imaginé que era Vincent, quien se negaba a dejarme sola y, lo que era peor, insistía en que lo perdonara. Sin embargo, al abrir los ojos, vi el rostro de William justo frente a mí, lo que me hizo fruncir el ceño. Aún estaba en el hospital y solo sería dada de alta al día siguiente. Alcé la mano y retiré la de William de mi rostro.
—¡Quita tus manos de encima! —pareció sorprendido; imaginé que no era un hombre acostumbrado a ser rechazado.
—Esa no es manera de recibir a una visita. Lamento lo de tu secuestro. No puedo decir lo mismo de tu separación del gigante que tenías por novio —guardó silencio unos minutos. El tono de su voz era extraño; si no supiera que éramos familia, diría que coqueteaba conmigo—. Me hubiera gustado ser yo quien te liberara, pero otra vez Vincent se adelantó. Te dije que podía ayudarte a resolver tu problema. Me sentí rechazado al saber que, el día que dejaste el edificio de los D'Angelo, no me buscaste. Sabes que puedes contar conmigo, pero fuiste a buscar ayuda con Vincent —se sentó en la cama y se cruzó de brazos. No sabía a dónde iba a parar esa conversación.
—Llevamos la misma sangre, William. No sé qué película te estás inventando en esa mente morbosa que tienes, pero te advierto que será mejor que encamines esta conversación por otro rumbo —le dije a modo de advertencia.
Aún no sabía qué tipo de parentesco teníamos. Por Vincent, sabía que este le había dicho a Kerchak que yo era su sobrina, así que recibí con asombro esa coquetería de su parte.
—Somos más que familia, Ivanna. Además, soy adoptado, una larga historia... —me dijo, mostrando sus blancos dientes.
—¿Y Eva...?
—...
—Tu prometida. Dijiste que tenías una mujer que amabas —este hombre era un mujeriego consumado; definitivamente, no desaprovechaba ninguna oportunidad.
—Veca... y ya no es mi prometida —su tono de voz sonó desanimado, pero el repentino interés en mí me parecía sospechoso.
—Como sea, y no la culpo. Solo drogada me comprometería con un York —respondí, enojada.
—No te estoy hablando de un compromiso. Creo que no me has entendido. No es necesario el matrimonio para disfrutar; eres una mujer adulta, deberías saber eso. Pero no hablo de eso... —me dijo y guardó silencio, tiempo que aproveché para observarlo.
Era una manera muy práctica de decir que me quería como amante. Aunque confesaba que el hombre era atractivo, yo solo tenía un hombre en mente: medía más de dos metros, tenía ojos azules y me quería tanto o más como yo a él, aunque en este momento le tuviera los servicios cortados.
—Si no me interesa tu compañía como familia ni como prometido, ¿qué te hace pensar que me agradas como amante, William? —El hombre era una cara dura; eso lo sabía desde el momento en que le propuso a Sofía ese dichoso trato, y ahora no parecía perturbado en lo más mínimo por lo que le acababa de decir.
—Te propongo algo: vienes conmigo y, a cambio, no le entrego al gigante ese video de los dos juntos —me estaba amenazando. Ese descubrimiento me hizo empezar a reír.
—¿Eso es un soborno? ¿Intentas intimidarme con ese video? —le dije entre risas—. No estás interesado en mí; hay algo más en esta historia. Quieres que me separe de Vincent. La pregunta que me hago es: ¿por qué?
No pude aguantar más y una fuerte risa salió de mis labios. El dolor en mi costado me indicó que aún no estaba del todo bien. Puse mis manos en el lugar del dolor y seguí riendo. Era toda una caja de sorpresas. No sabía qué se traía entre manos, pero algo quería, y no era precisamente a mí.
—No te conviene, y no espero que seas mi amante. Solo te pido que vengas conmigo; estarás más segura —me dijo con calma.
—¿Me esta chantajeando?
—Chantaje es una palabra que suena demasiado fea; mejor llamémoslo un intercambio cultural. Ya sabes, un griego y una rusa —insistió—. Deberías responder rápido; tu ex no tardará en llegar —no tenía nada que responder ni que decir. Si bien era cierto que Vincent se enojaría al saber lo que hicimos ese día, eso ocurrió mucho antes de que tuviéramos algo; éramos enemigos acérrimos entonces—. No hay segunda intención más que ayudarte, Ivanna. Vincent puede quererte, eso no lo niego, pero está rodeado de muchos problemas...
—Soy demasiado mayor para decidir qué me conviene y qué no. Jamás estaré cerca de las personas que dañaron a mi madre, y no me interesa lo que Vincent piense de ese video. Por último, creo que tu fuente de información está errada: Vincent y yo no nos hemos separado —miré hacia la puerta; no quería que Vincent lo encontrara conmigo.
Ya teníamos suficientes problemas con la tal Claire para sumarle otro conflicto a la lista. Mi respuesta pareció dolerle, pero su gesto fue fugaz.
—Me parece excelente. Entonces, no te importa si lo espero, ¿me equivoco? —Odiaba ser coaccionada o sobornada; también odiaba todas las formas de chantaje.
Si quería guerra, guerra tendría, y la historia de que quería algo conmigo no me la tragaba. Algo se traía entre manos; no era estúpida. En ese momento, la puerta se abrió, y el hombre en cuestión entró. Su mirada se dirigió al castaño que estaba sentado demasiado cerca de mí y luego a mí, que lo miraba sin expresión alguna.
—Justo en este momento estábamos hablando de ti, Vincent, ¿verdad, cariño? —le dijo William, sonriente, y yo le devolví la sonrisa.
—Te creí más inteligente, William, pero parece que me equivoqué —alcé una ceja, divertida, esperando que dejara los juegos estúpidos y desistiera de ese trato absurdo, pero parecía que tenía una sola idea en mente.
—¿Qué sucede aquí? —la voz de Vincent sonó brusca—. O, mejor, ¿qué haces aquí? Creo que ayer fui claro: no te quiero cerca de Ivanna, ni ayer, ni hoy, ni nunca. De ser posible, no quiero a ningún York cerca de mi mujer, no hasta que Alexis me diga lo contrario —la mención de mi padre me puso en alerta.
No sabía que él y Vincent habían hablado, ni cuándo lo hicieron. Vincent no me había mencionado nada. Aunque, pensándolo bien, apenas hablábamos; yo seguía enojada con él y, si lo hacía, era con monosílabos.
—Ivanna tiene algo que contarte, o prefiero que lo haga yo —dijo William, sin inmutarse.
En teoría, Vincent no tenía por qué enojarse. "Lo que no fue en tu año, no te hace daño". Eso ocurrió mucho antes de que tuviéramos algo, y él también tenía algo con Rachel en ese tiempo.
—William me acaba de decir que es adoptado... ¿Recuerdas el día que me llevaste a casa? Te dije que había tenido una conversación con William sobre Sofía.
William me miró sorprendido, y yo le mostré mi mejor sonrisa. El idiota pensaba que caería en su juego, pero, si ese era su pensamiento, no me conocía. Vincent solo asintió, sin dejar de mirar a William.
—Bien, ese día le dije a Sofía que aceptara su propuesta. Recuerda que en ese entonces yo era Alexis, y tú y yo no nos llevábamos bien. Le dije a Sofía que lo atara y le vendara los ojos; lo filmamos besando a Alexis, y ahora quiere que, a cambio de no decirte nada, sea "amable" con él. O que te deje y me vaya con él. Aun no tengo claro sus demandas. — concluí.
En respuesta, William se levantó de la silla, acomodó su saco y corbata con ademanes elegantes. Vincent, por su parte, empuñaba sus manos, mirando al hombre frente a él con ganas de asesinarlo.
—Olvidaste decirle que... disfrutaste tanto como yo ese beso y que tienes una mano muy inquieta —dicho esto, hizo una leve reverencia y salió de la habitación.
Me mordí el labio, nerviosa. Vincent estaba enojado; se le notaba en sus manos apretadas, en su caminar de un lado a otro por la habitación, en su mandíbula tensa y su cuerpo rígido.
—¿Por qué me lo ocultaste? —reclamó — Maldita sea, Ivanna, besaste a ese hombre...
—No tenía nada contigo, y tampoco te he reprochado que te acostaras con Rachel —me defendí—. No me vengas con reclamos, Vincent, y si no te conté es porque no tiene importancia —mi respuesta no pareció calmarlo. Siguió caminando de un lado a otro; de seguir así, terminaría mareada de solo verlo—. Él quería que me fuera con él y te dejara, y me amenazó con eso...
—Él tiene ese video. ¿Sabes qué ocurrirá si llega a manos de otro? —dijo en tono desesperado. A mí, eso no me preocupaba; lo último que William quería era esa clase de publicidad.
—No ocurrirá nada porque él no querrá mostrar un video suyo besando a un hombre. Mi rostro jamás se vio en ese video —dije, ya acalorada. No tenía moral para criticarme. Si bien mi conducta no fue la mejor, lo aceptaba, pero él tampoco era un santo.
—Lo besaste —siguió insistiendo—. ¿Tienes idea de lo que seguirá insistiendo con eso, Ivanna? Y asegura que lo disfrutaste, y, lo que es peor, ¿por qué dice que tienes unas manos inquietas? Solo imaginar dónde mierda lo agarraste, quiero matarlo, Ivanna.
—SÍ, lo besé y lo disfruté, ¡como tú también besaste y te acostaste con Rachel! ¡Eres un maldito hipócrita! —le grité, enojada. Me parecía increíble que me juzgara por besar a alguien cuando él tenía una relación con esa felina.
—¡Jamás estuve con Rachel desde que te conocí! ¡Nunca! Óyeme bien, ¡nunca! Pude siquiera besarla sin recordar el rostro de Alexis. ¡Y la única vez que pude hacerlo, grité tu nombre! —estábamos agitados, él más que yo; su respiración era irregular.
Se pasó la mano por la cabeza, desesperado. Lo vi dar media vuelta y salir. Guardé silencio ante esa confesión. Imaginé la tortura que debió ser para él desear a quien creía que era un hombre. Me quedé con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados por un largo tiempo, hasta que la posición empezó a molestarme el costado lastimado. Me acosté otra vez y me quedé dormida, recordando las palabras de Vincent.
CHARLIE
Soy Charlie Scott, un texano de 57 años, viudo desde los 26. La muerte de Daisy en aquel accidente me destrozó por dentro. Estaba embarazada, y esperábamos ansiosos la llegada de nuestro hijo; faltaba solo un mes para el parto. Ese fatídico día, yo estaba en Moscú, en una reunión con Holsen y Alexis, cuando recibí la llamada que marcó mi vida para siempre. No quise volver a casarme, a pesar de encontrarme con mujeres que merecían ser llevadas al altar. Tras la muerte de mi esposa, entendí que estar metido en el negocio del narcotráfico hacía de mis seres queridos blancos fáciles para mis enemigos. No tuve hijos, precisamente por la misma razón; no quería que nadie de mi sangre cargara con el legado de su padre. Recuerdo las palabras exactas que escuché hace 31 años, al otro lado de la línea, en casa de Holsen:
—"Señor Scott, lamento darle esta noticia, pero su esposa acaba de sufrir un accidente".
Un conductor que se dio a la fuga, del que no supe su identidad hasta años después, sacó del camino a mi esposa, que venía del rancho de unos amigos hacia la ciudad. Siempre le advertí a Daisy que no manejara en su estado; era peligroso, más aún porque, siendo su primer parto, podía adelantarse. Pero ese fin de semana era el cumpleaños de un amigo, y, por más que quise que Holsen pospusiera la reunión, se negó y se burló de mí por dejarme dominar por una mujer.
Levanté las manos y las batí en el aire, intentando ahuyentar los recuerdos, fantasmas y demonios que me perseguían desde entonces. Tomé en mis manos el diario que me fue entregado días atrás, junto con el paquete que contenía el contenido de la caja de seguridad de Antwan. Agradecí mentalmente a Alexis por haberme entregado esa llave. Años atrás, él me confesó que conocía el nombre del conductor que sacó a Daisy de la vía: Antwan.
La sola mención de ese nombre, a lo largo de todos estos años, me hacía perder el control. Era imposible tocarlo; Holsen se negaba a quitarle la protección. A pesar de ser una regla estúpida, como todos los malditos códigos de la mafia, no podía ser tocado mientras trabajara con Holsen. Aunque no perteneciéramos a esa vida, esas reglas seguían fijas, pero eso estaba por cambiar.
En mi caso, me fue imposible, año tras año, pertenecer a un lugar que, de alguna forma, me había arrebatado a mi esposa. Pero tener el mando en esa zona de América me ayudó a mantenerme algo alejado de Moscú, aunque no del todo. Lo primero que quise leer fue el diario: extractos de la confesión del único testigo de ese accidente, alguien que se hacía llamar Nocturno. Un apodo cómico, considerando que el accidente fue de noche en una vía poco transitada. El hombre iniciaba lo que parecía una carta de despedida, pidiendo perdón a su esposa y a sus hijos. Salté algunas partes que me parecieron sin interés y busqué el relato de lo que presenció ese día:
"Venía cansado, con ganas de llegar a casa, pero el sueño me vencía. Para no causar un accidente, me salí de la vía y ubiqué el carro entre unos arbustos. Apagué las luces; esa carretera era tranquila y poco transitada, pero no quería correr riesgos. Solo serían unos minutos, pero el sueño me venció. Llevaba diez horas conduciendo sin comer ni dormir, y mi cuerpo me pasó factura al cerrar los ojos. Me despertó el chirrido de un neumático. Desperté sobresaltado, miré en la oscuridad y vi, a unos doscientos metros, las luces de un carro y a un hombre joven bajarse y mirar por el acantilado.
Recuerdo con exactitud al hombre; las luces de su auto lo iluminaban lo suficiente para reconocerlo. Lo conocía: era el que estaba abriendo joyerías por toda la ciudad, un francés de nombre Antwan, excéntrico y poco amistoso. Me bajé del auto y subí por una pendiente. Ese terreno era de colinas y acantilados; mi auto estaba estacionado en la falda de una colina, bajo un frondoso árbol y unos arbustos. Me agaché, contuve la respiración al ver, en el fondo del acantilado, las luces de un auto titilar. Tenía miedo; era demasiado joven, veinte años, con ganas de vivir, con una novia que me esperaba en casa y desarmado.
No quise hacer de héroe; solo aguardé a que el tipo se fuera. El auto accidentado había caído a unos cien metros. No sabía quién estaba en su interior, solo que moriría si el hombre no lo auxiliaba. Una chispa hizo que el espectador silencioso retrocediera unos pasos y se ocultara en la oscuridad de la noche. Pronunció las palabras que, desde entonces, no me han dejado dormir y que hoy me hacen escribir esta confesión:
'Charlie Scott, con esta muerte me pagas y aún me quedas debiendo. Viviré para arruinarte'.
Lo vi montarse en el auto y acelerar rápidamente. No supe cuánto tiempo estuve tirado en esa colina, en medio de la nada, hasta que mis piernas fueron atacadas por hormigas. Reaccioné, bajé corriendo la colina, llegué a la carretera y, con dificultad, me acerqué al auto. Era cuestión de tiempo para que se incendiara.
Decidí ver si había alguien a quien rescatar. En la parte delantera, vi a una mujer embarazada, inconsciente. Su rostro estaba bañado en sangre, y su cabeza apoyada en el volante. Era una chica rubia; su cabello me recordó al trigo maduro. Su pulso era débil. Intenté hacerla reaccionar, pero me fue imposible. Con dificultad, abrí la puerta, que estaba atorada, y el tanque de gasolina estaba roto; sumado a que el vehículo hacía chispas, rompí la ventanilla trasera.
Cuando quise entrar, otros dos autos ya estaban en la carretera. Entre todos, la sacamos. Me preguntaron qué había ocurrido. Dije una verdad a medias: me había quedado dormido a un costado de la vía, y el sonido del auto frenar y de otro caer me despertó. Pero mentí al decir que no sabía quién era. Me asusté, dejé a la chica en manos de los otros conductores y corrí del lugar..."
Seguí leyendo el diario. El desesperó del hombre aumentaba día tras día, tras saber que Antwan conocía de su existencia como testigo. Se ocultó en el lugar donde se sintió más seguro tras averiguar quién era yo y descubrir que era el dueño de una empresa metalúrgica, "una fachada para ocultar mi verdadera vocación". Supo que yo era el esposo y padre de los niños asesinados ese día. Entró a trabajar en mi empresa, convirtiéndose en uno de mis mejores empleados. Al final de la lectura, me pedía perdón por ser tan cobarde e incapaz de decirme en persona lo que había visto.
Terminada la lectura, una nota de Alexis me decía que se había encontrado a Timothy (así se llamaba el testigo) en una visita relámpago cuando lo buscó para que le entregara la llave de Epson. Sin saber cómo, terminaron departiendo en una taberna. Timothy le dijo que trabajaba para mí y que yo era uno de sus mejores amigos, a quien había venido a visitar. Al parecer, Timothy vio ese encuentro como una oportunidad del destino para resarcirse de sus errores y le entregó el diario a Alexis, para que me lo diera solo si él moría.
Recordaba a un empleado con ese nombre: un chico algo nervioso, pero muy amable. No tenía amigos; era el encargado de la correspondencia. Ahora que lo pensaba, no supe en qué momento dejó de venir. Era tan invisible que nadie notó su ausencia. Quizás alguien me dijo de su muerte, pero no lo recordaba.
Cerré el diario y miré el paquete. Regué su contenido en el escritorio y tomé los videos. Sabía lo que contenían, así que no quise perturbar mi mente viéndolos. Dirán que era un bandido con doble moral, pero, para mí, era inaceptable hacerle daño a un niño; no lo haría ni dejaría que otro lo hiciese en mi presencia. Era, quizás, esos códigos que se me habían metido en la piel o algo propio de mi comportamiento. A mi mente llegó el pequeño Jasón llorando en la tumba de su madre, y apreté con fuerza el video.
Lamentaba haber sido partícipe de ese acto tan ruin, pero, en ese momento, no sabía quién era la chica, menos que tenía un hijo y que era la esposa de Matthew, el hijo de Epson. En aquel entonces, los trabajos para mis amigos los hacía sin revisar quién era; me bastaba con saber que estorbaba a Epson. También, las órdenes venían de muy arriba: tenía un doble empleo, uno con la parte oscura del gobierno de mi país y otro con la mafia rusa.
Marqué el número de Antwan y esperé que contestara. Sonreí al ver que no cogía la llamada; no era extraño, a estas alturas, debía estar asustado al no encontrar la llave o saber que su contenido había sido vaciado. Decidí dejar un mensaje de voz, algo sencillo para que supiera lo que le esperaba. Sin embargo, me devolvió la llamada. Antes de que dijera algo, hablé yo:
—Tic, tac, Toc, Antwan. Tic, tac, Toc... Tus días felices y libres acabaron —dicho esto, colgué el teléfono.
Tomé el resto del contenido y encontré la confesión y el motivo por el que asesinó a mi esposa. Abrí la caja de seguridad y tiré el contenido del paquete en ella. Debía pensar bien la manera de vengarme de Antwan. Mi caja fue vaciada hace años; no era tan estúpido como para guardarla. En ella estaba la verdad sobre Boris y Viktor. Ninguno de los dos debía enterarse, o estaría acabado.
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