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Capítulo 26

VINCENT

Era terrible pensar que Ivanna podía estar en este momento herida y yo sin hacer nada. No sabía qué hacían en casa de William York, pero ahí estaba. Habían pasado tres horas desde que desapareció, y seguía sin tener noticias de Andrew, quien investigaba dónde podían tenerla. Yo no podía acercarme al maldito Antwan, pero Andrew sí. Cada cinco minutos miraba mi móvil.

En la casa, el ambiente era pesado entre los gemelos y William. Era la primera vez que tenía la oportunidad de estar cerca de los tres. No conocía mucho a Pierre; en pocas ocasiones había estado solo con él, siempre era con Frederick o alguno de sus hermanos. Pierre tenía un temperamento diferente al de sus hermanos, con una manera extraña de ver la vida y las dificultades. Quizás era por lo que vivió durante los seis años que estuvo fuera de casa o por el tiempo del secuestro. Alessandro, por su parte, era más rígido; sus comportamientos eran mecánicos. Era un hombre noble, eso no lo ponía en duda, pero últimamente su humor había cambiado. Ahora era más estricto y, en este momento, estaba en una discusión con su hermano y William, ante la mirada divertida de Frederick, quien observaba la escena, sentado en un rincón de la pequeña sala.

—¡Quieres decir todo lo que sabes de una maldita vez! Llevamos casi tres horas esperando —decía Alex, mostrando signos de enojo—. ¿Qué abre exactamente esa llave? ¿A quién tienes que entregársela? Escupe todo, Pierre, porque estoy perdiendo la paciencia.

—Te falta una follada, eso es todo tu mal humor —le dije a mi hermano, divertido.

—Coincido con Alex, y te aseguro que a mí no me falta sexo —fue William quien habló, mirando amenazante a Pierre—. Solo los soporto aquí porque espero una llamada, pero sería útil si empezaras a hablar —curiosamente, Pierre asintió y se acomodó en la silla.

—No sé qué secreto guardan, eso no me lo dijeron —empezó a decir Pierre—. Tampoco pregunté. Solo sé que es de una caja de seguridad, que existen o existieron cinco iguales, entre las que están la del francés, Alexis, el padre de Ivanna, un tal Charlie y Holsen, el antiguo jefe de Alexis —nos contó todo lo que sabía del grupo, cómo iniciaron y cómo todo se salió de control cuando Alexis quiso retirarse—. Antes de que pregunten, no sé qué secretos guardan esas llaves. Solo hago de enlace entre Alexis y Charlie —dijo, sonriendo como si hubiera contado la mejor historia.

—¿Por qué ocultan al quinto miembro? ¿Alguna idea de quién pueda ser? Ese tal Charlie, ¿lo has visto en persona? ¿Tienes su apellido, algo que indique de dónde es? —Jasón parecía más interesado que los demás, quienes guardaron silencio tras la historia—. Hay dos rusos y un francés —continuó diciendo.

Me parecía extraño qué tenía que ver esa historia con Ivanna, así que quise preguntarlo, pero la voz de Pierre se me adelantó.

—Creo que ahora hace de hombre digno. En ese entonces, el grupo fue para él solo un trampolín para surgir. Luego de lograrlo, era una especie de asesor. Aun así, tuvo que entregar su secreto. Hasta donde sé, Charlie es un texano, y del quinto no tengo idea de dónde es. Alexis fue hermético al respecto, y tampoco tuve mayor interés. Les recuerdo que solo hago de asesor de Boris para liberar a Alexis antes de tiempo.

—¿Qué tiene que ver Ivanna en todo esto? Ella es la que está en peligro, no los otros cuatro —dijo William.

De nuevo, el interés del griego por Ivanna me generó desconfianza. Después de mí, era el más afectado por su desaparición. Sabíamos que eran familia, aunque desconocía el parentesco que los unía. Desde que Ivanna salió de la empresa de los D'Angelo, yo había perdido contacto con esa familia y solo mantenía cerca a Emma y Frederick, por obvias razones. Solo William insistía en verla y saber si estaba bien, también en trasladarla a otro lugar. Yo me negaba a eso sin decírselo a ella.

—Es la única manera que han tenido de mantener a Alexis callado —respondió Alex—. Él recuperó su llave. Todos saben el amor desbordante que le tiene a su hija, más aún tras la muerte de su esposa. Con lo que no cuentan es que Ivanna es una caja de sorpresas. No sigue las reglas, detesta las órdenes y, desde los quince años, es algo así como un espíritu libre. Puede que no se lo haya puesto fácil al francés para mantenerla con él —la voz de Alex era de admiración al hablar de su prima, lo que me sorprendió un poco.

Seguí en silencio, esperando la llamada, pero el teléfono que sonó fue el de mi amigo, quien se alejó unos pasos. Observé con interés a Jasón; la tensión al ver quién llamaba me hizo no perderlo de vista, así que vi la seña que teníamos en el ejército para indicar que debía levantarme y seguirlo sin levantar sospechas.

—Ya volvemos —dijo Frederick con voz fuerte, lo que alertó a los demás.

—¿Se puede saber a dónde van? —preguntó William, a quien la conducta de ambos le pareció sospechosa.

—Tenemos que ir a casa. Marck está inquieto, necesita ver a su padre para calmarlo.

—Pues que vaya él, no necesita niñera, Jasón —esta vez fue Pierre quien habló.

—Pierre tiene razón. Te necesitamos aquí por si llaman. Puedes llamarlo, Vincent. Sé que mi compañía no te hace gracia, y a mí tu presencia tampoco, pero debemos estar juntos aquí.

No respondí al mayor de los D'Angelo. Me limité a seguir los pasos de Frederick. Algo sabía de Ivanna; la quietud no era lo mío. Prefería dar vueltas por la ciudad o apostarme frente a la casa de Antwan. Cualquier cosa daría más frutos que quedarme en esa sala tomando té.

—Ya volvemos —fue la respuesta de Jasón.

—Actúan como gánsteres. Déjalos jugar a los chicos malos. Tengo el lugar donde la tienen. Tuve que recurrir a Epson otra vez, que parece tener ojos en todos lados —dijo Jasón al salir a la calle.

Me alegré; al fin estaría cerca de ella. Habían pasado más de cuatro horas; llevaba el tiempo contado, y cada minuto era crucial. Las primeras horas tras un secuestro eran primordiales; después, sería casi imposible encontrarla.

—Vamos, entonces —dije, entrando al auto.

No pregunté quién conducía; en ese momento, podía causar un accidente, no podía concentrarme. Minutos después, nos estacionamos frente a un pequeño edificio.

—Es ahí —dijo Jasón, dispuesto a salir rápidamente, pero aseguré las puertas del auto, obligándolo a quedarse dentro—. ¿Quieres que nos maten? ¿Crees que somos del Equipo A? Esto es la vida real. Sé que quieres recuperarla, pero debemos esperar a que Antwan salga. Está ahí dentro, y, según Epson, ese edificio está lleno de hombres armados. Es donde distribuyen la droga que será comercializada.

—Perdón por no tener la sangre fría como ustedes, pero no es tu mujer la que está ahí dentro —grité—. No puedo jugar a las niñas tomando té o escucharlos hablar de sexo cuando Ivanna lleva cuatro horas en manos de ese animal. No puedo estar tranquilo, no después de ver lo que él fue capaz de hacerle todo este tiempo —me desahogué. Odiaba la sensación de impotencia por no poder hacer nada mientras ella tal vez estaba siendo lastimada.

—¿Crees que no sé cómo te sientes? —preguntó Jasón—. ¿Olvidas que viví lo que tú estás viviendo ahora con Emma? Fueron cinco meses, diez días y tres horas, Vincent. Más de ciento cincuenta días —me recordó—. Viví lo que tú has vivido estas horas, por eso sé lo que estás pasando. Acelerarte solo hará que te metan un tiro o le hagan daño a ella. Guarda silencio y espera —me ordenó. Conocía esa voz desde el ejército; me recordó las veces que me reprendieron por no mantener la calma—. Esperemos unos minutos. Epson asegura que Antwan está por salir a una reunión en una hora. Alguien dentro dijo que la extranjera que tienen será trasladada a otro lugar, lo que me recuerda que debo llamar a María. Es la única que podrá ayudarnos —lo vi enviar un mensaje y esperar un momento antes de sonreír—. Listo, en minutos estará aquí.

—No es buena idea que esa chica interfiera. No quiero problemas con Pierre. He visto cómo la mira; es su adoración —sin embargo, Jasón no parecía preocupado, solo sonreía abiertamente.

—Algún día te contaré quién es María Padilla. Si crees que Emma es de cuidado, es porque no has conocido mucho a la esposa de Pierre —me dijo con una sonrisa—. Cuando digo que tiene mejor puntería que tú y yo juntos, no exagero. Sin mencionar la cantidad de contactos que tiene en esta ciudad, ninguno legal, por cierto —algo había oído de la chica.

Era de temperamento fuerte, algo brusca y asocial, pero el cariño que le tenía a Emma me hacía creer que su comportamiento era solo una fachada. Casi veinte minutos después, alguien tocó la puerta del auto. Era María, vestida completamente de negro, con gafas oscuras y en una moto demasiado poderosa para una mujer, aunque me reservé el comentario.

—Buenas tardes, Vincent —me dijo, tendiéndome la mano—. Lamento lo de Ivanna. Frederick, por fin alguien piensa en mí. Pierre insiste en hacer de mí una mujer de hogar, y la quietud de una casa no es lo mío. ¿Qué tenemos?

Jasón le dio un resumen de lo que había en el interior del edificio y que esperábamos que sacaran a Ivanna. María se instaló en la parte trasera del auto; la Beretta que asomaba en el lado derecho de su pretina me recordó lo que Jasón había dicho.

—Entonces, será mejor esperar a que la saquen y seguirlos. En este sitio, el rescate será difícil. Hay al menos ocho personas a dos cuadras, sin contar al vendedor de hot dogs y al de la caseta de periódicos —empezó a señalar.

La agudeza visual de la mujer me sorprendió. Definitivamente, debía hablar con Frederick cuanto antes. Cuanto más la veía señalar los puntos donde estaban camuflados los hombres de Antwan, más respeto me ganaba. Yo apenas había visto la mitad, aunque mi mente estaba ocupada un ochenta por ciento por Ivanna.

—Entonces, la motocicleta será de mucha ayuda por si los perdemos de vista. Solo espero que no sean muchos los que salgan con ella; de ser así, necesitaremos refuerzos —la sonrisa irónica de María me dejó desconcertado.

—No me subestimes, Vincent —reprochó—. Te aseguro que no necesitamos a nadie más. Hasta donde me han dicho, ustedes dos son buenos en lo que hacían. Es cuestión de estrategia, no de fuerza. Pero tienes razón, los seguiré en la motocicleta.

—No fue mi intención ofenderla, señora, pero me es difícil tenerla en estas condiciones. Lo último que quiero es tener a su esposo de enemigo, por mucha experiencia que usted tenga —en ese momento, un movimiento en el edificio hizo que todos guardáramos silencio. Aunque estábamos lo suficientemente lejos, distinguí a George, el jefe de escoltas de Antwan, seguido por siete hombres más—. Hay demasiados hombres alrededor; esto antes no era así, solo George lo custodiaba.

—Llámame María, Vincent —me dijo la mujer—. Serás como de la familia dentro de poco, aunque Ivanna rechace el apellido. Sobre la protección del hombre, eso solo puede indicar dos cosas: una, alguien está limpiando la casa; o dos, se metió con quien no debía. Yo sé de eso más que nadie por mi padre —una vez más, quise saber más de María; seguro detrás de esa brusquedad y carácter serio había una vida de maltrato como la de Emma—. Y por mi esposo, no te preocupes, aún le estoy cobrando los seis años que estuvo fuera. Será mejor que los espere una calle más adelante —dicho esto, salió del vehículo y, segundos después, arrancó en la moto.

—Sí que es extraña —Jasón solo asintió mientras miraba hacia el viejo edificio.

—Te aseguro que no hay nadie más capacitada para ayudarnos en este momento que ella. Lejos de deberle un favor, será ella quien te lo deba a ti; le está costando acostumbrarse a la quietud de la vida legal... una larga historia —continuó diciendo cuando vio mi cara contrariada.

—¡Ahí la traen! —dije al ver salir a mi chica de brazos de un hombre—. Algo no va bien; Ivanna jamás iría tan quieta de la mano de un hombre —le dije a Jasón, quien miraba la escena en silencio. Tomó el móvil y envió un mensaje; imaginaba que era a María, que minutos antes había salido.

—Va drogada, es la única explicación —me dijo, encendiendo el auto. Para mi alivio, solo un hombre la llevaría, y decidimos seguirlo sin prisa, cuatro carros atrás—. Tendremos que dar espacio a María; la motocicleta será menos vistosa, mi auto llamará la atención —para mi perturbación, lo vi disminuir la velocidad.

Para mi sorpresa, el vehículo no se quedó en la ciudad, sino que tomó la autopista interestatal. Por un momento, lo perdimos de vista, pero minutos después vimos, orillada a un costado de la carretera, la moto de María atravesada, y a ella apuntando al hombre en la cabeza.

Bajé rápidamente del auto y corrí hacia el vehículo. La encontré en la silla del pasajero, inconsciente. Intenté hacerla reaccionar, pero al no obtener respuesta, la cargué en brazos y la saqué del auto. No presté mayor atención al hombre; sabía que Frederick se estaba encargando de él. Recordé la recomendación de su padre: llevaba el rostro golpeado, una pequeña mancha de sangre en su camisa, no llevaba el saco, solo la camisa blanca y el pantalón que se había negado a dejar de usar.

Agradecí que no hubiera seguido mi recomendación de usar vestidos. Aunque su ropa era femenina, me gustaría verla vestida más como mujer. El recuerdo de Alexis aún me perturbaba un poco. No tenía heridas visibles; le alcé la camisa buscando alguna señal de daño. Gran parte del costado derecho de su abdomen se estaba tornando morado; la habían golpeado.

Con rabia, salí en dirección al hombre que ya estaba fuera del vehículo, arrodillado frente a María, que le apuntaba con el arma.

—¿Quién la golpeó? —le dije, intentando acercarme, pero Frederick me lo impidió—. Dije, ¿quién la golpeó? —repetí con rabia.

—No pude hacer nada —dijo el chico, que parecía demasiado joven—. El señor William se contactó hace unos veinte días, nos llamó a George y a mí. Nos dijo que, si en algún momento su sobrina caía en manos de Antwan, nos pagaría bien para que nada le ocurriera. Ese día nos dio un adelanto; era más de lo que ganábamos en cuatro meses. Con eso nos convenció. Intentamos detenerlo para que no la golpeara, pero parece que el señor empieza a desconfiar de nosotros dos. No quiso que la sacáramos lejos de ustedes; me dijo que debía golpearle solo en el rostro y dejarla en un lugar visible. Pero teníamos otras órdenes del señor York —el chico parecía asustado. Vi a María marcar por teléfono, hablar con alguien y, al colgar, solo dijo:

—¿Cuál es tu nombre?

—Steven Taylor —respondió, sacando una billetera de un costado de su chaqueta y arrojándola a los pies de la mujer.

—Dice la verdad. Acabo de hablar con William; no está lo que se dice feliz de que hiciéramos esto solos. No entiendo por qué, si el resultado es el mismo. Puedes irte —el joven pareció dudar de las intenciones, pero, a regañadientes, se levantó y, caminando de espaldas, entró al vehículo sin dejar de mirarnos.

Me devolví al auto, enojado. Todos querían ayudar a liberarla, pero fueron tan egoístas que no me informaron de nada. Tal vez me veían como poca cosa para Ivanna, o era el hecho de que fuera heredera de tanto dinero lo que los hacía a todos de repente tan amables con ella, cuando nadie la ayudó a ella ni a sus padres cuando realmente lo necesitaban.

Desconocía por qué decían que Ivanna era sobrina de William. Hasta donde sabía, el tal York solo tuvo dos hijas. Aunque, en un comienzo, el nombre me pareció dudoso, por llevar el mismo nombre de su pariente, y el hombre ni siquiera era del todo inglés. Según sabía, su madre era griega, y él había vivido toda su vida en Grecia con su madre y la familia materna. Una cosa era segura: odiaba la conducta de playboy del tipo.

IVANNA

—Alguien anotó la placa —dije al abrir los ojos y encontrarme a Pierre frente a mí, mirándome fijamente.

—Nos tenías preocupados a todos —no dije nada, busqué con la mirada a Vincent y no lo encontré en la habitación, que imaginaba era de un hospital—. Está afuera; hace unos diez minutos salió a buscar a Marck, quien parece no parar de llorar porque quiere ver a sus papás —su sonrisa era auténtica, todo lo contrario, a la de su hermano, que rara vez sonreía—. Y por papás, me refiero a ti y a Vincent. Cree que fue abandonado. Por lo que me dijo Emma, hubo que traerlo al hospital, pero necesita un permiso especial y no quiere esperar, así que tuvimos que sacar a su padre para que lo controlara. Y este es más terco que el hijo; no quería alejarse de ti, tampoco quería a mi hermano cerca tuyo ni a William —dio un suspiro y se tapó el rostro—. ¿Te encuentras bien?

Era extraño que alguien que no fuera Vincent me hiciera esa pregunta. La mayoría, al verme sonreír, daba por hecho que estaba bien. Pero no todo el que sonríe está feliz, ni todo el que está serio anda triste, o al menos eso era lo que yo creía.

—Sí, me duele un poco el costado, nada grave... ¿Papá sabe lo que ocurrió? —no quería que mi padre se metiera en más problemas. Quería que saliera pronto de esa cárcel, y eso no sería posible si se enteraba de lo ocurrido.

—Lo sabe. Entregué el contenido del sobre a Charlie —al verme dudar, continuó—. El sobre que te fue entregado días antes de partir para acá.

Me narró la historia que horas antes les había contado a sus compañeros y a su hermano. Escuché todo atenta; al final, solo una cosa me intrigaba: ¿qué más ocultaba mi padre? La puerta se abrió bruscamente, y entró un pequeño de cabello rubio que, al verme, corrió hacia mí.

—No te has ido, papá tenía razón. Esperé y esperé, y no llegabas —dijo el niño entre llantos.

Intenté acercarme a él, pero el dolor en el costado me lo impidió. Vincent ayudó al niño a subirse con una sola advertencia.

—Con cuidado, campeón.

—¿Cuándo iremos a casa? —no tuve respuesta para esa pregunta; solo miré al niño y le sonreí. Yo también lo había extrañado—. ¿Podré dormir con ustedes otra vez? —su rostro suplicante me hizo sonreír; recordé a la tal Claire y por qué había salido enojada de la oficina.

—Dormiremos juntos en cuanto salga, tú y yo, pero tu padre no... él está castigado —como era de esperarse, Pierre se burló y, con un simple:

—Te lo dije —palmoteó la espalda de Vincent y salió riéndose de la habitación.

—Ivanna —intentó Vincent, pero solo recibió una mirada de fastidio de mi parte, lo que lo hizo guardar silencio.

—¿Qué hizo papá? —insistía el niño, y yo no quería hacerlo partícipe de nuestros problemas.

—Solo quiero estar cerca de ti un tiempo; yo también te extrañé —la respuesta pareció satisfacer la curiosidad del niño, y agradecí su presencia; de esa manera, Vincent no insistiría. Pero la cara de perro apaleado que me enviaba no me haría cambiar de parecer. No volvería a tocarme mientras insistiera en defender a la zorra que tenía por asistente.

(...)

Desperté en alguna hora de la noche, con una mano sosteniendo la mía. Por un momento, perdí el sentido de la orientación, hasta que recordé lo que había pasado. Al despertar completamente, me encontré a Vincent dormido en una incómoda silla, con su cabeza apoyada en la camilla y nuestras manos entrelazadas.

Su enorme cuerpo se veía incómodo allí, y sentí pesar por él. Jugué con los dedos que tenía sostenidos, y lo vi moverse. Se irguió, movió el cuello y luego me miró en silencio, sin sonreír, solo observándome detenidamente.

—Temí por ti —habló por fin—. Descubrí que no sabría qué hacer si no estás conmigo. No debí desconfiar de ti.

—...

—Tienes motivos para estar enojada. Yo mismo estoy enojado, Ivanna. Solo no te vayas de mi lado —me rogó y guardó silencio.

—No me iré, solo dije que no dormirás conmigo...

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que ella se vaya de tu empresa...

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