Capítulo 25
ANTWAN
—Dijiste que había una falla de diez minutos —le reclamé a mi compañero.
Vi al hombre de confianza de Emma salir tomado de la mano de Ivanna. ¿Qué mierda hacían juntos? Se suponía que ella estaría sola, pero ahí estaba, tomada de la mano de él. Como era de esperarse, mi alter ego no me permitía escoltas; iba solo con ella. Era como revivir las muchas veces que intenté hablarle a mi ex amiga y la presencia de ese maldito marine me lo impidió.
—No sé qué pasó, ella siempre está en casa —estábamos sentados en el parque con ropa informal—. ¿Qué haremos? Te dije que era mejor el otro día, pero insististe en esperar.
—No voy a perder el día en esto —me levanté bruscamente de la banca, arrojé el cigarro al suelo y lo pisé—. Llama al grupo, quiero tres carros a cinco minutos uno del otro. En algún momento la dejará sola, o, en su defecto, ella huirá de la protección. La conozco, viví con ella cinco años y siempre se escapa del grupo solo por diversión.
—¿Y qué se supone que voy a hacer yo en este lugar? —se quejó Arthur.
—Tú te quedas por si ella decide volver. Necesito dar un mensaje claro a su padre. Quiero esa llave, mi llave, y el maldito Alexis sabe quién la tiene —maldije la hora en que se le ocurrió a Epson meter nuestros secretos en cofres y luego mezclar las llaves de los mismos.
—¿Cuál es exactamente el misterio de esas llaves? —Arthur tenía curiosidad, como era de esperarse, pero era imposible contar la historia sin divulgar quiénes habían pactado ese día toda esa locura.
—Esa es la gran liga, Arthur. Para ser viejo y sabio, primero hay que ser joven y estúpido. Hoy confieso que Alexis tenía razón: hace años era una bomba que en algún momento nos explotaría en la cara —sacudí la cabeza violentamente para sacar ese recuerdo de mi mente, pero lo vivido hace treinta años volvió de inmediato.
IVANNA
Salí del ascensor y caminé por el pasillo que llevaba al área del personal de servicios generales. Al fondo, vi una puerta metálica con un letrero en letras rojas: "Salida de emergencias". La abrí y, apresurada, comencé a bajar las escaleras. Saqué mi móvil del bolsillo y lo apagué. No iba a casa; era el primer lugar donde me buscarían, y no tenía otras opciones. No había tenido noticias de Sofía desde el día que fui a buscar el resto de mis cosas. William tampoco era una opción; aunque me había dicho que contara con él para mi problema, nunca más se comunicó conmigo.
Me di cuenta de que no tenía a nadie en esta vida, salvo a mi padre, y él no podía ayudarme en este momento. Me dolía que Vincent no me creyera y que no me apoyara frente a Claire. Suspiré pesadamente al llegar al último escalón, caminé por un pasillo y saludé a unas chicas que, al verme salir por la puerta metálica, se asustaron.
—¡Ustedes no me han visto! —les dije con un guiño. Las dos mujeres solo sonrieron y me dieron paso.
Salí a la calle y caminé sin rumbo fijo, sin saber aún a dónde ir. No tenía un lugar al que pudiera llamar hogar. Desde la muerte de mi madre, ese término no existía para mí. Sentí un auto frenar en seco. Cuando quise reaccionar, noté una leve picazón en el cuello y todo se tornó oscuro.
(...)
Abrí los ojos en una habitación. Recordé ese lugar; era donde siempre me llevaban cuando intentaba escapar de Antwan. Los recuerdos del primer año que viví con él volvieron a mi mente: las veces que fui sedada y luego encerrada en ese sitio. Mi contrincante siempre era el mismo: George. El dolor en mi cabeza y en mi cuerpo era intenso e insoportable. Esperé la llegada de alguien durante lo que parecieron horas, sentada en una silla con cada pierna amarrada a un costado, en una postura poco femenina.
Un ruido en la puerta me indicó que alguien se acercaba. El leve mareo ya me era muy conocido. Giré despacio y me encontré frente a George, a quien yo llamaba Kerchak, por el simio de Tarzán. Era un hombre casi tan alto como mi padre, afroamericano, de aspecto poco amable. La cicatriz en su rostro me hizo sonreír; yo se la había hecho la última vez que intentó golpearme.
—Linda cara, Kerchak. Me encanta el toque que le da esa cicatriz a tu rostro. Imagino que ahora te temen más —el rostro del hombre no mostraba emoción alguna. Aún sentía mareos, y el dolor en mi costado me indicaba que me habían golpeado—. Hombre, ¿no te alegras de verme? Esa no es manera de recibir a una vieja amiga. Seguro me has extrañado; tu vida debe ser aburrida sin mí.
—Deberías guardar silencio. Parece que no eres consciente de la situación complicada en la que estás. ¿Por qué haces todo tan difícil? Solo dale a Antwan lo que desea y deja de jugar al gato y al ratón. Ya me fastidia estar tras de ti —no pude más que reír. Vaya, esa era una nueva faceta de Kerchak, y había batido récords.
—Vaya, te estás volviendo viejo. Suenas muy sentimental. Siempre supe que detrás de ese rostro rudo hay un hombre hermoso oculto... muy, muy en el fondo —dije sin dejar de reír, pero atenta a todo a mi alrededor—. Batiste tu propio récord: has hablado más de cuarenta palabras seguidas. Anda, suéltame o trae al gay reprimido que tienes por jefe. Cualquiera de las dos opciones está bien para mí.
—¡Hablo en serio! —dijo, mirando por la pequeña reja de la puerta para asegurarse de que nadie estuviera escuchando—. No sé qué ocurre, tampoco me importa; no me pagan para eso. Pero deja de provocarlo. No está de buen humor, no después de que se enteró de que Holsen lo quiere hacer a un lado.
Algo estaba mal, no sabía qué, pero algo se estaba cocinando en Moscú. Esperaba que detrás de esto estuviera mi padre. Ya era hora de que empezara a mover sus influencias, porque me estaba hartando de este juego.
—Una razón más para que me sueltes, Kerchak. Te quedarás sin empleo y con enemigos que seguro has creado en este tiempo. Te aseguro que, si es feo para Antwan, lo será aún más para ti —insistí.
El gesto de su dedo índice me indicó que alguien se acercaba, así que guardé silencio. No sabía por qué quería ayudarme, pero no me fijaría en las buenas intenciones del tipo.
—¡Te dije que me avisaras cuando despertara, eres un maldito inútil, George! —dijo Antwan entrando a la habitación.
Acababa de entender los motivos por los que Kerchak me estaba ayudando. La mirada que le dirigió a su jefe era muy distinta a la que le daba años atrás. Kerchak solía venerar a Antwan, hasta podría jurar que respiraba por él. Ahora su mirada era retadora, y no quería estar en el pellejo de Antwan en este momento.
—¡Hola! —dije en tono alegre, mirando al hombre—. Esa no es manera de recibir a tu exesposa. ¿Dónde están tus modales?
La respuesta de Antwan fue un fuerte golpe en mi rostro. Me sacudí violentamente en la silla, intentando liberarme, lo que me valió otro golpe, esta vez en el vientre.
—¿Qué pasa, Antwan? ¿Me temes? —intenté sonreír, pero el dolor era intenso—. Querido, todos estos golpes te saldrán caros, y lo sabes.
—Tengo un recado para tu padre...
—Innecesario que me trajeras para eso, cariño. Mi padre te encontrará, y se lo podrás dar en persona a él o a sus hombres —dije con voz segura—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Tengo derecho a saberlo —continué al ver su gesto de sorpresa.
—Cuatro horas —respondió Kerchak—. Deberíamos soltarla, señor. Si llega a oídos del señor que la chica está aquí, se meterá en más problemas. Ya le han advertido.
—¿Quieres callarte? Te pago para que me protejas, no para que me aconsejes. Nadie se enterará de que está aquí; su padre tiene muchos enemigos. Ahora llévatela y sabes qué hacer con ella —gritó Antwan.
Al mirar en la dirección en que habló, supe que no se dirigía a Kerchak. Hablaba con otro hombre, uno que yo no conocía. Jamás lo había visto; debía ser alguien nuevo.
—Yo me encargaré —dijo mi antiguo guardaespaldas, pero el francés negó.
—¡No! Él se encargará, tú vienes conmigo —la mirada que Kerchak me dio fue de "lo intenté". ¿Pero por qué insistía en ayudarme?
—¿Y el recado para mi padre? No me habrás traído hasta aquí de paseo, ¿verdad? —dije sonriendo.
—Eres una maldita copia de tu padre —su tono era desesperado, lo que me dijo que estaba en problemas—. Un maldito grano en el trasero. Por traerte a este país, mi negocio se vino a pique —siguió vociferando, y yo solo lo miraba sonriente—. Tú y tu padre me pagarán caro por dañarme. ¡Quiero mi maldita llave! Dile a tu padre que esto solo fue una muestra de lo que te espera.
—Gracias por decir que me parezco a mi padre. Lo último que quiero oír es que me parezco a los York —el rostro del francés mostró sorpresa, así que seguí sonriendo—. Qué desatenta soy, querido. Olvidé mencionarte que encontré a mi familia. Tus enemigos, lejos de disminuir, crecen. Recuerda que aún le debes a Alex y a Pierre lo de su hermana. Para la próxima visita, quiero un Tulski Prianik, sabes que me encanta.
—¿De qué coño estás hablando?
—Me voy muy herida con tu hospitalidad —seguí, ignorando su rostro pálido—. Nos veremos pronto, Antwan.
Intenté sonar segura, aunque por dentro el miedo era latente, no por lo que pudiera pasarme. Desde que me casé con él y descubrí sus verdaderas intenciones, me preparé para morir en cualquier momento. Cada vez que fui golpeada y herida, algo de mí murió. Jamás dejé que eso se reflejara en mi comportamiento. En eso, el francés tenía razón: había aprendido de Alexis Ivannok a no mostrarle al mundo cuánto me afectaba. Mi miedo era por el pequeño Marck y por Vincent.
—Llévatela y déjala en un lugar donde sea fácilmente encontrada con los documentos. Quiero que sepan quién es. Asegúrate de que su rostro quede irreconocible. Veremos, querida esposa, si después de eso el marine se atreve a mirarte. Te quitaré lo único que tienes de ángel: tu rostro —dijo acercando su rostro al mío. Lo escupí y sonreí después.
—Será peor para ti, Antwan. Cuando terminen contigo, desearás estar muerto, de eso puedes estar seguro. Eso, si mi padre no te encuentra primero —sentí un escozor en el cuello y todo empezó a darme vueltas.
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