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Capítulo 24

Moscú, Rusia. Hace 22 años

En la vieja oficina de Holsen, cinco hombres estaban reunidos: Holsen, un ruso soltero de 40 años, líder de la operación en Moscú; Epson, un neoyorquino de 50, el cerebro del grupo, viudo, casado de nuevo, con cinco hijos, uno varón que parecía odiarlo por razones desconocidas; Charlie, un texano de 33, viudo tras perder a su esposa embarazada de gemelos en un accidente; Alexis Ivannok, el menor, de 30, con esposa y una hija, esperando otro hijo; y Antwan, un francés de 34, nuevo en el grupo, de gustos extraños y antecedentes desconocidos, recomendado por Holsen.

El motivo de la reunión era la insistencia de Alexis en retirarse. Su esposa estaba embarazada, y él quería un hogar estable, un negocio legal, la vida que siempre soñó. Tenía los recursos, pero salir no era fácil. Llevaban años en el negocio, y su partida era una amenaza.

—Lo que pides es imposible, Ivannok. Sabes demasiado. Si tu trasero rubio cae en manos de la policía, cantarás como pájaro enjaulado, y será el fin de todos —dijo Holsen, tranquilo, pese a la gravedad del asunto.

El negocio, aunque incipiente, era rentable. Alexis había estado desde el principio y sabía demasiado. No les convenía dejarlo ir. Por suerte, Epson ideó las cinco cajas de seguridad para evitar que otros intentaran lo mismo.

—Sabes que alguno querrá retirarse, como yo ahora. Me conocen; no soy soplón. Pero díganme, ¿quién tuvo la idea de meter en una caja algo que me pondría en peligro si sale a la luz? —preguntó Alexis, mirando a Holsen.

Sacó una llave del bolsillo y la hizo rodar hacia Epson. Nadie se sorprendió; la afinidad entre ambos era conocida. Tal vez Alexis veía en Epson un padre, pues este lo había ayudado con los conflictos de su matrimonio.

—¿Qué metiste ahí? —preguntó Epson, sonriendo—. ¿Tus aventuras extramatrimoniales? Si salen a la luz, serías hombre muerto —Alexis se cruzó de piernas, despreocupado.

Uno a uno, todos colocaron sus llaves en la mesa, sin hablar. Solo Alexis rompió el silencio.

—Esto es una bomba de tiempo que nos explotará en la cara. Lo sabemos. Pero soy paciente; dejaré que el tiempo me dé la razón. ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Cómo mezclamos estas llaves? —señaló los objetos metálicos.

—Eres bueno en el póker, Ivannok. Nos has vaciado los bolsillos muchas veces. Mézclalas —dijo Holsen. Alexis, aunque dudoso, obedeció.

Cada llave tenía el nombre del dueño grabado en letra pequeña, casi imperceptible. Alexis las tomó, las revolvió en su puño y las lanzó al azar a cada uno. Todos miraron la llave que les tocó y la guardaron sin decir nada. Eran un grupo naciente en Moscú, bajo un líder global, regidos por leyes estrictas. Una de ellas: nadie se retira.

—¿Qué sigue? —preguntó Antwan, nervioso. Había sido el más opuesto a la idea, aunque nadie sabía por qué.

—Mi duda es, ¿quién me garantiza que pusieron algo peligroso en esas cajas? Podrían ser recetas de tu abuela —dijo Charlie por primera vez.

—¿Fueron al lugar que indiqué y hablaron con la persona que les dije? —preguntó Epson. Todos asintieron—. ¿Mostraron el contenido de la caja? —Todos confirmaron con gestos—. Entonces, no hay peligro, Charlie. Si no fuera peligroso, no te lo habrían aceptado. Y antes de que pregunten, la persona no revelará el contenido ni lo entregará. Hay millones detrás de esto, una labor transmitida de generación en generación.

—¿Ahora me dejarán ir? —preguntó Alexis. Se miraron—. El que caiga en prisión no hablará. Es el código.

Holsen sacó un documento y se lo entregó. Alexis lo leyó despreocupado y alzó la vista.

—Nombres, dirección y lugar donde encontrarlos —dijo Holsen—. Termina con el último, y te retiras. No confío en lo que pusiste en la caja. Quiero asegurarme de que no hablarás.

Nueva York,

Actualidad

Antwan

—Maldita sea la hora en que hice ese trato —le digo a Arthur, caminando de un lado a otro, con la furia quemándome por dentro.

—¿Estás seguro de que el padre de esa chica tiene esa llave?

—Sé que él sabe quién la tiene. El maldito las repartió. Es astuto, un maldito genio del póker. Es el único que sabe de quién es cada llave —escupo, apretando los puños.

—¿Y la tuya? ¿Dónde está? Podrías cambiarla —Arthur me mira como si fuera tan simple. No lo es.

Hace años, una deuda me destrozó. Entregué mi llave a Holsen para que me sacara del hoyo. Era la llave de Charlie. Ironías del destino: tener la llave del hombre cuya familia maté en ese accidente. Ese es el secreto de esa maldita caja. No respondo, solo camino al auto y me dirijo a mi oficina, esperando la llamada sobre la rusa. Hoy tendré suerte. Solo quiero un mensaje para su padre. No la retendré mucho.

Ivanna

Llevo una semana en esta empresa, y aunque el trabajo me mantiene ocupada, Claire es una espina que no soporto. Esta mañana, la muy idiota me bloqueó cuando intenté entregarle a Vincent los balances que pidió. No me ha enfrentado de frente, pero sé que está esperando el momento. Y como si el universo quisiera darme razón, mi puerta se abre de un golpe. Vincent entra, con las cejas fruncidas y la mandíbula tan tensa que parece que va a romperse.

—¿Qué mierda es esta, Ivanna? —sostiene una carpeta manchada, como si hubiera pasado por una cloaca—. Te pedí un simple favor.

Reconozco el balance. Me tomó horas hacerlo, y se lo di a Claire esta mañana cuando dijo que tú no estabas. No estaba así cuando lo entregué.

—¿Qué? —me cruzo de brazos, conteniendo la rabia—. Ese no es el estado en que lo di. ¿Crees que soy tan estúpida como para entregarte algo así?

—Ivanna, no empieces...

—No empiezo nada —lo corto, sacando una copia de mi bolso—. Por suerte hice varias. Pero abre los ojos, Vincent. Tu asistente no solo quiere meterse en tu cama, ahora sabotea mi trabajo. ¿Eso también lo vas a ignorar? —le lanzo la copia. La atrapa, pero su mirada sigue dura.

—No saques conclusiones. Claire es...

—¿Qué? ¿Tu amiga de la infancia? —lo interrumpo, sarcástica—. ¡Por favor! Esa mujer no es ninguna santa. Y si no lo ves, eres más ciego de lo que pensé.

Se queda callado, pero su silencio me enciende más. Gira y se va sin decir nada. Perfecto, que defienda a su querida Claire. No soporto que duden de mí. No ha trabajado conmigo en esto, pero debería confiar en mi palabra. Me hierve la sangre. No pienso quedarme de brazos cruzados.

Camino directo al escritorio de Claire. La encuentro, como siempre, pegada a su móvil, ignorándome como si fuera invisible. Me planto frente a ella, tamborileando los dedos en su escritorio.

—Baja el teléfono, Claire —mi voz es baja, pero afilada como un cuchillo.

—¿Qué quieres? —responde, sin siquiera mirarme, con esa sonrisita de superioridad que me dan ganas de borrar de un golpe.

—Baja. El. Teléfono —repito, más lento. Finalmente, me mira, alzando una ceja. Cuelga con un suspiro exagerado.

—¿Y ahora qué, Ivanna? ¿Otra queja? —se cruza de brazos, desafiante.

—Quiero saber por qué el informe que te di esta mañana llegó a Vincent como si lo hubieras arrastrado por el suelo —me inclino hacia ella, mi rostro a centímetros del suyo—. ¿Crees que no me doy cuenta de tus jueguitos?

—¿Jueguitos? —se ríe, burlona—. Qué pena, ¿no? Los accidentes pasan. Dime, Ivanna, ¿de qué burdel te sacó Vincent? Porque apestas a puta barata desde aquí.

La sangre me hierve. Sonrío, pero es una sonrisa que promete problemas. Me acerco más, mi voz baja a un susurro venenoso.

—No llames puta a nadie sin saber de dónde salió tu madre, Claire. O qué harán tus hijas. Alguien tan fina como tú debería saberlo —le sostengo la mirada, viendo cómo su rostro se retuerce de rabia.

—¿Qué mierda insinúas? —se levanta, acercándose más, como si quisiera intimidarme.

—Que tal vez compartimos el mismo burdel, querida. Pero yo no me arrastro por un hombre que ya dijo que está comprometido —le guiño un ojo, sabiendo que la estoy sacando de quicio.

Levanta la mano para golpearme. La detengo en el aire, retuerzo su brazo justo lo suficiente para que duela y la miro directo a los ojos.

—No eres lista, Claire. Hay peleas que no empiezas si quieres salir viva. Y una conmigo es de esas. Siempre gano, aunque creas que estoy perdiendo —le suelto el brazo. De pronto, se pone a llorar como si le hubiera arrancado un dedo.

—¿Qué mierda te pasa? —espeto, incrédula.

—¡Lo siento, señorita Ivanna! ¡Fue un error! —solloza, y entonces escucho la voz que lo explica todo.

—¡Ivanna, a mi oficina, ahora! —Vincent está detrás de mí, con los brazos cruzados y la cara de quien quiere estrangular a alguien.

—¡Le dije que fue un accidente, pero no quiso mis disculpas! —Claire se limpia las lágrimas, actuando como víctima de Oscar.

—¿En serio, Vincent? —me giro hacia él, furiosa—. ¿Vas a tragarte esa mierda?

—¡Ivanna, ahora! —grita, señalando su oficina.

—¿Qué? ¿Quieres que te siga como perrito? ¿O que me arrodille y pida perdón por no dejar que me pisoteen? —mi voz es calma, pero cada palabra corta como vidrio.

Me agarra del brazo y me arrastra a su oficina. Cierra la puerta con un golpe que retumba. Estoy a punto de explotar.

—¡No puedes tratar a la gente así! —me grita, señalándome—. Es inaceptable. Ve y discúlpate con Claire. Te dije mil veces que solo es una amiga.

—¿Amiga? —me río, amarga—. ¡Por favor, Vincent! ¿No ves cómo te mira? ¿O eres tan estúpido? —doy un paso hacia él, desafiante—. Toda historia tiene tres versiones: la tuya, la mía y la verdadera. Tú solo viste el final. No lo que esa perra hizo antes. Me llamó puta barata, dijo que me sacaste de un burdel. ¿Y esperas que me disculpe por defenderme?

—Ivanna, cálmate...

—¡No me calmo! —lo interrumpo, empujándolo hacia atrás—. Si crees que reaccioné sin motivo, no me conoces. Y si prefieres creerle a esa zorra antes que, a mí, entonces no tenemos nada de qué hablar —me doy la vuelta, agarro mis cosas y salgo dando un portazo.

Corro al ascensor mientras grita mi nombre. Lo ignoro, presiono el botón del segundo piso y, al llegar, bajo por las escaleras de emergencia. No pienso quedarme ni un segundo más.

Vincent

Marco a Andrew, con el corazón en la garganta, y le digo que Ivanna está bajando. Camino hacia Claire, mirándola como si pudiera atravesarla. Esto no tiene sentido. Ella sabe lo que Ivanna significa para mí. ¿Por qué haría algo así?

—¿Qué mierda pasó, Claire? —mi voz es hielo puro—. Y no me vengas con cuentos. Ivanna me dijo todo.

Se pone pálida, pero se recompone rápido, con esa cara de víctima que ahora me da náuseas.

—Dije la verdad, Vincent. Llegó furiosa por los documentos. Le pedí disculpas, y casi me rompe el brazo. ¿Cómo permites que esa mujer esté cerca de Mark? ¡Es un peligro! —su voz tiembla, pero no me convence.

—¿Un peligro? —me acerco, conteniendo las ganas de gritar—. ¿Y tú qué eres, Claire? ¿Crees que no veo tus juegos? ¿Sabotear su trabajo? ¿Insultarla? —mi teléfono suena, cortando mi rabia. Es Andrew.

—Luego terminamos esto —le digo, seco, y contesto. Lo que escucho me hiela la sangre.

—Se la llevaron... Un auto negro con vidrios polarizados. Cuando me di cuenta de que salió por las escaleras de emergencia, fue tarde.

Cuelgo, con el corazón latiendo tan fuerte que duele. Esto no puede estar pasando. No a ella. No después de esto, de no creerle, de dejarla ir así.

—¡Maldita sea! —grito, golpeando la pared. Marco al único que puede ayudarme. Contesta al segundo timbre.

—¿Qué pasa, hermano?

—Se la llevaron.

—Voy para allá. No te muevas. Llamaré a Pierre —cuelga.

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