Capítulo 20
Vincent
Recojo a Mark de casa de su amigo. Está dormido. Llegué tarde por provocar a Alexis, y me siento culpable. Lo coloco en el auto, asegurándome de que esté bien abrigado y protegido. Me instalo tras el volante cuando llega un mensaje de Andrew, mi antiguo compañero de servicio. Ahora trabaja de forma independiente, y le pedí que protegiera a Alexis cuando no pueda estar con ella, sin que ella lo note. Le echo un último vistazo a Mark, dormido, y confirmo que todo está en orden.
Sé que no puedo estar con ella todo el tiempo; es imposible. Si hay alguien en quien confío para protegerla, es Andrew. Minutos después, estaciono frente a casa, tomo a Mark en brazos y lo llevo dentro.
Es casi medianoche cuando decido dormir. Mañana pensaré cómo ayudar a Alexis, aunque no me haya pedido ayuda. Estoy por quedarme dormido cuando el teléfono suena. Es Andrew.
—Lamento la hora, pero hay movimiento en su edificio. La chica salió con un equipaje ligero —mi cuerpo se tensa. Eso solo significa una cosa: se irá.
—Síguela y dime dónde se queda, por favor —le pido.
—Llevo una hora siguiéndola. Ha caminado media ciudad. La noche está helada, y ha estado llorando. No sé qué pasó en ese edificio, pero la afectó —me paso la mano por el cabello, frustrado.
—¿O'hurn? —insiste Andrew.
—No te acerques o huirá. La conozco. ¿Tiene alguna ruta en especial?
—Parece dirigirse a tu casa. No sé, hermano, se ve mal. Me gustaría recogerla y dejarla contigo. Creo que ese es su camino —saber que está llorando y sola me duele, pero una chispa de esperanza se enciende al pensar que podría buscarme.
—Solo síguela. No sabemos a dónde irá, y no quiero que sepa que la proteges. Es escurridiza y bien entrenada. Si se da cuenta, se escapará. Necesito saber a dónde va —ruego.
Tras varios minutos de indicaciones sobre los senderos que recorre, cuelgo. Encuentro llamadas perdidas de Jason. Devuelvo la llamada, aunque es casi la una de la mañana. Necesito saber qué pasó en ese edificio.
—¿Necesitas el cuento de papá Vincent para dormir? —bromeo, aunque estoy furioso. Me enoja que la dejaran ir, cuando se supone que debían cuidarla, sin importar las razones.
—Alexis no está —dice Jason al contestar—. Tuvo una discusión con Sofía. Parece que Alex le prohibió estar cerca de ti. Sé que sabes quién es. Te conozco, la has estado provocando. Me he enterado —me enfurece saber que fui la causa de la discusión y que ahora soy considerado mala compañía, cuando meses atrás cuidé de Emma sin faltarle el respeto.
—¿Qué pasa? ¿Ahora soy poca cosa? —respondo, enojado.
—No mates al mensajero. Sé que la rusa estará en buenas manos contigo. Emma y yo lo sabemos, pero Alex es otra historia. Escuchó la discusión con Sofía —hace una pausa y suspira—. Alexis es complicada, no permite que le digan qué hacer. Y Alex, sabes cómo es. Los ánimos se calentaron, y ella se fue. No te cuento más porque ella debe decírtelo. Nos hizo prometer que sería ella quien te lo contara.
—¿Y para qué me llamas a esta hora si no me dirás nada? ¿Por qué la dejaron salir sola? ¿No se supone que deben cuidarla? No soy su niñera. Tengo a mi hijo, no lo dejaré solo —me niego a decirles que sé dónde está. Si ella quiere revelar su ubicación, es su decisión, no mía.
—Emma asegura que te buscará. Solo te pedimos que nos avises cuando llegue. No le hemos dicho nada a Alex ni a Pierre —dudo antes de responder.
—Veré qué puedo hacer. Pero si me busca, pide mi ayuda y quiere estar lejos de ustedes, no les diré dónde está. Y sobra decir que no volveré a ocupar el puesto de Alexis. Tengo una empresa que dirigir —una risa suena del otro lado.
—Parece que Emma te conoce después de todo. Sabía que te retirarías. Es tu decisión, Vincent, y tienes nuestro apoyo para lo que necesiten. Solo cuídala, es todo lo que pedimos. De Alex me encargo yo mañana.
—Será mejor que lo mantengas lejos de mí. No soportaré que meta las narices donde no lo he llamado —cuelgo, enojado.
Miro por la ventana, esperando verla llegar. Dudo que venga. Nuestra convivencia en el trabajo es accidentada, y siempre me mira como si me odiara. El vibrar de mi celular coincide con la imagen de ella cruzando el parque. Lleva la misma ropa del gimnasio, con los hombros caídos y la mirada baja, una clara señal de derrota. Suspiro aliviado. Confía en mí, pienso, mientras sonrío al verla acercarse. Contesto una llamada mientras me pongo un pantalón. Suelo dormir desnudo, pero eso tendrá que cambiar.
—Ya la vi —digo antes de que Andrew hable—. Yo me encargo. Gracias.
—Esperaré tu siguiente turno. Haz que se cambie o se enfermará —su consejo me hace reír.
—Gracias, papá —bromeo—. Después de hablar con ella, te digo qué sigue.
—Cuídala. No se ve bien —es lo último que dice antes de colgar.
El timbre suena. Espero unos minutos antes de abrir. Está de pie frente a mí, con los ojos, nariz y mejillas rojas, el rostro húmedo por el llanto. Detengo el impulso de abrazarla y prometerle que todo estará bien. Quiero ser prudente; aún no sé por qué está aquí.
—Dijiste que podía contar contigo —dice, con ojos tristes y respiración irregular—. No tengo adónde ir.
Trago fuerte. Ver a la chica que siempre está sonriendo, haciendo travesuras, así de derrotada, es algo para lo que no estoy preparado.
—Ven aquí —le abro los brazos—. Estás en el lugar correcto, Ivanna.
Cierro la puerta y la alzo en brazos. Andrew tenía razón: está helada, con la ropa mojada. Apoya la cabeza en mi pecho, pasando una mano alrededor de mi cuello.
—Todo estará bien —le digo, pero sigue llorando, sin responder—. Tendré que quitarte esa ropa mojada —no contesta, solo llora.
La llevo al cuarto de huéspedes y entro al baño. Empiezo a quitarle la ropa mojada, sin morbo, solo queriendo que entre en calor. Preparo una ducha caliente y la ayudo a entrar. No responde, está en silencio, temblando, no sé si por el frío o el llanto. Esto es a lo que me refería cuando dije que acumular tristezas es peligroso. Agradezco que me buscara y no se quedara deambulando.
Cierra los ojos y levanta el rostro hacia el agua. Es una mujer hermosa. Siempre supe lo que había bajo esa ropa. Nos quedamos en silencio mientras la ayudo a bañarse. Al girarla, algo llama mi atención: un tatuaje de un escorpión y números que esconden una cicatriz de unos 20 cm. Paso los dedos por el dibujo. Tiembla ante el contacto, así que retiro la mano rápido.
—Lo siento, no quise asustarte —la cubro con una toalla y la cargo a la cama. Voy a mi cuarto, traigo ropa seca (le quedará grande, pero necesita calentarse) y vuelvo.
—Antwan —la escucho decir—. Me drogó y dejó que me golpearan. Era su manera de decirme que él mandaba. Quedé inconsciente. Desperté con la herida. Tiempo después me hice el tatuaje. Los números son el día que murió mi madre. Lo hice para borrar el dolor de cómo me trataron —es increíble que ese maldito se casara con ella y le causara tanto daño.
—¿Por qué el escorpión? —pregunto. Por primera vez, me mira a los ojos. Ya no llora, pero sigue triste.
—Por mi madre. Era su signo —decido dejarla descansar. La ayudo a meterse entre las sábanas.
—¿Te puedes quedar hasta que me duerma? —pide.
—Está bien —me siento junto a su cama—. Puedes quedarte el tiempo que quieras. No tengo muchos lujos, pero la casa es cómoda —asiente.
Acaricio su cabeza. Su cabello está largo; cortarlo debe haber sido una herejía. Canto la canción que le cantaba a Mark de pequeño, mientras la veo cerrar los ojos. Las lágrimas se deslizan por su rostro; sigue despierta. La impotencia de no saber cómo ayudarla me enoja. Veinte minutos después, su respiración es tranquila. Se durmió.
—Mañana hablaremos. Ahora descansa —murmuro.
Le doy un beso en la mejilla y dejo la lámpara encendida para que no despierte perdida. Sé que no está bien. Aprieto los puños al recordar lo que dijo. Odio a Antwan desde que supe lo que quiso hacer con Emma. Saber que golpeó a Ivanna me enfurece más.
(...)
La luz que se filtra por la ventana me indica que amaneció. Me levanto y voy por Mark, pero lo encuentro vistiéndose, con una de sus mejores sonrisas.
—Buenos días, campeón —lo alzo y lo beso en la frente—. ¿A qué se debe el honor? Estás listo sin pelear.
—Alexis nos acompañará a la escuela —recuerdo que ella está aquí y voy a verla.
La cama está tendida, la ropa que le presté está doblada, y su mochila no está. Se fue. Me recrimino por creer que se quedaría. ¿Cómo le digo a Mark que no está?
Entro a la ducha, con un sabor amargo. Me cambio mecánicamente, con un nudo en las entrañas. Mark entra, sonriente.
—Estoy listo, papá. Solo esperamos a Alexis —recuerdo por qué no traigo mujeres a casa. Mark ve una madre en cada una, menos en Rachel.
—Lo siento, pequeño. Se fue, no vendrá —lamento decírselo, pero es mejor aclararlo.
—¡No! Ella vendrá, lo prometió —insiste—. Vamos a esperarla.
—Mark...
—Papá, dijo que vendría. Lo prometió —lo alzo y bajo al primer piso.
—Solo vino por una noche. Ya se fue —noto que empuña algo—. ¿Qué traes ahí?
—¡Nada! —se baja rápido de mis brazos.
Desayuna animado, sin que tenga que prometerle nada, insistiendo en esperar a Alexis. No tengo apetito; lo perdí al saber que se fue sin despedirse.
—Vámonos o llegaremos tarde —insisto.
—Debemos esperar a Alexis. Vendrá, tiene que venir.
—Mark, solo vámonos —intento alzarlo, pero se zafa, se cruza de brazos y se sienta en un rincón.
"Ok, esto será difícil. Nota mental: no traer mujeres a casa."
Me arrodillo a su altura. Es un niño inteligente, pero obsesionado con tener una familia. Curiosamente, no con su madre, a quien se niega a llamar "mamá". Nunca le hablé mal de Rachel, pero él sacó sus conclusiones.
—Ella vendrá, lo prometió. No es como Tessa —cierro los ojos y lo abrazo. Insiste en llamarla Tessa.
—Mark.
—Solo unos minutos, papá. Si no viene, nos vamos. Pero vendrá.
Pasa sus brazos alrededor de mi cuello. Quiero tener su fe, pero sé que es difícil. Lo escucho sollozar cuando tocan la puerta. Debe ser Andrew, para ultimar detalles sobre los problemas de Alexis.
—Te lo dije —dice Mark, zafándose y corriendo a abrir.
IVANNA
Una caricia en la mejilla me despierta. Por un momento, no sé dónde estoy, hasta que los recuerdos de anoche me golpean. Me levanto rápido, recordando que llegué a casa de Vincent.
—Llegaste —la voz de un niño me hace girar. Un par de ojos risueños, idénticos a los de su padre, me observan. Lleva un pijama blanco con coches, y su rostro está lleno de felicidad. Corre y regresa con algo en las manos, mostrándomelo orgulloso—. La maestra nos pidió dibujar qué queríamos para Navidad. Yo quería una mamá.
Tomo el dibujo y lo miro. Es una casa pequeña con un perro y un árbol con un neumático. Frente a la casa, tres figuras: un hombre, una mujer y un niño, todos con cabello rubio y largo.
—Este es papá, este soy yo, este es Loki, el perro que me ayudarás a convencer a papá para tener, y esta eres tú. Tienes el cabello largo, aunque ahora lo tengas corto —nuestras miradas se cruzan. No sé qué responder—. ¿No te irás como Tessa? Prometo portarme bien, comer todo y no llorar para ir al colegio. ¿Me llevarás a la escuela? Mis amigos van con sus papás y se burlan porque siempre me lleva papá —habla tan rápido que apenas lo sigo. Es tan hermoso como su padre.
—Mi nombre es Alexis. Eres muy hermoso, Mark. Será un placer acompañarte, pero no traje ropa adecuada de mamá. Tendré que ir por una —su rostro se entristece, y no sé por qué.
—Te irás y no volverás. Siempre dicen que volverán y no lo hacen —se queja. Me pregunto cuántas mujeres trajo Vincent para que piense así.
No sé cómo me metí en este lío, pero verlo triste me afecta. Me levanto, me quito una pulsera de mi madre y lo cargo.
—Toma, era de mi madre. Tienes mi palabra: volveré —su sonrisa es el mejor regalo—. Pero te bañas, te cambias y haces lo que tu padre diga, sin broncas. Espérame; cuando despierte, estaré aquí.
—¿Lo prometes? —su voz es un murmullo.
—Lo prometo. Ahora ve, que necesito cambiarme para llegar a tiempo.
—¿También irás a la clínica? —recuerdo que primero debo hablar con su padre. No puedo negociar con un niño sin su permiso.
—Si tu padre no tiene problema, te acompañaré —le gusta la idea. Sale con el dibujo y la pulsera, caminando con la cabeza alta, alegre.
Me visto rápido. Necesito llegar antes de que Sofía salga del apartamento. Por la rabia, no saqué todas mis cosas, y ahora pagaré ese arrebato. Le envío un mensaje diciendo que pasaré por ellas. Media hora después, agotada, toco la puerta del departamento. Doy un seco "Buenos días" a Sofía, sin mirarla, y voy a mi habitación. Tengo que apresurarme; no quiero faltarle a Mark. Conozco el dolor de que te fallen.
Repaso mentalmente qué vestido decente tengo para la escuela. No quiero parecer una prostituta de barrio y avergonzar a Mark o a Vincent. Busco, me cambio rápido y meto todo en la maleta, sin orden, pero necesito el tiempo. Miro la habitación que fue mía por cinco meses. Nada se me olvidó. Lo importante está guardado. Cierro la maleta y salgo, topándome con Alessandro.
—Ni Judas fue tan traidor —dice, mirando a Sofía, que agacha la cabeza.
—Tienes que escucharlo, Alexis. No puedes irte así, no conoces a nadie —dice ella.
—Si quieres desquitarte, aquí estoy. Le pedí a Sofía que me avisara cuando llegaras. Necesitaba hablar contigo —lo miro a los ojos, pero no quiero hablar con ellos.
—Lamento decepcionarte, pero hoy no. Tengo algo más importante que escuchar tus excusas baratas —atravieso la sala.
—Entiende, esto es difícil de asimilar, Ivanna. Necesito que hagas con mi madre. Estaremos todos. Sé que hay una razón para esto —suelto una risa amarga.
—No necesito las excusas de tu madre. La que murió esperando que su hermana explicara por qué la traicionó fue mi madre. No me interesan, y si es por el dinero que podría quitarles, haz el documento que quieras. Mi padre y yo lo firmaremos. Hoy tengo otros planes. Quítate, llevo prisa —pero Alessandro es testarudo. No me deja pasar. Acomodo mi peluca y lo empujo con fuerza.
—¿Con quién pasaste la noche, Ivanna? Llamé a los chicos de seguridad, y nadie supo de ti.
—¿Ahora te preocupa mi honor? Eso es nuevo. Tu charla es amena, pero quítate. Tengo una promesa que cumplir a un niño, y no llegaré tarde por tu arrepentimiento tardío —la llegada de Jason me alivia. Podré cumplirle a Mark.
—Sofía solo te estima, y eres mi familia. Debes entender que Vincent tiene sus problemas...
—¿Sabes desde qué edad estoy sola? —lo interrumpo—. El error fue mío. Nunca debí acercarme a ustedes.
—No le pediste ayuda a ellos, fue a nosotros —dice Jason, entrando—. Y así seguirá. Alex no se meterá en mis asuntos —Alessandro lo mira, enojado, pero no dice nada.
—¿Me puedes llevar a un lugar? Voy tarde, y tu cuñado insiste en retenerme —Jason asiente y toma mi maleta.
—Claro —dice, ignorando a Alex y Sofía—. Conozco a Vincent mejor que tú. Es mejor persona que todos nosotros juntos.
—No te preocupes, Sofí. Estaré bien. Puedes llamarme cuando quieras, sin rencores —le tiendo la mano, pero se lanza a abrazarme, llorando.
—No me he muerto, Sofía. No es una tragedia, solo un cambio de planes. Gracias por todo, Alex. Si fuera tú, dejaría las cosas como están. El pasado no se vive, se supera. Ni mi padre ni yo queremos revivir esa época —me encojo de hombros y le tiendo la mano.
—Si lo que dices es cierto, todo debe volver a ustedes. No toleraré más injusticias contra ti y tu padre. Tienes mi palabra —me encojo de hombros.
—No me interesa ese dinero. No nadamos en lujos, pero tenemos lo necesario para ser felices —doy media vuelta y salgo con Jason.
—¿Qué llevas aquí, piedras? —se queja, mirándome de arriba abajo—. Bonito atuendo. Es bueno saber que tienes piernas.
—Llevo un muerto, y serás el segundo si llego tarde. Le prometí a Mark acompañarlo a la escuela. No podía ir como Alexis.
—Apresurémonos, entonces. No te preocupes, Emma y yo no tomaremos partido. Ella está afectada por lo que te pasó.
Curiosamente, Emma y Jason son diferentes. Tal vez porque los conocí antes de saber quiénes eran, o porque ambas hemos sufrido, aunque Emma más que yo.
—No guardo rencor. Solo quiero que dejen de tratarme como objeto. Soy mayor para decidir con quién ando. Si le cuentan a mi padre que esto fue por estar con Vincent, se burlará de todos —digo, ya de camino a casa de Vincent—. Llegaremos tarde, Jason.
—No te preocupes, sé que te esperará. Sé lo importante que es para un niño ir acompañado a la escuela. En mi caso, siempre me llevaba el chofer, y pocas veces mi padre —no digo nada, lo observo.
Hay una riqueza que no es material. Hasta los 15 años, la vida me dio mucha: un hogar con padres que me querían y se querían. Lo entendí al estar lejos de mi padre y tras la muerte de mi madre.
—¡Llegamos! Te dije que te esperaría —dice Jason, señalando el auto de Vincent estacionado—. ¿Quieres que entre?
—No, y agradezco que no le digan a nadie dónde estoy.
—Vendremos después. Emma y yo necesitamos pedirles un favor a ambos, y hay que solucionar tu problema. No puedes esconderte siempre. Aunque ahora podrás trabajar con Vincent, no ganarás lo mismo al inicio —me ayuda con la maleta y toca la puerta. Mark abre, sonriendo.
—¡Llegaste! Papá dijo que no volverías, pero yo dije que lo prometiste —miro detrás del niño. Vincent me observa fijamente, sin hablar.
—No puedo ir a la escuela como Alexis. Ayer salí con un maletín. Espero no sea molestia, traje el resto de mis cosas —Vincent deja de mirarme y ve la maleta, sonriendo.
—Dejaremos esto aquí por ahora. Vamos a la escuela. Te dije que eras bienvenida —Mark me toma de la mano, y llegamos al auto. Espero no defraudarlo.
—Tú y yo tenemos una conversación pendiente. Te escapaste dos veces: en el club, en la despedida de Jason y Emma, y esa madrugada —me murmura al oído. Su respiración en mi cuello me estremece.
—Te debo más de una explicación. Si tras escucharme quieres que me aleje, lo entenderé —no responde, solo me ayuda a subir al auto.
El camino a la escuela es alegre, gracias a Mark. En su mente, la chica que amaneció en el cuarto de huéspedes es la mamá que pidió en sus dibujos y en su última Navidad.
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