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Capítulo 19

Ivanna

Trabajar con Vincent se ha convertido en una odisea. Me sorprende constantemente pillándome mientras lo observo. Es imposible hacer las cosas bien bajo su supervisión, no porque me fastidie, sino todo lo contrario: disfruto estar cerca de él. Es la única forma de tenerlo cerca. Lo que me molesta es que me descubra mirándolo, así que rezo internamente para que deje de vigilarme.

Como si tenerlo todo el día no fuera suficiente, ahora insiste en entrenar conmigo, alegando que debo demostrar que merezco este puesto. Como si no lo hubiera probado ya, salvándole el trasero varias veces. Si no fuera porque sigue siendo el mismo hombre tosco y grosero, diría que todo lo hace a propósito.

Envío un mensaje a Sofía, diciéndole que puede usar el auto porque debo entrenar con Vincent. Espero que deje de insistir con que me aleje de él porque tiene problemas con su exesposa. Ahora que le otorgaron la custodia total de su hijo, Tessa está libre; la policía no pudo probarle nada. Como era de esperarse, le hace la vida imposible a la mole. Sofía me llama, y sé que seguirá con lo mismo, como si yo le reprochara verse a escondidas con Alessandro. Su relación es extraña. Aunque no apruebo que la usen, no le he dicho nada. Es su vida, ella decide cómo vivirla.

Nunca aprendemos con los errores de otros; siempre lo hacemos con los nuestros. De nada serviría decirle que no corra cada vez que ese infeliz la llama para sexo. Solo me ganaría su enemistad y se alejaría de mí. Me propongo estar ahí cuando Alessandro le dé una patada a su pequeño trasero. Contesto la llamada, esperando el sermón.

—¿Por qué tienes que estar con él todo el tiempo? Pensé que eras la jefa, pero ahora andas con él a todos lados. Sabes que a Alex no le gusta —tomo aire y cuento hasta diez.

—Eso no le concierne a Alex. No es mi jefe, no tengo que responderle. Y recuerda que debo pasar esta prueba con Vincent, porque cuando entré nos saltamos algunas normas. No veo motivos para no estar cerca de él, y no me molestaré en buscarlos. Nos vemos en dos horas —cuelgo antes de que diga algo que me hiera.

Me saturan con prohibiciones a las que no estoy acostumbrada. Vivo al máximo, sin límites. He aprendido que la vida se va en cualquier momento, y solo quedan las sonrisas y alegrías vividas. ¿Para qué limitarme cuando tengo un universo de locuras e ideas? Si estoy en pausa ahora, es por mi padre. Cuando salga de prisión, viviré como se debe: al máximo, sin dañar a nadie.

Tomo mi bolso con la ropa de entrenamiento y salgo de la oficina. Bajo a la primera planta y encuentro a Vincent en una charla amena con los chicos del turno nocturno. Entrecerro los ojos; parece que las groserías y gruñidos son solo para mí. Ese descubrimiento me hiere. Algo se quiebra dentro de mí al saber que el hombre que quiero tiene algo contra mí.

Observo sus movimientos hasta que siente mi mirada y levanta la vista. Por un segundo, creo ver cariño en sus ojos azules, haciéndome imaginar que su brusquedad es solo una fachada.

—¡Al fin llegas! Vámonos, nos tomará tiempo llegar —camino tras él con los hombros caídos. Últimamente no soy yo. El estrés y el peligro que corre mi padre me tienen triste. Extraño mi país, a mi madre, a mi padre.

La última vez que hablé con mi madre fue en una discusión acalorada. Si la hubiera acompañado, tal vez no le habrían disparado. Subo al auto sin decir nada. Vincent parece notar mi estado, porque no habla en todo el trayecto.

En el gimnasio

Llevamos casi treinta minutos entrenando. Agradezco a mi padre por insistir en enseñarme. Es difícil concentrarme con un hombre de casi dos metros, rubio, bien formado, sudoroso, y con una camiseta pegada como segunda piel. No soy de piedra. ¡Vamos! Siento cosas, mientras él está tranquilo, sin entender mi turbación.

—Te noto cansada, Ivannok. Podemos terminar otro día. No te ves bien —la voz preocupada de Vincent me distrae. No alcanzo a evitar que me tumbe en la lona, pero termino encima de él.

Nuestras miradas se encuentran. Parece relajado, incluso divertido. Me pierdo en el cielo de sus ojos azules y en su sonrisa, que me parece perfecta, hasta que siento algo duro en mi ombligo. Lo miro, sorprendida, y me doy cuenta: una erección. Como si me quemara, me separo bruscamente, sin poder mirarlo. Camino rápido, sin mirar atrás, tomo mis cosas y entro a las duchas.

—¿Te sucede algo? —creo escuchar burla en su voz, pero sacudo la cabeza.

—Iré a las duchas, señor —murmuro—. Tiene razón, no estoy dando todo hoy.

—Ivannok, no es buena idea —lo ignoro.

No me doy cuenta de que las duchas son para hombres. Al entrar, veo a varios desnudos que giran hacia mí. Roja como tomate, doy media vuelta y salgo. Algo me dice que Vincent ya sabe o sospecha quién soy. Ignoro sus gritos y salgo del gimnasio, enojada.

Vincent

Sonrío al verla huir. No fue planeado, pero al ver su rostro rojo y sus labios entreabiertos, no pude evitarlo. Llevo días conteniéndome para no besarla. Ahogo una carcajada al verla alejarse tras notar mi erección. Mentalmente, cuento cuánto durará dentro de las duchas. Le advertí que era mala idea; casi todos los chicos están desnudos. Me quedo sentado en la lona, esperando su huida.

No tarda ni treinta segundos. Para ser tan inquieta y traviesa, es muy mojigata en algunos casos. Me levanto, divertido, y la llamo, pero me ignora y sigue hacia la calle. Resignado, tomo mis cosas y las suyas, y la sigo. No quiero seguir con este castigo; siempre termino afectado, con una erección al recordar sus labios entreabiertos o su mirada de sorpresa ante cualquier roce. Toco el claxon varias veces, pero parece ajena a mis llamados.

—Vamos, Ivannok. Llegaré tarde a casa y debo recoger a Mark.

Se detiene al oír el nombre de mi hijo. Una sonrisa se dibuja en sus labios. Aunque no conoce a Mark, sé que lo estima. Me pregunto si se llevarían bien. Con Rachel, Mark siempre fue renuente, y espero que con Ivanna sea diferente.

No habla en todo el camino, ni al salir del edificio. Algo la preocupa, y ruego que algún día confíe en mí para contarme sus miedos.

—Buenas noches, señor —dice, sin mirarme. Aunque antes me divertía verla turbada, ahora no me gusta verla retraída.

—Alexis —la detengo antes de que salga del auto, sin mirarme—. Si necesitas algo, cuando quieras, tienes mi teléfono —le tiendo una tarjeta. Ella la toma sin decir nada—. Ahí está mi dirección. Eres bienvenida cuando gustes. No te guardes ese dolor; no es sano. Te lo digo por experiencia —no dice nada, mira la tarjeta un momento y sale. Cuando cierra la puerta, murmura:

—Gracias, señor. Lo tendré en cuenta.

Me quedo estacionado hasta que entra al edificio. A un lado, veo a Alex entrar, pero no coinciden en el ascensor. Me sorprende que no me salude. Sé que su enojo es por lo que le dije a Sofía. No está bien visto que, a menos de un mes de divorciarme, esté interesado en alguien. Los sentimientos no tienen un interruptor. Sofía no es una mujer de aventuras; merece algo serio. Se lo dije cuando me pidió mi opinión. Nunca imaginé que se lo contaría a Alex, ni que él tendría esta actitud conmigo.

Enciendo el auto y voy por Mark, con el rostro triste de Alexis en la mente. ¿Cómo ayudarla si no confía en mí? Debo ganarme su confianza, pero no sé cómo. Nadie conoce a Alexis. Sofía no ayudará, no después de que le dije que Alex no le convenía ahora.

Días después. En el apartamento

Ivanna (como Alexis)

—Llegas tarde —la voz de Sofía interrumpe mi camino a mi habitación. No quiero discutir, así que la ignoro—. Sabes que Alex te pidió que te alejaras de Vincent. Ya tienes muchos problemas.

—Les tengo noticias a ustedes dos —hablo, cansada de que me digan que Vincent es mala persona—. Alessandro no es mi papá, y Vincent no es un delincuente. ¿Por qué cambiaste de opinión, Sofi? —camino hacia ella—. Tal vez te dijo lo que yo he querido decirte: que no te conviene esa relación con Alex. No dejó pasar tiempo para reemplazar a su mujer. ¿Crees que no me doy cuenta de que corres cada vez que te llama?

—Alex me ama. Pero no hablamos de mí. No soy yo la que está en peligro. No debes estar con él. Alex...

—Alex dice, Alex cree, Alex manda, Sofi obedece —digo con sorna—. Eres una inocente si crees que te querrá mientras te humillas así. Quiérete primero, vive por ti. No puedes amar a alguien que te usa como él.

—No todos somos como tú —escupe, enojada—. Perfectas, alegres, hermosas, seguras.

—¡No quiero que seas como yo! —le grito—. ¡Quiero que seas tú! Que dejes de permitir que te traten como muñeca inflable. Tu autoestima es del tamaño de un grano de arroz, y estoy lejos de ser perfecta, Sofía —bajo la voz, calmada—. La manera en que obtuve lo que soy no se la deseo a nadie.

—¿En qué momento esta conversación se volvió sobre mí?

—Desde que quieres meterte en mi vida, cuando la tuya es un desastre. Sí, me persiguen, ¡Dios sabe quién! Pero yo no tengo, a diferencia de ti con Alex, una relación con Vincent.

—Eres una desagradecida. Alex te ha ayudado todo este tiempo —suelto una carcajada que resuena en el apartamento.

—No me regalan nada, Sofía. La mitad de lo que los D'Angelo tienen es mío. La sociedad Dan'York me pertenece, porque fue edificada con el dinero que William York le robó a mi madre.

—¡Mientes! —grita, enojada.

—No, Sofía. Mi madre era la heredera de Christine, viuda de York —suelto lo que tengo atravesado en el pecho, lo que no me deja perdonar a esos miserables—. William York era solo el albacea de mi madre. Para aceptar a Alexis Ivannok, le hizo firmar un documento renunciando a la herencia, que pasaría a un hijo suyo al alcanzar la mayoría de edad. Estás frente a la heredera de la mitad de lo que poseen los D'Angelo —me señalo—. No me digas que me regalan nada, cuando su fortuna se construyó sobre las lágrimas y el sufrimiento de mis padres.

—¡Repite eso! —la voz de Alex suena en la puerta. No notamos que los hermanos entraron. Pierre está entre sorprendido y divertido; Alex, furioso—. ¡He dicho que repitas eso! —camina lentamente hacia mí. Saco dos cervezas del refrigerador y les señalo una silla. Pierre entra primero; Alex, renuente.

—Será mejor que tomen esto. Lo necesitarán —les tiendo las cervezas y me siento frente a ellos—. Cuando mi padre les dijo que no me dijeran que sabían que éramos familia, creyeron hacerme un favor. Él también lo creyó. Pero el favor era para ustedes. Hace seis meses, Vincent insistía en saber de mí. Le dije que no hurgara en mi pasado; no le gustaría lo que encontraría.

—Al grano —dice Alex.

—No grites. No estás frente a un empleado —respondo—. Imagino que conocen la historia de cuando mi madre conoció a mi padre —Pierre asiente—. Y que William York se enteró del noviazgo de su hija con un ruso. Lo que no saben es que Evangeline visitó a mi madre en Moscú, porque su hermana se negaba a ir de vacaciones. Ella supo primero de la relación de Christine con mi padre. Si conozco a mi padre, se negó a decir que Evangeline se enamoró de él y lo acosó en Moscú —Alex se levanta bruscamente y se enfrenta a mí.

—¿Qué estupidez es esa? —dice, acercándose.

Me cruzo de brazos y lo miro, divertida.

—¿Qué te afecta? ¿Saber que tus padres no se casaron por amor, como te contaron? ¿O imaginar a tu madre enamorada de un guarda de seguridad? Prosigo —ignoro su enojo—. Evangeline fue a Londres y le contó todo a su padre. Su abuelo alejó a Christine de mi padre, pensando que los separaría. No fue así. Mi padre trabajó para ir con su esposa; ya estaban casados. Mi madre era la heredera de los York, no William, un muerto de hambre que se casó con una niña rica. El apellido York —enfatizo— era de su bisabuela; William lo adoptó. No es lo mismo llamarse William York que William Smith, ¿verdad?

—¿Por qué no has reclamado lo que te pertenece? —pregunta Pierre—. Han pasado por tanto cuando exigir lo tuyo lo habría resuelto.

—¿No me digas que le crees estas estupideces? —dice Alex.

—Tiene sentido. Sé que mis padres no se querían al principio porque mi madre amaba a otro. Por eso mi padre construyó esa edificación monstruosa; ella se quejaba de no tener lujos. El secuestro de Fiorella los unió. Lo supe en una charla con papá cuando estuve fuera. No lo repetí porque ya se querían; el inicio no importaba. Nunca pensé que había todo esto detrás —se dirige a Alex, que lo mira sorprendido. Sofía parece asustada—. ¿Mi padre sabe esto? ¿Por qué no reclamaron lo tuyo? Mi abuelo no podía seguir como albacea; tendría que ser uno de tus padres.

—No creo que tu padre lo sepa. Pregúntenselo. Intentamos ir a su casa en Londres, pero no queríamos el dinero. Mi madre me llevó a conocer a mi tía para que nos ayudara a encontrar a mi padre —relato lo que vi ese día en Londres.

—No te creo —grita Alex, levantándose.

—¡No me importa!—respondo—. No quiero ese dinero. No es mío. Era de mi madre, y ella nunca lo quiso. Prefirió una casa humilde con el amor de su esposo e hija, no una mansión con un lecho frío.

—Prefirió a un asesino. Mi abuelo tenía razón; Alexis arruinó su vida.

—No hagas eso. Conocemos lo que pasó —lo defiende Pierre—. Si lo que cuenta es cierto, mi madre tiene culpa en lo ocurrido.

—Mi madre sería incapaz de eso —dice Alex, furioso.

Me levanto, voy a mi cuarto, me quito las vendas, tomo el maletín de emergencias, la tarjeta con los sueldos que no he usado, y las llaves del apartamento. Las arrojo a los pies de Alex, que me mira sorprendido.

—Puedes verificar que no he usado nada. Lo que saqué, el abogado de mi padre lo consignó. Él no quiso que usara dinero de un York. Lamento que se enteraran así, pero ustedes no son nada mío. Soy Ivanna Alexis Ivannok, hija de Alexis y Christine Ivannok. Mi madre tomó el apellido de mi padre tras volver de Londres, y lo llevaré hasta que muera —camino hacia la puerta sin mirarlos.

—Alexis —dicen Pierre y Sofía al unísono, pero no miro atrás. Recuerdo las palabras de mi padre: "Mira atrás solo para ver cuánto has recorrido."

Camino sin rumbo, ignorando las llamadas de mi móvil. Es de madrugada cuando llego al parque donde veía a Vincent entrenar antes de conocerlo. Sigo hasta la casa que Omat me señaló y toco el timbre una vez. Me digo que, si no abre, buscaré a Charlie.

Minutos después, escucho los seguros y la puerta abrirse. Nos miramos en silencio. He estado llorando, pero estoy tan aturdida que no lo noté.

—Dijiste que podía contar contigo —logro decir—. No tengo adónde ir.

—Ven aquí —me abre los brazos—. Estás en el lugar correcto, Ivanna —me toma en sus brazos y cierra la puerta.

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