Capítulo 18
Ivanna
El silencio en el auto es cómodo. Vincent, al volante, parece entender mi estado. Aunque suelo ser alegre y cordial, dentro de mí hay demonios que hoy están más descontrolados que nunca. Estoy sola. Mi amiga Sofía está enojada conmigo, y aún no sé por qué. Mi padre sufrió un accidente. No puedo ser simplemente yo; tengo que esconderme tras estas ropas asquerosas. Y, la cereza del pastel, el hombre que me gusta me cree varón y me odia.
Tengo motivos para querer desaparecer. Estoy cansada de esconderme, de luchar, de fingir una felicidad que no siento. Miro mi móvil; está sonando. Es Jason. Imagino que William ya lo puso al tanto. Suspiro y contesto.
—Ivannok —digo, simplemente.
—Te espero esta noche en casa. Tenemos que hablar. Es necesario que te retires un tiempo. William tiene razón; no puedes exponerte sin saber qué quieren —me llevo las manos a la cabeza. No me dejarán en paz.
—No me esconderé. Llevo mucho tiempo en esto. Si quieren venir por mí, que lo hagan. Los estaré esperando —escucho una maldición del otro lado.
—Como quieras. Te espero a las ocho aquí, y más te vale venir o iremos por ti —su voz suena enojada. No quiero retarlo más.
—Bien —respondo antes de colgar.
—¿Por qué necesitas protección? —pregunta Vincent, otra vez.
—¿No tienes suficientes problemas? Resolveré esto. Preocúpate por recuperar a tu hijo y hacerlo feliz —contesto, sin mirarlo.
Observo por la ventana. Los adornos navideños empiezan a aparecer. Odio estas fechas. La nieve cae, trayendo recuerdos tristes y dolorosos. Tal vez por eso estoy tan deprimida.
—Mañana nos dirán la decisión del juez —dice Vincent—. Lo más duro fue llevarlo a la trabajadora social y verlo llorar en las noches porque no quería quedarse con su madre —su mirada parece perdida en el tráfico.
—Lo siento mucho, señor. ¿Hay posibilidades de que ella se lo quede? —lo miro tras unos instantes.
—Todo puede pasar. Tengo fe en que no será así, pero me preparo para lo peor. De vez en cuando, es bueno llorar, ¿lo sabes? Dicen que las lágrimas se llevan la tristeza —sigo sin mirarlo. No quiero ver lástima en su rostro, no de él.
—Lloré la muerte de mi madre cuando los policías tocaron a la puerta días antes de Nochebuena. Fue la última vez que me permití llorar. Tal vez tengas razón, pero en mi caso las lágrimas no sirven de nada.
—Quizás, pero no es bueno guardártelo todo. Te aseguro que el día que explotes será peor.
—Dos tragedias ocurrieron en Navidad. Una fue el asesinato de mi madre. La otra, en una víspera, se llevaron a mi padre preso. Desde entonces, no sé qué es una cena navideña, sentarme en una mesa con familia, reír de verdad, respirar o caminar sin miedo a que me encuentren. Soy un nido de problemas. Mantente lejos de mí. Te traeré más problemas —no es fácil pedirle que se aleje cuando quiero lo contrario, pero sé que tiene sus propios problemas. No quiero que salga herido.
—Aún tienes muchas navidades por delante —dice, en un tono que me hace mirarlo. No está enojado ni me grita. Lleva días sin retarme o insultarme, y eso me hace sospechar—. Soy bastante mayor para saber qué me conviene. Si te pregunto, es porque tal vez pueda ayudarte. Agradezco tu protección, pero si necesitas cuidado, no requerirás tres monos detrás de ti. No tienes que decirme qué pasa si no quieres, pero cuenta conmigo.
Giro el rostro, esperando encontrar burla, lástima o pena. Solo veo una sonrisa. Noto que está rasurado, sin la barba descuidada de siempre.
—¿Te sientes bien? —pregunto. Él ríe.
—Divinamente. ¿Quieres mi ayuda o no?
—Te sugiero que reconsideres tu apoyo. Son personas de temer —hemos llegado a las oficinas. Observo sus manos en el volante; tiene los nudillos blancos. Está enojado. Curiosamente, estoy segura de que no lo provoqué esta vez.
—No le temo a nada, Alexis. Ahora, respóndeme: ¿qué hacías con William en su casa? Cuida tus palabras, jovencito —pasa una mano por mi asiento y gira mi rostro. Sus ojos quedan a centímetros de los míos.
Es la primera vez que lo tengo tan cerca. Me permito observarlo. No tendré otra oportunidad así. Sus pupilas están dilatadas, su boca forma una fina línea. Está enojado, aunque no sé por qué. Contengo las ganas de besarlo, pero es difícil con su fragancia varonil y esos ojos esperando una respuesta.
—¿Planeas besarme? Te aseguro que no tengo como hobby besar a mis empleados. Espero una respuesta —dice, alzando una ceja.
Su respuesta ácida me devuelve a la realidad. Por supuesto que no besaría a un hombre. ¿En qué estoy pensando? Me recrimino. Le volaría los dientes si lo intentara, aunque valdría la pena.
—El señor William quería saber cómo disculparse con Sofía.
—Ya... y para eso necesitaba ir al otro extremo de la ciudad. ¿Qué escondes? —su rostro se acerca más, y trago saliva—. ¿Por qué usas lentes, Ivannok?
Me alejo bruscamente y salgo del auto. Es mejor poner distancia o terminaré besándolo, aunque me cueste varios dientes.
—¿Por qué no me dejas en paz? Hablaste de algo importante que debíamos hacer —digo, caminando rápido hacia el edificio.
Pedimos el ascensor y esperamos. Estar en un espacio reducido con un hombre de su tamaño es difícil. Su estatura es imponente. Frederick es igual de alto, pero no me intimida así. "Porque Frederick no te gusta", susurra una vocecita interna. Sacudo la cabeza para ahuyentar esos pensamientos. Vincent me mira, divertido.
Salimos en el piso 20, donde será la reunión. Camino hacia la sala de juntas, pero una mano me detiene.
—Debo ir a un lugar, y no correré el riesgo de dejarte sola otra vez. Será mejor que me acompañes, o te esconderás y te encontraré Dios sabe dónde —me sacudo de su agarre. Cada vez que me toca, siento ganas de lanzarme a su cuello.
Es oficial: si paso un día más con él, lo besaré y terminaré con tres dientes menos. Camino a su lado, con los hombros caídos. Veo con sorpresa que quiere entrar al baño. Ni loca lo veré sacar a ese animal de su entrepierna. Pero la mole tiene otros planes. Me empuja por los hombros y me hace entrar.
Vincent
Estoy enojado con ella. ¿Qué carajos hacía en la casa de ese maldito griego? ¿Por qué no confía en mí? ¿Quién la persigue? Necesité toda mi fuerza de voluntad para no moler a golpes a York. Luego, el doble para no besarla en el auto. Necesitaré el triple de esa voluntad a diario para no terminar besándola. Solo quiero que me diga quién es, que confíe en mí.
Aún me duele haberla golpeado, y más que no se defendió. Me siento miserable. Por eso insistí en trabajar con ella. Así estaré cerca y no dejaré que la dañen. No sé mucho sobre quién la quiere lastimar ni por qué, pero lo averiguaré, aunque se niegue a decírmelo.
Me duele que todos parezcan merecer su confianza menos yo. La idea del baño es mentira; solo quiero incomodarla, llevarla al límite hasta que me diga quién es. De sus amigos me encargaré después.
Verla horrorizada, con las mejillas sonrojadas al entrar al baño, me divierte. Es un alivio ganarle una pelea a alguien tan escurridizo y repelente como Alexis.
—Te noto nervioso, Ivannok —la provoco, simulando acercarme al urinario. Bajo la cremallera lentamente, disfrutando su silencio.
—Divinamente, señor. ¿Sabe? Ver a mi jefe vaciar su vejiga es uno de mis mayores logros. Puedo tacharlo de mi lista de cosas por hacer antes de morir —giro, divertido, pero ella instintivamente da la espalda y se oculta. Sonrío más.
Sus respuestas ingeniosas empiezan a divertirme, no a enojarme. Demuestran que tiene un cerebro único e inteligente.
—¿Te sientes bien? Te comportas como virgen, Ivannok.
—Creo que me entró mugre en el ojo, señor —dice, tapándose la cara.
Agradezco su mojigatería. De lo contrario, notaría que no solo no tengo a mi amigo fuera, sino que estoy rojo, conteniendo carcajadas.
—A ver, yo veo —me acerco, pero sale despavorida.
Me doblo de risa, intentando no hacer ruido, pero es imposible. Dios, esto es más satisfactorio de lo que pensé.
Espero no haberla hecho correr, porque no quiero movilizar al equipo buscándola otra vez. Los chicos ya me miraron raro cuando me alteré y envié a medio cuerpo de seguridad tras ella, después de que recibiera ese paquete misterioso y saliera corriendo tras una llamada.
Salgo al pasillo y la encuentro a pocos pasos de la sala de juntas, al parecer calmada.
—¿En serio no quieres que te revise? —niego con la cabeza, sin mirarme.
—No, estaré bien, señor. Será mejor que iniciemos la reunión.
Ivanna
—No viviré con O'hurn. ¿Se han vuelto locos? —miro a Emma y Jason, enojada.
Su solución es que viva con la mole por un tiempo. Me niego a compartir espacio con él, no después de lo de hoy. Si no supiera que él ignora quién soy, diría que lo del baño fue a propósito.
—Es eso o que esté contigo todo el tiempo, y necesitará saber por qué —dice Emma.
No es justo. Se suponía que trabajaría sola. No entiendo por qué cambiaron los planes ni por qué insiste en trabajar juntos.
—Da igual, trabajaremos juntos —digo, resignada.
—Perfecto, eso nos aliviará. No te hemos preguntado: ¿ya se llevan bien? —Emma sonríe, irónica.
—Aún no nos hemos matado, si eso quieres saber. Aunque nos hemos golpeado mutuamente. Puedo decir que el hombre sabe lo que hace.
—Sigo insistiendo en que debe saber la verdad, Ivanna. Recuérdame, ¿por qué no quieres que sepa? —Jason pone las manos en la mesa.
—Él tiene tres trabajos, cuatro si cuentas cuidar a su hijo. Ya tiene el estrés de poder perderlo. Contarle no quitará la amenaza que tengo sobre mi espalda.
—Podrá ayudarte. ¿Por qué eres tan terca? —Jason se levanta, frustrado—. Es necesario decírselo, más si trabajarán juntos. Sabes que tengo razón —suspiro. Tienen razón, pero temo su reproche o acusaciones cuando sepa por qué mi padre está preso. Nadie querría como pareja a la hija de un asesino. Pero ellos tienen razón; merece saber la verdad.
—Se lo diré, lo prometo. Solo denme tiempo. Juro que lo haré —me miran, no muy convencidos.
Me despido y salgo a la fría calle. Un auto me espera para llevarme a casa. Me meto, cierro los ojos e imagino que nada de esto pasó, que es una pesadilla de la que despertaré, como en las películas, abrazando a mi madre y a mi padre, contándoles mi sueño.
—No puedo negar que sería una idea maravillosa —digo en voz alta, mientras una lágrima se desliza por mi mejilla.
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