Capítulo 17
Moscú, Rusia. Oficina de Holsen
Holsen
—El trabajo está hecho, señor. Sabemos dónde está la chica y por qué Antwan no la ha encontrado —dice el hombre que acaba de entrar. Acaricio mi bigote, sonriendo.
—Te escucho —me acomodo en la silla, echando el cuerpo hacia atrás. Por fin, buenas noticias.
Desde que supe que Alexis estaba negociando en la cárcel y que recibió la visita de dos italianos, estoy nervioso. Ese hombre puede arruinarme la vida. Recordar que su ira se desató porque descubrió el maltrato que sufrió su hija por culpa de mi inútil socio me llena de rabia y frustración. Necesito deshacerme de él, pero primero debo encontrar a esa escurridiza mujer.
El hombre desliza un sobre de manila en el escritorio. Lo detengo con la palma de la mano.
—El nieto de Epson le dio trabajo en su empresa —dice tras una pausa—. Él y su esposa la tienen bajo su protección. No la encontramos antes porque cambió su apariencia —observo el contenido del sobre: fotos de un chico.
—Esto es increíble. ¿Por qué no está en nuestras manos si ya sabemos dónde está? —rujo, furioso.
—Resultó ser familia de Alessandro D'Angelo y Evangeline York —se remueve, incómodo, en la silla—. Está bajo la protección de una de las herederas de William York, señor. No será fácil sacarla de ahí.
Suspiro, frustrado. Cuando todo parecía alinearse, se enreda aún más. Nunca saldré a flote de esto.
—Ingresó un nuevo recluso hace tres días. Espero noticias de una pelea donde Alexis resulte herido. La chica tendrá que salir de esa protección para estar con su padre. El resto es fácil —tengo dudas mientras miro las fotos. Es hija de Alexis; es capaz de cualquier cosa para sobrevivir, más aún para estar con su padre.
—Necesito esa llave. Después, pueden hacer lo que quieran con la hija de ese maldito, pero quiero esa llave. Es la única forma de salvar mi pellejo.
—Debe tenerla la chica. Intentamos comprar la casa donde vivían, pero no sabemos quién la compró. Se niegan a venderla, y ya la habitaron, lo que dificulta entrar.
—¿Qué te hace pensar que la chica saldrá a buscar a su padre? —dudo. Por lo que sé, no le tiene cariño por todo lo que sufrió debido a su encarcelamiento.
—No podemos entrar a buscarla, pero tenemos a alguien que puede dejar un mensaje sobre el accidente de su padre. Le aseguro, señor, que querrá saber qué pasó.
—¿Tu contacto es seguro? —cuestiono, desconfiado.
—Completamente, señor —el vibrar de su teléfono interrumpe. Lo desbloquea y sonríe—. Todo listo, señor. Alexis Ivannok sufrió un pequeño accidente en prisión. En media hora, su hija se enterará —una idea cruza mi mente.
—Necesito que pongan algo más en ese sobre... y que me avisen cuando ella lo reciba.
—¿Ya no será media hora, señor? —pregunta, dudoso.
—No importa. Valdrá la pena la espera, te lo aseguro. Esto es lo que harás...
Nueva York.
Ivanna
Salgo de mi apartamento apresurada, sorprendida de no encontrar a Sofía. Siempre nos vamos juntas. Algo pasó ayer; se negó a hablar y se encerró en su cuarto. No puedo preguntarle a mi "primo" Alessandro sin exponerla, así que decido dejarlo pasar y enfocarme en mi vida. Bastantes problemas tengo para meterme en los dramas sentimentales de otros.
Me subo al auto y conduzco hacia el trabajo. Noto un auto negro de vidrios polarizados tres autos detrás de mí. Hago un desvío para ver si es paranoia. Suspiro, aliviada cuando no lo veo, pero, a unas calles del edificio, reaparece. Curiosamente, no siento miedo. Estoy tan cansada de todo que un tiro en la sien me parece hoy la mejor salida.
Detengo el auto, me bajo y camino hacia el vehículo, estacionado a metros del edificio. Golpeo el vidrio oscuro con fuerza y me cruzo de brazos.
—Ivannok —escucho la voz de Vincent, pero lo ignoro.
Los vidrios del auto bajan lentamente. No reacciono. Mi agonía es tanta que, si alguien saca un arma y dispara, moriré con una sonrisa. Pero el vehículo me lanza un sobre abultado que cae a mis pies. El auto acelera; no tiene placas, y solo veo unas manos enguantadas que arrojaron el paquete.
Tomo el sobre. Algo suena dentro: un móvil. Lo saco, y el nombre en la pantalla me hiela la sangre: "Llamando Holsen". Descarto la llamada rápidamente y voy a mi auto. Sobre el capó, vacío el contenido del sobre. Nada me prepara para lo que veo: el rostro de mi padre en una celda, con los ojos cerrados, como si durmiera. Aprieto los puños, negándome a llorar. Hace años juré no hacerlo. Aunque los recuerdos de tiempos felices regresan, no le daré el gusto de verme rota. Entre las fotos, veo a Sofía, Jason y Fiorella en su luna de miel, despreocupados, al parecer captados desprevenidos.
—Ivannok, ¿va todo bien? —levanto la vista y veo a Vincent a unos pasos, mirándome con preocupación.
—Sí, señor. Un documento del abogado de mi padre —miento. Sé de los problemas de Vincent con la custodia de su hijo; lo último que quiero es darle más preocupaciones.
—Te espero dentro, entonces. Recuerda que a las diez es la reunión con los chicos. Hoy empezamos a trabajar juntos.
Eso suena a amenaza, pienso, pero no digo nada. Solo asiento, mientras sigo mirando las fotos. El móvil suena de nuevo. Esta vez, decido contestar.
—Mi querida Ivanna, tiempo sin oír tu armoniosa voz. Imagino que viste las fotos. Hay una más en el sobre blanco, un obsequio para ti —miro el sobre con cautela, lo tomo y saco la foto. Es mi padre, ensangrentado. Por primera vez en mucho tiempo, siento temor, miedo a quedarme sola—. ¿Ves lo fácil que se pueden crear accidentes? En la cárcel es terriblemente fácil, y lo vulnerables que son tus amigos en vacaciones. Roma, Venecia... te recomiendo Venecia. Es una pena que tu padre no pueda acompañarte.
Tomo el contenido del sobre y corro, sin saber a dónde. Mi padre tal vez está muerto; es lo único que me ata a este mundo. Atravieso calles, ignorando semáforos y los insultos de los conductores. No sé cuántas calles recorro. Me falta el aire; estoy agotada, mental y físicamente.
Tengo un enemigo sin rostro, solo un maldito apodo y su nexo con la mafia rusa. No son personas que pueda enfrentar, ni nadie. La vida de todos a mi alrededor está en peligro. Sigo corriendo, con mi niñez y las lecciones de mi padre Alexis en la mente, hasta que un auto se me atraviesa. De él baja un hombre alto que conozco bien.
—¡Déjame en paz, William! —escupo, enojada. No quiero discutir con él, no hoy.
—Será mejor que entres —dice despacio—. A cuatro autos, a tu izquierda, hay un Camaro gris —habla serio—. No son amigos, te lo aseguro. Vamos, Alexis, no quiero dejarte aquí —su voz suena a súplica.
Por alguna razón, le creo. La seguridad en sus palabras y su mirada fija, sin expresión, me convencen. Me subo al auto, aún sin aire, intentando respirar sin éxito.
—Iremos a mi casa. Está más cerca. Podremos hablar tranquilos —no respondo; sigo luchando por respirar.
Tiene razón. Minutos después, estacionamos en una casa modesta. Nunca imaginé que un hombre de su estrato viviera en un lugar tan común. Lo veo rodear el auto y ayudarme a bajar, mientras dos autos más se acercan.
—Lo siento, señor, no pudimos alcanzarlos —dice un chico de unos 24 años, algo delgado para mi gusto.
—¿Anotaste la placa? —lo escucho decir en perfecto inglés. Para ser griego, lo habla excelente. Yo aún batallo con algunas palabras. El chico asiente—. Quiero todo lo que puedas averiguar. Desde ya, eres el encargado de la seguridad del señor Alexis, pero no los quiero cerca. A una distancia prudente.
—Sí, señor —lo miro, curiosa, pero aún me cuesta respirar. Sé que debo quitarme la venda, pero con este hombre cerca es imposible.
—Entremos —dice, ayudándome a caminar. Su amabilidad repentina me hace dudar.
"Saliste de la sartén para caer en el fuego, Ivanna", pienso. "No escapas de una para meterte en otra." Dentro de la casa, William me mira con otros ojos. El lugar no es lo que esperaba de alguien como él. Todo empieza a darme vueltas. Caigo de rodillas.
—No puedo respirar —logro decir, con dificultad, mientras todo se nubla.
Abro los ojos. Un par de ojos grises me observan, divertidos. Un escalofrío me recorre. Me miro y veo que no llevo nada encima. Afortunadamente, siempre uso sostén, que no tapa mucho, pero al menos no estuve tan expuesta, pienso, buscando algo con qué cubrirme.
—No podías respirar, eso dijiste. Quise ayudarte con la corbata y el cinturón —se excusa, pero su rostro no muestra pena—. Confieso que lo que encontré me intriga, pero, viniendo de ti, todo me interesa, Ivanna Alexis Ivannok. ¿Sabes jugar ajedrez? —me sorprende que sepa quién soy. ¿Cuánto puedo confiar en él?
—No —respondo, sin entender la referencia.
—Bien, en el ajedrez no solo ves tus jugadas, sino que anticipas las de tu contrincante para ganar. Antes de entrar a la empresa, sabía quién trabajaba ahí. Algo en el misterio de tu contratación me hizo dudar. Cuando me ataste y besaste, me enojé. Algún día sabrás por qué. Supe quién eras desde el principio, pero no lo creo prudente decir ahora —me ayuda a ponerme la camisa y el saco—. No deberías presionar tanto tu pecho —dice, señalando las marcas rojas del vendaje.
—Al grano...
—Ok, seguiré —dice, riendo—. Supe quién eras desde el principio. Imaginé que estabas así por seguridad. Por más atractiva y deseable que me parezcas, sé que eres peligrosa y debo mantener mi distancia. Me mostraste de lo que eres capaz. Además, eres mi familia y estás en problemas. Lo lamento, cariño, pero lo nuestro será en otra oportunidad. Espero no sufras mucho por eso —lo miro a los ojos. Sofía tenía razón; son casi del mismo tono que los míos. Parece sincero, pero es un York; están acostumbrados a mentir.
—Mi corazón se destroza. Lo siento romperse en mil pedazos —respondo, burlona.
—Lo sé, y créeme, me gustaría hacer algo por ti...
—¿Morirte? —pregunto, y alza una ceja, divertido—. Es una buena opción, admítelo.
—Hasta ahora, todos se han limitado a protegerte. Nadie ha querido averiguar quién o por qué te quiere dañar —dice, sonriendo. Recuerdo la foto de mi padre y me levanto, buscándola.
—Papá —murmuro.
—Está bien. Solo fue un roce en la cabeza. El hombre tiene buenos reflejos —alzo las cejas, mirándolo atenta. ¿Cómo sabe tanto de mí? —. Tuve un fin de semana para investigar a la demonio que tengo por prima. Tenemos algo en común, Ivanna: protegemos lo que queremos, y no tienes idea de lo que representas en mi vida —sus palabras me confunden. Quiere ayudarme, pero no entiendo por qué.
—No veo a ningún santo frente a mí... ¿Cómo sabes que papá está bien? —su respuesta lo hace sonreír. Saca su móvil y me lo entrega.
—No dejaba de sonar, así que contesté. Su abogado llamó. Te quieren lejos de nosotros. ¿Qué tienes que ellos quieran? —pienso, pero no se me ocurre nada, salvo una cosa.
—No quieren que papá hable. Por eso me persiguen —me encojo de hombros.
—Quieren algo más, Ivanna. Esto es como un juego de ajedrez. Debemos anticipar los movimientos del enemigo para saber los nuestros. Mi prioridad ahora es mantenerte a salvo.
—No me pidió nada, y, si lo supiera, lo diría —respondo, sincera—. Esto es la mafia rusa, señor William, las ligas mayores...
—No me interesa —me interrumpe.
—El contacto con el abogado de papá es escaso. Temen que rastreen la llamada. Bueno, eso era antes. Ahora saben dónde estoy... ¿Por qué me ayudas? —su respuesta queda en el aire. Una mujer de cabello rojo entra al estudio.
—¿Desean algo de tomar? —la reconozco. Es la chica que lo acompañaba en el restaurante. Miro de reojo a William; su mandíbula se tensa.
—¡Te dije que no te quiero cerca! ¿Por qué no te has ido? Será mejor que para la tarde no estés aquí, o juro que tiro tus cosas a la calle. Veca llega hoy, y no te quiero cerca —es incómodo estar en medio de este cruce de miradas de odio, pero la discusión es interesante.
—¿Eso quieres? Dejarme el camino libre para revolcarte con esa mujer —dice la pelirroja, dando media vuelta y azotando la puerta.
—¿Tu esposa? —pregunto, divertida.
—Exesposa —responde, enojado.
—¿Y Veca es...? —no es que me importe; la discusión despierta mi curiosidad.
—Mi prometida —resoplo, divertida.
—¿Tienes a tu exesposa y a tu prometida en la misma casa? Sí que tienes cojones, cariño —suelto una risa fuerte.
—Ella no debería estar aquí.
—¿Tu esposa o tu prometida? —su mirada asesina me hace reír más—. Lo siento, pero esta historia es inverosímil —lo veo atender una llamada y luego me tiende el móvil.
—Señorita —la voz de Boris me borra la sonrisa—. Su padre está bien, no se preocupe. Le recuerda que guarde esa llave y el sobre —me llevo la mano al cuello y aprieto la cadena.
—¿Él está bien? —quiero saber.
—sí, pero me temo que el hombre que lo dañó no. Los reclusos lo lincharon. Acabo de enterarme que murió. Cuídese, señorita. No confíe en nadie.
—Tendré en cuenta tu consejo, Boris, y dile a papá que estoy bien —cuelgo y aprieto el dije. La llave. ¿Qué abre? ¿Por qué es tan importante?
—¿Todo bien? —pregunta William.
—Sí, y gracias por ayudarme. Tengo que hablar con Jason y Emma —aunque tengo reservas por su comportamiento con Sofía, me ayudó.
—No te preocupes, yo me encargo —toma las fotos y el móvil—. Cuídate el doble e intenta no llamar la atención. Deja de buscarte problemas.
—No busco problemas. Si te refieres a que te esposé, tú tienes la culpa. Tenías esposa, prometida, y perseguías a Sofía. ¿Qué clase de hombre eres? —se levanta de la silla bruscamente.
—Lamento lo de Sofía. Fue un error. Y con mi exesposa, estoy a punto de perder a la mujer que amo y a mis hijos por caprichos ajenos.
—Empieza por aceptar ese error. Nunca es tarde para empezar. Di lo que acabo de escuchar a la persona correcta —me levanto, tomo las vendas y me preparo para irme.
—No puedes salir así —señala mis pechos—. Y no te amarres tan fuerte. Es un sacrilegio maltratarlos —su voz suena divertida. Lo miro, enojada.
—Cállate —le lanzo un cojín.
—Vamos, cariño, yo puedo hacerte masajes. Quedarán como nuevos —dice, saliendo de la habitación—. Vincent te espera afuera —asoma la cabeza—. ¿Necesitas ayuda?
—¡No! —respondo, enojada. Algo me dice que la cercanía de este hombre solo traerá problemas. ¿Por qué quiere ayudarme y se muestra tan preocupado? Es un misterio.
Salgo de la casa y me encuentro a Vincent de brazos cruzados.
—¿Se puede saber qué haces aquí?
—Un trío —respondo, entrando al auto.
Mi chiste saca una carcajada a William, pero a Vincent no le hace gracia.
—¿A dónde creen que van? —señala al grupo en el auto.
—Recibimos órdenes de escoltar al señor —dice el chico delgado.
—¿Por qué necesitas protección? —no respondo, me encojo de hombros—. Yo me encargo —su voz suena amenazante, sin ceder.
—Señor...
—Les dije que yo me encargo —grita, enojado—. Y tú, andando. He perdido mucho tiempo buscándote.
Pongo los ojos en blanco. Trabajar con él y sus cambios de humor será una tortura.
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