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-Sh- instó Aisha mirándola fíjamente- Por más que te quejes, no haré nada al respecto.
Samira quiso gritar de pura frustración.
-Lo estás haciendo muy bien, bebé- comentó la loba con suavidad- Continúa.
Samira se negó, cerrando sus piernas y girando sobre la gran cama para quedar sobre su vientre.
No mentiría.
Al principio le había gustado, y tremendamente excitado, la idea de contemplar a Aisha sentada en aquél sofá, bebiendo aquél líquido desconocido para ella sobre su copa, mientras la observaba a ella tocarse.
Pero ahora la pelirroja estaba peligrosamente excitada, y no quería seguir tocándose ella misma.
-No te rías, no tiene gracia- espetó Samira con molestia al escuchar la pequeña risita de la loba.
-¿No continuarás?- inquirió la loba, ignorando la molestia de la pelirroja.
Samira negó rápidamente.
-Ya no me gusta este juego- refunfuñó con algo de molestia- ¿Ni siquiera te acercarás?
Se giró nuevamente para quedar sobre su espalda.
Soltó un pequeño grito debido al susto que se había llevado al observar a la loba sentada justo a su lado.
-¿Cómo...- inquirió todavía abrumada- Ni siquiera te he sentido.
La loba negó con una gran sonrisa en su rostro, ofreciéndole su copa.
-¿Quieres?- inquirió.
Samira la miró, sin saber muy bien que hacer.
Todavía no podía entender su expresión y su postura tan relajada.
Había leído en varios artículos sobre el poco control que los lobos poseían en este tema, y sin embargo, Aisha se había mantenido quieta en el sofá, bebiendo aquél líquido sin apartar su mirada de ella.
Al menos sabía que no era la única excitada gracias a los ojos de la loba.
-Está muy bueno- murmuró Samira con el ceño fruncido- ¿Qué es?
-¿Por qué no continúas?- inquirió la loba con una gran sonrisa, mientras acariciaba con lentitud su pierna.
Samira se tensó al sentir que la mano de la loba había rozado el límite.
-¿Por qué quieres que lo haga?- inquirió la pelirroja, entrando en su juego.
-Porque me excita terriblemente el hecho de observarte en mi jodida cama, desnuda y tocándote para mí- respondió la loba con tranquilidad- Es un maravilloso espectáculo, con tus gemidos y tus ruegos para que sea yo quien lo haga.
Samira jadeó, apretando con más fuerza el vaso que estaba sosteniendo.
-Pero si no quieres, entonces lo dejaremos para otro día- comentó con suavidad- Bebe un poco más.
Samira obedeció bajo la atenta mirada de la loba.
Aisha le quitó la copa instantes después, llevándola a sus propios labios para beber lo poco que quedaba.
Tiró el vaso sin delicadeza alguna, provocando que éste se rompiera sobre el suelo, a un lado de la cama.
Se levantó de allí bajo la atenta mirada de la pelirroja, quien se quejó suavemente al pensar que la loba se marcharía y la dejaría así.
Sin embargo, la loba caminó hasta el final de la cama por el lado contrario a los cristales, subiéndose nuevamente, quedando frente a ella con las piernas separadas.
-Ven aquí- gruñó la loba, estirando sus manos para alcanzar los pies de la pelirroja.
Tiró de ellos con suavidad, haciendo quedar a la pelirroja muy cerca de ella.
-Eres muy pequeña- gruñó Aisha caminando sobre sus rodillas para quedar en la posición que tenía planeada- Tendré que comprar otra cama.
Samira rió.
-No te rías, es la verdad- gruñó Aisha inclinándose hacia abajo- No me gusta que haya tanto espacio entre nosotras.
Samira iba a protestar pero los labios de la loba la interrumpieron.
-Si hay algo que quieras hacer, o algo que no te guste dímelo- Samira asintió- Me lo dirás, ¿verdad?
-¡Qué sí!- chilló la pelirroja, algo frustrada- ¡Continúa!
Aisha asintió, mordiendo su labio para contener la risa.
-Dame tu mano- demandó.
Samira rápidamente entrelazó sus manos, verdaderamente frustrada por la espera.
Aisha las dirigió hacia abajo con extrema lentitud, mientras repartía húmedos besos por el cuello de la pelirroja.
-Uh, haz eso otra vez, por favor- lloriqueó Samira, arqueando su espalda.
Aisha obedeció, mordiendo con suavidad esa zona favorita de los lobos.
-Tócate, Samira- gruñó Aisha soltando sus manos.
-Pero yo quiero...-
-Hazme caso, por favor- gruñó la loba, instándola a hacerlo.
Rápidamente la escena cambió, dejándole ver a la loba entre sus piernas, intensificando las miles de sensaciones que estaba sintiendo en ese momento.
-¡Oh, mierda!- chilló Samira, despertándose violentamente de su húmedo sueño gracias al intenso placer que le estaba provocando el orgasmo.
No bastó mucho tiempo para que su hermano entrara en la habitación, realmente asustado ante tal grito.
-¿Qué te pasa?- inquirió de forma atropellada- ¿Por qué estás tan sonrojada? ¿Te está dando un infarto?- continuó- ¡Mierda, aguanta Sami, llamaré a una ambulancia!
Samira lo ignoró, estirándose perezosamente, disfrutando de aquella agradable sensación.
-Estoy bien, sólo ha sido una pesadilla- comentó ella con tranquilidad- Nada de ambulancia.
Sean asintió, dudoso.
-¿Quieres dormir conmigo?- Samira negó rápidamente- Está bien, enana.
Se marchó de allí, todavía preocupado.
Samira se estiró nuevamente, soltando un pequeño ruidito de felicidad.
Eso no había sido nada normal, y ella lo sabía.
Más en ese momento poco podía importarle.
Estiró su brazo para alcanzar el móvil y así poder observar la hora, más eso poco le importó cuando se percató del mensaje que tenía de Anibal hacía tres horas.
¡Tu olor es muy dulce, y me agrada mucho! ¡Estoy deseando conocerte, y sé que nos llevaremos muy bien!
Samira frunció el ceño, releyendo una y otra vez el mensaje.
-¿Y éste de qué va?- susurró arrugando la nariz.
¡Por cierto, soy Cai!
-¿Quién?- inquirió para sí misma intentado recordar si Aisha le había mencionado ese nombre- Sólo habló de un tal Abel.
¡Malditas cosas éstas, las odio!
Soy Cai, el hermano de Aisha.
Ahora tengo que irme antes de que me pillen, tú no le vayas a decir nada a nuestra alfa, ¡y finge estar muy sorprendida cuando nos presente, por favor!
¡Yo no te he hablado, ¿si?! ¡Hazlo por tu cuñadito!
Samira rió, depositando nuevamente el móvil en la mesilla, dispuesta a reconciliar el sueño, y si fuera posible, retomarlo por donde lo había dejado.
Sin embargo, el sonido de otro mensaje le hizo cambiar de opinión.
Repitió el proceso, emitiendo otro grito cuando leyó el nuevo mensaje.
Gracias por darme un gran orgasmo, y sobre todo, gracias por aceptarme, bebé.
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