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Capítulo 28

Tokio

Demasiada saña, odio, había en torno a mi secuestro. ¿Cuántas personas estaban involucradas? Caitín, Zack, Bruno, el tal Young y, quizás, el tío Leonardo. ¿Podría la fortuna de mi padre ser solo el motivo para querer destruirme? Mi cabeza era un caos, construyendo (o intentando) mis días en ese cautiverio. El alivio de que no tenía un hijo por allí era enorme; no obstante, viviría con la duda, porque puede que la chica les mintiera a todos. Estábamos en el lugar donde Alana había dejado los documentos de sus padres, en la sala de espera, con Colín y Amaury a cada lado.

—Debe existir una explicación —murmura el joven a su hermano. —Jamás me quitaba esa llave del cuello.

La desesperación estaba en su voz, y lo entendía; alguien confió en él, y ahora esa confianza estaba en duda. Particularmente, yo creía en él; no había manera de que alguien vaciara esa caja; las huellas de Alana estaban registradas, y solo ella podría sacarlo.

—¿Alguna copia? —pregunto, y ambos me miran.

Han sido corteses conmigo, pero he podido notar su antagonismo; imagino que se debe a que su primo y Alana tuvieron una relación. Niegan, insistentes, pero es la única posibilidad que hay; Alana tenía una copia, la dejó en casa, y Liam intentó venderla a través de Bruno.

Solo él pudo entrar a la casa de sus padres; tenía el medio y el odio suficiente hacia su hermana para hacerlo. Realmente, no creía que los Kanoe fueran capaces de dañarla; la familia la había recibido como quien recibe a un hijo más. Era conmigo con quien existía el antagonismo y las reservas; imaginaba que se debía a mi comportamiento nervioso.

—Es la única forma de que eso se diera; sacó una copia y lo olvidó... Muy de Alana —insisto, y se cruzan de brazos, lo que me hace enojar.

Aprieto mis manos para controlar la rabia de ser rechazado por personas que no son nada de mi esposa y que pretenden serlo.

—Sé que no les caigo bien, y podría decirles que me afecta, pero la realidad es que no lo es —hablo, ya de mal humor, porque la conducta de ambos es infantil. —Deben aceptar que soy el esposo de Lena, lo quieran o no.

Me levanto de la silla al sentir el móvil vibrar; es un mensaje de mi padre. Justin Parissi estaba en casa, se enfrentó a Ángelo y exige ver a su hija. Ryu Kanoe llamó al general y expresó su preocupación por mi comportamiento.

Es la primera vez que alguien me dice que no soy digno, y soy consciente de que es cierto. Vuelvo a meter el móvil en mi pantalón y siento unas manos alrededor de mi pecho. Su cabeza reposa en mi espalda, y sonrío al saber que ese gesto es una buena señal.

—Todo estaba allí; vacié las cajas —tomo sus manos y giro para verla a los ojos.

Sus ojos celestes brillan de felicidad, mientras sus amigos, a pocos pasos, nos observan con recelo.

—¿De dónde salió ese plano? —cuestiono. —¿Hiciste alguna copia? Quizás la dejaste en manos de alguien o la olvidaste...

—¿Por qué insistes en eso? —el timbre de voz de Amaury denota enojo, lo que me hace alzar la vista hacia él y mirarlo, confundido. —¿Crees que somos ladrones?

—No pongas palabras en mi boca —amenazo, ya fastidiado.

—Amaury —advierte Lena. —He estado pensando, porque llegué a cuestionarme lo mismo. Mis padres querían dejar el plano en un marco en el estudio —empieza a decir. —Sacaron una copia, pero la olvidaron; fue en sus últimas vacaciones.

El rostro del mellizo más calmado y de menos habla se ilumina; obviamente, ha recordado, y los escucho hablar entre sí. Lena se lo había llevado; Colín lo envolvió junto con otros planos realizados por ellos.

—Registraste ese plano inicialmente, pero fue luego de ingresar los documentos en la caja de seguridad —sigue diciendo el hombrecillo y me mira, ahora con rostro más suave. —Siendo el primer plano o el borrador, es la base de los cruceros que salgan de allí.

—Lo entiendo —respondo. —El que tenga el primer registro será el dueño de los posibles proyectos que salgan de allí.

—¡Exacto! —responden al unísono.

—¿Dónde está ese registro? —pregunto, curioso, porque ella solo me mostró uno. —¿Cuántos proyectos han salido de allí?

Los tres se miran entre sí, y mientras reflexionan, les digo que lo mejor es salir. Tengo que alejarme de los mellizos, porque no es bueno que los vean por las calles de Tokio con el hijo de Filippo Russo. Al malhumorado jefe de ellos no le gustará la idea, y se los hago saber.

—Axel tiene razón, pero nosotros tenemos cosas que hacer —se queja Amaury.

Yo no puedo acompañarlos, y algo me dice que ellos tampoco quieren mi presencia. No me gusta dejar a Lena en manos de esos dos, pero me digo que vivió diez años con ellos sin resultar dañada, y eso me calma un poco. Lena recuerda que se llevó los registros a casa y el plano original en un CD, que solo se ha mostrado a Zack. Recuerda, además, que no ha vuelto a ver ese registro, pero que el CD debe estar dentro de las cosas que yo le tengo guardadas en mi caja de seguridad.

En conclusión, puede que el plano saliera del apartamento de las manos de Zack, y el registro también. No obstante, sin el plano digital, él no podría hacer nada, y el registro no le servía de mucho, salvo que quisiera falsificar la firma de Lena y ceder los derechos.

En ese punto de la conversación, habíamos llegado a casa de los Kanoe. Lena puso a cargar el móvil y prometió llamar a sus padres en cuanto estuviera encendido. Aún no había conocido a Aiko, la hermana menor de los mellizos, pero, al llegar a la casa de los Kanoe, ya estaba en casa. Tenía unos 25 años y un pequeño de seis, extremadamente delgado y con un inhalador en sus manos. No supe que me había quedado observándolo de más hasta que su madre habló.

—Usé sustancias mientras estaba embarazada —dice y alza una de las manos para llamar a su hijo. —Aiko, ven —le llama. —Solo supe de mi estado en el quinto mes; tuve un fuerte dolor en mi vientre, y Colín me encontró inconsciente en el baño.

—No quise ser inoportuno —me excuso, y niega, subiendo a su hijo en sus piernas.

—No tenías cómo saberlo, y no tengo problemas en hablar de mi pasado —habla con una transparencia que me causa envidia.

Me cuenta que estaban en ese instante en España, visitando a su madre, cuando fue encontrada por su hermano. Había ido para el cumpleaños de su padre fallecido; el recordatorio de hallarlo muerto la hizo excederse. Una vez que supo que estaba embarazada, se dio cuenta de la realidad: había tocado fondo, embarazada, y no tenía idea de quién era el padre de su bebé. Su familia le quitó toda ayuda económica y solo le daba alojamiento; eso la llevó a cambiar placer por drogas; entraba en un club los viernes y salía los lunes o martes, totalmente drogada. Era Colín quien más sufría, pues dejaba los estudios por buscarla de lugar en lugar.

—Causé mucho daño a mi mamá, hermanos y tíos —habla con voz triste y mirada ausente. —Ellos quisieron ayudarme en muchas ocasiones de diferentes maneras, pero era más fuerte que yo —Mira a su hijo, y su sonrisa se amplía al ver al pequeño que acaricia su mejilla.

Luego de ser encontrada inconsciente, un doctor entró a la habitación cuando despertó; lo que le dijo le hizo darse cuenta de que tenía que parar. Su embarazo tenía que ser interrumpido; tanto ella como el feto estarían en riesgo si continuaba con el embarazo. El niño nacería con problemas respiratorios, cardíacos y síntomas de abstinencia, eso si el embarazo se concretaba.

—¿Sabes por qué lo dijo? —pregunta, mirándome fijamente, y una lágrima corre por su mejilla.

De alguna manera, lo supe; ellos no creían que pudiera controlar su adicción.

—Tenían la certeza de que volverías a recaer —respondo, y asiente.

—Fue todo lo que necesité en ese instante —confiesa, abrazándose a él, y este responde a su abrazo. —Tenía por quién vivir, y, por él, lo hice —El silencio que siguió es incómodo; realmente, no sabía qué decirle. —¿Tenemos una visita que hacer? ¿Quieres acompañarnos? Es aquí cerca; te gustará.

—No tengo muchas opciones; pensaba ir al hotel —digo, y sonríe. Me pongo en pie, y la pequeña toma mi mano rápidamente; ese gesto me hace mirarlo y veo su sonrisa inocente.

—La soledad no es buena cuando estamos así. ¿Te ha costado mucho? —la vergüenza de que se notara mi abstinencia me hizo detenerme.

—Un poco —respondo, evasivo. —No es algo que me llene de orgullo hablar. Estuve secuestrado y fui drogado casi todo el tiempo.

Sus ojos se abren por la sorpresa al escuchar los detalles (escuetos) de mi cautiverio. No solía hablar de ello con nadie que no fuera familia, pero descubro en ese acto de hablar con una desconocida que ha sufrido lo mismo que yo, en dosis más grandes, cierto alivio.

—Papá llamó a la isla, pero no lo tomes a mal. Saben el peligro que es para ti o para Lena si no buscan ayuda. Ella puede tener las mejores intenciones, pero no está capacitada. Hay días en calma, pero habrá otros peligrosos, y, si no tiene la preparación, puede que sea riesgoso —lo que quería decir: yo era un riesgo para Alana.

Cuanto más pasaba el tiempo, más me daba cuenta de que quizás me había apresurado en pedirle matrimonio. Soy conducido a pie por las calles del lugar, en silencio, y con el pequeño tomado de nuestras manos. Sonríe en todo el camino y mira a su madre, luego a mí. Tiene nacionalidad española, y, de hecho, se han radicado en ese país; dice que le gustaría que su hijo creciera en un ambiente más libre. Sin embargo, acepta que la disciplina de su país es importante para el crecimiento.

—Tomará lo mejor de ambas culturas —le digo, y la chica sonríe. —¿No has pensado en formar un hogar?

—A veces, sobre todo cuando tiene esas fuertes crisis —responde con nostalgia. —Pero, primero, termino los estudios; debo demostrarle a Colín que soy de confianza.

Lo primero que debo decir de la chica es que es valiente; ha logrado sacar adelante a su pequeño, de quien dice es su motor de vida. Lleva a cuestas las secuelas de una enfermedad que ataca a un gran porcentaje de la población; no distingue de raza, religión o estrato social. Ni donando todo el dinero de mi padre podría salir de este agujero en el que me encontraba, si no tenía la fuerza de voluntad para ello.

Nos detenemos en una tradicional casa japonesa, de construcción arquitectónica en madera, de dos plantas. Al entrar, pasamos al genkan, donde nos descalzamos. Varias mujeres están sentadas en una mesa grande, en cuyo centro hay diversas porcelanas.

—Aquí les enseñan a valerse por sí mismas —me dice entre susurros. —Son madres solteras; en este país, eso es sinónimo de pobreza —asiento, sin decir nada, y el pequeño corre directo a un jardín. —Te prestaré a Nai.

Seguimos por una puerta corrediza enrejada y el suelo de tatami, fabricado con materiales de la naturaleza. Es una casa con una buena ventilación; han aprovechado cada espacio haciéndolo aprovechable. Al caminar, las mujeres alzan su rostro y asienten en silencio. No todas hacen lo mismo; algunas de ellas labran madera, bambú; otras pintan porcelanas, etc.

Aiko me presenta a tres de sus amigas, excompañeras de infortunios. Mujeres cuyo físico podría pasar por 34 o 32 años, y que la chica me dice, como secreto, que no superan los 24 años.

—Es que eso es como un veneno que te destruye por dentro —dice, a manera de reflexión.

Nai resultó ser una mujer menuda, de cabello largo, trenzado y blanco, cuya mirada parecía tener tres siglos. Si Aiko se propuso ese día hacerme entender lo peligroso de la adicción o no, lo desconocía. Solo supe que, dos horas después, salí de allí más humano y consciente de que tenía que hacer algo por mí y por mi esposa.

—¿Dónde estaban? —la pregunta la formula Colín, enojado, y toma en brazos al pequeño. —¿Sabes lo irresponsable que fuiste al salir sin decirnos? Axel no debe estar en la calle sin seguridad; es peligroso.

¿Yo era peligroso, o el peligro era por mi antiguo secuestro? Me pregunto en silencio y suspiro, fastidiado. No había tenido un episodio psicótico que los alertara, y, salvo el temblor en mis manos, no había otra alerta en mí.

—Lamento mucho haberlos preocupado; tu hermana me invitó a un lugar. No sería capaz de dañar a nadie; estoy limpio desde hace seis meses y pretendo seguir así —me excuso, pero siguen mirándome, enojados.

No hay rastros de Lena, pero Amaury dice que está al teléfono con sus padres, desde hace media hora. Aiko le dice algo a sus hermanos, bastante molesta. No sé qué es exactamente, solo que luce enojada, y ambos bajan el rostro.

—Gracias —agradezco a la chica, tomando sus manos. —Ni mil consejos hubieran dado el resultado de lo que hiciste por mí hoy —beso sus manos, y sus mejillas se sonrojan.

Hoy tuve la sensación de que alguien había enviado a mi vida un ángel, y el mensaje fue recibido. Por lo que expreso ese sentimiento en voz alta.

—Fue la luna, —sonríe ante mi confusión y se alza de hombros —es una vieja leyenda que solía decir mi papá, espero algún día ser merecedora de algo así. —tanto ella como sus hermanos guardan silencio y sus rostros se entristecen y luego suspira largo antes de hablar. —Espero haberte sido de ayuda —dice, apretando mis manos.

Sonrío, retirando mis manos; no hay mucho que decir cuando ella me lo había puesto todo tan claro. Me mostró el camino entre vivir o morir, porque seguir por ese camino era tejer una ruta rápida a la muerte, y no solo la mía, también la de quienes amo.

—No se alcanzan a imaginar lo maravillosa que es su hermana —les digo. —Cuídenla, y también a Aiko.

—Alana te espera —es Amaury quien habla, y, de pronto, su voz ya no es tan hostil.

Alana ha tenido tiempo de decirles todo sobre mí; eso tuvo que ser el motivo por el cual me miraban y hasta preguntaban qué tal me había parecido la ciudad. Entramos a la casa, y el señor Kanoe solo nos observa en silencio a mí y a su sobrina. Creo que el silencio es parte arraigada de esa familia, y la mirada de almas viejas de los nipones.

El jefe del hogar vestía de negro; según Alana, desde la muerte de su hermano menor. Su mirada reposa un poco más en mí; me cuesta sostenerla, pero lo hago. De alguna manera, sentía que, al hacerlo, le daba al anciano la certeza de que era alguien de fiar.

Intercambia palabras con su hija, y alcanzo a entender fragmentos de ella: "Lo llevaste allí", "No debes estar lejos de casa, recuerda al niño", "Tenía que hacerlo", "Te entiendo, pero, la próxima vez, no salgas con Aiko". El intercambio de palabras duró unos minutos, en los cuales me di cuenta de que el miedo era por la salud del niño y no por mi compañía.

—Alana está en su habitación —dice al fin, cuando se da cuenta de que yo sigo allí. —Cuarta puerta en el segundo piso.

Señala una escalera de madera, hacia donde me dirijo en silencio. Tengo la sensación de estar en un templo o en algún lugar sagrado; el silencio impera en ese lugar; el decorado también ayuda a que lo piense. Encuentro la habitación sin mucho problema; el cántico de Alana me hace reír. Giro la perilla y descubro que toda la habitación está a oscuras, y, en segundos, una mano en mi cuello y unas piernas alrededor de mi cintura.

—¿Qué se supone que haces? —pregunto, confundido, al sentir sus labios en mi cuello.

—Cumpliendo una de mis fantasías, —murmura— habla bajito; el tío Ryu tiene excelente oído...

—Alana, esto es como hacerlo en una iglesia —pero lo estoy disfrutando.

—No nos va a escuchar si hacemos las cosas bien... Solo compláceme; estoy caliente —cuatro palabras que me hacen reaccionar.

En segundos, tengo una mano en su trasero, y es ella quien está apoyada en la pared, con su falda en las caderas. Sus manos se deshacen del cinturón y mete una mano en mi bóxer para frotarla en mi erección. Muerdo sus labios ante el placer que esa interrupción causa en todo mi cuerpo. La desesperación de estar dentro de ella me hace deshacerme de su braga de un tirón, y, en segundos, estamos unidos.

El afrodisíaco más grande son los gemidos bajos de ella en mi oído y los míos como respuesta. Descubro que ella está demente, y que yo lo estoy aún más por profanar el hogar de los Kanoe de esa manera.

—¿Sigue caliente mi adorada esposa? —pregunto, aumentando las embestidas.

No responde; muerde mis hombros ante la imposibilidad de gritar; es un dolor placentero, saber que la he llevado al límite. Las voces llamándonos en el primer piso no hacen más que aumentar el deseo, la adrenalina de lo prohibido; el roce de nuestros cuerpos, acompañado de nuestros gemidos, hace que el orgasmo llegue rápidamente. Opaco sus gemidos, besándola con violencia, al ver que estos son cada vez más fuertes.

—Estás loca —le digo, una vez que he logrado obtener un poco de aire en mis pulmones, y la escucho reír en la oscuridad. —Pero así te amo...

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