Capítulo 27
San Juan de los Vientos
Justin Parissi colgaba la llamada realizada por Ryu Kanoe, el padre de Kai. Su hija y su ahora esposo estaban en Tokio. Desconocía los detalles; solo sabía que tenía que ver con un plano que su hija tenía en una caja de seguridad y que una copia apareció en la isla. Ese no era el problema. Ryu Kanoe conocía todos los síntomas de abstinencia por drogas; su hermano Shin se había refugiado en ellas para poder rendir en su trabajo; no obstante, no pudo salir de ese "demonio", como Ryu lo llamaba, dando como resultado que Shin muriera a la edad de 53 años de una sobredosis, encontrado por la pequeña Aiko, Colín y Amaury, sus tres hijos.
Años después, sería la pequeña Aiko la que sufriría los embates de ese demonio, con mejores resultados que su padre. Si había alguien que sabía de ese infierno, eran, sin dudas, los Kanoe. Al general, poco o nada le importaba que alguien pudiera robar su fortuna cuando su tesoro más grande estaba en manos de alguien con problemas de narcóticos.
Decidido, va hacia el perchero, toma la gabardina, las llaves del coche y cruza la sala ante la mirada inquisitiva de su esposa.
—¿Vas a salir? —pregunta, cerrando la revista *People* que tiene en sus manos y que lee de manera amena.
—Sí, no creo demorarme —se apresura a decir, porque es casi hora del almuerzo.
Su mujer le da esa mirada tipo "más te vale" que hace al viejo general solo reír, divertido; se acerca, besa sus labios y se aleja, decidido, hacia la calle. Su mujer lo ve salir con la elegancia acostumbrada, porte firme y mirada recia que lo caracterizaba cuando tenía toda la fuerza militar de la isla.
Una hora aproximadamente más tarde, y cuando ha tenido que lidiar con el tráfico de la hora pico de la isla, conductores imprudentes y peatones despistados, anuncia su presencia en la mansión Russo, donde es dejado pasar rápidamente, y no por ser el padre de la esposa de su único hijo. El general gozaba de buena reputación; era recordado y reconocido como un hombre honorable, de los pocos que aún conservaba la ciudad.
Filippo Russo lo ve entrar por la puerta de su mansión, rígido, con cejas pobladas juntas y su mandíbula tensa. Definitivamente, no es una visita social, pero no es hombre de dejarse intimidar; con el correr de los años, ha tenido encuentros más peligrosos que este.
Justin Parissi observa a Filippo y a su acompañante con enojo; le molesta en gran medida que Russo use ese tipo de personajes para solucionar sus problemas. Él conoce, más que nadie, la policía de su ciudad y sabe que está capacitada para solucionar esos problemas sin la intervención de esos malvivientes.
—Iré directo al punto: necesito hablar y ver a mi hija —sisea. —No he hablado con ella desde que tu hijo se la llevó, se casó con ella lejos de nosotros y ahora no le permite encender el móvil.
—Están de luna de miel, Justin; es completamente normal que se alejen de nosotros... Axel no es capaz de hacerle daño; debes relajarte —El general da dos pasos al frente, eliminando distancia, y aprieta una de sus manos en un puño que sacude en el rostro de Filippo.
—Lo estaría si tu hijo no estuviera metido en las drogas —habla con voz amenazante y mira al mafioso de poca monta que lo acompaña. —No se atrevan a negarlo; sé los detalles de ese secuestro.
Ante eso, Filippo Russo le pide entrar al estudio. Ha tenido que regresar de su viaje por los eventos de estos meses y porque aún pende sobre su hijo cierto peligro. Es conocedor de la recaída que ha tenido y que esos han sido los motivos por los cuales él y su esposa han decidido no regresar de momento a la isla. Le comenta a su amigo y padre de su nuera, quien lo escucha en silencio. Una vez que acaba, saca todo su veneno hacia el hombre que acompaña al millonario.
—Permíteme conservar mi dignidad, evitándome que este tipo de personajes esté en mi entorno y el de mi hija —aclara, sin ver a Ángelo, quien, cruzado de brazos, lo observa, divertido. —¿No te das cuenta de que envías un mensaje peligroso a los hombres que secuestraron a Axel? Por ende, arriesgas doblemente su vida y, lo que es peor, ¡la de mi hija! Estos malvivientes no son la solución.
Ángelo se aclara la garganta y da un paso cerca de la ventana; de acercarse más al anciano, le retorcería el cuello hasta que dejara de fastidiar o de mirarlo como si fuera una escoria.
—¿Qué lo hace a usted estar por encima de mí? —pregunta, y Justin alza una ceja, molesto. —La única diferencia entre ustedes y yo es que, ustedes tienen licencia para matar. Nosotros no fingimos ser buenos; no nos cubrimos el rostro con un velo de hipocresía; eso es algo que lo dejamos a personas como usted.
—Ten mucho cuidado con lo que hablas, muchacho, porque puedo ser tu padre —amenaza, levantándose de la silla e irguiéndose como nunca lo ha hecho. —¿Cómo quieres que te trate con respeto cuando eres tú quien has irrespetado tu ser, vendiéndote por tres monedas? Estuve 35 años en el servicio y lidié con personajes como tú.
—Lo imagino —responde con sorna.
Filippo Russo escucha la discusión, removiéndose incómodo en su sillón. Sabe que no ha pasado a terrenos peligrosos solo porque al griego le parece divertida. Conociendo el carácter explosivo del chico, hace rato hubiera golpeado al exmilitar, sin importar sus años.
—Y es que, a la hora de delinquir, todos tienen una excusa estúpida —insiste el hombre. —Mi madre me golpeaba, mi esposa me dejó, soy huérfano y ellos se han convertido en mi familia.
El griego sonríe, observando por la ventana; cuando gira la cabeza y enfrenta al militar, su rostro y cuerpo han cambiado de comportamiento.
—No es mi caso... Amo lo que hago; yo no necesito de excusas; siempre he sido sincero, almirante —mencionar el rango que tenía en servicio lo hace mirarlo con rostro serio. —Es un hombre 10; solo por eso le permito la ofensa y esta pataleta. No obstante, antes de limpiar la casa ajena, le sugiero que limpie la suya.
—Por favor, basta... Justin, los chicos arriban a la ciudad el fin de semana; Alana quería que fuera una sorpresa —se apresura a decir, incómodo, porque el terreno por el que ha llevado la conversación Ángelo no le gusta.
—Hagamos un ejercicio, almirante, o ¿general? ¿Cómo desea que lo llame? ¿El rango con el que se despidió o el que le dieron por los servicios prestados a su país? —ante el silencio y la mirada férrea, sigue. —Almirante será. Yo pongo en la mesa a quienes he llevado al infierno, porque el estado no pudo demostrar nada, y usted, a quien su hijo dañó. Le aseguro que él, Liam Parissi, tiene un infierno ganado mucho antes que yo; los que yo dañé no son nada mío.
Justin Parissi se levanta y avanza hacia el altanero personaje, sacudiéndose cuando Filippo intenta impedirle el gesto. El griego lo ve en silencio, cruzado de brazos, sin ningún arrepentimiento en su rostro. Justin conoce a los tipos como él; llevó a muchos a prisión, donde gozaban de respeto y no sufrían en lo más mínimo tras las rejas.
—¿Qué estás insinuando?
—Será mejor si habla con su hijo, almirante —responde, insistiendo en llamarle de esa manera. —No estoy capacitado para responder eso. ¿Sabe usted de una copia de un plano de la tesis de su hija?
El cambio de conversación toma al exmilitar por sorpresa, y a Filippo lo hace respirar aliviado. Ya pasó la hora lúdica para Ángelo; se divirtió suficiente con el hombre mayor.
—Fue encontrada una copia de ese plano en el astillero; parece que Bruno Conti lo llevaba —sigue diciendo ante la mirada enojada del hombre. —No le pido que trabaje conmigo, general; no es mi deseo recibir lecciones de moral a diario. Solo le digo que haga las diferencias a un lado y trabajemos juntos en esto.
Una vez que sale del estudio, deja a ambos hombres solos y a Justin con ver materializadas todas sus sospechas. Siempre supo que Liam tenía algo que ver en lo sucedido a su hija esa fatídica noche. Si bien su hija aseguró no recordar muchas cosas y negó la participación de su hermano en algo, sabía que lo estaba protegiendo. Se sienta, derrotado, en la silla, con el silencio de su amigo que lo hace frente a él.
—Por eso no querías que mi hija se casara con tu hijo —recuerda, con la mirada en el suelo, ante la vergüenza de ver al hombre a los ojos.
—Caitín me contó una historia muy convincente... Me avergüenzo de haberle creído —se levanta hacia el bar, sirve dos vasos y regresa al lado del hombre.
Filippo le extiende un vaso de whisky, y él toma otro; él también se siente avergonzado. Hasta donde tenía entendido, Liam jamás supo para quién era el cóctel o que su hermana estaría allí. Sin embargo, Bruno era otra historia; no solo lo sabía, él fue prácticamente el que le abrió el camino a Zack e hizo todo para que dañaran a esa niña.
—¿En qué fallé, Filippo? —pregunta, derrotado. —Le di todas las bases para hacer de él un hombre de bien. ¿En qué pude fallar?
—Todos hemos tomado malas decisiones, Justin; contrario a Bruno, tu hijo ha hecho lo posible para ser alguien mejor —le consuela. —Lastimosamente, el tiempo no vuelve atrás.
—¿Cómo está él? —pregunta, tomando de un trago la bebida y negando la otra. —Debo volver con mi mujer... —se excusa y su acompañante sonríe —Me amo demasiado para llegar borracho; no lo hice en mis 40 años de casados y no lo haré ahora.
—Ha pedido un abogado; su padre le ha proporcionado el mejor. He intentado, por todos los medios, que colabore... —se toma la bebida y decide que tampoco se tomará otro. —Sin resultados.
—Es difícil que lo haga, Filippo; básicamente, sería culparse también —dice y se levanta. —Quizás tengan una buena defensa, pero yo aún tengo fe en el sistema.
Filippo se incorpora de la misma manera y extiende la mano que el hombre, estrecha rápidamente. Minutos después, lo acompaña a la salida de la casa; ya le ha enviado un mensaje a su hijo, diciéndole lo ocurrido y rogándole que su esposa llame a sus padres. Acompañándolo al auto, recuerda a Zack y los contactos del hombre dentro de la policía.
—¿Crees que Zack pueda ser considerado inimputable? —pregunta, y el hombre se detiene cerca de su auto.
—No lo creo posible; la defensa se basa en el hecho de que iba a salir con ese cadáver y las pruebas de todo lo que hizo a nuestros hijos —asegura, y Filippo asiente. —Está el pequeño detalle de que, según el forense, Caitín murió entre las diez y las doce de la noche —en ese tiempo, Zack estaba con ellos.
—Él estaba con los chicos en esa hora, buscando a Pilar por toda la ciudad —recuerda, y el hombre asiente.
—Hay una declaración de alguien que asegura ver a tres hombres esa noche en casa de Zack... Lastimosamente, es una investigación privada...
—No te preocupes; soy uno de los más interesados en que esto se resuelva rápidamente —dice, abriéndole la puerta del auto y, segundos después, partir.
—¿Lo escuchaste? —pregunta al hombre que sabe está detrás.
—Sí, pero no es mi problema —sentencia el griego. —Pilar Milani al fin se animó a hablar sobre lo sucedido con ella. ¿Algo de tu cuñado?
—No, y no intervengas —le advierte. —Él se metió en problemas e intentó dañar a mi hijo... No puedo matarlo, aunque desee ver su cuerpo destrozado. Dejaré que Alexander Bern's haga lo propio.
—¿Tienes problemas con él? —pregunta, y en sus labios se asoma una sonrisa.
—Es él quien me debe muchas explicaciones, y no solo a mí —Ángelo asiente, mirándolo, intrigado; el viejo oculta muchas cosas. —El supuesto bebé que tuvo esa mujer no está allá.
—Lo sé; su hijo Alexandre lo dijo —confirma y se cruza de brazos. —El hijo que esa mujer esperaba ni siquiera era de Axel; era de Zack.
—Ellos pueden decir cualquier cosa con tal de tapar la verdad.
Ángelo niega, avanzando hacia el vehículo que lo llevará al aeropuerto.
—Se lo dijo directamente a Sergey; nadie se atreve a mentirle al mayor —Filippo observa los jardines de su casa, sin decir nada por un instante.
—¿Fue obligada a hacerlo? —pregunta, curioso, aunque duda que se tenga la verdad sobre ese secuestro.
—Rebeca Wood era amante de Zack; tenían una relación desde hace años —dice. —Creo que desde que el hijo del almirante era un mini traficante —sonríe, y Filippo niega al ver que se divierte con eso. —El tipo tenía cierto control sobre ella, ya sabe, esclava-amo.
—Entiendo —responde, pese a no poder entender qué lleva a una mujer a aceptar un acto de esa naturaleza. —¿Con Caitín? ¿Qué había?
—Amistad —dice y se encoge de hombros. —Negocios. Alexandre solo asegura que ella quería la libertad para casarse con el hijo del almirante.
—Pero él estaba comprometido...
—Y próximo a casarse a escondidas; de ahí que ella se metiera esa noche en su habitación —arranca la moto y, antes de irse, mira a Filippo. —Liam se lo dijo a Zack; este, a su vez, a Caitín. Tal parece que la señorita Pilar Milani era la mujer perfecta para Zack.
(...)
—Filippo —la voz de su esposa lo hace alzar la vista de la prensa; tiene la mirada preocupada, y eso lo pone alerta.
—¿Qué sucede? —no tiene que responder; la chica que se asoma del lado derecho con varias valijas le dice todo lo que debe saber.
La llegada de Salomé le hace resoplar; pensó que había sido claro con ella y dijo haber entendido su posición. En alguna ocasión, se creyó que Axel podría unirse en matrimonio con ella, pero su hijo jamás la vio como algo serio.
—Pensé que te habías ido; fui muy claro contigo y con tus padres —dice de mal humor al verla dejar la bolsa a un lado y le indica a su mujer que lo deje solo con ella.
Avanza hacia él y entrega un folder que lee con cuidado y cierra con violencia. Salomé reemplazaría a su padre, en vista de que este se encuentra en delicado estado de salud.
—Espero no ser molestia —dice de manera inocente. —Papá se encuentra realmente mal.
—Me lo han dicho —responde, escueto. —Hablaré con tu padre sobre las condiciones de tu permanencia en la isla. Tienes que buscar dónde vivir; no podrás quedarte con nosotros.
—Pero... —alza las manos y la interrumpe.
—Mi hijo y su esposa vendrán en unos días —sigue diciendo. —Me ocasionarías muchos problemas. Fui claro al decirte que no me gustó tu comportamiento —termina de decir, de manera severa.
—Fue una broma —se defiende. —Una en la que él pudo negarlo y no lo hizo —Filippo la mira, severo, porque no le cree, y ella junta sus manos a manera de súplica. —Por favor, padrino, solo serán quince días, en lo que me entregan el apartamento —ruega con rostro lastimero, y piensa un instante.
Quince días, ¿qué malo puede pasar? Hablaría con su padre y, personalmente, tocaría la sociedad para que Axel no tuviera que lidiar con ella. Resignado, y con la firme intención de no permitir que su hijo tenga problemas, asiente.
—Acepto —En respuesta, la mujer se lanza hacia él para abrazarlo, y alza el dedo índice para evitarle ese acto. —Ten presente que puedo, en cualquier momento, hacer efectiva la deuda que tienen conmigo —se detiene un instante y sonríe internamente al ver que la sonrisa se ha borrado de su rostro. —Espero que tu presencia aquí no tenga que ver con Axel, Salomé, o tendrás serios problemas con él y conmigo.
Deja a un lado el periódico y se levanta de su sillón, dejando a Salomé en mitad del salón y con la mano estirada. Con el rostro bajo y apenada, lo observa hasta que da la espalda; una vez que ya no la mira, sonríe, sacando el móvil de su bolso y envía un mensaje.
—Estoy dentro.
Guarda el móvil en la bolsa, toma solo el bolso pequeño y avanza hacia el comedor.
—Lo que una mujer tiene que hacer para poder conservar el estilo de vida que merece —habla cuando cree que nadie la escucha.
De ninguna manera le dejará el camino libre a la gorda Parissi; ya Axel se divorció una vez; podría hacerlo una segunda, y el trato fue claro. Ella ayudaba si, y solo si, tenía el camino libre con Axel; que el imbécil de Bruno no le diera el plano correcto no era su problema.
Dejar ese plano en ese lugar fue una estrategia; ahora todos culparían a los Kanoe, y eso lo haría alejarse de ambos.
Al otro extremo de la ciudad, Justin Parissi y su esposa escuchan el relato de su hijo, de todo lo que hacía durante su época de estudiante. Cómo tuvo que aceptar alejar a su hermana de la ciudad y del país para evitar que su padre se avergonzara de ella. No obstante, insiste en que Axel no se merece a su hermana y que solo está con ella porque es un buen partido.
—¿El plano encontrado? ¿Ustedes no sacaron una copia? —sus padres se miran entre sí, y Liam insiste. —Fuimos en las últimas vacaciones; ella no quería mostrarlo por vergüenza a que yo me burlara de ella. Amaury dijo que nos ayudaría a sacar esa copia; queríamos ponerlo en la pared.
Y la sacó, pero fue olvidada por ellos, y, como coincidió con el regreso de Lena a la ciudad, no siguieron insistiendo.
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