Capítulo 22
Alana
—Buenos días, Lena —la voz de Axel del otro lado de la línea telefónica es impersonal y fría, la acostumbrada últimamente, y suelto el aire.
—Buenos días, cielo —saludo, efusiva, porque si él tiene malos días, yo también, y no me desquito con medio mundo.
—Lamento mucho tener que cancelar la visita al astillero, pero tengo algo urgente que hacer... Debo viajar —miro mi reflejo en el espejo, y la mujer que se refleja no me gusta.
Tiene el rostro triste y la sensación de no dormir o comer en días. Pierdo interés en lo que me dice; básicamente, es que no quiere que salga sola y que recuerde que todos los hombres de Ángelo están en búsqueda de la existencia de su hijo. Me recalca muchas veces que me quede en el apartamento y que él llegará en la noche.
—Nos vemos, entonces —termino por él y cuelgo.
Tomo mis cosas, las llaves y demás; decido seguir con mi itinerario de siempre. De ninguna manera dejaré que mi vida se termine por tres o cuatro pelagatos.
El propio Alexander Bern's había enviado a sus abogados para que representaran a su hermano. Los días siguientes fueron de total tensión; Pilar insistía en no saber quién la ayudó; mi hermano aseguraba que ocultaba algo. Axel, desde que habló al respecto y me narró lo sucedido con Zack y la policía, no tocó más el tema.
Los defensores de Zack estaban creando su defensa, diciendo que tenía problemas psiquiátricos; según ellos, nadie en sus cinco sentidos hace lo que él pretendía hacer ese día: llevar el cadáver en el asiento del copiloto, con una herida de bala notoria y su cuerpo bañado en sangre. Todo eso, sumado a que en los asientos traseros llevaba fotografías de todos nosotros, privadas y de familia, sin contar con las fotos de él y yo desnudos el día de mi abuso.
—Llegamos, señorita —la voz del taxista me saca de mis pensamientos.
Busco dentro del bolso, pago y salgo a la calle; observo la edificación de paredes blancas, sin ventanas y con solo una entrada. Zack estaba en un centro psiquiátrico; una vez fue capturado, entró en crisis y hubo que sedarlo. Desde entonces, no hacía más que hablar incoherencias; papá aseguraba que eran estrategias y que, muy seguramente, fue su hermano quien se lo aconsejó. Cuando se le dio el derecho de hacer una llamada, fue a su hermano a quien acudió.
—¿Qué tan difícil puede ser? —me pregunto para darme el valor de avanzar. —Es sencillo: solo entras, lo ves y, si es posible tener una conversación con él, le preguntas por qué.
Satisfecha con mi conversación, acomodo mi mochila y entro al edificio; tras presentarme y decir que tenía agendada una cita con Zachary Bern's, me dejo conducir por un largo y amplio pasillo, luego del cual me dejan en una habitación donde fui revisada por una mujer.
—Puede seguir; el guardia la espera afuera, él la llevará —murmura la enfermera al terminar de revisar mi mochila y cerrándola.
Mientras acomodaba mi ropa, pensaba que quizás debí decir a alguien a dónde iría. Era sábado por la mañana; Axel no estaba en la ciudad, y desde lo de Zack, no paraba en la isla. Nuestra relación se enfriaba cada vez más; no pasábamos mucho tiempo solos, y cuando sucedía, él estaba de mal humor.
Afuera, un hombre de estatura media, con una prominente barriga, me esperaba. Al caminar, las llaves que llevaba en su correa hacían ruidos. Uno podría imaginar a las personas escuchar ese ruido y asociarlo a la libertad, porque imaginaba que eran las llaves de todo el lugar. Por fortuna, lo más probable es que ninguno de ellos sea consciente de que hay otra cárcel, aparte de la impuesta por su cerebro, que está alrededor de ellos.
Camino detrás del guardia y, a medida que avanzamos, observo las habitaciones; dentro de cada una se puede escuchar desde gritos, cánticos hasta lamentos. De ser cierto que finge su estado, este se hará real en poco tiempo. Llevo tan solo minutos, y toda mi piel está erizada con esos gritos y lamentos. El guardia se detiene frente a una reja, detrás de la cual hay otro largo pasillo; un letrero con varias recomendaciones está al costado derecho; solo alcanzo a leer que son pacientes peligrosos.
Una vez abre la reja y la cierra tras nosotros, sigue avanzando, mientras lo hace, empieza a decirme lo que no puedo hacer: acercarme o tener contacto físico, no abrazos o saludos de tipo físico; el paciente es altamente peligroso y agresivo.
—Fue trasladado a esta zona porque le fracturó el brazo a una chica a quien llamó "Lena" —ese comentario debió ser suficiente para dar media vuelta, pero no fue así.
Me dije que solo era media hora, luego de la cual iría a ver a los chicos en el astillero y, en la tarde, a visitar a Pilar. Según mi hermano, su estado de ánimo había cambiado, y podría tener con ella una conversación; el único tema que no podía tocar era el de Zack. Lo ha contado muchas veces a la policía, y en todas, ella ha llorado.
—Sesenta minutos —murmura, golpeando la puerta, y otro hombre abre del otro lado.
Lo primero que veo es a Zack; tiene su cuerpo pegado a la pared, usa camisa de fuerza, y su rostro está bajo. Todas las paredes blancas tienen un acolchado que impide a los pacientes hacerse daño. El guardia se ubica a mi lado y se cruza de brazos. Una vez alza la vista y ve que estoy allí, su ceja rubia se junta, pero no se acerca.
—¿Qué hace aquí? Tienes que cuidar al bastardo de Axel; mi hermano lo vendrá a buscar personalmente —la sorpresa me embarga; existe un hijo real de Axel.
¿Con quién me estará confundiendo?
—Quería verte —le explico y sigo conservando la distancia.
—Tienes que irte; no es seguro que te vean —dice, acercándose a mí.
El guardia, un hombre de más de 1,80, fornido, se interpone; tiene una mano en el arma y la otra en alto, impidiendo acercarse. Zack gira la cabeza hacia un lado y lo llama "el general", lo que me hace creer que lo está confundiendo con mi padre. Toda la historia que ha dicho del niño es solo desvaríos de su mente; saber eso me decepciona; por un momento, llegué a pensar que podría decirme algo importante.
—Quiero ver a mi madre; esta Navidad iremos a Venecia —su voz es casi un cántico infantil.
Son sus ojos los que me hacen creerle; los mueve a izquierda y derecha, no tiene un punto fijo por minutos. Pasa de un lado a otro, hablando aquí y allá a seres inexistentes: Rebeca, Alexandre, Liam, Pilar y hasta Caitín; lo único que repite en cada diálogo es al que sigue llamando "bastardo".
—¿Te imaginas, papá? ¿Un Russo creciendo como Bern's? —mira a su costado derecho, como si la persona estuviera a su lado, apoya la cabeza a un lado y sonríe. —Lo llamaré Zachary, y será registrado como mi hijo; al crecer... Él tendrá que recibir dinero de su padre por la seguridad, y allí Axel me pagará lo de Salomé...
—No está cuerdo el día de hoy —me dice el guardia. —Lo han dopado varias veces por hacerse y hacer daño; particularmente, yo dudo de su enfermedad mental —se encoge de hombros y me mira, serio. —Pero no soy experto, y son ellos los que dicen que sí lo está.
La visita de sesenta minutos se convirtió en solo quince; salí del centro con teorías contradictorias en mi cabeza. Podría ser que Zack solo estuviera fingiendo, y, si es así, lo que decía eran tretas para despistar. El guardia me había dicho que su padre y hermanos estaban haciendo trámites, pues, de ser condenado a un centro psiquiátrico, lo cumpliera en Italia y no lejos de ellos.
—Lo que vio es teatro, señorita; por eso lo tienen custodiado por nosotros; el jefe cree que está fingiendo —me dice, ya en la última reja. —Yo solo veo a un tipo muy listo.
Salgo una vez más a la calle; sea verdad o no, Rebeca Wood se llevó ese secreto a la tumba. Axel aseguraba que no había manera de saber si era mentira o verdad. Ella había llegado a la isla a ver a una hermana, quien debía saber algo sobre su hermana o su posible embarazo. Pido un taxi y le pido avanzar; en el camino, le daré la dirección; marco a Paola, la asistente de Axel.
—Buenos días, señorita —escucho la voz cantarina de la chica. —¿En qué puedo servirle?
—Sé que es sábado, Paola, pero no tengo a quien más acudir —me excuso, apenada. —¿Recuerdas el nombre de la hermana de Rebeca Wood? —pregunto, y escucho un "jmm". —Sé que tienes copia del expediente del secuestro de Axel y conoces al detalle todo lo ocurrido con él —la risita que escucho me dice que sí sabe todo al respecto, y respiro, aliviada.
—Caroline Wood, recuerdo que se llamaba —dice y luego me indica en qué edificio vive.
—Gracias, Paola —cuelgo y me doy cuenta de que el sitio es al otro extremo de la ciudad; no era el lugar que creía.
Mientras decido qué hacer, recuerdo todo lo que Zack me dijo; ha nombrado a una Salomé. ¿Qué posibilidad había de que fuera la misma que yo recordaba? En la isla, sin dudas, había muchas Salomé; incluso él tuvo una novia con ese nombre.
—Salomé —esa Salomé, grita mi mente. —Zack, esa noche, tenía una cita con ella; demoró meses detrás de esa chica.
Según recuerdo, la chica era novia de Axel; ella se fijó primero en el hijo del millonario, y no la culpaba. La única persona que podría decirme si era la misma era Axel o mi hermano; el primero no me diría nada, estaba seguro de ello, y el segundo... ¡Joder!
Será mejor si dejo todo así y lo dejo a él lidiar con eso, pienso, observando el centro comercial que estamos pasando en estos momentos.
—¿Podría dejarme aquí? —le pido al taxista, y asiente.
Mientras pago el segundo transporte del día, me digo que es hora de comprar, así sea una bici; no es posible que pague a diario tres o cuatro taxis en un día. Me entretiene el ir y venir de los isleños, familias enteras tomándose fotos con payasos y un cómico oso polar que hace muecas detrás de los niños. Me recuerda mi época de niñez, en donde solíamos salir los cuatro en familia. Sumida en mis pensamientos, me ubico al lado de un árbol, cuando observo a una figura salir del edificio de al lado. Es un restaurante, y la pareja sale sonriente.
Es Axel y una mujer, que vienen tomados de la mano; ella está pegada a él y no hace pie por separarla. ¿Qué hago? ¿Me oculto y los sigo? Ninguna de las dos me atrae, por lo que decido quedarme allí, mirarla como lo acaricia en plena vía y hasta besarse.
Mis lágrimas empañan mi vista; recuerdo las veces que mi hermano me ha dicho que desista de esta relación. En pie en ese lugar, con Axel frente a mí, se aleja de la mujer, le dice algo serio. La mujer se vuelve a pegar a él; la complicidad es obvia; por un momento, su mirada cruza la mía, y se aleja del todo de la mujer, caminando rápidamente en mi dirección. Cruzo la calle sin ver, y escucho el chirrido de las llantas frenar, también el grito de Axel.
—¡Lena! —cierro los ojos, esperando el impacto; al ver que no sucede, abro los ojos.
Kai sale del lado del chófer, mientras yo corro al lado del copiloto; ese gesto lo hace mirar en dirección a los gritos. Si lo conozco bien, no se irá sin escuchar a Axel o sin dar la impresión de que se está aprovechando de la situación. Cierra la puerta y lo veo avanzar hacia Axel; intercambian palabras; el rostro de Axel está tenso, e intenta hacerlo a un lado, pero mi amigo lo impide.
Cuando me mira, quito mi mirada de la suya y pongo la vista al frente. Kai entra minutos después y conduce sin preguntar a dónde me dirijo. Cualquier sitio es correcto, mientras no sea al lado de Axel; no obstante, noto que vamos a su lugar de trabajo.
—Aquí podrás calmarte —dice, parqueando el auto. —Cuando lo hagas, puedes llamarlo, y hablarán sin ningún problema.
Giro a verlo, y lo veo sonreír con nostalgia, mientras se encoge de hombros. ¿Cómo puede pretender que lo escuche después de verlo acariciar a esa mujer? Baja del auto y me obliga a seguirlo; solo que no vamos al interior de su trabajo; rodeamos el sitio y nos dirigimos directo a la playa.
El lugar está rodeado de muchos turistas, hombres, mujeres y niños, familias enteras que se han tomado días de descanso. Los habituales castillos de arena, los hijos enterrando a sus padres y las mujeres con cuerpos voluptuosos frotándose bloqueador. Es, en resumen, un fin de semana normal en San Juan.
—No puedo creer que me pidas escucharlo —le reclamo, mirándolo seria.
Sonríe sin mirarme, y puedo ver su rostro cerca; realmente es un hombre maravilloso. Siempre me reclamé por no corresponder a su amor; si existía alguien con el que podría ser feliz, era con Kai.
—Y yo, que tu hermano tenga incidencia aún en ti —responde; se detiene en medio de la playa y me toma las manos. —¿Tan poca cosa te crees? ¿Cuándo dejarás de ser la gorda Parissi? La mujer insegura que cualquiera podía pisotear; pensé que había quedado atrás, Lena.
Retiro mis manos de las suyas y me abrazo a mí misma; él estaba con una mujer en un restaurante cuando me había dicho que se iba de viaje. Estaban en una actitud íntima; yo no lo imaginé, y se lo hago saber.
—¿Así como estamos tú y yo en estos momentos? —toma de nuevo mis manos. —Tal vez lo viste así —sonríe, tomándome de las mejillas.
—No es gracioso, Kai... Se ha distanciado de mí —digo, y seguimos avanzando. —En estos días, está actuando extraño; hoy canceló una salida porque se iba de viaje.
—¿Has hecho algo para acercarte cuando él se aleja, o haces lo que sueles hacer? —me pregunta, y suspiro, porque sé a qué se refiere. —Actuar como si no te importara, aunque te importe, porque no puedes permitir que te pisoteen. Quizás él se aleje por tu comportamiento, porque tu hermano te ha llenado la cabeza de cucarachas, y él te ha advertido que odia esas cosas.
—No es tan simple...
—SÍ lo es, linda —Kai suelta mis manos y observa el horizonte. —Podría decirte que no es el hombre adecuado, no te quiere porque no te lo demuestra, mereces alguien mejor... Pero yo sé lo que se siente amar a quien no te ama —bajo el rostro al darme cuenta de lo que quiere decir. —¿Crees que no lo sabía? Me aceptaste solo por cariño, porque no querías que hiciera el ridículo; ese mismo día lo supe.
—Kai —ruego, y gira hacia mí, con una de sus manos en su bolsillo y la otra juega con las llaves de su auto.
No luce molesto, herido o afectado; simplemente es alguien narrando una historia; me es imposible descifrar lo que siente; Kai es bastante bueno en ocultar sus emociones. Nos hemos alejado del hotel poco a poco, y, a medida que nos alejamos, los turistas van siendo menos, por lo que tenemos cierta privacidad.
—No te preocupes; lo he superado y no pretendo hacerte sentir mal —hemos llegado a una rocosa, de donde saca una piedra y la lanza al mar. —Quiero que entiendas hacia dónde voy. Mis padres me dijeron, quizás, lo mismo que te dicen a ti con Russo, pero yo me decía: "Puedo conquistarla; soy un buen partido, pertenezco a una de las familias más importantes de mi ciudad" —ambos observamos la piedra rebotar varias veces hasta alejarse y, por último, sumergirse.
—No quise... Es decir, yo... —guardo silencio, porque nada de lo que diga podrá mitigar el daño que le ocasioné.
Gira de nuevo hacia mí y me abraza por los hombros, y regresamos al hotel. Me dice que no tengo por qué sentirme mal, pues fue feliz conmigo. Solo que siempre supo que era una felicidad efímera; aun así, abrigó la esperanza de poder conquistarme.
—Soy el que menos puede decirte: ¡Hazte a un lado! O ¡Mereces algo mejor! —sonrío, divertida, al verlo hablar en su idioma y fingir el tono de su padre. —Porque sé lo que sientes, y si ves que tienes una pequeña posibilidad... Ve por ella. Si no es así, no gastes energía, no le des todo tan fácil, o le darás las armas para dañarte una y otra vez.
Estamos a punto de unirnos en matrimonio, formaremos inicialmente un hogar; son las bases de la familia que, más adelante, tendremos. Debemos aprender a solucionar nuestros problemas juntos, dialogando, y no cada quien, por su lado, como Axel lo está haciendo... No es coherente.
Axel
Observo cómo el auto se aleja y empuño las manos, sin poder controlar mi enojo. Vuelvo la vista a la mujer que ha quedado en pie, y la veo sonreír. Suelto el aire, fastidiado, y avanzo hacia ella; mi padre me ha impuesto su compañía esta mañana, pero esto ya ha llegado a su fin. Decidido en lo que tengo que hacer, es decir, enviarla a casa en un taxi y aclararle las cosas, con esa idea fija, me acerco a ella.
—¿Es tu novia? —si bien su pregunta es inocente, sé que Salomé está lejos de ese calificativo.
—¿Tú qué crees? ¿Qué haces aquí exactamente, Salomé? —pregunto, y se muerde los labios mientras sonríe.
Me tiene exasperado; tenía una reunión con una firma que requería uno de los cruceros que estaban por salir. Una hora, y luego se supone que debería haber viajado, pero Salomé se le antojó aparecer, y a mi padre, la jodida brillante idea de que la atendiera. La mujer era divertida, solo en pequeñas dosis y lejos de mi anatomía.
¡Vamos! Que ya no soy un adolescente con ganas en todo momento. En aquella época, no me importaba tirarme a la que se ofreciera, así fuera la chica que le gustaba a mi amigo, con que ella quisiera y fuera deseable, era suficiente.
La tomo por los codos y la obligo a avanzar; detengo un auto, abro la puerta trasera y la hago entrar. Escucho su voz de protesta y sus quejas de que le dirá a su padre el trato que recibió de mí, pero no me interesa.
—No vuelvas a cruzarte en mi camino, menos a seguirme, Salomé, porque no soy un hombre paciente —le entrego al taxista varios billetes, y los toma con algo de sorpresa. —Mansión Russo; asegúrese de que entre.
—Usted ordene, jefe —ajusto la puerta, y en segundos, el auto se pierde en el tráfico de media mañana.
Entro a mi vehículo y arranco en dirección al hotel, el lugar donde Kanoe me había dicho que llevaría a Alana. Mientras conduzco, recibo la llamada de mi padre; es demasiado pronto para que Salomé llegara, por lo que imagino que lo llamó y a llorar por el trato recibido. Ubico mis manos libres y decido ser yo el primero que hable.
—Antes que nada, quiero recordarte que no soy un crío; tengo 34 años y no 17 —empiezo a decirle, y lo escucho suspirar. —Que me envíes a Salomé al sitio donde tengo una reunión importante y que esta se presente como mi futura esposa... Puedo tolerarlo, porque está a años luz de suceder.
—Yo no la envié; no lances acusaciones sin fundamentos. Te llamo precisamente porque Salomé ha llamado, diciendo que preferiste a la hija del general que a ella... ¿Qué sucedió?
—¿Qué sucedió? Que tu ahijada... ¿Sabes qué, papá? Olvídalo —cuelgo la llamada al ver que he llegado y a la pareja que se abraza en la playa.
Por unos minutos, me quedo allí, contemplando cómo él la abraza y consuela mientras ella llora. Mi corazón se detuvo al ver cómo ese auto iba a impactarla; por un momento, saber que podría perderla y para siempre me hizo saber la verdad.
La amaba y estaba dispuesto a hacer lo que sea para que me creyera. Me bajo del auto y me apoyo en él, esperando que me vean; es él quien me ve primero. Se aleja de ella y le dice algo, y ambos giran hacia mí. Kai camina un poco más rápido que ella, saluda extendiendo la mano y me mira, serio.
—Si no puedes hacerla feliz... Hazte a un lado; existen hombres que están dispuestos a morir por ella... No lo desperdicies —se aleja de ambos, mientras ella se queda lejos de mí.
—¿Te sientes bien?
—Dijiste que te irías de viaje —habla, enojada. —Y te veo con esa mujer, tomado de la mano. ¿Por qué te dejaste manosear por esa mujer?
—Tienes razón —acepto mi culpa, pero con la satisfacción de saber que está celosa y hablando sobre lo ocurrido. —Una gran falla de mi parte; creo que eso se soluciona rápido... ¡Casémonos!
—¿No se supone que lo haremos? —murmura, y al ver que me acerco, retrocede.
—Eventualmente, en unos meses más; yo me refiero a casarnos ya, lejos de todos... Tengo un viaje a América; es más, en el camino te cuento —sin darle oportunidad de reaccionar, la tomo en brazos, la ingreso al auto y me despido de Kanoe, quien nos observa. —Antes que acabe el fin de semana, serás la señora Russo.
—No seas idiota, Axel; no puedes solucionar tu falla de esa manera... No pienso perdonarte tan fácil...
—Bien, será nuestra primera pelea de casados y nuestra primera reconciliación... —acaricio su muslo, y golpea mis manos con fastidio, pero la veo sonreír al darme la espalda.
Quería esperar a estar seguro de que ese niño no existía, pero me era imposible, no con su hermano metiéndole cucarachas y Kanoe en espera de una oportunidad.
—Tengo que llamar a mis padres; le diré que me voy contigo, pero no me voy a casar... —sentencia, y asiento, victorioso; alza el dedo índice hacia mí, pero sin mirarme. —No cantes victoria, que solo he aceptado acompañarte.
La señora Russo, pienso, al verla sacudirse en mis fallidos intentos por tomar sus manos o acariciar sus muslos. Le expliqué lo sucedido, incluso la conversación con mi padre, pero no me creía.
—Salomé no es más que un dolor de muelas que no merece que sientas celos por ella, cielo —sigue en silencio, mirando hacia la vía, y niego.
—Visité a Zack... —suelta, y freno el auto rápidamente.
La escucho narrar cómo lo vio y cómo la confundía con una mujer, incluso lo que dijo de Salomé. Me preguntó si era la misma; no tuve otra más que aceptar; había salido dos años con Salomé, y solo aceptó estar con Zack para darme celos.
—El guardia dice que está fingiendo y que no crea nada de lo que me dijo —sigue diciendo y me mira un instante. —¿Y si es verdad, si Zack sabe dónde está tu hijo o ese tal Alexandre lo tiene?
—Si lo tiene, el hijo no habrá problema (aunque es poco probable); el problema es que sea el padre... Pero todo indica que ese niño no existió —los hombres de Ángelo no habían encontrado nada.
—Paola me dijo que su hermana se llamaba Caroline. ¿Has intentado hablar con ella? —niego.
Luego de la muerte de su hermana, la mujer abandonó la isla; se fue a vivir a Miami y allí trabajaba en una revista, vivía en un apartamento pequeño, sola y sin recibir visitas de nadie. Le he pagado al administrador una fuerte suma, que será triplicada de tener noticias sobre un posible niño.
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