Capítulo 21
Mansión Parissi Vítale
Horas antes...
Alana
Las horas han pasado volando, y no he tenido noticias de Axel; no responde el móvil ni los mensajes. He intentado dormir, sin mucho éxito; el pequeño Liam duerme tranquilamente, por lo que no tengo algo que hacer en mi antigua habitación más que contemplar los pósteres en la pared o mis libros de colegio.
Me he llevado a mi apartamento solo lo que corresponde a Alana de adulta; he dejado en este lugar todo lo que fue mi niñez y adolescencia. Entrar a mi habitación es lo más parecido a hacer un viaje al pasado, con los recuerdos dolorosos incluidos. Desesperada y casi al borde de la asfixia por todo lo que esas cuatro paredes encierran, decido bajar a la sala y preguntar a papá si sabe algo de Pilar.
Salgo de la habitación y empiezo a bajar las escaleras, descalza porque mis zapatos nuevos me han hecho heridas en el talón. Escucho lo que parece una discusión entre papá y mamá en la sala. He logrado escuchar mi nombre y el de Axel. Me quedo agazapada, escuchando lo que dicen.
—Ella debe saber la verdad —habla Liam, pero la voz es opaca, como si se escuchara desde un móvil. —Él lo hace para desquitarse conmigo. ¡Me lo ha dicho, papá! —pongo las manos en mi pecho y apoyo mi espalda en la pared.
—¿Palabras textuales? —recrimina papá. —¿Respondes, Liam? ¿Sus palabras fueron textuales?
Bajo las escaleras despacio y llego hasta el comedor; desde ese punto, puedo ver a mis padres. Papá tiene en sus manos el móvil, y mamá lo abraza. No sé por qué han llegado a esa discusión, pero si entro a preguntar, no me lo dirán. No es una conducta muy buena; de momento, es lo único que puede decirme por qué soy el tema principal de conversación entre mi hermano y mis padres. Por un momento, es como tener 16 años, días después de lo sucedido en ese baile. Mis padres y mi hermano discutían qué era lo mejor para mi vida... sin incluirme en nada.
—¿Por qué no la dejas en paz, Liam? —esta vez, quien habla es Giselle, mi madre. —Ya no tiene 16, y no dejaré que destruyas la felicidad de tu hermana.
—Mamá... Axel solo se comprometió cuando llegó Kai a la vida de Alana —interrumpe mi hermano. —Tal cual lo hizo con Caitín, y cuando yo llegué, con la única diferencia que yo no amaba a Caitín, y él no ama a mi hermana; ama a Caitín, y en estos momentos debe estar llorando su muerte. ¿Les ha llamado? —pregunta, y papá guarda silencio.
No lo ha hecho; desde que me vine con mis padres, no ha llamado ni mandado mensajes. Mi padre le dice que lo llamó en cuanto supo que Zack fue la persona que secuestró a Pilar y que no me dejara salir. Fue la llamada a la estación en búsqueda de respuestas lo que le dijo lo que había sucedido.
—Tu madre tiene razón; hace años cometimos la estupidez de seguir tus consejos, y ¿qué se logró? —increpa, y su cuerpo tenso y sus puños apretados, de estar presentes, le advertirían a Liam que debe retroceder. —Si ella se hubiera quedado y Axel o su padre hubieran sabido lo acontecido, sabríamos la verdad y no ahora, después de tanto tiempo.
Sin poder contener el llanto, escucho todo lo que ha sucedido estas horas, incluido el nombre del acompañante de Bruno esa fatídica noche. Papá está furioso y acusa a mi hermano de querer dañar mi felicidad.
—Estaba con ella solo para molestar a Caitín. ¿Qué pasará ahora que ella murió? Lo hubieran visto cuando recibió la noticia de su muerte; salió de aquí en medio del llanto... Ustedes mismos rechazarían ese noviazgo —con esas palabras, subo la escalera; bajo minutos después, calzada; aún siguen discutiendo, solo que esta vez no los escucho.
Son demasiadas cosas para no quebrarse, todas con un nivel de importancia enorme. Zack, la persona que consideraba un hermano, quien siempre me protegió... "—Quieres compartir tu tesoro con tu hermano preferido", me lo dijo el día que le mostré mi proyecto. "—Eres la personita más hermosa que conozco; me gustaría que Axel fuera el hombre que deseas, pero no es así". Limpio con fuerza mis lágrimas. No miro al cruzar la calle, por lo que el ruido de un auto cerca me saca de mi letargo. En segundos, soy impulsada hacia un costado de la vía, y el conductor sale despotricando en mi contra.
—¡Cálmese! —grita cerca el hombre que me ha salvado de un accidente al chófer del auto. —No está en posición de acusar; se ha volado un semáforo en rojo.
Me alejo del agarre del hombre y miro al conductor, quien, enojado y cruzado de brazos, me contempla en el suelo. Le pido disculpas, ignorando las miradas de los conductores puestas en mí.
—Gracias —es todo cuanto digo al individuo, sin mirarlo.
—¿No pensará que la dejaré ir en ese estado? —pregunta, incrédulo.
Detengo mis pasos y giro en su dirección; es un hombre alto, vestido de negro de la cabeza a los pies. Podría tener la estatura de Axel, su cabello rubio corto, un rostro conocido para mí.
—¿Por qué su cara me es familiar? —le pregunto, con la curiosidad a mil, y el hombre sonríe.
Todo su rostro cambia ante ese gesto, y se alza de hombros, indiferente. Doy media vuelta al verlo contestar una llamada y hablar bajo. No deseo ir a casa, tampoco a casa de Axel; Caitín murió hace unas horas, y él no ha llegado hasta mí; eso me dice que la muerte de su ex le ha afectado.
—¿No estuvimos juntos en prisión? —escucho decir cerca de mí y, decepcionada, descubro que me ha seguido. Intento no reír ante esa respuesta y freno mi caminata.
—Jamás he estado en prisión —respondo, y ya en ese instante, él está a mi lado.
Sube el buzo negro que lleva, y ese acto muestra varios tatuajes en su antebrazo. Uno de ellos es el de una araña, que me hace alejarme de él rápidamente; el recuerdo de lo vivido y descubriendo quién me dañó me hace hacer lo impensable: salir corriendo.
—¡Maldición!
Escucho al hombre decir, y sigo en mi carrera, alejándome de él, mirando de vez en cuando hacia atrás y olvidando, una vez más, prestar atención a mi alrededor. Choco con un cuerpo, y unas manos cubren mi cintura rápidamente. Mi corazón late apresurado, e intento soltarme, hasta que lo escucho hablar.
—Solo tenías que distraerla hasta que yo llegara, Noah. ¿Era mucho trabajo? —reprende al que ahora sé dónde lo vi: era uno de los cinco hombres que custodiaban a Axel. —¿Y usted? ¿Qué hace afuera?
No espera mi respuesta y me conduce a un auto, donde me ayuda a entrar; acto seguido, se coloca frente al volante. Habla por teléfono con alguien, a quien parece darle órdenes. Él me mostró una araña en esa ocasión, lo que me lleva ahora a pensar que sabía que fue alguien de los suyos. Mira de vez en cuando en mi dirección, serio, y posa su mirada en la vía.
—¿Qué hace afuera?
—Soy una mujer libre, ¿lo sabe? —recrimino, y lo veo sonreír. —¿Qué le resulta tan gracioso?
—Que Axel Russo tendrá serios problemas para domar a su mujer —responde, sin dejar de reír. —Creo saber por qué salió huyendo de casa y llorando —habla, maniobrando el auto y entrando ya al puerto.
Tiene un aire enigmático; más allá de su aspecto temible y de todos esos tatuajes que lleva en su piel, hay un hombre de buen ver y hasta amable, solo cuando él lo decide.
—No derrame una lágrima por quien no lo merece —sigue diciendo. —Zack siempre ha tenido problemas con la sociedad en general.
—No lo parece. ¿Era uno de sus hombres? —me atrevo a preguntar y señalo la araña en su brazo. —Por eso.
Mira hacia donde señalo y niega; parquea el auto en un lugar lejos del yate de Axel. Me asegura que en ese lugar estaré tranquila y que Axel no estará; me ayuda a bajar del auto, y seguimos el camino a pie. Me cuenta que Zack es producto de una infidelidad, el mayor pecado de sus padres fue ocultarle la verdad.
—Creció con la idea de que era hijo único; su padre lo protegía al punto de alejarlo de la maldad que lo rodeaba —sigue diciendo, y no entiendo a dónde quiere llegar; solo soy consciente de que sus palabras me calman. —Al llegar de visita, su padre se mudaba a casa, hasta que, en una ocasión, Alexandre, el hijo mayor del matrimonio, le siguió, descubrió la verdad y formó un gran escándalo.
Entiendo que no debe ser fácil enterarte de que no eres hijo legítimo y que has sido engañado, pero eso no te da el derecho de dañar a los demás. Su padre fue perdonado fácilmente por ambas mujeres, su esposa e hijos; solo le pidieron cortar todo lazo amoroso con su madre, aunque jamás le impidieron ver a su hijo.
Demoró años peleado con su padre; fue allí donde Ángelo lo conoció; Axel se lo presentó. Había llegado a la isla de visita y, ante el descubrimiento de lo que hacía, le dijo que quería trabajar. Por ser amigo de Axel, le permitió ciertos trabajos.
—Era bueno en lo que hacía, básicamente llevar mercancía de Moscú a Italia —sonríe, evocando esa época, y lo observo sin decir nada. —Se pagaba los estudios y logró amasar un buen capital rápidamente. Jamás lo vi como uno de los míos; sabía que era ave de paso, y por eso no le insistí a El Mayor que lo contratara.
Cuando su padre se entera con quién hace negocios, envía a sus hombres a traerlo. En esa época, solo tenía 19 años, estudiaba en la isla e iba a Moscú de vez en cuando. Hizo las paces con su padre y rompió trato comercial con Ángelo, pero la amistad prevaleció.
—Lo traté lo suficiente para ver en él un rastro de odio hacia su padre, pero jamás pensé que ese odio era por la familia perfecta que el tipo tenía —suelto el aire y limpio mis lágrimas; duele saber que fui dañada por esa razón tan absurda. —Lo tuyo, lo de Axel e incluso lo de tu amiga Pilar tiene el mismo trasfondo: sus familias perfectas.
En ese orden de ideas, me doy cuenta de que mi llanto va más allá de que Zack me haya dañado; Axel también lo hizo. En el afán de demostrar que no le dolía lo que su amigo y exmujer le hicieron, me utilizó, creyendo que en mí podría encontrar la verdad sobre lo que le había sucedido. Ángelo me deja en la habitación y sube para contestar una llamada. Con la certeza de que mi cuento de hadas ha llegado a su fin, me quedo dormida.
(...)
Despierto con el yate en movimiento; me siento en la cama, asustada, y el brazo en mi cintura me trae de vuelta a ella. Giro en búsqueda de quien ha frenado ese movimiento y me encuentro a Axel mirándome, preocupado.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto, y alza una ceja con ironía. —Tu amigo me dijo que no vendrías.
—Pues no fue lo que a mí me dijo —acaricia mi mejilla, y tiro mi cabeza hacia atrás, lo que ocasiona que me mire, contrariado. —Dijo que no podías vivir sin mí.
—Solo quería dar una vuelta, y tu amigo me lo impidió —me quejo, y sonríe. —¿Estás bien?
—Contigo aquí... Sí, estoy muy bien —se acomoda a mi lado y me atrae hacia él. —Existe la posibilidad de que tenga un niño.
Lo observo, y tiene la vista fija en el techo; me cuenta lo que su amigo le contó. No hay manera de saber, de momento, si la mujer habló con la verdad u ocultó a su hijo, pero, si existe, está dispuesto a darle su apellido y pelear su custodia. No sé cómo quedo yo en esa historia o si la existencia de ese niño cambia las cosas. Mi mayor deseo es que no sea así y que mi hermano no tenga esta vez la razón. Que él se recluyera en este lugar, luego de saber la muerte de la mujer que por años amó, hablaba de lo importante que ella era.
—¿Qué sucede? —mi silencio lo ha hecho mirarme.
—¿Dímelo tú? —respondo, liberándome de su agarre. —Me dejaste en casa de mi padre, le dijiste que no me dejara salir, no contestas mis mensajes.
Libera todo el aire y me toma de la cintura; me sacudo de ese acto, solo que no me libera; contrario a ello, me toma con más fuerza y me obliga a acostarme en la cama. Una vez allí, se posiciona encima de mí e inmoviliza mis manos encima de mi cabeza al ver que lucho por liberarme. Sus ojos están oscuros, y sus labios apretados asoman una media sonrisa.
—No quería que nada te dañara; lo de Pilar es extraño —dice y aprieta un poco más al ver que sigo en mi lucha. —Ella no sabe quién la sacó de esa casa, cielo; Caitín fue asesinada, Zack es culpado, tengo quizás un hijo; son demasiadas cosas, y... No quiero perderte a ti también.
Se acerca a mis labios, y giro la cabeza para impedir que me bese, porque no le creo. No se rinde y empieza a repartir besos por mi cuello y oreja, lo que hace que mi voluntad empiece a fallar. Un suspiro de satisfacción sale de mi garganta al sentir sus dedos subir mi vestido y acariciar mi muslo hasta llegar a mi zona íntima.
—Creí que te había quedado claro que contigo quiero todo, Lena —dice con voz ronca, restregando su erección en mí. —No me interesa nadie más, porque contigo tengo todo lo que necesito. Mi deseo es que, de existir ese niño, me ayudes a educarlo.
—Sabes que no se trata de...
Calla mis protestas con un beso intenso, y en segundos, mi poca voluntad se hace pedazos. Me rindo a lo evidente; sin importar si su cariño hacia mí sea suficiente para formar un hogar o que él quiera, más adelante, cortar esta relación, de momento es lo que tengo. No obstante, saber que, a futuro, no tendré estos momentos y deberé conformarme con su amistad hace que mi llanto vuelva.
Debe sentir mis sollozos, porque se retira un poco y observa mi rostro bañado en llanto. Limpia mis lágrimas y da pequeños besos, mientras me pregunta qué me sucede. Sabe que es doloroso lo que descubrimos, pero que nos tenemos el uno al otro.
—Pensé que lo nuestro había acabado ahora que Caitín... —me queda mirando un instante antes de responder.
—¿A qué te refieres? ¿Qué te hace pensar que las cosas van a cambiar por su muerte? —la pregunta me deja perpleja, y a él, pendiente de la respuesta. —¿Hablaste con Liam?
Muerdo mis labios al ver que me observa con su rostro serio; cuando creo que estoy en problemas, soy levantada de la cama, sacada de la habitación y corre conmigo en brazos.
—Axel, no, no, no —pataleo al ver que va directo al mar.
Las protestas no son escuchadas; se lanza conmigo en brazos, e intento salir a flote; un par de brazos me lo impiden. Lo que ocasiona que abra los ojos dentro de las aguas cristalinas y lo vea sonreír ante mi desesperación por salir a flote. Unos minutos después, sale conmigo a flote; respiro una gran bocanada de aire. Una vez logro recuperarme del todo, golpeo sus hombros como protesta por su comportamiento.
—¿Qué sucederá con nosotros? —pregunta. —Fácil, cielo; primero, hay que asegurarse de que no tengamos un niño por allí; luego de ello, nos casamos, tendremos hijos y, cuando estemos viejos, iremos por el mundo a bordo de nuestro primer hijo —su rostro ha cambiado; su cabello mojado cae en su frente, y lo observo sacudir la cabeza para eliminar el exceso de agua. —Juntos hasta la muerte o al psiquiátrico, y si existe la reencarnación, mi deseo es siempre encontrarme contigo. Hay muchas cosas que planear —me dice, y lo observo, serio.
Ninguno hace muestras por abordar, pero la ropa que tengo es pesada, por lo que nado hacia el yate y me despojo de la ropa. Siento sus manos en mi cintura y su erección crecer en mi trasero.
—Creo que será después... Tengo otra idea en mente —muerde mi cuello, y sus manos bajan a mi braga, y en segundos, soy fuego puro en sus brazos. —Mi princesa necesita atención.
—Axel —ruego al sentir sus dedos frotar esa parte de mí que se hincha con sus caricias.
Siento su sonrisa al besar mi cuello, al tiempo que sus dedos incrementan las caricias. Estamos en medio de la nada; aun así, no evita que me sienta cohibida por ser sorprendidos en ese estado. Apoyo mis manos en las barandas del yate y siento sus dedos en mi interior, y tiemblo ante sus caricias.
—¿Cómo pudiste creer que podría abandonarte? —pregunta con voz ronca, haciendo a un lado la braga. —Jamás ha cruzado por mi cabeza algo de esa naturaleza.
Jamás he hecho algo de esta naturaleza; estar en las manos correctas hace que cualquier sitio sea correcto. Lo siento pronunciar mi nombre, entrando en mi interior y aumentando el ritmo. Mis manos empiezan a acalambrarse, asidas a ese lugar, pero mi cuerpo no le importa el dolor, no cuando el hombre que tengo detrás de mí posee no solo mi cuerpo, también mi poca voluntad.
—¿Tienes aún alguna duda? ¿Necesitas algo más fuerte? —sonrío como respuesta.
En ese punto, dudo que pueda dar una respuesta coherente. Ignoro qué desea decirme o pedirme, solo que, desde ya, acepto cualquier cosa de su parte. Aún faltan muchas cosas por aclarar, como lo sucedido con Zack y cómo esto podría acarrear problemas con su padre. Todo ello carecía de importancia en ese instante; solo nosotros dos importábamos.
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