Capítulo 17
Lena
Cruzo los pasillos y saludo a dos o tres compañeros que encuentro en el camino. La noticia de mi relación con Axel corría por los pasillos de su empresa. Sin embargo, mientras ambos laborábamos, intentamos ser todo lo profesionales que se requería; mi lugar de trabajo contribuía a que ello fuera posible.
Jamás creí que mi vida cambiara tanto en dos años; ese era el tiempo que llevaba en la isla. Sin dudas, la enfermedad de mi madre ayudó; quería estar con ella y no recibir la llamada por teléfono de su deceso. Los Kanoe se negaron muchas veces a que regresara, asegurando que era mejor si seguía mi vida en Tokio. Incluso Kai llegó a proponerme matrimonio y aseguraban poder conseguirme un empleo.
Fueron Colín y Amaury quienes me incentivaron a tomar esta decisión, pues decían que era la mejor manera de cerrar ciclos. Hoy, más de dos años después, tenía un empleo, vivía independiente (no por mucho tiempo, pienso, sonriente), estaba comprometida con uno de los hombres más poderosos de la isla, a quien amaba.
Dejo el maletín en mi escritorio y me dirijo al lugar donde tengo los planos. Hay varios documentos puestos en él y una nota en un tono de papel colorido: "¡Revísalo! Necesito tu visto bueno para presentar a Axel". No es que necesite el visto bueno; es que le has puesto mucho misterio al autor y Axel odia eso. Tomo la nota y la dejo a un lado; observo el CD; quizás Axel me transmitió sus ideas, pero también estoy dudando de este proyecto.
Dejo a un lado lo que he hablado con Axel y empiezo a analizar los planos. Regio, elegante e innovador, eso resumía lo que tenía frente a mis ojos: un yate cuya única finalidad era todo lo referente a una boda, desde las despedidas de solteras, ceremonia, bufet, y hasta la luna de miel.
¿Quién quiere una luna de miel con los invitados a la boda? O los strippers de la despedida de soltero. Eso fue lo primero en lo que caí en cuenta y lo que no me convenció. Muchos yates de alquiler podrían hacer las mismas funciones, por menos costos y en los lugares que cada pareja quiera. Hacer coincidir a cinco matrimonios en lugares, bufet y músicos era irreal, si ni siquiera los novios podrían ponerse de acuerdo entre ellos.
Los tacones me hacen alzar la vista y contemplar a la mujer rubia que, frente a mí, espera una respuesta. No soy una experta; estoy apenas saliendo a la vida laboral; lo único que tengo es experiencia. En lo único que puedo dar un consejo es en el fundamento que se le da al yate como tal. Demasiado grande para la finalidad del yate; sería perfecto si la boda fuera para un príncipe saudí, y esa gente tiene sus propias naves.
—¿El registro es legal? ¿Lo confirmaste? —le pregunto y asiente. —Espero que lo hicieran los abogados de Axel; es lo que te exigirá antes de verlo.
Recuerdo el día que le mostré mi proyecto y lo celoso que ha sido a la hora de guardar el registro y los planos, llegando a guardar los originales y el producto final en una bóveda en su penthouse. Le doy las dudas que tengo y lo poco productivo que puede llegar a ser; me escucha en silencio y sonríe tras yo terminar.
—Con razón Axel pedía que fueras conmigo —saca el CD, lo ingresa dentro del sobre y lo deja en la mesa.
—No le gustan los secretos a nivel laboral —me atrevo a decir, porque la mujer me cae bien. —La próxima vez que tengas algo en mente, asegúrate de hacerlo partícipe de tus planes; de lo contrario, te expones a que dude de lo que sea que estés planeando. En resumen, no hagas cosas buenas que parezcan malas. —Dejé en manos de los dueños los planes y le aconsejé verificar por sí misma ese registro.
Instalé mi iPad, busqué la música y empecé mi día de trabajo. Tan sumergida estaba en mi trabajo que no me di cuenta de que llamaban a mi puerta, hasta que Paola, la secretaria de Axel, tocó mis hombros. Di un salto en la silla y tiré en el proceso el lápiz que tenía en las manos; el rostro redondo de la chica me mira, apenada.
—Lo siento, pero te llamé y no escuchaste —retiro uno de los auriculares y sonrío.
Me mira con una sonrisa nerviosa, que le devuelvo para que se calme un poco. La gran mayoría de los que trabajan allí tienen recuerdos de encuentros fuertes con Caitín, por lo que me ven con cautela.
—No puedo trabajar sin música. ¿Sucede algo? —la chica suspira, aliviada, y extiende una tarjeta hacia mí.
La detallo un instante y la recuerdo como la invitación a ver las instalaciones; había, según recuerdo, una ópera y las entradas tenían un valor simbólico para cada persona que deseara acudir. Con la tarjeta viene un sobre, que imagino es el donativo.
—El señor tiene esa reunión; me dijo que no podía ir y que, por favor, le dijera que usted presentara las excusas a las damas —recuerdo la reunión y afirmo.
—¿Qué haré allí exactamente, Paola? —lo que me faltaba; suspiro, mirando el sobre y luego a la chica.
—Él solo me dijo que usted sabría qué hacer; la decisión que usted tome estará bien para él —miro la tarjeta y la hora.
¡No puede hacerme esto! Pienso, y la chica se aleja de mi lado. ¿Qué se supone que diré? Es una reunión en la que le pedirán apoyo económico; miembros importantes de la isla estarán allí. Tengo una hora para planear qué hacer o decir; según la tarjeta, era una reunión formal. Observo mi ropa y fuerzo mis labios; nada mal, podría estar mejor. Voy hacia el baño, retoco mi maquillaje y recojo mi cabello con una horquilla. Sonrío, victoriosa, ante la imagen que tengo ante mí; nada que un buen maquillaje y peinado no solucionara.
Llegada la hora de mi cita, no había señales de Axel; albergaba la esperanza de ir con él a esa reunión. Observo otra vez el reloj en forma de velero en la pared; eran casi las cuatro de la tarde. Él no ha dado señales de vida; Paola solo dijo "estaba ocupado". La última vez que lo vi, iría a comer con sus padres. ¿Se enfermaría su padre? Pienso y tomo el móvil en mis manos; busco el contacto y marco por quinta vez esa tarde.
Nada, ahora estaba simplemente apagado.
—Bien, iré yo, Russo —hablo, incorporándome de la silla.
Tomo el bolso, la chaqueta y salgo de la oficina; me despido de la asistente. La reunión era con las Damas Rosadas, un grupo de mujeres que hacían labor social con niños y jóvenes de escasos recursos. Cubrían todo tipo de tratamientos médicos que el infante pudiera necesitar y asistían a familiares con ayuda económica y psicológica en caso de abuso. Estaban en pro de una sede; Axel iría el día de hoy, invitado por las mujeres, a que observaran las condiciones en que trabajaban los profesionales.
Con la confianza en que estuviera ya allí, tomé un taxi y me fui sola a ese lugar. Desconocía qué hacer o decir, ello en caso de que él no estuviera; le marqué varias veces sin resultados positivos. Suelto el aire y guardo el móvil, mordiendo el interior de mis labios, nerviosa.
"Simplemente, visita las instalaciones como una persona común que busca saber cómo ayudar", reflexiona mi mente y asiento, satisfecha por mi decisión, algo que hace al taxista verme con rostro inquieto. De camino al edificio, escuchamos varias sirenas de la policía; San Juan era una isla bastante calmada. La gran mayoría de los sucesos eran, quizás, naufragios y uno que otro herido por conducir borracho. El lugar era perfecto para vivir y envejecer; fue colonizada por italianos varios siglos atrás y la gran mayoría de sus habitantes eran descendientes de los colonizadores.
—¿Sabe qué sucede, por qué tantas patrullas? —me atrevo a preguntar, y los ojos negros del taxista me miran por el retrovisor.
—Un herido por los lados del astillero; dicen que entró a robar —responde, encogiéndose de hombros.
Se pasa un semáforo en rojo y se gana una maldición del chófer que está detrás y de varios motociclistas que tuvieron que frenar de golpe y rodearlo. Me explica que es lo que todos están diciendo, pero que él no tiene idea de si es verdad; lo único que sabe es que fue por robar.
—Esta isla no es la misma; la inseguridad está en todos lados —sigue diciendo, ajeno a las maldiciones de otros taxistas. —Llegamos —termina de decir; pago la carrera y salgo.
El viejo edificio está frente al mar, de paredes blancas, puertas y ventanas marrones, balcones en madera y un insulso jardín en la parte frontal. Dos palmeras situadas de manera estratégica a lado y lado de la puerta de ingreso principal y una fuente en cuyo centro había un ángel. La estatua estaba en ruinas; al ángel le faltaba la nariz; tenía en sus manos un ramo de lo que imagino eran rosas, pues tanto las manos como lo que sostenía estaban destrozados.
Doy algunos pasos, algo indecisa, y me digo que, de ir con él, mi seguridad aumentaría. Sigo escuchando las sirenas y descubro que erizan la piel de una manera que me aterra. Dos hombres están en la puerta del edificio, vestidos de blanco; unas filas de tres personas esperan ingresar y me ubico en el último lugar. Uno de ellos es trigueño y sonríe a todos, tomando en sus manos el sobre que brindan; el otro es rubio y tiene ese tono de piel bronceado que le da un toque exótico.
—¿Usted debe ser Alana? —pregunta el trigueño, y todos los allí presentes giran en mi dirección.
—SÍ, vengo en representación de la firma Russo —respondo, tímida, y entrego el sobre, mismo que no he mirado y que sé tiene un cheque en su interior.
El trigueño sonríe y alarga las manos hacia mí; le entrego el sobre, que pasa al rubio bronceado, y me hace pasar sin ser revisada, sin mirar el sobre, nada de lo que he visto hacer a otros lo han hecho conmigo.
—El señor Axel nos llamó; nos dijo que enviaría a su prometida; venga conmigo —en ese punto, donde la atención era excesiva, me planteé varios interrogantes.
¿Qué tanto dinero donó? ¿Tenía el monto algo que ver con ese trato preferencial? En el camino había visto a muchos que, como yo, muy seguramente irían a ver la ópera, pero solo yo fui directamente al centro de eventos. Estar rodeada de desconocidos no era la mejor manera que tenía de pasar la tarde de un sábado. Por fortuna, dos rostros conocidos sobresalían dentro del grupo que en esos momentos tomaba asiento frente a un improvisado escenario.
Zack y Kai, ambos sentados juntos y charlando como si fueran amigos de años y no de hace un par de meses. Viéndolos bien, no se veían nada amistosos y los ánimos estaban exaltados. Me dirijo hacia ellos y rechazo el sitio de honor que me han dado, alegando que ese puesto lo merecía Axel, que a mí solo me habían enviado como mensajera.
—Pero las damas querían tener un detalle con el señor Russo —insiste el simpático hombre. —La soprano tocará especialmente para ustedes, una manera de agradecer tantos años de ayuda hacia esta organización.
—No se preocupe; en donde me siente, disfrutaré la música; estoy segura de que hay alguien más importante que merezca ir en ese sitio —respondo, sonriendo, ajena a las demás personas. —Le aseguro que no tendrá problemas y estaré en buen lugar; solo me saltaré las bancas principales —insisto al ver la duda del hombre y señalo a Kai y a Zack.
Avanzo hacia ellos y el chico me sigue hasta ese lugar; los saludo a cada uno y sonrío al hombre, que me mira como si estuviera poseída. La mayoría observa mi comportamiento con curiosidad; dos de los tres hombres que estaban conmigo haciendo fila también observan mi negativa a sentarme en ese lugar.
—Como usted lo desee, señorita —responde, a regañadientes.
—Axel me llamó; tuvo algo urgente que hacer y me pidió venir contigo, pero no hago parte de los de sangre azul de la isla —dice Kai, en tono amargo; Zack sonríe y me deja pasar para quedar en medio de los dos.
Es la primera vez que escucho a Kai hablar de esa manera. Nunca le ha molestado eso de las clases sociales; solía tomarse todo de manera folclórica. Tenía cara de pocos amigos y, hasta hace unos segundos, parecía discutir por algo. Sin embargo, la frescura de Zack me dijo que quizás mi amigo tuvo un mal día.
—Mientras tú te quejas porque no deberían tener distinción de clases en un evento de caridad, Alana rechaza la silla VIP —dice Zack, con burla, y golpeo con el codo su pecho. —¿Qué es tan importante que te envía a ti sola a este lugar?
—Está conmigo...
—Y conmigo, porque te aseguro que no soy un fantasma e igual me pidió llevarla a casa —interrumpe Zack. —Hago trabajo social aquí.
Un hombre frente al escenario, solicitando silencio, los hace callar; me alivia ver que saben comportarse y que solo parecían bromear. No han pasado ni diez minutos cuando siento una mano en mis hombros; alzo la cabeza y me encuentro con Ángelo.
—Acompáñeme, por favor; mil disculpas a todos por la incomodidad —todos han guardado silencio, incluyendo el presentador.
Toma mis manos y me ayuda a salir en medio del grupo de personas que se ruedan. Estoy a dos sillas de llegar al pasillo principal cuando mis ojos tropiezan con los de Caitín. Un grupo de cuatro hombres nos espera; la mujer no me pierde de vista mientras observa, sorprendida, como todos, al grupo de escoltas.
Es el animador quien da las excusas por mi partida, diciendo que una tragedia familiar ha impedido a Axel Russo estar ese día y que, por la seguridad de su prometida, he tenido que abandonar el acto.
—¿Qué sucedió? —quiero saber, una vez estoy fuera del lugar y puedo respirar aire puro.
—Alguien le ha disparado a Bruno; en estos momentos, está en cirugía. No creen que se salve, pero tienen una mínima esperanza para que diga algo sobre su paradero —responde y le hace señas a un auto que se acerque a nosotros. —Axel me pidió que la llevara al penthouse; le recomiendo no salir de allí.
—¿Cómo está Axel?
—Histérico, porque su tío lo culpa de todo y su padre, enojado con Leonardo —lo imagino, pienso, dejándome conducir a casa de Axel.
(...)
Abro los ojos al sentir las manos frías en mi cintura y el olor a colonia de afeitar. El beso que me da en el cuello y su mano apretando con fuerza mi cintura me hacen girar. En la semioscuridad, es imposible que pueda ver su rostro totalmente, pero sé que algo le preocupa.
—¿Cómo está? —le pregunto, con duda, porque no se ve bien.
—En cuidados intensivos desde hace cinco horas —guardo silencio, porque eso no me dice qué estuvo haciendo en la calle todo este tiempo.
Enciende la luz de la mesa y me hace sentar; no se ve nada bien y algo en su comportamiento me indica que es portador de malas noticias.
—Debes estar tranquila; quiero que sepas que tengo a todos buscándola —dice, y mi sueño desaparece. —Pilar ha desaparecido; salió de casa de Zack a unas clases, estuvo allí unas horas y regresó a su casa... Solo que nunca llegó. Su mamá no la llamó porque pensó que estaba con Zack en el cine, como suelen hacer. Fue Liam quien, tras hablar con sus padres, fue en su búsqueda... Lo siento, pequeña.
Me quedo en shock ante eso; Pilar no es una mujer de improvisar; es de costumbres fijas; rara vez se salta la rutina. Lo arreglado de su habitación demuestra que es una mujer bastante tranquila y que le cuesta salir de la rutina.
—Debe estar en peligro; Pilar jamás haría algo fuera de lo común...
—Tu hermano piensa lo mismo; está devastado y sus padres, igual —confiesa.
—Quiero ir con ellos —digo.
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