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Capítulo 16

Axel

—¿Cómo crees que te fue? —me pregunta una vez salimos del juzgado.

Por lo menos, habíamos logrado que el juicio fuera a puertas cerradas y que la prensa no estuviera dentro. Lo demás fue un fracaso; los hombres negaron la existencia de alguien más o que obedecían órdenes.

—Negaron conocer a Rebeca y dicen que perdieron contacto con mis secuestradores; lo que ellos hicieron conmigo en cautiverio aseguran desconocerlo —confieso y la veo morderse los labios.

—Eso es malo. ¿No hay manera de saber algo más sobre esa mujer? —pregunta, incrédula. —No sé, ¿Dónde estuvo en este tiempo? Liam dice que se despidió y dijo que se iría a Honduras, algo así.

El punto es que era un caso aparte; el hallazgo de su muerte en alta mar no podía asociarse conmigo, porque solo existía ese viaje que hizo para la misma época de mi secuestro. Una vez entró a la pequeña población, no hay rastros de ella.

Su familia solo sabía que le ofrecieron un trabajo para cuidar a un enfermo. Duró más de un año en ese lugar y llamaba constantemente, feliz, porque los paisajes eran hermosos. Llamó a su hermana y le dijo que vendría a verla antes de ir a ver a sus padres. La última vez que hablaron con ella fue minutos antes de abordar.

Lena espera mi respuesta, pues me observa detenidamente en silencio. Acaricio su mejilla y beso su frente antes de salir del todo del lugar. Los pocos que desconocían mi compromiso con ella se dieron cuenta hoy durante el juicio.

—No te preocupes, cielo; todo saldrá bien —la calmo. —Si la policía no hace nada, Ángelo lo hará.

—Tus papás te esperan —señala detrás de mí y sonríe. —Yo debo ir a trabajar.

—¿No quieres ir con nosotros? —pregunto con cautela. —No creo que tu jefe se enoje; Charlotte está finiquitando un contrato con un proyecto que dice que amaré.

—Lo escuché, pero no quiso decirme nada.

—A mí tampoco, cariño; le pedí que fuera contigo y tampoco quiso —no me gustaban los secretos, no en mi ambiente de trabajo. —No me gustaría llevarme una sorpresa con ese proyecto; estaría más tranquilo si hubieras ido tú.

—Charlotte no parece que haga algo ilegal. ¿Desde cuándo la conoces?

—Ese es el problema; está recomendada por un socio de mi padre con el que ya perdió todo contacto —confieso. —Nos vemos en el trabajo; ve con cuidado —ruego y sonríe, agitando las manos para entrar dentro del vehículo que la espera.

Me acerco a mis padres y ambos se quedan observando el vehículo en el que se ha ido Alana. Es lo bastante inteligente para no acercarse a mis padres, por lo menos no tan rápido, y darles el espacio que necesitan.

—¿Por qué se fue? Pensé que comería con nosotros —niego a mamá y mi padre solo junta las cejas.

—Tiene trabajo pendiente; solo quiso estar conmigo durante el juicio —la excuso.

—No tienes que mentir; sé que yo tengo que ver —dice, avanzando hacia el auto. —Tengo tantos tropiezos con supuestos amigos que espero ataques desde cualquier lado. No deseo que tengas mi experiencia, solo que dejes de idealizar a las personas.

—Tienes razón, papá; no tienes idea de cuánta razón tienes; los ataques no siempre vienen de desconocidos o enemigos —no seguí porque mamá recibió una llamada.

Palideció en cuestión de segundos y, si no es por mis brazos, cae al suelo. Se repuso lo suficiente para decirnos que habían llamado de la clínica; alguien había baleado a Bruno cuando se disponía a acercarse al astillero.

—¿Dónde lo tienen?

—En el hospital del general Parissi; el que llamó fue Liam —me responde y les abro las puertas del auto para, minutos después, dirigirnos hacia allá.

Narrador

El olor a humedad estaba en casi todo el lugar; eso y el olor a muerto se le impregnaban en la piel. Mira a todos lados y no ve nada; se supone que deberían estar aquí. Lleva mucho tiempo huyendo, se mantiene solo por el dinero que su padre le envía de vez en cuando, pero fue claro en decirle que no le daba un peso más.

Estaba harto de ser el emisario de ese imbécil, que lo usara como si fuera un muñeco y solo por ese error de su pasado. No debió hackear el correo de Alana, tampoco crear ese chat y menos pretender tener sexo con ella. ¿En qué coños pensaba cuando ayudó a ese imbécil? ¿Cómo no se dio cuenta de que estaba siendo usado?

Es fácil, Bruno, porque necesitabas dinero para impresionar y poder estar a la par de tu primo. El tipo te soltaba todo el dinero que querías; te demostró que su lazo con la Camorra era real. Que fuera un hijo ilegítimo de ese vejestorio importaba un comino cuando el hombre lo mantenía lejos del peligro, en otra ciudad.

—Maldición —murmura mientras patea una piedra que hace ruido en el silencio del viejo buque.

Lo mejor es irse; total, tiene el dinero necesario para ello. Se regresa y, de nuevo, esa voz se apodera de él: "Pero tendrás más si vendes este plano". Gira de nuevo y golpea las paredes del viejo buque aparcado en la orilla del astillero; resignado, sigue avanzando. Lo malo en todo esto es que no sabe quién es el comprador; solo le han dicho que alguien está interesado en comprar.

Está a punto de rendirse cuando observa una figura alta que avanza hacia él. Viene de la luz, lo que hace imposible ver a la mujer que se acerca. Lo único que sabe es que trae dos maletines y, una vez está frente a él, la reconoce. Sus manos empiezan a sudar; fue descubierto, pero es demasiado tarde para hacer algo.

¡Improvisa! Grita de nuevo su mente; pone una mano en el bolsillo de su gabardina y siente la 9 mm que le devuelve la calma que ha perdido. ¿Por qué carajos regresaste, Alana? Se supone que debías radicarte en ese lugar y no volver más. Tu hermano lo había prometido; todo sería perfecto: su primo hubiera sido secuestrado y muerto en cautiverio, el niño que, muy seguramente, Rebeca tendría, se haría pasar como hijo de Axel y Caitín; todos felices. Pero no, la estúpida tenía que embarazarse de su ex.

—Buenas —saluda la mujer.

Lleva un vestido negro, zapatillas rojas y un maletín de cuero que alza a la altura de sus senos y abre ante él. El otro lo mantiene cruzado en su espalda; no viene armada; tiene un vestido muy ajustado que resulta imposible que esconda algo en algún lugar.

—Si deseas, lo cuentas —le dice. —Es lo que acordaron.

Toma un fajo de billetes al azar, que revisa, y otros dos más de aquí y allá. Asiente y la dama cierra el maletín, lo extiende hacia él y estira la otra mano.

—¿Qué sucede contigo? —pregunta, enojada. —No tengo todo el tiempo.

Entrega el estuche, luego el CD y el registro de propiedad firmado por ella. Ella sí se toma su tiempo en revisar lo que le han entregado y descubre que lleva demasiado en ese lugar; el auto podría irse.

—Necesito confirmar si lo que me das es lo que se acordó y eso llevará un buen tiempo —suelta el aire y mira a todos lados. ¿Qué puede salir mal?

—Bien —señala un muro a unos metros por donde la ha visto venir. —Allí puedes revisar.

La recién llegada se limita a verlo y observa su tatuaje en el antebrazo. Sonríe, negando con incredulidad, lo que lo hace bajar la camisa para ocultar ese detalle.

—¿Eres consciente de que ellos pueden distinguir algo original de lo falso? —inquiere, avanzando delante de él. —Si Hermes te ve eso, estarás en problemas.

—Te agradezco la preocupación, pero no necesito tus consejos —le responde.

Se quita el segundo maletín que lleva terciado en los hombros, saca de él una laptop que enciende. Sus largos dedos tamborilean en el teclado, y empieza a cantar una melodía que él jamás ha escuchado.

—Hay solo cincuenta de esos tatuajes —insiste. —Y todos están a disposición de Hermes; él mismo ha tatuado esa araña. Primero dices que eres de Italia; en esa universidad, puede que te creyeran; eran todos niños ricos pendejos. ¿Cómo te dejaste engañar así? Solo quedan 48 de esos; dos de sus hombres murieron rescatando a tu primo.

—El tatuaje es real —insiste.

Saca el CD del estuche y lo acomoda en su lugar; mientras se carga el contenido, lo mira con desdén.

—Cincuenta, de los que solo quedan 48; dos de sus hombres murieron rescatando a tu primo —insiste la mujer y se encoge de hombros; lo que ella tenga para decir no es de su incumbencia. —¿Quién es tu jefe?

—No te interesa. ¿Por qué la demora? —señala el PC.

Lo que está viendo no le gusta: una lista de reproducción de un álbum que Alana adoraba desde que estaba pequeña. La mujer se acerca a la pantalla y lee, sin poder creer lo que tiene ante ella.

—¿Qué cojones es esto? —pregunta, levantando la voz. —¿Quinn? ¿Pagamos una fortuna por escuchar el último álbum de Quinn?

Asustado por los acontecimientos, retrocede. Encontrando que debe existir un error, le habían dicho que vieron cómo ella guardaba ese CD, luego de mostrárselo, que Lena jamás le mentiría.

—Sabes que solo soy un emisor; no tengo idea de lo que me entregan; no lo reviso —patea una lata que hace eco en el astillero y pasa una mano nerviosa por su cabello.

—Dile a tu jefe que tienes dos días para solucionar esto o me llevo este dinero a otro lado —cierra la laptop, la guarda de nuevo en el maletín y lo mira antes de partir. —Si quieres un consejo, aléjate de quien sea que esté detrás; Hermes está en la ciudad; he visto a sus hombres y solo el que está por morir conoce su rostro —regresa por el mismo lugar por donde ha venido.

Toma el móvil, nervioso, y sale del lugar por una puerta trasera; le marca una, dos y tres veces, pero no hay respuesta. Una vez sale a la luz, encuentra el auto esperando y, al verlo con los planos y sin el maletín, se acerca a él.

—¿Qué sucedió?

—Aquí no hay nada, o ella mintió y saben todo lo que realmente sucedió ese día, o tu amorcito se equivocó —dice, tirando los planos a sus pies. —Tienen dos días para entregarlo; lo mejor es desistir de eso, Caitín, y dejar a ese infeliz lidiar con Axel.

—No es posible, Bruno; ya estamos hasta aquí —señala su cuello. —Tendremos problemas si le damos la espalda.

—Nos mintió. ¡No lo entiendes! —señala el interior del viejo buque y sigue. —La mujer de allá fue específica: solo hay cincuenta de estos —le muestra el tatuaje. —No es Italia el que lo tiene; es Moscú, un tal Hermes; él mismo lo hace y está aquí.

Deja a la mujer en un costado de la vía; el dueño del auto, apostado a varios metros, lo observa avanzar hacia el interior del astillero, por lo que no tiene otra opción que dispararle. Una vez lo hace, arranca, abre la puerta del conductor y le dice a la mujer que entre.

—¿Qué hiciste? —le pregunta, confundida, y alza una mano, restándole importancia a los acontecimientos.

—Esto es lo que hay que hacer; Axel se irá en unos días —empieza a decir, una vez el auto se ha adentrado en la autopista. —¿Tienes ese contacto?

—SÍ. ¿No se supone que debía conquistarlo...?

—No seas ilusa, Caitín; ya no eres importante para Axel —le interrumpe. —Tengo a ese hombre detrás de nosotros y a mi padre cabreado; solo nos resta largarnos de aquí. Solo nos ayudará si llegamos a su territorio, pero por nuestros propios medios.

—Te ayudó con Axel. ¿No puede volver a hacerlo? —niega, apretando las manos en el volante. —¿Por qué?

—No le dio los resultados esperados; fue solo pérdida de dinero, de hombres, y Filippo Russo retiró sus negocios; ahora contrata con el griego.

—Entonces, ¿qué se supone que vas a hacer? —lo piensa unos instantes antes de responder.

—Sacar esos planos digitales, por el momento; el resto es solo esperar que Axel salga de viaje. ¿La recuerdas? —la dama sonríe, sin entender, y el hombre continúa. —Pagará todo lo que queramos, solo con no tocarle un pelo a Lena.

—¿No se supone que lo que hiciste fue para darle una lección? No lo parece; me da la impresión de que ella te rechazó —las siguientes horas, ninguno de los dos dijo o hizo algo; la llamada recibida rompió el silencio y era de Axel.

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