Capítulo 7
¿En qué momento salir con Arthur se había convertido en un compromiso de matrimonio? ¿Cómo había llegado tan lejos esta mentira? Emma inspiró profundamente, conteniendo el aire en sus pulmones antes de liberarlo con un suspiro tembloroso. Con movimientos mecánicos, retiró el anillo de su dedo y comenzó a juguetear con él, haciéndolo girar entre sus dedos como si fuera un objeto ajeno, un símbolo de una vida que no era la suya.
Le debía mucho a Antwan, no solo dinero. Era indudable que todo lo que sabía sobre el mundo de los negocios lo había aprendido a su lado. Él había sido su mentor, su guía en un entorno donde un solo error podía costarle todo. Y, más allá de eso, era su amigo. Había estado presente en sus peores momentos, en esas noches interminables donde el peso de sus decisiones parecía aplastarla.
«Jason y Pierre también han estado ahí para ti, y no por eso vas a casarte con ellos», le susurró esa vocecita interior, sarcástica y lógica a la vez. Con un gesto de frustración, arrojó el anillo dentro de su bolsa, donde cayó con un clic metálico. Necesitaba una solución, pero la idea de arrastrar a los chicos a sus problemas no le resultaba atractiva. Ellos tenían sus propias vidas, sus propias batallas, y ella no podía permitirse abusar de su lealtad cada vez que un conflicto la superaba.
De pronto, la puerta de su oficina se abrió con un suave crujido.
—Llegó esto para ti —anunció Mary, entrando con una sonrisa cómplice mientras sostenía una elegante caja de terciopelo negro y un arreglo floral tan exuberante que casi ocultaba su rostro. Lo depositó con cuidado sobre el escritorio, donde las flores destacaban entre los fríos tonos grises del espacio de trabajo.
—¡Eres una suertuda! —bromeó Mary, ajustándose el lápiz detrás de la oreja—. Tienes a todos comiendo de la palma de tu mano.
No esperó una respuesta. Emma, de hecho, no habría sabido qué decir. Con dedos que apenas temblaban, tomó la tarjeta adherida al ramo. Ni siquiera se molestó en leer el mensaje; fue directo a la firma. Y cuando confirmó el nombre, una maldición escapó de sus labios.
—¡Ese tipo es una pesadilla! —gruñó, empujando el arreglo floral hacia un lado con tanta fuerza que algunos pétalos cayeron sobre la alfombra. La tarjeta no corrió mejor suerte: la rompió en pedazos pequeños, como si destruirla pudiera borrar la presencia de su remitente.
En medio del caos mental que la consumía, había olvidado por completo hablar con él. Sabía muy poco sobre su acosador, pero lo suficiente como para desear estrangularlo con sus propias manos.
Ese hombre era el hijo de la ama de llaves de los D'Angelo, y había crecido junto a los gemelos, Alessandro y Pierre. Con Alex había forjado una amistad inquebrantable, pero con Pierre... la relación era tan tensa que rozaba lo hostil. Alessandro insistía en que Pierre simplemente estaba celoso, pero Pierre no se cansaba de advertir que algo en ese hombre nunca había sido normal.
Incluso de niños, había sido sorprendido en múltiples ocasiones usando la ropa de Alex o apropiándose de sus juguetes. Un comportamiento que, en la infancia, podía pasar por inocente, pero que, con los años, se volvió perturbador.
Anthony —porque ese era su nombre— tenía una costumbre inquietante: solía salir con las mismas mujeres que Alex. Y cuando ellas rompían con el gemelo, meses después, inexplicablemente, terminaban en los brazos de su "mejor amigo". Alessandro nunca lo cuestionó, pero Pierre —y prácticamente todos los que los rodeaban— veían en ese patrón algo siniestro.
Las cosas se complicaron aún más cuando Alessandro tuvo que hacerse cargo de Pierre tras el accidente, dejando a su prometida, Sara, en Londres. Y fue entonces cuando Anthony, aprovechando la distancia, comenzó a tejer su red alrededor de ella.
El alegato de Sara era que Anthony había enfermado gravemente, y que fue esa circunstancia la que los unió, permitiéndoles conocerse más allá de las sombras del pasado. Y así, como por arte de magia, su corazón había mutado de Alessandro a Anthony. "Así no más", como si el amor fuera un interruptor que se activa y desactiva a voluntad. Anthony, por su parte, se había escudado tras la inminencia de su propia muerte, usando su condición como un escudo moral para ser perdonado.
A juicio de Emma, ambos eran culpables, aunque ella cargaba más resentimiento hacia Sara que hacia el propio Anthony. Si el amor alguna vez llegara a su vida, Emma jamás lo traicionaría, ni lo intercambiaría como si fuera un accesorio pasado de moda. Pero el asunto entre aquellos tres era tan enredado, tan lleno de medias verdades y silencios cómplices, que explicarlo con claridad le tomaría horas.
Lo que no lograba entender era cómo Alessandro podía mantener contacto con ellos, a menos que... ¿Acaso lo hacía para tener cerca a esa estúpida? La idea le revolvía el estómago.
—¿Se puede? —una voz ronca, femenina, interrumpió sus pensamientos, acompañada por tres golpes secos en la puerta.
Emma reconoció al instante el tono áspero y ese acento apenas disimulado.
—¡Pasa, Ivanna! —respondió, forzando un tono más ligero del que sentía.
Ivanna Ivannov, la encargada de seguridad personal de Antwan, entró con la elegancia sigilosa de quien está acostumbrada a moverse entre sombras. Rusa de nacimiento, era una mujer que desafiaba cualquier estereotipo: belleza helada como el invierno de alguna ciudad Rusa, un humor tan oscuro como el vodka negro y una libertad en su comportamiento que hacía que muchos la miraran con una mezcla de admiración y temor.
Con su estatura imponente, su porte militar y esos rasgos que parecían tallados por un artista, habría sido una supermodelo famosa... si no fuera por su respuesta habitual cada vez que alguien se lo mencionaba:
—"Hay demasiados esqueletos en el closet familiar. La prensa me haría pedazos."
Emma la observó en silencio mientras cruzaba la habitación. Ivanna vestía un traje negro a la medida, tan ajustado que parecía una segunda piel, resaltando su tez pálida y esas piernas largas que movía con precisión felina. Los audífonos en sus oídos, siempre activos, la mantenían en contacto constante con su equipo. Y, por supuesto, las armas: una bajo la axila izquierda, apenas oculta por la chaqueta, y otra en la pretina derecha, lista para ser desenfundada en un instante.
—Es tan raro verte por aquí —comentó Emma, arqueando una ceja al ver cómo Ivanna se detenía frente a su escritorio y hojeaba distraídamente algunos documentos, como si estuviera evaluando cada palabra escrita.
—Antwan es un maníaco con el trabajo —respondió Ivanna, con esa voz ronca que sonaba como si hubiera fumado tres paquetes de cigarrillos antes del amanecer. Su acento ruso, marcado pero elegante, daba un peso extra a cada palabra—. Me mantiene ocupada. Y, de paso, lejos de esta área.
Hizo una pausa para mirar alrededor, estudiando la oficina de Emma con una curiosidad que rayaba en lo analítico.
—¿Te prohíbe hablar con los empleados? —preguntó Emma, frunciendo el ceño—. No he escuchado eso de los demás.
—De ti, específicamente —aclaró Ivanna, alzando la mirada de los papeles.
Sus ojos, grandes y grises como una tormenta sobre el Báltico, se clavaron en los de Emma con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquiera. Ivanna tenía la costumbre de mirar fijamente, sin pestañear, como si estuviera desarmando a la persona frente a ella capa por capa. Nunca apartaba la vista, nunca mostraba incomodidad.
Y, contra toda lógica, siempre estaba sonriendo, como si la vida fuera una broma privada que solo ella entendía. Tenía una respuesta ingeniosa para todo, sin importar cuán delicado fuera el tema.
¿Por qué hoy parece preocupada? La pregunta flotó en el aire como un susurro incómodo. Emma notó el peso de esa mirada inquisitiva, pero no supo cómo responder.
—¿Te sientes bien? —insistió a su interlocutora.
Ella asintió en silencio, apretando los labios como si las palabras pudieran traicionarla.
—Me gustaría hablar contigo...
Antes de que pudiera continuar, Ivanna llevó dos dedos a su oreja, escuchando algo a través del audífono invisible. Su expresión se tensó y retrocedió un paso, como si una orden inaudible la reclamara en otro lugar.
—¿Dónde podemos hablar? —preguntó, ya de espaldas a la puerta, pero con una urgencia genuina en la voz. Parecía importarle realmente la respuesta.
—En el club —contestó Emma, buscando un lugar neutral—. A cualquier hora mañana.
—Allí estaré —respondió Ivanna, y por primera vez, una sonrisa traviesa asomó en sus labios—. También es mi día libre.
Le guiñó un ojo y giró sobre sus talones con la gracia de una bailarina, desapareciendo tras la puerta antes de que Emma pudiera añadir algo más.
****
No supo cómo sucedió, pero el encuentro con Ivanna se esfumó de su mente, junto con la promesa que se habían hecho. La rusa no lo olvidó. Y allí estaba, en el club, encontrándose no con Emma, sino con Pierre y Jason.
¿Cómo iba ella a saber de qué se trataba? Peor aún: ¿qué les diría a esos dos sobre los planes de boda?
—No puedo creer que no confiaras en nosotros —se quejó Pierre, cruzando los brazos con gesto de niño ofendido—. ¿En qué estabas pensando? ¿Cómo creíste que te dejaríamos cometer esa locura?
Jason, en cambio, no había dicho nada. Estaba sentado en uno de los sillones del apartamento de Emma, con la mirada clavada en ella mientras jugueteaba con las llaves de su auto. Su silencio le quemaba más que un insulto; ese rostro de reproche le dolía como mil bofetadas.
—No sé cómo terminé en esto —admitió Emma, hundiéndose en el sofá—. Fue como lanzar una bola de nieve en un risco.
Pierre bufó y sacudió la cabeza, acusándola nuevamente de desconfiar de ellos. Entendía que Emma quisiera independencia, que hubiera cosas que necesitara resolver sola... ¿Pero casarse por una deuda de gratitud? Eso ya era excesivo.
—Es solo un matrimonio en papel —se excusó ella—. No es real. Tendré oportunidad de ser ciudadana.
—¡Debes estar bromeando! —chilló Pierre, palmeándose la frente—. Si es por los malditos documentos, Jason te hubiera ayudado.
—¿Y pedirle favores a su abuelo? —replicó Emma, defendiéndose—. ¿Quién es el de las bromas ahora?
—No necesita el consentimiento para casarse, Emma —intervino Pierre.
—Es diferente —insistió ella.
—Es lo mismo —lo cortó Pierre—. Él pagaría la deuda, tendrías ciudadanía, estarías casada con un amigo y protegida. Sin mencionar que el apellido Frederick te abre puertas.
Jason, el implicado, seguía en silencio. Había desviado la mirada de Emma y fijado en algún punto entre el comedor y la cocina, como si allí estuviera escrita alguna respuesta.
—¿No vas a decir nada? —la queja de Pierre pareció sacarlo de su letargo.
Finalmente, Jason se incorporó, con una calma que contrastaba con la tensión en la habitación.
—Cancelarás esa boda —ordenó, con una voz tan fría que Emma sintió un escalofrío—. Pierre y yo pagaremos esa deuda. Trabajarás con nosotros. Harás una planilla indicando la forma de pago.
—¿De qué estás...?
—¡Lo harás! —cortó él, señalándola con un dedo acusador, el cuerpo tenso como un resorte a punto de saltar—. Es eso o que yo arregle cuentas con Antwan. Tú decides.
Y con eso, salió de escena, dejándola a ella con la boca abierta y miles de preguntas sin respuesta.
Jamás lo había visto tan cabreado. Pierre, en cambio, no parecía sorprendido. Incluso se permitió curiosear por el apartamento, como si aquel estallido de Jason fuera algo habitual.
Emma lo perdió de vista, avanzó hacia la terraza y esperó hasta que la figura imponente de su amigo saliera del edificio y se perdiera en la calle.
—¡Qué carajos! —la voz de Pierre, cargada de sorpresa, la hizo volverse.
Él sostenía un pequeño portarretratos que había encontrado en una repisa, y su rostro reflejaba una incredulidad casi cómica. Emma reconoció al instante la foto: era ella a los seis años, vestida con un traje blanco de encaje, sombrero a juego, medias y zapatos impecables.
—¿Qué haces con esto? —le reclamó, extendiendo la mano para recuperarlo.
—¿Por qué no puedo tener una foto mía? —respondió Pierre, mirando la imagen con curiosidad antes de alzar la vista hacia ella.
—¿Tuya? —repitió Emma, arqueando una ceja.
—¿Quién más sería? ¿La princesa de Inglaterra? —bromeó, desviando la mirada hacia la calle, donde el auto de Jason ya había desaparecido.
¡Genial! Ahora tendría que lidiar con el mal humor de Jason, las quejas de Pierre... y sus preguntas incómodas sobre fotos infantiles.
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