Capítulo 40
—¿Qué ganaré yo si tú pierdes? —Miraba a su prometido divertida.
Jasón le había asegurado que, al llegar a Nueva York, no duraría ni una semana en reposo, como estaba estipulado, y estaba tan seguro de ganar que habían hecho una apuesta.
—Lo que tú desees —le dijo, alzando la maleta—, pero recuerda, si yo gano: asistirás a terapias sin excusas —empezó a enumerar con los dedos—, usarás un vestido el primer día y lo incorporarás a tu guardarropa. Y la más interesante de todas, la que más me beneficiará: sin ropa interior por una semana.
—¿Entonces, si pierdo, saldré de la ducha desnuda, sin nada que me cubra?
—¿Por qué haces esos comentarios ahora que estamos de salida?
Sonreía mientras tomaba su bolso de mano y salía del cuarto, moviendo las caderas a propósito. Sabía que él estaría mirando su trasero.
—Fuiste tú quien intentó negociar con una de las mejores, cariño. —le recordó —Te deseo suerte; prepárate para perder, porque este negocio será todo mío. ¿No quieres saber qué tendrás que hacer si pierdes?
—No necesito saberlo; sé que ganaré —le dijo mientras pasaba delante de ella y le daba una palmada en el trasero.
Sonreía mientras bajaban las escaleras.
—No se pueden quedar unos días más —dijo Evangeline, viendo a su hija bajar por las escaleras.
Se le arrugó el corazón; no quería que se alejara de ellos, pero les fue imposible hacerles cambiar de parecer. Ellos tenían una vida en América y ya habían pasado diez días con ellos.
—Volveremos en cuanto podamos. —prometió —No se preocupen; me encargaré de que la vean siempre que puedan. Además, la boda será aquí, así que estaremos varios días antes para los preparativos.
—Llámanos si necesitas algo. —pidió — Alex y Pierre se unirán a ustedes en cuanto terminen con el sepelio de Sebastián; nosotros iremos hoy —dijo su padre, aún con ojeras visibles.
Emma notó que seguía afectado por lo que se había enterado sobre su hermano; debía ser difícil de digerir. Afortunadamente, la herida en la mano de Luciano se había atribuido a una venganza, pues también le habían hecho una herida en el rostro. Sus "socios" descubrieron que Lucíano estaba en negociaciones para entregarse y que estaba dando nombres de los lugares donde guardaban a las mujeres: desembarcaderos, bodegas, fechas y horas de llegada. Esto había desatado una cacería por parte de sus antiguos socios.
No sentía lástima por él; lamentaba que Alessandro estuviera sufriendo por su hermano, pero Luciano se merecía eso y más. Pensaba mientras sus padres la abrazaban. Aún le costaba aceptar el afecto de los demás, y los D'Angelo eran demasiado afectuosos para su gusto.
—¿Cuándo es la reunión con tu familia, Frederick? —preguntó su padre, aún nervioso porque su hija enfrentara sola a esa familia, especialmente a esa mujer—. Por favor, Frederick, cuídala como a tu propia vida.
—Esa recomendación está de más. Saben que será así. Si no confían en mí, sepan que O'hurn estará ese día; él lo exigió, así que nunca estará sola. Si creen que Alex es sobreprotector, no han visto a O'hurn cuidándola.
—Eso espero, cariño, eso espero —dijo Evangeline antes de abrazar a su hija por última vez. Los acompañaron al auto; no querían ir al aeropuerto, pues las despedidas nunca fueron de su agrado. Así que solo llegarían hasta allí, con los escoltas contratados por su padre siguiéndolos.
****
Emma había conocido a la familia de Jasón. Epson era un hombre encantador que se desvivía por su nieto. Jasón aseguraba que era por remordimiento, pues aún se lamentaba por lo de Geraldine. Emma se negaba a escuchar qué había pasado con esa mujer. La había conocido: una rubia alta y elegante, con hermosos ojos azules, pero fríos como el hielo. La miraba como si fuera lo más despreciable. Su comportamiento no le afectó; al contrario, agradeció su sinceridad, pues así podía devolverle el gesto sin ser hipócrita, sin tener que sonreírle a alguien que no quería.
Alguien se había llevado a Jasón, quien estaba en un pequeño círculo de hombres, entre ellos su padre, su abuelo y un primo, Simmons, creía recordar que se llamaba. Buscó a su guardaespaldas y amigo por el lugar y lo vio frente a ella. Al notar que ella buscaba con la mirada, Vincent solo levantó la mano. No era necesario que se destacara; sobresalía entre todas esas personas.
—Mira a quién tenemos aquí —la voz fría y conocida de Geraldine la puso en guardia. Vincent también lo notó e intentó acercarse, pero Emma le negó con la cabeza. Vio a Jasón mirar hacia ella, preocupado. Ella solo le sonrió y le mostró la bebida para calmarlo.
—No puedo decir que me sea grata tu compañía —le dijo, intentando ser lo más natural posible.
—Una mujer sincera y directa, pero que no sonríe. —se mofó —Siempre me pregunté el motivo. ¿Quién te golpeaba, criatura, tu padre o tu madre? —preguntó Geraldine.
Ella se llevaba la bebida a los labios y la miraba a los ojos. Emma agradeció su estatura; le sacaba varios centímetros a la mujer, quien debía retroceder un poco para mirarla a los ojos. Eso le dio cierto alivio, pues no invadía su espacio personal.
—Interesante... Cuéntame más —le dijo, sonriendo.
—Hice mis averiguaciones —continuó Geraldine, sosteniendo la mirada—. Me pregunté: ¿por qué odiabas a tu padre y no a tu madre? Si te golpeaban, ¿por qué amabas a tu madre? Quise saberlo. Si tu padre te golpeaba, ¿por qué no odiar a tu madre por no ayudarte? Entonces lo supe: porque tu madre también era golpeada, tal vez más que tú. Así que la pequeña Emma aprendió a ocultar sentimientos. Puedes soportar todo tipo de golpes, ¿voy bien? —La miró a los ojos y sonrió.
—Aquí la experta pareces ser tú —le dijo, divertida—. Sigue, ilústrame con tu sabiduría, Geraldine.
—Tu padre te golpeaba, ¿verdad? —su vos era como dardos, que ella se negaba a recibir — Aprendiste a ocultarlo, a sonreír, a soportarlo y a esconder el abuso, incluso a justificarlo. El costo de no ser como tu padre borró la sonrisa de tu rostro...
Emma miraba con desdén a la mujer mientras apretaba con fuerza la copa.
—¿Sabes los miles de dólares que me estás ahorrando en terapias? —se mofó.
Mostró su mejor sonrisa hacia una de las primas de Jasón, que las observaba preocupada. Notó que la mitad de los asistentes estaban pendientes de su conversación. Vio a Geraldine sonreírle falsamente.
«Maldita bruja, ¿qué mierda vio Jasón en ella?» pensó, enojada.
—Eres divertida, inteligente y hermosa. Ahora veo qué vio Jasón en ti. Me pregunto cuánto tiempo durará antes de que te deje.
—No te preocupes por mi bienestar. —le dijo con una falsa sonrisa —Te aseguro que, si eso llega a pasar, estaré bien. Aunque lo dudo, ¿sabes? —siguió diciendo con suficiencia —Debes hacerte a la idea de que me verás por aquí mucho más tiempo del que crees. Es más, apuesto lo que quieras a que tú te vas primero. —confesó —Tu matrimonio no es el nido de rosas que muestras a la sociedad, ¿verdad? —Tomó un sorbo de su bebida mientras veía palidecer el rostro de la mujer. ¡Oh, sí, había dado justo en el blanco!
—No necesito investigadores para saberlo. Pude verlo.
Epson no se te ha acercado en toda la noche, no se sentaron juntos ni ha cruzado palabra con ella. Me atrevo a decir que este matrimonio es arreglado.
—Puedo asegurar que lo que él quería era que no te acercaras a su nieto.
Un mesero pasó, y Emma dejó la bebida sin terminar; quería permanecer sobria.
—¿Estoy equivocada, criatura? —dijo, imitando su tono de voz—. Puedes enviarme la factura por el examen que acabas de hacerme, y no te preocupes, el mío fue gratis. —Giró sobre sí misma y sintió una mano apresar su brazo.
—Te crees muy lista...
Emma supo de antemano lo que haría, así que fue más rápida: tomó la mano de la mujer con fuerza y presionó sus dedos. Mientras se acercaba a ella, sonriendo, vio el rostro de dolor de Geraldine y apretó aún más. Se acercó a su oído y le susurró:
—Soy mucho más lista que tú, Geraldine. —le advirtió—Por tu propio bien, mantente alejada de mí; no soy una mujer paciente.
Soltó su mano y vio cómo ella se la masajeaba. Sonrió aún más; el mensaje había sido recibido.
—¿Todo bien? —dijo Vincent detrás de ella.
—Excelente. Pero tengo mucho calor; mejor salgamos, Vincent. Fue un placer hablar contigo, Geraldine. —Una vez afuera, su amigo la enfrentó.
—¿No pudiste evitarlo? Mantente lejos de Geraldine —le dijo, enojado—. ¡Maldición, Emma, esto no es un juego!
—Ella fue quien vino a mí, con la estúpida idea de analizarme. —gruñó — La he evitado toda la maldita noche, pero no voy a demostrar temor. Si me ataca, la ataco; así de sencillo. ¡Se atrevió a decir que Jasón se aburriría de mí! —Vincent alzó una ceja, divertido.
—Solo quiere que pierdas los estribos, que te salgas de ese papel calmado que has estado manteniendo. Te aseguro que ella sabe cómo hacerlo. —Puso sus manos en los hombros de Emma y bajó la mirada para verla a los ojos. Era un hombre atractivo—. Me preocupa tu bienestar; sé que puedes cuidarte sola, pero, por favor, no me hagas mi trabajo más difícil.
—¿Qué querías que hiciese? —refutó señalando hacia la mansión —¿Qué guardara silencio mientras esa hiena me comía viva?
—Tienes razón, no tendría lógica. —admitió Vincent— Pero no te dejes provocar; este día es muy importante para Frederick. Solo dejemos que termine con éxito. Mantente lejos de ella, es todo.
Emma guardó silencio; no creía que Geraldine se acercara de nuevo, pero intentaría mantener la distancia.
—¿Me escuchaste?
—Fuerte y claro: que no me acerque a mi abuela —le dijo, mientras Vincent soltaba una estruendosa risa.
—Sí que eres única. —soltó entre risas — Si Geraldine cree que podrá asustarte, se llevará una sorpresa. Ahora entremos; Jasón debe estar buscándote.
Y, en efecto, así era. Al entrar desde el enorme jardín, lo vieron aun hablando con sus familiares, repartiendo miradas por todos lados. Cuando sus ojos se encontraron, lo vio soltar el aire, aliviado. Caminó hacia ella y la atrajo hacia sí.
—¿Todo bien, preciosa?
—Divinamente. —comentó con fingida calma —Ya no necesito un terapeuta; tu querida abuela me hizo un pequeño análisis sobre mis traumas. Así que no gastarás dinero en eso; puedes borrarlo de la lista si llego a perder.
Las cejas rubias de Jasón se fruncieron se y su mandíbula se tensó tanto que temió que se lastimara. Pasó sus manos por su rostro para suavizar el gesto.
—No te preocupes, supe manejar eso. —le calmó— No es la primera persona que me ve como ratón de laboratorio. Si pude dirigir tu compañía seis años y sobrevivir, podré con cualquiera. —Le dijo mientras se acercaba a él y lo abrazaba.
—¿Me concede mi futura esposa esta pieza?
—Si es la única forma de estar en tus brazos en este momento...
—No te preocupes, mi corazón. Esta reunión terminará pronto, y ya tendremos tiempo para estar los dos solos —le susurró al oído, causando una corriente por todo su cuerpo.
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