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Capítulo 19

La reunión había concluido. Emma agradecía a su asistente por el feliz término de la misma, aunque no se sentía con ánimos. Nunca pensó que ver a Nick le afectara tanto, pero, si era sincera consigo misma, más que verle, lo que le afectó fue el hecho de que él siguiera con su vida sin importarle lo que había pasado con ella.

Si había alguien que la conocía en ese entonces, era Nick, y sabía que la desaparición de ella por el supuesto matrimonio era absurda. Se levantó de la mesa y caminó hacia la salida del restaurante, seguida de Vincent y de Sofía. Caminaban en completo silencio, y agradecía ese gesto de parte de ellos. El rostro imperturbable de Vincent miraba hacia todos lados, mientras que Sofía, por su parte, caminaba a pocos pasos detrás de ella.

Miró la hora: eran las cinco de la tarde. Era inútil llegar a la oficina; sabía de antemano que no rendiría. Suspiró mientras Vincent le abría la puerta del auto. Tampoco quería llegar al apartamento a lamer sus heridas.

—Llevaremos a Sofía a su casa primero, Vincent.

—No es necesario, señora. Tomaré el transporte público.

Suspiró pesadamente. No quería discutir; hoy no estaba particularmente de buen humor. Esa tarde, todo pintaba a que terminaría mal desde el momento en que escuchó a Josep y a Estela White hablar en la cafetería.

—No te estoy preguntando, Sofía. Hoy no estoy de humor, así que te sugiero que aceptes mi pedido y llevaremos a feliz término el día de hoy. Además, es lo mínimo que puedo hacer después de que me salvaras en esa reunión. No me siento nada bien... gracias por ayudarme allá dentro.

Vio a Sofía ruborizarse y se permitió una media sonrisa. Admiraba en ella esa parte: a pesar de llevar una vida difícil desde sus inicios, aún conservaba esa timidez e inocencia. No recordaba en qué momento habían ocurrido los cambios en ella. Desde que tenía uso de razón, le había quedado claro que debía guerrear si quería sobrevivir, no solo a sus hermanos, sino al mundo que los rodeaba, y ello incluía a su padre.

Se llevó los dedos a los ojos y presionó fuerte. Sacudió la cabeza y decidió que era hora de que su vida diera un pequeño giro. Era obvio que, aunque no se lo había propuesto, inconscientemente esperaba que en algún momento Nick apareciera en su vida. Ciertamente, no de la manera en que lo había visto ese día, pero estaba acostumbrada a que todo en la vida le fuera negado o arrebatado, al menos en lo que se refería a ser feliz.

—Es parte de mi trabajo, señorita. Me gusta lo que hago y lo hago con gusto. —La voz de Sofía la sacó de sus pensamientos.

—Puede que sí, pero supiste sortear las dificultades un poco, y el que me cubrieras diciendo que tenía problemas de salud... te lo sabré agradecer.

—Insisto, señora, no tiene por qué...

—No te preocupes, Sofía. En algún momento, la vida me dará la oportunidad de retribuirte.

Le dio la espalda y cerró los ojos...

Sintió vibrar su celular. Lo sacó de su bolso y miró la pantalla, frunciendo el ceño. Era Samanta, una vieja amiga de Londres. Sus mundos, aunque sufridos, eran distintos en algunas partes. Ambas llevaban consigo el rastro de sangre producto de eventos desafortunados. Sin embargo, Sam, como cariñosamente le decía, había podido matar a sus demonios de carne y hueso, y aunque llevaba una vida gitana, según ella decía, era feliz. Algo que Emma dudaba: Sam había perdido a su esposo, sin contar que había pertenecido a ese grupo. Y aunque conocía una parte del porqué de su salida del grupo y de su huida de Londres, algo le decía que no debía saber por completo esa historia. Se dispuso a contestar la llamada de su vieja amiga.

—Querida, un gusto oír tu voz nuevamente. —La ronca voz de Sam le agradaba; era lo que algunos hombres considerarían sexy.

—El gusto siempre es mío, mi querida. ¿A qué se debe el honor de tan grata llamada?

Por el espejo, pudo ver el rostro sorprendido de su guardaespaldas. Lo entendía: no tenía por costumbre esa clase de familiaridad con nadie, ni siquiera con Alex o con Frederick.

—Tenemos que vernos, Emma... Te tengo noticias. Sé quién mató a Pierre. En el lugar de siempre, en dos horas. ¿Te parece bien?

El cuerpo de Emma se tensó completamente. Si era lo que ella sospechaba, al fin conocería por qué la secuestraron a ella y a Pierre ese día.

—¿Tienes el nombre? —se atrevió a preguntar por fin.

—¿Acaso dudabas que te defraudaría? Te dije que averiguaría quién, y lo hice. También tengo el porqué. No puedo quedarme por mucho tiempo en esta ciudad... Ayer encontraron el cuerpo de Héctor en una fábrica abandonada.

—Ya van cuatro, Sam. ¿Quiénes quedan?

—Van por jerarquía. Sabía de antemano que salir de la organización iba a ser difícil, pero no pensamos que fuera de esta manera.

—¿Cuántos faltan para llegar a ti, Sam?

—Solo quedo yo, Emma. No hay más. No han dejado rastro de ninguno de CAIN. Nos quieren extintos a todos. Necesito un lugar donde quedarme por un tiempo.

Emma conocía el lugar perfecto. Recordó la llamada de Parker, el policía que llevaba el caso de su secuestro. Le había dicho que había arrendado una hacienda algo retirada porque estaba trabajando en su último caso, y que después de eso sería un hombre libre y entraría a la sociedad civil.

—Te tengo el lugar perfecto, pero no estarás sola. Hablamos en breve. —Le dijo y colgó.

Solo esperaba que Parker tomara a bien la llegada de Sam a la hacienda. Ambos tenían temperamento fuerte y entrenamiento. Si no fueran tan cabezadura, podrían ayudarse mutuamente.

Le dijo a Vincent que la llevara a casa y que podía retirarse el resto de la noche. Necesitaba estar sola. Para ver a Samanta, debía tomar ciertas medidas, y estar sola era una de ellas.

Llegó al edificio donde vivía, subió directo a la azotea y entonces vio a su amiga: una mano en el bolsillo de su pantalón y la otra sosteniendo un cigarrillo.

—Pensé que lo habías dejado, Samanta.

La mujer se giró de golpe, sorprendida. Ciertamente, no la esperaba tan pronto. Era una mujer tan alta como ella, de piel trigueña, ojos marrones, cabello ondulado y corto, labios carnosos y cuerpo delgado, aunque bien entrenado.

—Yo también lo pensé —dijo mientras lo tiraba al suelo y lo pisaba con el zapato.

—Iré al grano, Emma.

Le pasó varias fotografías: una mujer joven con una niña en brazos. La foto era algo antigua, pero esa niña se parecía a ella. Sin embargo, no fue eso lo que llamó su atención. A cada lado de la niña había dos niños de unos ocho años, gemelos. Y ella los reconocía: eran Alessandro y Pierre D'Angelo. Entonces reparó un poco más en la mujer: era Evangeline, la madre de los D'Angelo. Buscó las otras fotos y eran de ella de niña.

—Mi padre los secuestró por esto. Pierre había empezado a averiguar ciertas cosas. Por eso ocurrió todo. Sin embargo, no pude averiguar más. Necesito irme por un tiempo. Es mejor que me aleje de ti. Papá se enteró de que hay un testigo protegido, y él es el que nos está persiguiendo. Nos quiere acabar a todos. De esa manera, si no hay testigos, puede salir libre.

Miró la foto y sintió que se mareaba. Se apoyó en la pared cercana y posó su mano en su abultado vientre. Detalló un poco más a la niña: no había dudas, era ella. Pero ¿qué había sucedido? ¿Por qué estaba en brazos de Evangeline?

—¿Emma? Cariño, ¿qué haces aquí?

Giró bruscamente y vio el rostro preocupado de Frederick. Todo empezó a nublarse en torno a ella...

Empezó a caer lentamente y, cuando su cuerpo tocó el piso, despertó. Su rostro estaba perlado por el sudor que brotaba de sus poros. Frunció las cejas al darse cuenta de que no era un sueño normal, tampoco una pesadilla. ¡No! Había sido algo diferente. Suspiró. Se había quedado dormida en el auto; ya Sofía no iba con ella, por lo que supuso que ya la habían llevado a casa.

¿Por qué soñaba con la Torre? La Torre era un edificio que había pertenecido a Pierre y que ahora estaba en sus manos. La llamaban así: un complejo de apartamentos de 30 pisos donde, en los últimos tres, se ubicaba el hogar de Pierre. Desde su muerte, no había vuelto a ir al lugar.

Este sueño era diferente a los demás. Tenía sueños constantes, la mayoría recuerdos del pasado. Dos se repetían con frecuencia: uno involucraba a arañas y el otro era de la persona que curó sus heridas en el hospital. Nunca veía su rostro, solo una pequeña cicatriz en el costado derecho de su cuello. Recordaba que, tras la muerte de Pierre, no dejaba que nadie la tocara, y que los médicos la habían sedado para poder tratarla.

En sus sueños, llegaba la silueta de aquel hombre que la curó y que, en ocasiones, le cantaba una canción. El otro sueño recurrente era más perturbador: el de las arañas. Pero nunca había soñado algo como lo que acababa de experimentar.

Recordó a su madre, que siempre le decía que, desde la antigüedad, Dios habla a través de los sueños, y que debemos saber interpretarlos. Pero ¿cómo interpretar algo así?

¿Qué tenían que ver los padres de Alex con su familia? ¿Sería acaso un simple sueño? Sí, era particularmente raro. Había detalles extraños: primero, que el lugar de encuentro fuera el hogar de Pierre, cuando ellas nunca se veían allí. Su sitio era al occidente de Central Park. Segundo, que Sam investigara su secuestro. Sabía que Sam lo estaba haciendo, incluso le había hecho contar todo lo que recordaba de sus captores. Pero jamás le habría pedido ese favor. Era como ponerla en el punto de mira de quienes la buscaban.

Sam tenía sus propios motivos: quería ver muertos a quienes causaron la muerte de su esposo. Definitivamente, lo menos extraño del sueño había sido verse casada con Jasón. De algo estaba segura: Sam estaba en verdadero peligro. Era lo único que sabía con certeza.

Sacó su celular y envió un mensaje:

—Necesitamos hablar. Búscame.

La respuesta no tardó:

—Estaba por llamarte. Necesito irme de la ciudad. No puedo verte.

Emma giró el cuello de izquierda a derecha.

—Maldición—dijo en voz alta, pateando el piso del auto. Suspiró y se apresuró a responder bajo la inquieta mirada de Vincent.

—¿Necesitas algo?

Su celular vibró de nuevo:

—Un sitio seguro donde quedarme. ¿Es mucho pedir?

Emma pensó en la respuesta y recordó el sueño. Tal vez, después de todo, no era solo un sueño. No era una premonición, sino la manera en que su subconsciente le decía cómo actuar.

—¿Te gusta el campo? Te enviaré la dirección y los datos de contacto por email. El auto estará donde siempre. Hablaré con quién te recibirá. Por favor, cuídate.

—Ok —fue la seca respuesta de su amiga.

Reflexionando sobre aquel sueño extraño, se preguntó qué tan real podría ser. Entonces recordó que, en efecto, no tenía ni una sola foto de su infancia. La única que conservaba era de cuando tenía cinco años. Suspiró y se llevó las manos a la cabeza. Se estaba volviendo paranoica.

Por un momento, había olvidado que Nick estaba casado, y que su regreso a la ciudad no le agradaba. Su teléfono vibró de nuevo, sacándola de sus pensamientos. Miró la pantalla:

"Se me olvidaba el motivo de la llamada. Nick me buscó; quiere hablar contigo. Parece creer que lo estás esperando. Le dije que no tenía forma de ubicarte. Lo investigué: quizá ya lo sepas, pero está casado. Felizmente casado, por lo que averigüé. Le dije que tú también, que estabas comprometida (aunque no mencioné nombres). Aléjate de ese hombre, Emma. La familia de su esposa es peligrosa... demasiado peligrosa. Ni yo misma podría protegerte de ellos. Y él no me da buena espina. Sabes que en eso no fallo.

Cuídate. Si algo me pasa, quiero que sepas que te quiero mucho. Eres la hermana —la familia— que Dios no me permitió tener.
S.F."

Sus ojos azules se entrecerraron. No le gustaba lo que leía; era como si Sam se estuviera despidiendo. Le respondió inmediatamente:

"No digas estupideces, Sam. ¿Y de dónde diablos voy a sacar un prometido? En lo que respecta a Nick, no te preocupes. Ya cerré ese capítulo en mi vida."

Le indicó a Vincent que quería ir al bar. Necesitaba un trago con urgencia, necesitaba pensar en todo lo ocurrido durante el día. "Menudo día de mierda", pensó la castaña.

"Habla con Jasón. Sé que él te ayudará. D'Angelo está casado; de lo contrario, hubiera sido el candidato perfecto. Sin embargo, Jasón no solo podrá ayudarte, sino también protegerte. Besos, pecosa..."

Sonrió mientras salía del auto y entraba al bar. Le gustaba ese lugar, no solo porque allí había vivido la época más feliz de su vida, sino porque era tranquilo y estaba lejos del bullicio.

Se acomodó en una de las mesas y, en seguida, un mesero le trajo lo de siempre.

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