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Capítulo 18

—¡Vaya! —murmuró el doctor Felling al verla llegar con los niños—. Pues imperó lo irlandés, señora —le dijo al ver lo obvio: sus hijos eran idénticos a su padre.

Felling era quien ahora se haría cargo de su esposo. Según el Dr. Frederick y su padre, era de su total confianza y el mejor en su campo. Era un hombre de baja estatura, pero que irradiaba con su sola presencia vitalidad y optimismo.

Con solo hablar con él media hora, salió convencida de que su esposo se recuperaría y hasta le dio permiso para que sus hijos vieran a su padre. Los había alertado: su padre estaba enfermo y no podía hablarles ni jugar con ellos, aunque ya podía mover los dedos y una de sus manos.

—SÍ —dijo, mirando a sus hijos—. Y tienen su mismo temperamento.

—Le he dicho que es hora de que lo acepte... es adoptada —le dijo Ivanna, pasando por su lado.

Sabía que iría a provocar a su esposo; llevaba un mes desde que había despertado y se había puesto como meta que lo haría hablar. Insistía en que, si podía, pero seguro alguna anomalía tenía su voz y que por eso no lo hacía.

—No le quito mucho tiempo. Imagino que estos chicos están deseosos de ver a su padre —le sonrió al doctor—. Su esposo se negó a la terapia otra vez; será mejor que hable con él.

—Hablaré con él; le aseguro que mañana estará muy dispuesto —le dijo mientras caminaba.

Detrás de ella, Hulk y Pretzel; delante, Arcángel y Sergey. Se había acostumbrado a tenerlos de nuevo en su vida. Incluso, en algún momento, llegó a extrañarlos; ahora, sus hijos los querían como parte de la familia.

—Nnnoooo —murmuraba su esposo, mientras se quitaba del agarre de su amiga y, como era de esperarse, su amiga lo miraba, triunfante.

—Lo sabía; no es que no puedas hablar. Es que le temes a mis burlas —miraba sin entender, hasta que vio a su esposo mirarla a ella y luego a sus hijos. Su rostro enfadado se transformó y sonreía, feliz.

—¡Papi! —fue el grito de júbilo de sus tres hijos.

—Cielo, ¿no te deja tranquilo? Pero, cuando mejores, te doy vía libre para que te desquites —le dijo mientras se acercaba y lo besaba, mientras él miraba, enojado, a Ivanna.

—¿Qué le hiciste, Ivanna? —le recriminó.

—Nada que él no deseara —le dijo mientras se sentaba frente a él—. Tienes que salir de aquí o seguiré acosándote.

—Papi, te extrañé mucho y te escuché —le decía Melanie mientras se montaba en la cama y se abrazaba a él.

Para hacer las cosas equitativas, ella subió a los dos mellizos, que, al pie de la cama, veían anhelantes a su padre.

—El amigo de Vincent me creyó. ¿Cuándo vuelves a casa? Los hospitales son feos; el abuelo dice que pronto —hablaba tan rápido que no le daba tiempo a su padre de procesar.

Mientras él intentaba tomar a todos, cosa que era obvio que era imposible. Fue entonces que notó el vínculo que se había tejido entre sus hijos y su esposo. Mientras las pequeñas manos de sus hijos acariciaban a su padre, este los miraba, sonriente.

—¿Puedes hablar? —le preguntó al ver que la miraba.

—Poo... co, qui... e... ta —le dijo, mirando a Ivanna, que se disponía a acercarse a él.

—Seré tu terapeuta; mira, un minuto conmigo y ya hablaste. Así que soy algo así como un mal necesario —dijo, mirándose las uñas—. Desde mañana, yo dormiré aquí contigo, día por medio. Tengo un esposo e hijos que atender.

—Nnn... ooo —le dijo, mirándola, enojado.

—¡SÍ! Y solo te dejaré en paz cuando te dejes hacer las terapias —entonces entendió.

Su esposo se negaba a hacer los ejercicios. Había cambiado de terapeuta muchas veces porque no soportaban el mal carácter de su amado esposo. Le había dicho a su amiga que temía que nadie quisiera ayudarle.

—Biiieeen, peeeroo leejooos deee mí —Ivanna se levantó, caminó hacia ella, la abrazó y la besó en los labios, ante la mirada enojada de su marido.

—De nada, preciosa —murmuró a su oído—. Si te portas mal, me los llevo lejos. No los vuelves a ver, y sabes que hablo en serio, Rogers —le dijo, señalándolo.

—¿Hablaste en serio, cariño? —dijo mientras se acercaba al grupo.

Él solo asintió mientras sus hijos le tocaban la barba de días, que se negaba a que le quitaran; ahora sería más difícil. Ella le borraba parte de las cicatrices que le quedaron en su rostro.

Se quedaron con él toda la tarde; cuando llegó el tiempo de regresar a casa, sus hijos lloraron porque no querían dejar a su padre solo. Mientras Adara decía que ella lo cuidaría bien y prometía portarse bien.

—Debemos irnos, cariño; papi estará bien. Mañana volveremos y, dentro de poco, estará en casa —le dijo mientras la cargaba, y su esposo miraba la escena, nostálgico. Llevó a sus hijos afuera de la habitación y volvió; no quería que ellos escucharan lo que diría.

—Si no quieres hacerlo por mí, hazlo por ellos, Davis. Son muy apegados a ti y sufren mucho en las noches.

«He intentado ser fuerte, pero a veces es imposible. Necesito que pongas de tu parte o me veré obligada a irme a Moscú, y esta vez no seré yo la que te busque».

—A... me... lía —murmuró—. Los a... mo —lo vio cerrar los ojos y apretar el puño, intentando hablar bien.

Solo saber que se estaba esforzando para hablarle le llenó el corazón de amor; ella no podía ser mala con él. Era Davis, el hombre que la había amado a pesar de que ella hizo de su vida un desastre.

—No puedo estar enojada contigo; solo me enoja tu actitud. ¡Dios! Yo anhelo que estés en casa, y tú pareces que quisieras alejarnos —se acercó, lo abrazó y lo besó.

Por un momento, olvidaron dónde estaban y la situación en la que se encontraban. Luego se alejó un poco y lo acomodó en la cama, mientras lo veía mirarla.

—No quiero ser una carga —le dijo, luego de una pausa y hablando pausado—, pero te amo y no soportaría estar sin ustedes.

—Nosotros tampoco, ¡idiota! —escupió, enojada—. Pero me duele verte aquí y que no quieras hacer nada para levantarte. Ese no es el hombre que conozco. Deja a papá que se encargue de los que te hicieron esto. Vincent ha estado investigando sobre ese doctor y la chica. No es oficial, pero parece que él y Paul son primos. Es extraño que jamás lo dijera. Él vendrá a hablarte mañana. Alexander Belanger Antonovic es el nombre completo del doctor, y los apellidos de Jean Paul son Antonovic Allard.

Al ver que estaba atento a lo que ella decía, siguió. Vincent decía que era poco probable que ellos supieran que lo traerían a la clínica y que, muy seguramente, fue casualidad. Que, si tenían o no que ver con lo que le sucedió a Davis, solo él podía decirlo.

—¿Ser... gey? —le dijo cuando ella terminó de hablar.

—Está afuera; mejor me voy. Los niños deben estar inquietos —lo besó y se despidió.

Al salir, le dijo a su amigo que su esposo lo necesitaba. No preguntó nada; sabía que no le diría quién fue o qué tuvo que ver, menos de dónde conocía a la novia de Paul.

Davis

Su amigo entró luego de que su esposa se fue. Traía consigo la agenda y una pluma, que era la manera en que se comunicaba con él, luego de que pudo mover su mano derecha.

No quería que su esposa supiera quién estaba detrás. Sabía que no lo tomaría bien; él no conocía a ese hombre. Lo había visto en fotos alguna vez en la casa; Vladimir se lo mostró como un amigo. Sacudió la cabeza para borrar de su mente los recuerdos.

Tenía que concentrarse si quería hacer las cosas correctamente. Ivanna lo había delatado; quería, de alguna manera, dilatar el hecho de que él pudiera hablar. Sabía que la policía caería sobre él si empezaba a hablar bien o a moverse. Harían preguntas que él no sabía si responder. Ivanna, eres una bruja.

—Supe lo que hizo la hija del jefe; siempre ha sido conflictiva. Adora a la señora Amelia, y ella estaba triste ayer. Tal vez quiso ayudar; debimos decirle a la señora —tomó el lápiz y la libreta.

Era más fácil escribir que decir una palabra cada cinco minutos.

—Amelia no debe saber quién fue. No mientras no sepan qué coños pasa aquí. Esa chica es idéntica a Lucy, la hija de Hendrich, el polaco. ¿Has averiguado algo? —su amigo sonrió.

—¿Cuándo le he fallado, jefe? SÍ, es una hermana menor. El doctor y ese arquitecto son primos, pero eso ya lo dijo su esposa. Lo interesante de todo esto es que son hijo y sobrino de Pascko Antonovic, uno de los hombres que Sergey Levenev le robó —tomó la libreta, escribió y le mostró.

—¿Qué tiene que ver la hermana de Lucy en esto? —preguntó.

—Ni idea, jefe; tal vez sea por la muerte de su hermana. De alguna manera, los Levenev tienen algo que ver y... bueno, usted ahora tiene hijos con ese apellido —podría ser, pensó, pero ¿qué carajos tenía que ver el que lo torturó?—. Lo que no sé, y que tal vez el gran jefe pueda decirle a usted, es qué cuernos tiene que ver el sacerdote Jafet en todo esto, señor.

Se tiró en la cama, mientras miraba hacia el techo. El maldito lo torturó de forma sádica, pero jamás le dijo por qué, salvo algunas cosas, pero era lo que harían con él, su esposa y sus hijos. Pero jamás le dijo por qué lo hacía.

Recordó entonces a los que murieron en ese accidente, el día que su esposa lo creyó muerto. No fue algo que él previera, ni siquiera Sergey. Dos amigos de Hendrich tenían que llegar antes del cuerpo, que se había ido en un coche fúnebre. Hendrich se había ido con el cuerpo.

Así que, a ellos, simplemente les dijeron que les entregarían el auto. Les dijeron que pedirían uno a Moscú, que no tenían algo urgente que hacer. Jamás imaginaron que ocurría algo parecido, pero ellos no tenían nada que ver con la muerte de esos miserables.

—¿En qué piensa, jefe? —le preguntó Sergey.

—¿Recuerdas quiénes iban en ese coche que se accidentó? —le escribió, y Sergey leyó y alzó la mirada hacia él.

—El esposo de otra hija de Hendrich, una que era fuera del matrimonio —asintió.

Hasta donde le dijo, aquella vez que fue a dar explicaciones y a decir que lamentaba el accidente y las muertes, el hombre dijo que solo tenía esas dos hijas y que entendía que no fue algo que pudieran prever. El auto iba con exceso de velocidad y no disminuyó en una curva. Así que ellos mismos propiciaron sus muertes. Imaginaba que fue en el afán de llegar antes que su suegro. A Sergey y a él se les hizo extraño que alguien con dinero llegara al pueblo sin auto, pero, al final, pensaron que era para evitar un asalto.

Ahora sabían por qué la chica estaba detrás, por qué los primos Antonovic. Pero no qué tenía que ver Jafet y por qué su secuestro. Vladimir le dijo en algún momento que era amigo de infancia, que tenían historias parecidas, pero que Jafet había tomado el camino del amor y él, el del odio.

Recordó que lo dejaron en ese lugar porque, mientras ellos buscaban a alguien que quería ser quien lo matara, jamás le dijeron quién. Recordó, además, que llamarían a su esposa para decirle que solo le entregarían el cuerpo a ella y luego de dar una suma de dinero. Sabía que ya no tenían el grupo de Moscú, y que ellos habían bajado la guardia.

Lo siguiente era secuestrar a sus hijos; para esa época, su esposa y él estarían muertos, y sus hijos, desprotegidos.

Por lo que la venganza era para Vladimir, su suegro. Pero el cura y Vladimir, ¿qué se traían en común? ¿Qué pasado había entre ellos y por qué esperar tanto tiempo para vengarse de él?

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