20
Aquella tarde sería solo para Camille. Pasarían parte del tiempo en un silencio de marea baja, con el brisar del viento entrando por la ventana, las miradas fijas entre sí y las manos danzando entre caricias, a veces pausadas, a veces nómadas.
El azul en la mirada de Caleb había empezado a alivianarse. Ya no era aquel azul aguerrido, frustrado e hiriente. Ese azul que le había alterado hasta lo peor de su personalidad había puesto un alto rotundo a sus actividades.
Ella sabía que el príncipe lo había alterado desde su llegada, aunque había preferido ignorar el asunto. Mala elección.
Aquel cabello liso y oscuro seguía tan suave como lo recordaba. Le encantaba quedarse así, en silencio, recostada sobre la cama, indefensa ante aquella mirada azul zafiro.
Él no diría nada mientras ella tampoco lo hiciera; esa era la regla de oro en aquella habitación.
Solo podían decirse cosas inaudibles. Solo podían enviarse mensajes con la mirada, con las caricias, con los besos —esos que nunca faltaban—.
Camille sabía que lo quería más de lo que él podría quererla jamás. Su problema con él —así como sucedía con Nathaniel— también provenía de él mismo.
¿Qué podía hacer contra ese mal si el azul zafiro que le decoraba los ojos la desarmaba por completo y la inutilizaba?
¿Cómo iba a intentar domar a una bestia que rugía por los ojos, dejándola de rodillas antes incluso de intentar defenderse?
—Es por amor, seguramente —se repetía una y otra vez, buscando evitarse culpa alguna.
Y Caleb lo sabía. Lo sabía porque él mismo había hecho un esfuerzo por ser un poco menos él mismo para no desplazarla. Para evitarse el lastimarla con sus arrebatos de ciega egolatría y sus berrinches insensatos.
—A veces creo que tus ojos quieren llorar —dice ella, acariciándole el rostro.
—¿Llorar? ¿Por qué?
—No lo sé, pero pareciera.
Él se aproxima un poco más.
Desliza la mano por aquella larga cabellera y termina acariciándole dulcemente el labio inferior. Las palabras se apagan como se apaga una vela al viento.
Sus labios y los de ella acortan distancias hasta encontrarse y danzar un intenso, pero lento, vals. Camille podía con todo el peso del mundo, excepto con el peso que representaba Caleb.
Aquello era lo que más la debilitaba en la vida. Muy a pesar de sus propios intentos por dejarlo ir, le resultaba difícil imaginar una despedida que él no sabía que existía.
No era aquel azul el que a veces quería llorar, sino el café de su propia mirada el que parecía ahogarse cuando lo tenía demasiado cerca o demasiado lejos.
Pero lo disimulaba muy bien.
Además, tratándose de Caleb, podría decirse que la atención no es una de sus virtudes más poderosas.
—Todavía estoy en deuda contigo.
—Sí, lo sé.
—Asustas cuando lo dices así.
—Ya lo sé.
—Eres muy cruel, Camille.
—También lo sé.
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