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Capítulo 7

Alexis

Colgué la llamada y miré la mansión. Arcángel y Sergey permanecían en silencio, habiendo escuchado todo. La maldad humana tiene muchos matices; yo los conocía, algunos los había cometido sin arrepentirme.

—Antes de entrar, dime, ¿qué quieres que haga? —preguntó Sergey, apenado—. Sé que es tarde, pero sabes que nunca creí a Marck capaz. Rogers actuó sin avisarme, motivado por el dolor de Amelia.

—No te desbancaré ni hablaré mal de ti. Me diste este estatus por capricho. Sabes que no lo quise antes, y menos ahora. Estoy viejo; solo me importa mi hija y mis nietos —dije, mirando la mansión. Nada compensaría el sufrimiento de Marck.

—Lo sé. Marck es especial para ti, por lo que él y Vincent hicieron por Ivanna —respondió Sergey.

Me bajé del auto lentamente. La noticia de lo ocurrido a Marck estaba en Rusia y el mundo. Había recibido apoyo de casi todos, asegurando que lo sacarían de prisión y lo cuidarían. Su inocencia llenaba de orgullo. Todos conocían sus fundaciones: una para niños con cáncer, otra para mujeres abusadas y una tercera para madres embarazadas, construidas con las ganancias de su clínica. Que alguien tan joven pensara en otros era casi irreal. También que ocultara ser su dueño, dejando que lo vieran como colaborador.

Eso hizo que nadie en la organización creyera la acusación. Todos sabían que, a los 17, Marck rescató a Davis Rogers de una muerte segura. Que Davis no le diera oportunidad de defenderse, ni lo entregara a la organización para ser juzgado, complicaba su caso. Ahora, las cosas estaban a mi favor, pero dudaba entre dejarlo pasar o sentar un precedente. Los códigos debían cumplirse, sin importar la esfera.

Sergey esperaba una respuesta, inmóvil a mi lado.

—Quiero que limpien el nombre de Marck —dije—. Es difícil. Lanzar un rumor de violador es fácil; retractarse, no. Muchos creerán que hicimos un trato, que pusimos precio a la deshonra de una niña.

—Nada borrará lo que vivió. Lo recuerdo como un adolescente alegre, tímido —dijo Sergey.

Avanzamos en silencio. Sentía un dolor que nada aliviaría. Las puertas de la mansión se abrieron antes de llegar, señal de que mi presencia era bienvenida. Negué cuando un escolta intentó tomar mi gabardina.

—No soy parte de ustedes desde hoy —dije. El escolta retrocedió.

—Ni yo pertenezco aquí. Los cuatro exigimos volver, si es posible, junto a tu hija —dijo Sergey.

No respondí. Ivanna y Vincent eran celosos con sus hijos, ahora más que nunca. Melanie y Amelia llegaron primero. Cuidé de no involucrar a los hermanos de Melanie. Negué cuando Amelia intentó besar mi mano. Melanie se escondió detrás de su madre. Davis entró después, con rostro contrariado.

—Sergey —dijo, mirándolo.

—No es grato verlos, dado el motivo —respondí, mirando a Melanie.

Davis nos llevó a otra sala. Era lo más sano; esto podía descontrolarse. Sergey exigió explicaciones. Melanie habló.

—¿Sabías de su obsesión por Marck? —preguntó Sergey a Amelia.

—Al principio venía a casa, luego se alejó por problemas con su madre biológica. Era cercano a Davis tras rescatarlo —dijo Amelia, apenada, sin mirarme.

—No culpo a tus padres. Yo habría hecho lo mismo por Ivanna —dije, mirando a Melanie.

—Lamentamos esto. Aceptaremos las consecuencias —dijo Davis—. Me siento culpable. Tú me salvaste, y Marck después. No creí a mi hija capaz de esa mentira.

—¿No tienes nada que decir, Melanie? —preguntó Amelia.

Melanie negó, cruzándose de brazos.

—Llegaste lejos. Demostré que mentías, y seguiste. Tus padres esperaron hasta el final que dijeras la verdad —le dije—. Estoy aquí, no otro, porque ellos ayudaron a encontrar a los testigos.

Melanie miró a sus padres, furiosa, golpeando el tacón.

—¡Recoge tus cosas! Te vas con tu tío —ordenó Davis.

Amelia no se inmutó. Melanie lloró.

—Lo siento, no me acercaré a Marck...

—No te creo, preciosa. Fuiste demasiado lejos —dijo Davis, mirándome—. Alexis tiene una solución.

—Vendrás conmigo. Estudiarás. Tu comportamiento decidirá tu castigo —declaré.

Davis asintió. Melanie sonrió. Amelia protestó.

—Es una niña. Debe haber otra forma...

—No quiero que pague. Nada devolverá la tranquilidad a Marck —dije, sintiéndome en paz—. Así estaré seguro de que dejará a mi hijo y a Mauren.

—Recoge tus cosas. No estarás con extraños. Tu tío Sergey vive cerca, con su esposa y tus primos —dijo Davis.

Melanie salió, llorando. Un joven la siguió.

—Espero no se arrepientan —gritó Amelia—. Es una niña, nunca ha estado lejos.

—"Tu niña" —dije, con comillas— tiene imaginación. Mauren me contó cómo está el cuerpo de Marck.

—Está arrepentida, dispuesta a enmendarlo —insistió Amelia.

—No vi eso hace un momento. Conocen los códigos —dije. Amelia intentó arrodillarse; Davis la detuvo.

—Te dije que hablaras con ella, que dijera la verdad, cuando Vincent me contó lo que le hacía a Marck. Somos culpables —dijo Davis, abrazándola.

—Mauren me dijo que no tiene cinco centímetros de piel sana. Golpeado de pies a cabeza —dije, arrojando la foto del médico a sus pies. Amelia tembló al tomarla—. Eso es solo la herida. Multiplícalo por todo su cuerpo. Todos saben lo que les hacen a los violadores en prisión.

—Esto es... monstruoso —balbuceó Amelia.

—Ustedes lo causaron. Si quiero, tengo el poder y el apoyo para destruirlos, como ella quiso destruir a mi nieto.

—Las palabras se quedan cortas. Yo llevé a Marck a ese pabellón. Si alguien paga, soy yo —dijo Davis.

—Tu hija vendrá con nosotros mientras Marck se recupera. Así estaré tranquilo. Si me estreso, llamo a consenso y pido la cabeza de Sergey —dije.

Amelia palideció. Sergey me miró, preocupado.

—Hablamos el mismo idioma, ¿no? —añadí.

—Ayudaré con las maletas —dijo Amelia, saliendo rápido.

—Gracias por convencerla. Yo no lo habría logrado —dijo Sergey—. Buena técnica lo de mi cabeza.

—No bromeo. Maté por mi hija y mi esposa. Pagué 20 años de cárcel por ellas. Mataré a quien dañe a los míos. Asegúrense de no tocar a un Ivannov —dije, saliendo, dejando a ambos en silencio.

Marck

Desperté sin rastros de Greñas. Suspiré aliviado, pero sentí un vacío. Mi cuerpo dolía; apenas podía mantenerme en pie. Dormí poco, pero ella lo logró. No me sorprendía; era capaz de cualquier cosa.

Me senté, revisando la herida. Era profunda. Ese maldito me tomó desprevenido. Pude devolverle el golpe con un vidrio, pero Carltón lo detuvo."—Quieren que te quedes aquí. Saben que saldrás. No lo harás si matas a Abraham —me dijo en enfermería."

—¡Despertaste, peque! —Greñas entró en ropa deportiva, distinta a la ropa suelta de ayer. Sus ojos brillaban, más segura, alegre.

—Estás... bien. ¿De dónde vienes? —pregunté.

—Tus rutinas. Dijiste que podía usarlas. Fui a casa a cambiarme. Estabas tierno, dormido —dijo, sentándose a mi lado.

—¿Cumplirás lo del gimnasio? —bromeé. Nunca lo hacía.

—Tenías razón. El ejercicio me sienta bien. Me siento feliz. Si me dejas cuidarte, iré contigo —dijo, tendiéndome la mano.

Necesitaba sentirse hermosa. Ya lo era, pero su belleza era del alma, capaz de conquistar el corazón más frío.

—¿Hay un apartamento libre en mi piso? —pregunté.

Ella asintió, confundida.

—Puedes quedarte allí. Estaremos juntos, pero con privacidad.

—Dijiste que podía vivir contigo —se quejó—. No molestaré. Cuando estoy con mis monstruos, no pienso, y tú estarás en la clínica.

—Afueran creen que soy culpable. Tu carrera empieza. No es bueno que vivas con alguien acusado de violación.

—No me importa lo que piensen. Viviré con mi mejor amigo, injustamente acusado —dijo, enojada, con los labios fruncidos, los ojos grises brillando.

La veía distinta. ¿Era su brillo o mi oscuridad? Desde la cárcel, la miraba diferente. En mala hora; no era digno de ella.

—No importa mi inocencia. La sociedad me juzgó y condenó —dije, soltando su mano.

—Todos los que te conocen saben la verdad. Mamá, papá, mis hermanos, hasta tío Tristán —respondió.

No soy digno de ti, pensé.

—Déjalo así. No te irás hasta creerme sano —dije.

Se metió entre mis piernas y me abrazó. Intenté alejarla, pero sabía que necesitaba ese abrazo. Apoyé mi mano en su cintura.

—No importa cuántas veces me alejes, no lo haré —dijo, con la cabeza en mi pecho—. Tú harías lo mismo. Estamos juntos, Marck. No olvido que fue por hacerme sentir bien que Juana la loca te acusó.

Sonreí ante el apodo. Ella me vio y sonrió.

—Te quiero. Tu familia también. Eso es lo único que importa —añadió.

No respondí. Antes, mi familia bastaba. Ahora, algo en mí estaba roto. La llegada de mi familia alejó los malos recuerdos. Greñas dijo que iría a organizar sus cosas para el apartamento. Mamá estaba feliz y dijo que el abuelo vendría en la tarde.

—¿No hay forma de que vuelvas a casa, cariño? —preguntó mamá.

Todos rieron. Negué.

—Estaré bien. Greñas estará conmigo unos días —dije, mirando a mamá—. Dos días más en la clínica, luego a casa. No te preocupes. Lo peor pasó.

Asintió, más calmada.

—Tómate tu tiempo, hermanito. Estaremos revoloteando —dijo Dasha.


Intenté ocultar lo incómodo que me sentía entre tanta gente. Quería huir, estar solo.

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