Capítulo 45
Paola
Perxy dormía por los efectos de los medicamentos cuando decidí ir a la oficina. Mi madre se ofreció a quedarse con él, aprovechando que mis hermanos estaban en la escuela y papá en el hospital. Su recuperación avanzaba a pasos rápidos, tanto que los médicos ya hablaban de darle el alta.
El disparo pudo haber sido letal, habían dicho: dos centímetros más abajo y la historia que contaría sería otra. Dentro del ascensor, camino a la salida del hospital, pienso en ello. ¿Fue buena puntería de ese tal Vito o cuestión de suerte?
No sé si quiero saber la respuesta. Tengo un sinnúmero de interrogantes, pero esas respuestas forman parte de una lista de la que no quiero saber nada, porque no van a edificar. Las puertas del ascensor se abren y la luz del sol me guía hacia la salida.
No me gusta dejar a Perxy solo, no a sabiendas de que ese hombre sigue merodeando y de que él insiste en auto incriminarse, pero no tengo otra opción: debo solicitar una extensión de mi permiso. Ser amiga del dueño no me hace merecedora de ciertos privilegios, aunque los Russo así lo hayan mencionado.
—Señora Romano.
El llamado en aquel tono militar opaca la emoción de ser asociada al apellido de Perxy. Detengo mis pasos y giro lentamente, solo para corroborar que el motivo por el que los bellos de mi nuca se erizaron tenía un motivo.
—Oficial —saludo, inclinando la cabeza.
Se acerca a pasos lentos, abandona la patrulla con una mano en el arma y la otra sosteniendo un juego de llaves. No hace comentarios, pero mantiene el contacto visual desde su avance hasta su llegada.
—Buenos días.
—Buenos días.
Sostengo su mirada, que parece buscar algo en la mía que no se encuentra a simple vista. Lanza una mirada al interior del hospital y luego a mí.
—¿Cómo se encuentra su esposo?
Una pregunta trivial, que no va con su estilo ni con su porte amenazante.
—Bien. Ya hablan de darle el alta.
—Me alegra.
Gruñe, porque lo que sale de su garganta no es una voz como tal.
—¿Qué desea?
Lanzo la pregunta a quemarropa, lo que no parece sorprenderle. Incluso sonríe.
—Tenemos problemas con la declaración de su esposo.
—¿Sobre?
—El asalto —digo, y me cruzo de brazos—. La motocicleta que describe perteneció a Santiago Cárdenas. Nunca fue hallada, y ahora el tirador la trae convenientemente, solo que su esposo no lo vio.
Entiendo el punto. La sospecha. Y no solo por el tono sarcástico con que lo dice, ni por la aparente duda que cruza cada palabra al hablar. Es su forma de dudar de todo incluso de lo evidente.
—Quizás se disparó así mismo para desviar la atención.
Mi comentario le hace alzar una ceja y sonreír. Una de esas risas que no llegan a los ojos.
—No es necesario ser sarcástica.
Pero no estoy dispuesta a dejarme amedrentar.
—Asesinó a Santiago Cárdenas y se quedó con la motocicleta, por si la podía necesitar en otra ocasión.
Continúo con una calma que no sabía que tenía, o que podía mantener pese a la turbulencia en mi cabeza.
—Señora —me advierte.
—Después asesinó a esos alemanes, los enterró en nuestro jardín, los desenterró y los reemplazó por perros o venados.
Guardo silencio solo un instante, porque necesito aire, no porque su postura amenazante haya ejercido en mí algún tipo de miedo. Él, por su parte, se limita a mirarme fijamente, con el control apenas sostenido en su postura y los ojos entrecerrados.
—Testigos señalan a su esposo hablando con los desaparecidos, o a ellos siguiéndolo —describe—. Y una denuncia nos indicó que podíamos obtener respuestas en su casa.
—Creo que no han buscado bien —lo interrumpo—. La casa tiene un sótano. Hay una placa nueva de cemento. O en las materas que adornan la casa.
—Señora...
—En cuanto al denunciante.
Acomodo mi bolsa en el hombro y lo miro una última vez antes de librarme de su presencia.
—Es posible que la motivación no sea la seguridad de la isla, sino una venganza porque mi esposo jamás aceptó salir con ella.
Hago comillas en "salir" y veo el brillo en los ojos del hombre.
—Y con "salir", usted debe entender a qué me refiero.
Doy media vuelta antes de añadir:
—Quiero mi jardín listo y limpio, oficial Márquez.
Alzo la mano y detengo un taxi. Ingreso sin mirar atrás, tal como haré de ahora en adelante.
[...]
La empresa Russo me recibió entre abrazos y palabras cargadas de consuelo. No hubo una sola alma que no se lamentara por lo sucedido a nosotros tan cerca de la boda. En mi rumbo a la oficina de personal, el trato fue el mismo; incluso el propio jefe fue amable y dejó la fecha de reincorporación abierta.
Había enviado a su asistente, una mujer con más años en la empresa que todos, para apoyar a Axel.
—No hay nadie más de confianza después de ti para Axel que Loraine —me dijo, estrechando mis manos y sonriendo—. Espero que todo se resuelva pronto y para bien de ustedes.
—Yo también —asentí—. Gracias por todo. Visitaré al jefe antes de irme.
—Tranquila, ve —dijo, soltando mi mano.
En mi avance hacia el ascensor, durante el ascenso y el recorrido hacia el piso veinte, me sorprendí añorando no encontrarme con Pilar. Hoy no era un buen momento para toparla.
—Buenos días, Loraine.
—Buenos días, querida —saludó, ajustando sus gafas y sonriendo—. ¿Cómo está tu amado?
—Recuperándose.
Ella asintió y entrecerró los ojos.
—La policía es el hazmerreír de todo San Juan. Destruyeron un jardín solo para encontrar restos de animales.
—¡Vaya regalo!
—Ni que lo digas —sonrió—. ¿Buscas al jefe?
—Si no está ocupado, me gustaría hablar con él —le pedí.
Sonrió, presionó el intercomunicador y me anunció. La respuesta de Axel nos hizo reír a las dos.
—Que pase, pero que sepa que la cafeína se me acaba y no pienso compartirla.
Lo encontré detrás de su escritorio, inmerso en papeles y planos. Alzó el rostro lo suficiente para saludarme con una sonrisa en los labios, esa que puede desarmar a la mujer más rígida y que demuestra por qué Alana Parissi lo amaba desde adolescente.
—¿Otra vez viniste a pedir aumento? Que sepas que el presupuesto se lo gastó tu esposo en flores marchitas.
Dijo incorporándose y rodeando el escritorio para abrazarme.
—Yo también te he extrañado.
—Lo sé —dijo con suficiencia, ayudándome a sentar—. Lo del café es cierto.
—Jamás dudé de eso.
No fue hacia su sitio. Apoyó su trasero en el escritorio, cruzó los brazos y me observó por varios segundos.
—Sé que lo darán de alta en unos días.
Asentí. Él me imitó.
—También que los restos son de animales.
—Y la moto era de Cárdenas —seguí por él.
Suspiré. Esquivé su mirada cuando se volvió intensa, e inclinó la cabeza en busca de que lo enfrentara.
—¿Qué sucede?
—Todo esto me superó...
—No —me interrumpió—. Hay algo más. ¿Qué sucede?
¿Podía decírselo? No. Lo metería a él en problemas. Durante varios minutos que se sintieron una eternidad, lo miré, mordiendo el interior de mi mejilla antes de añadir algo.
—Sé quién lo atacó.
Listo. Dije lo más difícil. Por lo menos eso creí.
—¿Cómo que lo sabes?
—Él me buscó y me lo dijo.
Le expliqué, o por lo menos lo intenté.
—Su nombre es Vito. Dijo ser amigo de Perxy —negué—. O lo que sea de Sicilia.
—¿Por qué callas? ¿Por qué el ataque?
Eran muchas preguntas. Fui dando sus respuestas conforme recordaba, intentando que el contexto fuera el correcto. Con cada frase que salía de mi boca, los músculos del rostro de Axel se tensaban más. En algún punto de mi confesión me pidió callar. Tomó el teléfono sin mirarme y se alejó hasta los vitrales.
Allí mantuvo una acalorada discusión con alguien. Conté los minutos. Casi media hora. Cuando colgó, apoyó la cabeza en los vitrales durante largo tiempo antes de girar hacia mí.
—Lo que dijo... es correcto —me dijo.
Mordí mi mejilla.
—Si desea mi renuncia, la obtendrá...
—¡De ninguna manera! —me interrumpió con violencia—. Esto no tiene que ver contigo. Incluso Perxy, aquí no tiene mayor responsabilidad que sostener un pasado oscuro.
—Aun así, sé que todo esto puede enlodar la empresa.
Tomó el teléfono del escritorio y le pidió a Loraine que llamara a Pilar. Sin saber qué buscaba, lo miré incrédula y me pidió esperar.
—Todo empezó por esa supuesta denuncia anónima —me recordó.
Negué.
—Por la desaparición de esos alemanes.
—También —aceptó.
Guardamos silencio durante largo rato. No sé qué más le dijeron en esa llamada ni con quién habló, pero fue evidente que lo enojó aún más.
—Me llamaba, señor.
La voz de Pilar tensó mi espalda antes de verla.
—Lamento lo de tu esposo.
Su voz traía una carga de veneno que era imposible no distinguir. Se acercó con la seguridad de quien cree tener el control, y algo en su mirada me dijo que no estaba ahí solo por el llamado.
—Hubo una denuncia anónima que llevó a la policía hacia la casa de Paola y Perxy —dijo Axel, sin preámbulos, sin la calma que solía tener.
Pilar arqueó una ceja, pero no respondió de inmediato. Se permitió un silencio calculado, como si midiera el terreno antes de pisar.
—Supongo que eso hace parte de las cargas cuando tienes un pasado oscuro —comentó en calma, aunque sus dedos se tensaron sobre la carpeta que sostenía contra el pecho—. Tenga en cuenta que no estamos hablando de una persona común, señor.
Axel afirmó, rodeando el escritorio y ubicándose frente a él. No se sentó. Apoyó ambas manos sobre la silla e inclinó el torso hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos.
—Esa persona dijo cosas que solo pudo escuchar en la mansión Russo. Usó información de manejo de puerto, entrada y salida de yates y cruceros para fines económicos personales.
La voz de Axel era una sentencia que empequeñeció a Pilar y la dejó sin palabras por un instante.
—Yo no tengo ese manejo, señor —me miró y algo en ese gesto no me gustó —. Paola lo lleva...
—Desde hace cuatro meses —la interrumpió Axel—. La investigación que reposa en la armada data de hace dos años, Pilar. ¿Qué tienes que decir?
El silencio que siguió fue de esos que pesan. Pilar abrió la boca, la cerró, y algo en su rostro cambió. No era miedo. Era furia contenida.
—Que hay un malentendido —se defendió, irguiéndose con una chispa de orgullo—. Es evidente que usted no me aprecia, porque se ha dejado llevar por comentarios malintencionados de terceros.
Me miró un instante y torció los labios en una mueca de disgusto. Seguí en silencio, porque no era mi lucha.
—Por desgracia para esta empresa —habló Axel, y su voz se volvió más baja, más peligrosa—, y para tu bienestar, Pilar, no hay un delito como tal en tus acciones. El casino que administraba tu familia bajo la fachada de café fue cancelado antes de que pudiera llegar a él.
—Usted mismo me está dando la razón. Todo esto se basa en especulaciones.
—Sin embargo —la voz de Axel subió apenas un punto, pero fue suficiente para que ella se callara—, en tu currículo y en tu motivo de despido se dejará claro y fundamentado lo que hiciste.
—Usted no puede despedirme solo por agradar a sus empleados preferidos...
—La policía será alertada.
Pilar palideció. No era una amenaza vacía. Lo supe por la forma en que Axel sostuvo su mirada, sin pestañear, sin dudar.
—Es posible que no obtengas un juicio legal —continuó—. Veamos cómo te las apañas con la moral.
Ella alzó los hombros, elevó el mentón, pero había algo en sus ojos que ya no era desafío. Era el cálculo de quien sabe que perdió, pero no quiere demostrarlo. Jamás, en todo el tiempo que había trabajado con él, había visto tanto enojo en su voz y en su rostro como en ese instante.
Axel llamó a seguridad. Dos guardias llegaron minutos después. Dio la orden de acompañarla a recoger sus cosas y vigilar lo que sacara.
Pilar no dijo nada más. Solo me miró antes de girarse. Una última mirada que no supe descifrar del todo. No era derrota. No era rencor. Era otra cosa. Algo que se quedó conmigo después de que ella desapareció por el pasillo.
El silencio que quedó fue denso. Axel se dejó caer en su silla, pasó una mano por su rostro y cerró los ojos un momento.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No lo sé —respondí—. ¿Debería estarlo?
—No —dijo—. Pero va a estar bien.
No supe si me lo decía a mí o a sí mismo. Tal vez a los dos.
Me quedé allí, en la oficina de Axel, con el eco de la discusión todavía en los oídos y la convicción de que nada volvería a ser como antes, no me aterraba. Solo me cansaba, un cansancio que algo me decía... iba a pasar.
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