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Capítulo 16

“¡Katheryn! ¡Katheryn!”

La voz de Ethan la escuchaba muy lejos. Su cuerpo estaba inmóvil y no podía hablar y tampoco abrir los ojos.

-¡Katheryn! ¡Despierta!

-¡No despierta, Ethan!—dijo Luke, angustiado.

-¿En qué instante se durmió?—terció Heidi. —no puedo leer sus pensamientos. Es como si no estuviera aquí. Está todo en negro.

Pero ella si podía escucharlos, incluso podía bloquear sus pensamientos para que Heidi no entrara en ellos. La charla con Paul la hizo fortalecerse.

Ahora ella sentía rabia y odio hacia ellos. Más hacia Ethan.

Abrió los ojos repentinamente y lo primero que vio fue a un Ethan aliviado con el cabello alborotado. Todo estaba oscuro, solo la luz del auto los iluminaba. Era de noche.

-¡Al fin, despertaste!—la abrazó.

-Sí. —dijo, con frialdad y lo empujó. — ¿Dónde estamos?

-En Nueva York. Son las ocho de la noche y dormiste ocho horas seguidas. —respondió Luke. —pensamos que te había pasado algo.

Ahora ella sabía la respuesta a todas sus dudas, sabía por qué ellos la evadían para no responder a sus preguntas. Porque ellos querían matarla. La querían matar como Palmer. A Katheryn no le dolió tanto saber que Heidi y Luke querían acabar con ella porque apenas los conocía pero a diferencia de Ethan, eso lo sintió como una punzada en su corazón. Lo hubiera esperado de todos, menos de él.

Apretó los labios y alejó el sentimiento de llorar. Decidió seguirles el juego. Ahora era ella la que les enseñaría como jugar.

-Solo estaba cansada.

-¿Quieres comer? Debes estar hambrienta, Florecilla.

-No, pero gracias. —Sonrió, forzadamente. —quiero ir a un sanitario.

-Enseguida. —dijo Ethan, algo perplejo.

Estaban estacionados en un estacionamiento privado. La ciudad estaba iluminada, y las calles llenas de personas.

Después de dar un par de vueltas, detuvo el auto y Katheryn bajó corriendo a un supermercado en busca de algún sanitario. Pasados siete minutos, regresó.

-Iremos a cenar todos a un restaurant, ¿de acuerdo?

-¡Qué bien! Muero de hambre. —dijo Luke, con una gran sonrisa. Katheryn sintió nauseas al verlo.

Odiaba a los tres por igual.

-Katheryn. —la llamó Heidi.

-¿Qué?

-¿Soñaste algo de lo que quieras contarnos?—preguntó.

-No. ¿Por qué?

-Es que no pude leer tu mente. Desde que te dormiste hubo un bloqueo en ti.

-No soñé nada.

-Tampoco puedo leer tu mente ahora.

-Aprendí a poner una barrera contra ti. —dijo, cruzándose de brazos. Estaba realmente furiosa porque solo estaban fingiendo con ella para luego asesinarla.

Ethan desvió los ojos de enfrente para verla, a decir verdad, los tres postraron sus ojos en Katheryn.

-¿Qué has dicho?—preguntó Luke, atónito.

-Aprendí a poner una barrera contra el poder de Heidi. —repitió ella.

-¿Cómo aprendiste?

-Es lo de menos. Al menos ahora puedo tener mi mente solo para mí. —espetó.

-Luke, ella no pudo mentir. Si ella dijo que no soñó nada, no soñó nada. —rodó los ojos Heidi.

-¡Katheryn, debes enseñarme a poner una barrera en mi mente!—dijo Luke. —Heidi deja de leer lo que pienso, ¿de acuerdo?

-Es inevitable. —rió.

Con los labios apretados, Ethan conducía. Sentía a Katheryn diferente. Alejada de ellos. Y de él.

Se estaba portando huraña y arisca.

Llegaron a un restaurant diferente al que habían ido la vez pasada ellos dos, donde fueron echados sin miramientos.

Luke y Heidi bajaron antes que ellos y se adelantaron a apartar una mesa para cuatro.

Ethan apretó el volante y soltó un suspiro.

-Ahora que ellos dos no están, ¿me dirás que te ocurre? Desde que despertaste de ese sueño extraño te has portado diferente.

-Aquí ustedes no son los únicos con secretos, Ethan. —le guiñó el ojo y abrió la puerta. —así que ni si quiera intentes insistir más en el tema.

Se bajó con aire de orgullo y lo dejó a él solo en el auto.

Ethan solo la vio entrar al restaurant, tan bella como siempre pero distinta a horas antes.

Dentro del restaurant, los tres ya estaban sentados en una mesa especial para cuatro personas, solo esperaban a Ethan.

-¿Qué vas a pedir, Quin?—preguntó Luke, sus ojos azules estaban pegados al menú. —todo lo que hay aquí son platillos que jamás había visto.

Pero Ethan no respondió. Se limitó a ver a Katheryn. Ella leía sin pena alguna el menú, sus grises ojos releían cada platillo y sonreía de vez en cuando al leer algo que le apetecía.

-Yo quiero una hamburguesa vegetariana. —le dijo ella al mesero.

-Yo lo mismo que ella. —agregó Ethan.

-Pues yo quiero albóndigas. —terció Luke y sonrió.

-Pediré lo mismo que tú. —Heidi le dio un codazo amistoso.

-Entonces serán dos hamburguesas vegetarianas y dos órdenes de albóndigas. —repitió el mesero mientras lo anotaba en una libreta.

-Sí.

-Enseguida se los traen. —se retiró a paso rápido.

Katheryn se pasó la mayor parte del tiempo mirando a otro lado, en ningún momento miró a Ethan. Cenaron en silencio.

Luke de vez en cuando observaba a Ethan y a Katheryn, fruncía las cejas y seguía cenando sin abrir la boca.

Minutos después, los cuatro salieron del restaurant e inhalaron el fresco aire de octubre. La luna estaba radiante sobre sus cabezas, y las estrellas eran pequeñas lamparitas en la noche, aguardando a que la oscuridad se hiciera más densa y así poder alumbrar el camino de los desdichados sin hogar.

Ya estando en el matiz, recobraron el camino para poder pasar la noche en un hotel. Katheryn protestó en hospedarse en otro hotel ya que Ethan había pensado quedarse en el hotel en el que se habían quedado la vez pasada.

Encontraron uno más económico para pasar de desapercibidos.

-Dos habitaciones, eh. . . –objetó Luke con una sonrisa.

-Sí. —Katheryn lo fulminó con sus ojos grisáceos. —tú dormirás con Ethan y yo con Heidi.

-Eso pensé. . .

-¿Saben qué?—dijo Katheryn con una sonrisa genuina. —pensándolo bien, creo que dormiré contigo, Luke. Quiero estar con alguien que de verdad le tenga suma confianza.

Luke entornó los ojos, Heidi abrió la boca y Ethan apretó la mandíbula.

-¿A qué va todo esto, Katheryn?—espetó Ethan, enfadado

-¿A qué va de qué?—contraatacó ella, la recepcionista los observaba atónita.

-¿Por qué estás actuando de esa manera? Desde que te despertaste has actuado diferente, ¿Qué te pasa?

-No me pasa nada, solo quiero dormir con Luke, ¿Hay algún problema por eso?—las comisuras de los labios de Katheryn se elevaron levemente. Su objetivo era vengarse de Ethan y ya lo estaba logrando.

Ethan cerró los ojos, inhaló y exhaló repetidas veces, abrió los ojos, tomó el delgado brazo de Katheryn y tiró de ella hasta la calle. No podían discutir delante de todas las personas. Eran las diez de la noche, bastante tarde como para hacer un show en vivo.

-¡Suéltame!

-¿Me dirás que te pasa o qué?—espetó.

-¡Ya te dije que no me pasa nada!

-¿Por qué quieres pasar la noche con Luke? ¿Quieres ponerme celoso o qué lo asesine a él?—las venas de su cuello se tensaron, apretaba los puños y rechinaban sus dientes.

-Ni si quiera te intereso, Ethan. No mientas. —dijo, con frialdad. —no me quieres, solo estás fingiendo.

Las palabras de Palmer resonaban en su cabeza una y otra vez. Ethan no la quería, solo estaba fingiendo al igual que Heidi y Luke.

-¿Qué rayos estás diciendo, Florecilla? ¿De dónde demonios sacas eso?—con ambas manos, acunó el delicado rostro de Katheryn.

-Estoy diciendo que tú no me quieres, ni si quiera te agrado.

Él sacudió la cabeza, un gesto negativo, se inclinó a su altura de ella y la besó.

La besó con intensidad. Ni si quiera ella pudo evitarlo. Cada que él la besaba, se sentía en las nubes. Cada que probaba sus labios húmedos, sentía que todo a su alrededor desaparecía. Cada que sentía su sabor, se sentía protegida. Sus besos de él eran su vida.

Una lágrima amarga se deslizó por su mejilla y se introdujo en el tierno beso. La sal de su lágrima no impidió que el beso durara más de lo imprevisto.

La escena que ambos montaban parecía de película. Los dos solos, en la calle, de noche y sintiendo el aire frío que llamaba el invierno.

-Katheryn, quiero que sepas que yo en verdad te amo. ¿Por qué de repente dudas eso? ¿Qué te sucedió en aquel sueño que tuviste?—con el dedo pulgar y anular, sostenía el mentón de ella, obligándola a mirarlo a los ojos. Sus ojos verdes de él estaban sobre los grises de ella. Los dos se miraban sin parpadear. —responde.

-Cuando lleguemos a Suecia te lo diré. —dijo, mordía sus labios sin poder evitarlo. —lamento que hayas pasado un mal momento. Soy de carácter impulsivo y actúo sin pensar. Lo siento.

Sin decir nada más, Ethan la besó en la frente y la abrazó. Los dos entraron de nuevo al hotel, donde un aburrido Luke y una nerviosa Heidi los esperaban sentados en el suelo.

-Katheryn, es bastante incomodo haber oído aquella idea de dormir conmigo. —agregó Luke en cuanto la vio. —estabas bromeando, ¿no?

-Por supuesto. —sonrió con timidez.

-Bueno, ¿saben? Estoy agotada. Iré a descansar. —terció Heidi. —Katheryn, ¿vienes?

-En un segundo.

Luke y Heidi se alejaron con rapidez. Ethan le dedicó una sonrisita tierna a Katheryn, la abrazó por un largo rato.

-No quiero separarme de ti. No quiero. —susurró en su oído.

-Llegará el momento en el que tendremos que separarnos si queremos seguir con vida. —le respondió ella, también en un susurro.

Él se tensó bajo sus brazos, aquella respuesta no era la que estaba esperando. Aparte, Katheryn no sabía nada de lo que estaba pasado. —pensó. —así que no era posible, la respuesta que le había dado era solo casualidad.

-Son las diez con diez minutos de la noche. —dijo ella, sonriendo bajo su cuello de él. —y no tengo sueño.

-¿Quieres salir a dar un paseo?—había un brillo juguetón en sus ojos.

Ella asintió.

Y aquella noche fue la más hermosa que tuvieron los dos. Recobraron los momentos que habían pasado un mes atrás, las risas, besos, caricias y juegos. Ethan la llevó a Central Park y ahí estuvieron hasta la media noche. Y a pesar de ser muy tarde, había cafeterías abiertas con muchas personas dentro.

Se tomaron un delicioso café y charlaron como unos viejos amigos—a pesar de ser novios—sin ni si quiera tomarse la molestia de ver el reloj.

Hablaron de su pasado, y de uno que otro secreto que tenían guardado solo para sí mismos.

Katheryn se quedó boquiabierta al oírle confesar a Ethan que él aún seguía siendo—literalmente—virgen. Él solo fingía tener sexo con cualquier chica pero en cuanto ellas se descuidaban, con solo pasarles la mano frente al rostro, se quedaban dormidas.

De regreso al hotel, Ethan se percató que Luke y Heidi se habían llevado las llaves.

-No podremos despertarlos, deben estar dormidos. —objetó Katheryn, sonriendo.

-¿Quieres apartar otra habitación solo para nosotros dos?—sugirió él, con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Hay habitaciones con dos camas?—Katheryn se mordió los labios, ruborizada. Ethan rió con ganas.

-¡No te haré nada, Florecilla! Solo dormiremos. —se acercó a ella, lo suficiente para susurrarle al oído: —Cómo desde que nos conocimos te dije, si me dices que me quite la ropa lo haré. Si tú me pides que te quite a ti la ropa, —sonrió aún más, ella sintió su sonrisa sobre su cabello. —por supuesto que lo haré. Pero solo bajo tu decisión.

-¿Y si te digo que me des un beso ahora, qué harás?

-Ni si quiera lo pensaré dos veces.

La besó de nuevo, con el mismo frenesí de horas antes. Katheryn sonrió a mitad del beso.

-¿Por qué siempre me besas en determinado tiempo? Espero un beso todos los días y de vez en cuando llegan.

-No quiero que sientas que te presiono.

-Me presionas para que no me vista con escotes, solo en eso me presionas. —Rodó los ojos y le dio un golpe amistoso en el pecho. — ¿Dónde pediremos la habitación?

Ya en la habitación con una enorme cama tipo King sise que tenía capacidad de admitir a más de seis personas, Katheryn aprovechó el momento en el que Ethan entró al sanitario para cambiarse de ropa. Le dio gracias al cielo que Ethan le había traído sus tres pijamas limpias que tenía guardada en su buró. Los cuatro solo habían bajado una pequeña mochila para cambiarse de ropa, ya que al otro día se irían directo a Suecia. Katheryn no podía seguir con la boca cerrada. El anciano de nombre Paul, le había dicho toda la verdad y le había hecho prometer que no diría nada hasta que llegara a Suecia pero Palmer de nuevo había interferido en sus sueños.

-¿Qué haces, Florecilla? ¿No tienes sueño? Son las doce treinta y cinco de la noche. —Ethan salió del sanitario con unas bermudas rojas escarlatas y una camiseta negra, se dio la vuelta y se agachó para guardar su ropa en la mochila. En la parte trasera de su cuello, Katheryn volvió a presenciar su tatuaje de rayo.

-No tengo nada de sueño. Recuerda que dormí toda la tarde. —lo llamó para que se acostara junto a ella en la cama.

-¿Puedo saber qué fue lo que soñaste?—se tumbó junto a ella. Con una mano presionada en su mejilla, se dedicó a observarla.

-Ya te dije que te lo diré en Suecia. —dijo. —por cierto, ¿Por qué justo ahí?

-Se puede decir que en ese lugar conozco a alguien que nos puede ayudar y tengo esperanzas de que nos diga que la persona que deseo ver aun esté con vida. —sonrió, pero su sonrisa no era genuina. Era forzada.

-¿Cómo se llama ese “alguien” qué está allá?—inquirió. Ya sabía la respuesta pero quería que él se lo dijera.

-Se llama Paul. Es un anciano muy antiguo. —respondió, sus ojos dejaron de verla y se postraron en las sabanas. A simple vista, Katheryn se dio cuenta que Ethan no planeaba decirle más sobre el anciano, así que decidió no presionarlo. No quería pelear de nuevo con él.

Las palabras de Palmer seguían presentes dentro de su cabeza. Ethan no la amaba. Ethan la detestaba y quería asesinarla. Pero no podía ser cierto. No era posible.

-¿En qué piensas?—preguntó él, sus manos estaban sobre las de ella y Katheryn ni si quiera se había dado cuenta. — ¿Florecilla?

-Lo siento, ¿Qué decías?—parpadeó un par de veces.

-Te pregunté que qué pensabas.

-Nada. Estaba pensando en nada. —se odió a sí misma por responder algo tan estúpido.

-¿En nada?—arqueó ambas cejas y ladeó la cabeza. — ¿Te sientes bien, Florecilla? Si quieres puedo darte un masaje en la espalda para que te relajes.

-¿Sabes hacer masajes?

-Soy un experto. —dijo, sonriendo con orgullo.

-Entonces sí. Dame un masaje. —se tendió boca abajo en la cama y se pasó la playera por encima de la cabeza. Su espalda desnuda—sin nada de por medio—quedó al descubierto.

Ethan enmudeció.

-Tranquilo, ¿Pensabas hacerme el masaje sobre la ropa?—preguntó Katheryn, sonriendo al verle el rostro de Ethan. Estaba ruborizado.

-¿Quieres que me dé un ataque?—balbuceó.

-No. Yo solo quiero el masaje que me prometiste. —se burló.

-¡Vas a volverme loco, Florecilla!—de un rápido movimiento, se colocó detrás de Katheryn y le besó la espalda baja con suavidad.

Los dedos de Ethan bajaban y subían sobre su espalda de Katheryn. Era un buen masajista—pensó Katheryn. —había logrado desanudar los músculos tensados por el viaje. Ninguno de los dos abrió la boca durante diez minutos.

-¿Cuándo te hiciste el tatuaje que tienes en el cuello, Ethan?—le preguntó de repente. Dejó de sentir los dedos de Ethan sobre su espalda.

-No me lo hice yo. Es la marca que tienen todos los elegidos. —alargó una mano y la dejó sobre uno de sus omoplatos de ella.

-Yo no la tengo.

-Si la tienes, es solo que es en diferente parte del cuerpo que lo tenemos.

-Pues yo jamás la he visto. —Dijo ella, su voz se escuchaba apagada por los cojines que tenía en el rostro. —conozco cada parte de mi cuerpo y no tengo nada.

-¿Estás segura que conoces cada parte de tu cuerpo?—preguntó, su tono de voz sonaba seductora. Katheryn tragó saliva.

-Por supuesto que sí. —extendió una mano y cogió su playera dispuesta a ponérsela de nuevo.

-¿Y por qué justo ahora estoy viendo tu marca y la estoy tocando?—su mano se deslizó hacia abajo y quedó suspendida sobre el inicio de sus glúteos.

-¿De qué hablas?

-Tu marca está justo aquí. —Le dio un par de palmaditas en el mismo lugar. —pensé que ya lo sabías.

-¡Dónde!—se giró de repente, Ethan se levantó de la cama sorprendido. Katheryn estaba totalmente desnuda de la cintura para arriba pero parecía no darse cuenta. — ¡Dónde! ¡Quiero verla!

Con los ojos entornados, Ethan se dio la vuelta. Sus mejillas le ardían.

-¿Qué? ¿Por qué me das la espalda?

-Florecilla, si quieres que yo mantenga mi autocontrol intacto, vístete. —murmuró.

En ese momento, Katheryn reaccionó y pegó un grito.

-¡Ethan! ¡Asqueroso!—gritaba mientras se ponía su playera.

-No fue culpa mía. —se burló, y se dio la vuelta para verla. Katheryn estaba sentada sobre la cama con las mejillas rojas de vergüenza—por cierto, tienes los senos más lindos que he visto.

-Por favor, no digas eso, ¿sí? Haces que me ruborice de pena. —se tapó el rostro con las manos. —ahora no quiero ni verte a la cara.

-Fue un accidente, Florecilla—se sentó junto a ella y la abrazó con fuerza. —no debí verte, lo siento.

-En primer lugar yo no debí de quitarme la playera. —Negó con la cabeza. — ¡Qué vergüenza!

-Y todo porque no me creíste de tu marca. . .

-Y sigo sin creerte.

-¿Quieres que le tome foto y te la enseñe?

-Sí.

A paso decidido, Ethan fue por su mochila y sacó su teléfono, el teléfono sonó, avisando que necesitaba batería. Sacó su cargador y lo conectó en la pared. El teléfono de Katheryn había pasado al olvido, lo había dejado en la casa de Brenton y jamás volvería a tenerlo.

-Date la vuelta y álzate la playera. —le ordenó a Katheryn.

-Hazlo.

Con los dedos temblorosos, Ethan le sacó una foto a su marca de Katheryn.

-Aquí está. Es igual a la mía.

A cientos de kilómetros de distancia, Paul estaba sentado sobre el sofá algo polvoriento mirando la televisión. Estaba esperando el desayuno. Junto a él, había un libro muy grueso y viejo que estaba encima de una pequeña mesa de madera. Aquel libro contenía todas las respuestas que los Elegidos buscaban durante siglos y solo pocos tenían la dicha de leerlo. También estaban escritos todos los nombres de los Elegidos anteriores, los Elegidos presentes y los que estaban por nacer. Años atrás, Palmer había leído el libro al derecho y al revés, y sin que nadie se diera cuenta, sacó una réplica del libro y se lo llevó consigo. Pero en ese entonces, Paul no sabía de las verdaderas intenciones de ella. Las reglas o el destino de los Elegidos era morir en una pelea justa y no hacer un equipo para eliminar a la más fuerte o débil.

Pero Paul solo era un anciano que también fue tocado por un rayo, le dio lo mismo que a los Elegidos solo que no era uno de ellos. Él fue creado para tener anotado en el libro los nombres de todos los Elegidos. Tanto el nombre, edad en la que quedaron suspendidos, y la fecha exacta de sus muertes.

En ese momento, en la televisión estaba pasando la película “Misión imposible”. Paul observaba con detenimiento la pantalla, sus gafas se le resbalaban por la nariz.

-¡Señor Paul!—le gritó una señora de edad promedio.

-¿Qué pasa, Beca?—respondió él, saliendo del trance de la televisión.

-Se me hizo tarde—dijo. —ahorita le haré el desayuno.

-No hay problema.

-En un rato estará listo.

Paul asintió y suspiró. 

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