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8

— Eso no es posible, preciosa —comentó Eva en respuesta— Tú reconocerás a tu mate por su olor y tu mate lo hará exactamente igual, por lo que si tuviéramos el mismo olor, las cosas serían un poco caóticas, ¿no crees?

— Pero... —

— No hay pero que valga, Alana —le reprendió con dulzura— Mira, tus heridas ya están desinfectadas, así que ahora voy a ayudarte a incorporarte, voy a quitar la colcha ensangrentada y descansarás hasta que te hayas recuperado, ¿entendido? —Alana asintió a regañadientes, como si de una niña pequeña caprichosa se tratara— Mañana será un día muy importante, así que necesito que estés lo más descansada posible para correr mucho.

Tal y como dijo, Eva la ayudó a acomodarse entre sábanas limpias y se marchó a su habitación para dejarla descansar mientras ella trataba de idear un plan. Aunque, lamentable, no pudo pensar mucho sobre su huida porque su madre apareció en su habitación para pedirle muy amablemente que bajase con ella al salón, pues su padre quería hablar con ella.

— Tendrás que asistir a la ceremonia de conciliación junto a tu madre y junto a mí —comentó su padre con tono autoritario, dejándole en claro que no permitiría quejas o alguna negación por su parte— El alfa quiere que asistas y así lo harás.

— Está bien, ¿pero qué sucederá con Alana? —

Accedió tan rápido que incluso su padre se sorprendió un poco. No obstante, lo achacó al hecho de que, quizás, no quería terminar igual de golpeada que su hermana Alana. La verdadera razón por la que aceptó fue por el hecho de que no deseaba levantar sospechas sobre lo que en realidad sucedería en esa dichosa ceremonia y, además, las gemelas se veían muy beneficiadas con este nuevo giro inesperado de los acontecimientos.

Definitivamente, Eva ya tenía su plan.

— La quedaremos encerrada bajo llave y no será un problema —comentó su madre en respuesta, adelantándose al alfa— No sabes cuánto nos alegra el hecho de que por fin hayas comprendido la importancia de mantener a tu hermana alejada del mundo.

«Si tan solo supieras, madre»
Pensó la omega, mordiendo fuertemente su labio inferior para evitar sonreír.

— Solo quiero lo mejor para mi hermana y si mantenerla alejada del mundo garantiza su seguridad, entonces haré todo lo posible para ayudaros —comentó con tranquilidad— Ahora, si me disculpáis, regresaré a mi habitación para comenzar a hacer la tarea que tengo pendiente del instituto.

Sin embargo, lejos de sentarse y realizar sus tareas, la omega comenzó a rebuscar en su armario para tratar de encontrar un conjunto de ropa que Alana y ella tuvieran en común, lo cual no fue sumamente difícil.

— Eva, ¿tú tienes a...? —la omega emitió un pequeño gritito debido al susto, tirando el conjunto nuevamente dentro del armario presa de un acto reflejo— ¿Qué estabas haciendo?

— ¡Joder, Alana! —chilló a regañadientes, llevando sus manos hacia su desbocado corazón— ¡Menudo susto me has dado!

— Es que... —comenzó a decir Alana, un tanto apenada— ¡Oye, que he tocado la puerta varias veces, pero no decías nada!

Eva tomó profundas respiraciones hasta que logró tranquilizarse, regalándole una mirada mortal a su hermana momentos después. Alana supo entonces que una terrible reprimenda estaba a punto de llegar para ella.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —inquirió Eva con evidente tono de regaño— Deberías estar descansando para que esas heridas cicatricen de forma correcta.

— ¿Tú tienes a Bear? —inquirió ella en un bajo murmullo— Lo he estado buscando por mi habitación, pero no está —inevitablemente, un pequeño puchero se formó en sus labios— Creo que padre se lo ha llevado.

Bear, su hermoso y preciado Bear, era un pequeño oso de peluche que hacía muchos años atrás llegó a ser más grande que la propia omega, pues se lo regalaron por su tercer cumpleaños; su primer y último regalo de cumpleaños. Alana sentía un fuerte vínculo emocional por el peluche debido a que éste fue el único objeto de apego que tuvo en su infancia, además de su hermana gemela.

Por ese mismo motivo, Alana aún seguía recurriendo a él cuando tenía un mal día o se sentía más mimosa de lo normal, pues mantenerlo abrazado era compararlo con una sensación tan cálida como ser abrazada por una madre, un padre o un ser muy querido.

— Intentaré recuperarlo para ti más tarde, ¿sí? —comentó Eva con suavidad— ¿Qué te parece si nos tumbamos en la cama y te abrazo como tú abrazarías a Bear? —prosiguió— Sé que Bear sabe dar abrazos muchos más reconfortantes que los míos, pero me esforzaré.

— Vale —accedió Alana con rapidez— Tus abrazos son los mejores.

Las ganas de llorar volvieron a hacer acto de presencia para Eva, pues no pudo evitar pensar en el desolador hecho de que Alana nunca fue abrazada por nadie más que por ella, ¿cómo no considerarlos como los mejores?

— Eso dices ahora, preciosa —comentó, retirando de forma disimulada las lágrimas que comenzaron a deslizarse por sus mejillas— Espero que en un futuro sigas pensando lo mismo o me pondré celosa.

Alana no entendió.
Por supuesto que no lo hacía.

La ayudó a tumbarse con la mayor delicadeza posible para no empeorar sus heridas y se colocó a un lado de ella, apresándola entre sus brazos en un reconfortante abrazo. Supo que el momento de contarle cómo la sacaría de allí y cómo le regalaría una mejor vida había llegado.

— Alana —la llamó con suavidad, ganándose su atención— Necesito que te hagas pasar por mí una última vez y te prometo que no tendrás que hacerlo nunca más —comentó en un bajo murmullo— Voy a sacarte de aquí y nos iremos a cualquier parte del mundo, por muy pequeña que sea, para que podamos mostrarle a los demás que tengo una preciosa hermana gemela que es mil veces mejor que la gemela que se ha mostrado toda su vida.

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