Capítulo 6
Alana
A la luz de los hechos de estos días, es decir, la liberación de Axel, el divorcio con Caitín y el matrimonio de esta con mi hermano en una ceremonia privada, mis padres y yo habíamos decidido mantenernos al margen. La única vez que compartimos todos fue en el nacimiento del pequeño Liam, una criatura adorable e inocente que no tenía la culpa de nada. Después de lo cual, mamá y papá se cerraron en lo más parecido a un luto.
Y es que, para ellos, lo que hizo Liam con uno de sus mejores amigos estaba lejos de ser la conducta de un Parissi. Por lo que era más fácil para ellos hacer creer que mi hermano estaba muerto y ellos vivían su luto. De mi parte, hacía todo lo posible para no tropezar o estar cerca de Axel Russo; este había tomado el control de la empresa, pero bajo estricta vigilancia de su padre.
Salía de tarde y llegaba a casa de mis padres, pasaba casi toda la noche con ellos, yendo a mi casa siempre entre las diez u once. Era la mecánica de todos los días; los fines de semana dormía allí o salíamos a alguna actividad.
A Liam parecía no molestarle que nuestros padres se alejaran de él y hasta juraría que lo disfrutaba. Fuentes externas decían que él y su nueva esposa se veían muy enamorados. En lo referente a Axel, en esos meses que siguieron a su liberación y tras tomar el control nuevamente, había acudido al astillero en un par de ocasiones. Sin embargo, como lo dije antes, él no bajaba a las tumbas. Por los corredores de ellas, había el rumor de que, en las veces que lo vieron, llevaba gafas oscuras y aliento a alcohol.
—Parissi —llama mi jefe y suelto una maldición, porque me ha tomado por sorpresa y estaba inmersa en mis pensamientos.
Al estar de frente a él, con su panza enorme y su rostro de piedra, alza una ceja rubia con diversión; no obstante, no dice nada y hace señas para que lo siga. El acoso ha disminuido, pero no acabado. Sigo siendo la extraña en el grupo, la chica molesta, amiga de un amigo del dueño. Para ellos, mi llegada al astillero fue por mis contactos, no por mi currículo.
Soy conducida por las oficinas del lugar, un sitio que solo frecuento para recibir alguna amonestación. El ambiente es más claro; la presencia de luz se debe a que estamos por encima de la tierra y no debajo de ella, donde suelo trabajar. La pulcritud es lo más evidente. En mi recorrido, he tropezado con dos o tres mujeres, asistentes, imagino. El problema está en ser mujer un piso abajo, pienso, divertida, mientras sonrío a una chica que se cruza en mi campo de visión y cuyo rostro redondeado y ojos verdes me miran sorprendida al ver mi atuendo.
¿Tan extraño era una mujer en ese territorio inhóspito, donde la testosterona mandaba la parada y el machismo hacía porras? Óscar, mi jefe, se detiene en la última oficina, bastante pequeña en comparación con las otras. Abre y me indica entrar; una revisión al lugar me dice que fue un cuarto de trastos y que fue limpiado en tiempo récord, habilitado para lo que veo.
Un escritorio viejo y marcado con rayones de algún objeto filoso, con los nombres de Sam o las declaraciones de amor de Dad a Fela. Hago una mueca de disgusto al ver la silla gastada y con manchas blancas donde debería reposar el trasero de alguien. Óscar se detiene a un costado del escritorio, donde está una mesa amplia (en mejores condiciones que el escritorio y la silla).
—El cliente es exigente —me dice, girando un documento hacia mí. —Quiere un yate en tiempo récord, personalizado y con los gustos de su hijo —asiento, mirando la lista y de nuevo a Óscar. —Debes tener en cuenta que es para un hombre de 24 o 25 años, capacidad para seis personas, compartimento secreto para armas.
—¿Armas? —pregunto, confundida, y mi jefe asiente.
—En los ratos de descanso, reposará en el puerto de la mansión y servirá para que los escoltas controlen el espacio marítimo —sigue diciendo. —Está un número de teléfono donde puedes pedir información sobre los gustos del hombre. Te contestará su mamá, Dilcia Tomasevic. Buena suerte.
Sin más, da media vuelta y sale de la oficina; no me ha dicho si esta cueva es mi lugar de trabajo temporal o en realidad estaré allí para siempre. Si bien la idea de salir de la oscuridad (literal) me agrada, se supone que el sitio de trabajo debe ser adecuado y relajar a la vista. Por lo que, lo que sigue de la mañana, lo dedico a organizar mi sitio laboral. Con dos horas disponibles antes de ir a almorzar, llamo al número desde el móvil que me ha dejado en el escritorio.
Me encuentro charlando con una mujer muy simpática que adora a su hijo, quien, dice orgullosa, está en la fuerza aérea de su país (Turquía). Asegura que no tiene un color preferido, ama volar tanto como adentrarse al mar cuando está triste o aburrido. Solo quiere un lugar seguro, de su propiedad, donde "su pequeño" pueda hacerlo sin el temor de que sucumbirá a las inclemencias del tiempo. Me dice que, en realidad, es un regalo de su padre, pero que este no tiene tiempo para pasar al teléfono.
Cruzamos una que otra información; nos ponemos de acuerdo en nombre, colores, muebles, etc. Al final de la llamada, tengo una idea fija en mi mente de lo que deseo y, como no quiero que mi musa se vaya junto con mi apetito, he decidido hacer el primer bosquejo antes de ir a almorzar. Saco de mi mochila una manzana y me dispongo a hacer mi labor. Una vez voy por la silla, observo esa mancha blanca (esta vez con asco) y encuentro atractivo la idea de trabajar de pie.
Ese día tenía el turno de veinticuatro horas, por lo que tenía el tiempo, las ganas y disposición para dejar por lo menos en un 60% lo que el cliente quería, recordando que lo quería en tiempo récord, pero que no me indicaron exactamente cuántos días. Las horas se pasaron volando; descubrí, con sorpresa y algo de alegría, que me traían almuerzo hasta la oficina. Una chica entró con un carro de comida y me llamó "Arquitecta"; era la primera vez que lo hacían en ese sitio y, por alguna razón, eso me alegró.
Creo que fui consciente de que mi turno estaba llegando a su fin cuando mi espalda empezó a protestar. Había improvisado una banca con varios archivos vacíos, pero mi pobre espalda no logró descansar. Unos toques en la puerta se escucharon cuando daba los últimos trazos.
—¿Qué tienes? —pregunta Óscar, entrando, limpio, mientras yo olía a campamento de gorila.
—Lo siento, no tuve el PC para seguir, pero lo llevo a casa y...
Me hace a un lado, saca unos lentes de su bolsillo y revisa mi trabajo. Me muerdo la parte interna de mis mejillas de forma nerviosa mientras espero una respuesta. Sé que es un buen trabajo; no está más que en pañales, pero he sido todo lo meticulosa que se requiere. El tipo tiene que ver esto para decidir si desea hacer unos cambios o no y luego haré el resto. Sin embargo, lo que dice después me hace ver que he sido usada.
—Bien, excelente trabajo, Parissi; arquitectos de verdad harán el resto —suelta y mi cólera es muy evidente, pues me mira serio antes de seguir. —Esto no es la universidad; aquí debes hacerte un puesto, Parissi.
Tristemente, yo pensé que esa cueva era mi nuevo sitio de trabajo, pero no fue así. Me dijo que recogiera mis cosas y regresara todo a su lugar. Que, si tenía algo para mí, me lo diría, pero que, de momento, regresaría a mi puesto.
Tomo mi morral y salgo de ese lugar sin ordenar absolutamente nada, porque lo que hice fue darle un ambiente de trabajo a ese lugar asqueroso. Ya en las afueras y cuando me dispongo a tomar el autobús, me llama Santana, indicándome que esta tarde hay un partido de fútbol y que el jefe de jefes (Bruno Conti) exigió que todos los que descansamos debíamos asistir.
—Lo siento, Parissi; intentamos decirle que no era adecuado, pero insistió —me dice, entregándome una tula azul. —Es el más pequeño que encontraron.
Atrás han quedado mis proyectos de dormir todo el día y estar despierta para el eclipse de luna. Bruno ha decidido meter sus narices en mi vida y dañar hasta mis días libres. Con el único pretexto de presionar para que no le diga nada a su tío o primo, está logrando todo lo contrario.
—Gracias, no te preocupes; sé jugar fútbol —le aclaro y sonríe. —No soy Maradona o Pelé, pero sé lo básico.
Cruzamos información: hora, sitio de encuentro y demás, y regreso a casa. Al llegar, pongo la alarma dos horas antes para almorzar antes de ir a jugar fútbol. La mochila tenía el logo de la empresa; además del uniforme, había una botella de agua. El infeliz de Bruno no me dejaba en paz, pienso mientras me quito mi uniforme y entro al baño.
(...)
—No tomes agua antes de empezar, Parissi —habla Santana, quitando el líquido de mis manos y mirándome con reproche.
—Tengo sed —me excuso y resopla.
Cierra la botella y me la entrega; es el arquero del equipo, pero el día de hoy no ha podido jugar. Dice tener un problema en un pie, lo que los tiene a todos sorteándose quién lo reemplazará. Yo podría hacerlo, pero me han mirado con burla y han seguido en su discusión.
—Yo lo haré —habla la voz de Axel detrás de nosotros y todos giran, asustados. —¿Tienes el uniforme?
Allí, delante de todos y sin importar que exista una mujer con ellos, se quita su remera blanca y se coloca la de Santana. Intento no mirar de más sus pectorales o la V que se marca en sus abdominales. Se ve más delgado que la última vez que hablamos, pero, en lo demás, está idéntico. Sigue siendo mi fantasía más perversa.
En lo que queda del partido, descubro que puedo jugar sin que sus piernas me entretengan o la voz ronca que anima a sus empleados, ni siquiera su risa fuerte al celebrar un gol me distraen. Creo que su presencia me anima, lejos de distraerme.
Me veo disfrutando por primera vez de un día tranquilo con mis compañeros y hasta pude dar un pase que terminó en gol. Aunque empatamos, descubrieron que su jefe no lo hacía nada mal. Desocupo el contenido de la botella ante las protestas de Santana, diciéndome que no debería haberlo tomado de esa manera, y me encojo de hombros. Lo cierto es que jamás pensé que pudiera ser tan protector, porque no ha dejado de estar pendiente de mí durante el juego e incluso ha cuidado mis cosas.
—¿Por qué permites que te rebajen a nuestro nivel? —la pregunta me toma desprevenida; mi vista está fija en Axel, que ríe divertido con nuestro jefe.
—¿A qué te refieres? —pregunto, mirándolo confundida.
—Somos soldadores, Parissi, y tú, arquitecta. ¿Qué carajos haces con nosotros?
—Tengo calor, Santana —le digo y, de pronto, mi piel empieza a sentir escozor.
Mi compañero me observa, confundido, mientras yo alejo la ropa de mi piel. Santana se levanta y hago lo mismo, retirando mi camisa. Todos empiezan a mirar en mi dirección, incluso Axel, que los silbidos lo hacen querer ver lo que causa tanta algarabía. Las imágenes que siguen son borrosas y los diálogos, igual.
—Tuvo una recaída.
—¿Qué quieres decir?
—De adolescente era drogadicta.
—Lena jamás tomó drogas. ¿Qué le diste?
—Nada; ella trajo su propia botella. Yo la estuve vigilando, jefe; no tomó nada más que eso.
Todo esto lo escuchaba porque las imágenes eran distorsionadas frente a mí. Le decía al que me llevaba en brazos que no me hiciera daño, que esta vez no le diría a nadie. Lloré de frustración al ver que era puesta en un vehículo y este iba en movimiento.
—No me hagas daño; prometo no decir nada... No llames a papá —murmuré al hombre que me tomaba en brazos y me conducía por un puerto. —Esta vez no iré a la policía; papá no sabrá nada... No le digas a mi padre, por favor, no le digas.
Empieza una lucha porque el que sea intenta desnudarme; grito, intentando detenerlo, hasta que me doy cuenta de que es imposible y mi mente se nubla en la oscuridad total.
Me despierto con el vaivén de la cama y abro los ojos; el recuerdo de lo sucedido me hace sentarme en ella. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que estoy en un camarote, bastante lujoso, y que reconozco como el yate más caro que tienen los Russo. Me levanto con dificultad, avanzo hacia la ventana para ver dónde estoy y veo solo oscuridad. Regreso nuevamente, notando que llevo puesta una pijama de seda.
—Bruno —digo en voz alta y busco a mi alrededor algo con qué golpearlo.
Encuentro solo un par de zapatos deportivos masculinos y ropa cuidadosamente doblada en una silla. Suelto el aire e inspiro, intentando encontrar una salida a mi situación, y es como tener un déjà vu, solo que esta vez no estoy borracha. Busco por todos lados ropa que ponerme y no encuentro nada, salvo esa ropa.
Mi cuerpo no tiene señas de nada; observo delante del espejo, tampoco estoy adolorida. Él pudo haberme bañado, como la primera vez, e incluso tengo imágenes vagas de alguien metiéndome en agua helada. Tengo que salir de esa incertidumbre, pienso mientras doy un paso hacia la puerta y la abro.
En otras circunstancias, el lujo del lugar me hubiera encantado, pero, dado el nivel de nerviosismo, poco o nada me importan lo que hay a mi alrededor. Una vez en cubierta, me doy cuenta de que, en efecto, es de noche y estamos en mitad de la nada. Un hombre vestido de pantalón y camiseta blanca, descalzo y de espaldas a mí, contempla la luna que se proyecta en el océano; el eclipse empezará en pocos minutos. No tiene que darse la vuelta para saber que es él; reconozco a Axel Russo desde cualquier ángulo.
—Alguien tiró algo en tu botella de agua —habla y no sé por qué supo que estaba detrás.
—Fue entregada en la mochila junto con el uniforme —respondo sin acercarme.
—Lo sé; envié el lote. Las autoridades están investigando —dice y gira hacia mí.
—¿Quién me vistió? —pregunto, cuando lo que quiero saber es si él fue quien me metió en el agua helada o me vio desnuda.
Por un momento, me mira en silencio sin decir nada; su rostro es iluminado por los reflectores del yate. Luce imponente y magnífico (por lo menos a mis ojos) en el sitio en el que está en este instante. Hasta que recuerdo que fue secuestrado en un lugar parecido y, por lo que se ve, estamos solos.
No aprende, pienso de manera fugaz.
—Yo lo hice —responde sin la menor duda.
—¿Me viste desnuda? —le pregunto, enojada. —¿Cómo pudiste?
La indignación es obvia; la rabia de que no me llevó con alguien conocido y, en cambio, me trajo en medio de la nada aumentaba mi ira. Ya no soy una niña a quien solía apretar las mejillas y decir que me comería a besos. Soy una mujer que está molesta porque un desconocido la vio desnuda y se lo hago saber.
—No soy un desconocido, Lena —se defiende, y la mención de ese apodo me hace enojar aún más. —No tuve otra opción; estabas dando un espectáculo —dice, serio, y mirándome fijamente. —No quise darte un mal mayor.
—Pudiste llevarme a casa —grito, fastidiada— o llamar a Zack.
Ante la mención de su amigo, sus ojos se oscurecen; sin embargo, de momento, solo se limita a mirarme con enojo. Agradezco que me sacara de ese lugar y que no me llevara a un hospital, pues quedaría registrado el ingreso por ingerir drogas. Llamarían a mis padres y ellos no estaban para lidiar con algo así, no otra vez.
Solo que desnudarme era excesivo...
—Por si no te has dado cuenta, ya no soy una niña; soy una mujer que se encuentra bastante incómoda con esta situación —termino de decir. —Quiero regresar a casa.
—Reaccioné como creí que era lo correcto —se defiende. —Te aseguro que no te falté al respeto —junto las cejas y lo miro, enojada, pero no parece que le afecte mi estado. —Llamé a tus papás y les dije que teníamos que salir algunas horas. Repetías una y otra vez que no le dijeras a tus padres.
—Señor Axel —habla una voz detrás de mí y giro para encontrarme a una mujer vestida de blanco.
Sorprendida, me doy cuenta de que es una enfermera, a quien veo ser amonestada por Axel al decirle que la trajo para que me asistiera y no para que flirteara con el capitán. Regresa la mirada en mi dirección y sonríe, divertido, al verme respirar aliviada. Él no me vio desnuda; la mujer, muy seguramente, había hecho todo.
—Lo siento, señor, pero recibía recomendaciones del señor Zack —se calma rápidamente y toma el móvil que la mujer le extiende.
Tarda unos minutos en hablar con el que imagino es el rubio y cuelga. Yo intento entender por qué hizo todo este despliegue, cuando simplemente pudo llevarme a casa.
—Venga conmigo, señorita; debe cambiarse.
Me dejo conducir nuevamente y aún tengo cierto mareo. Me visto, con la ayuda de la mujer, con un vestido que reconozco como de mi propiedad y la enfermera me dice que una amiga mía trajo la ropa al puerto.
—El doctor dijo que no era buena idea que la llevaran a un hospital. El reporte sería ingresado a su historial y, de momento, no se sabe cómo llegó esa droga a esa botella —asiento en silencio y, hasta allí, le doy la razón.
Subo nuevamente y me encuentro a Axel esperándome en la entrada. Sin decir nada, me extiende la mano, que, por alguna razón, me niego a tomar, y subo por mis propios medios. Él puede que se acerque a mí para molestar a mi hermano, pues ya ese idiota me lo ha dicho: "No te creas especial si llega a enamorarte; no pienses en campanas de bodas. Si lo hace, es porque quiere desquitarse conmigo y burlarse de ti, igual que Bruno".
—¿Todo bien? —pregunta ante mi silencio. —Jamás te vi desnuda, Lena; Zack solo me dejó traerte si una enfermera te cuidaba; él no pudo venir.
—¡Mis compañeros...!
—No pasa nada —me interrumpe. —Están más preocupados por la investigación que haré contra todos de no aparecer el que te echó esa porquería en la botella o regó el rumor de que eras drogadicta —¡Dios, no...! Por favor. Trago antes de hacer la pregunta.
—¿Qué sucedió exactamente?
—Le dijiste a Santana que tenías calor; te quitaste la camiseta; todos quedaron embobados con eso —la que tenía debajo era transparente, pienso, y no puedo evitar sonrojarme. —Hablabas de que no te hicieran daño, que harías lo que quisiéramos, cuando solo queríamos cubrirte —empieza a decir y bajo el rostro. —Santana logró sacarte de allí antes de que te quitaras la otra prenda. Te metió a su auto y luego me llamó.
—¿Santana? —pregunto, sin poder creerlo. —¿Estás seguro?
—Dijo que vio mal que te exigieran jugar, cuando eran todos hombres. La mayoría pidió que fueras, pero que no entraras al juego; Óscar insistió que eran las normas —asiento, sin poder creer que el tipo me ayudara.
Guardo silencio y veo la luna ante nosotros, recordando con una media sonrisa la leyenda que solía contar cuando era adolescente. Sigue mi mirada y ve que ha empezado a ocultarse.
—Se ve mejor aquí; recordé que te gustaba verla y escuchar esa historia —me dice y me extiende la mano, misma que miro con recelo y que él ve en ese gesto algo chistoso.
La historia de dos amantes cuyo amor fue tan grande que hicieron la promesa de estar juntos hasta la eternidad. Murieron en horas separadas, pero en el mismo día. Ella se convirtió en luna y él, en sol. Desde entonces, y cada cierto tiempo, el universo les da la oportunidad de estar juntos para perpetuar su amor hasta la eternidad.
—Tú la inventaste —le digo y se encoge de hombros. —Eclipse de Amor —repito el nombre que le puse en aquella época.
—Te gustaba esa historia —aún me gusta, grita mi mente— y a mí pensar que alguien pueda llegar a amar así; me resultaba... No sé, simplemente creí que era posible.
Ante eso, no pude decirle nada; supongo que no es fácil de digerir todo por lo que está pasando. Doble traición, sin la mujer que amaba, sin ese amigo que tuvo desde la infancia, verlos felices y con un hijo. Con razón se ha refugiado en el alcohol.
—¿Recuerdas que me debes un favor? —lo recuerdo, pienso, mirando la luna.
—¿En qué puedo ayudarte? —pregunto al fin y guarda silencio un instante antes de responder.
Hemos llegado a las barandas del yate, ambos en silencio y contemplando la luna mientras se oculta ante nosotros. Reconozco que esa historia me encantaba y que fue el inicio de mi vicio por las lecturas románticas. Al igual que a él, la idea de tener a alguien que llegue a amarme sin importar el tiempo y la distancia me era simplemente... magnífica.
—Nada extraordinario, solo que seas mi compañera en una reunión... Solo mi compañera; serás presentada como una amiga —se apresura a decir al ver que lo miro, enojada. —Serás dejada en casa sana y salva; todos sabrán que eres solo una amiga de la familia.
—Supongo que puedo hacerlo —le digo, encogiéndome de hombros. —Creo que no habrá nada malo; le diré a papá.
Regresa la mirada al mar y yo, a lo que están viendo mis ojos. Creo que mi padre no pondrá problemas; después de toda la vergüenza que ha pasado Axel por culpa de Liam, lo mínimo que puedo hacer es ser su dama de compañía.
Pero solo una vez...
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