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Capítulo 25

Narrador

Estación de policía, San Juan.

Jules Duges, hombre de 45 años, de los cuales 22 los ha pasado al servicio de su comunidad como policía y desde hace ocho es capitán a cargo del departamento de policía de la isla, contempla fastidiado el tablero que tiene frente a él. En todos sus años al servicio de la comunidad, jamás le ha tocado un caso tan difícil como ahora. Demasiados eventos trágicos en este último año, y todo parecía desglosarse desde el secuestro del hijo de Filippo Russo.

Según la teoría de Elián, el sargento a cargo de la investigación, Filippo Russo dejó de pagar extorsiones a un grupo de Italia. El pago se debía, supuestamente, para tener seguridad en sus puertos; sin embargo, hace 20 meses, uno de sus cruceros fue asaltado en territorio del grupo. Todo apuntaba a que fueron precisamente sus extorsionistas quienes entraron, fingiendo ser una orquesta de la zona, y a las doce de la noche asaltaron el lujoso lugar, cuando muchos de los turistas estaban en estado de ebriedad.

Así las cosas, esa madrugada, el grupo de 10 asaltantes, muy bien armados, se les facilitó reducir a los más de 100 turistas que a esa hora quedaban en el salón, llevándose entre dinero, joyas y aparatos tecnológicos varios millones de euros.

Ante eso, el Lobo Russo, como era llamado Filippo en su natal Sicilia por su capacidad y astucia en los negocios, pagó a cada turista lo robado. Eso sí, en adelante, se negó a pagar cualquier tipo de extorsión, aunque ellos le llamaban "apoyo a la causa". Alegaba que pagaba por protección y esta no se vio; que, en adelante, si debía dar dinero o contribuir a alguna causa, sería a las autoridades oficiales.

En esa misma época, su hijo le hizo un yate a un personaje con dudosa reputación y con vínculos fuertes en Moscú, del que solo tienen un apodo: "Hermes". El grupo de delincuentes sicilianos se rige por ciertas reglas; una de ellas es la lealtad, por lo que vieron ese acto como un acto de traición; pensaron que Russo había optado por pagar a Moscú y no a ellos.

Los tres eventos (el asalto, la separación con la mafia y la construcción de ese yate) fueron los que causaron, dos meses después, el secuestro de Axel Russo. Documentos encontrados en la casa del doctor Bern's lo confirmaban: las fotos, audios, etc., que llevaba en el auto también. Con la gravedad de que está implicada la esposa del hombre, quien era la encargada de convencerlo de vender ese yate al tal Rodrigo y luego asegurarse de que fuera personalmente él quien lo entregara.

Siendo un yate tan pequeño, Axel Russo no solía ser quien lo entregara, y, en uno grande, el millonario iría con su grupo de seguridad. El pago a Rodrigo y los cinco hombres que iban ese día lo hizo Zachary Bern's; aquí es donde la historia se pone interesante. Zack era hijo de Alexander Bern's, a cargo del grupo siciliano; fue precisamente él quien le planteó a su padre el secuestro.

Una póliza de seguro de vida con muchos ceros y una carta que Axel Russo dejó en manos de su mejor amigo (Zack), en donde dejaba todo cuanto poseía a su padre con el compromiso de nunca abandonar a su esposa si a él le pasara algo, fueron los motivos primordiales para que la pareja conformada por Zack y Caitín secuestraran al millonario. Los unía solo el dinero y la necesidad de dañar al hombre; los motivos que los llevaron a ambos a eso no se tienen registrados.

—Rodrigo, los cinco arquitectos, Zack, Caitín, Alexander —empieza a escribir en un costado del tablero, leyendo lo que tiene a su lado y que Elián ha dejado.

Axel Russo estaba de viaje; se mantenían en contacto a través de sus abogados. El hombre había empezado a recordar algunos eventos, como que Rebeca Wood llegó a estar en embarazo; recuerda la voz diciéndoselo y felicitándole, también la misma voz hablándole sobre que no saldría de allí con vida. El ruido de la puerta al abrirse y el olor a cítrico, producto del perfume del sargento, llega a él.

—¿Qué novedad tienes? —pregunta sin mirar hacia atrás. —Dime que traes algo nuevo.

El sargento se acerca a su lado y mira el tablero. Ha sido una investigación ardua, estresante, pero productiva. Sin embargo, tenían bastantes trabas: la renuencia de Bruno a hablar sobre lo ocurrido y la apatía de Axel Russo para hacer lo posible para que su primo colaborara.

—¿Quién carajos era Geimy? —escribe al lado de las personas sospechosas del secuestro. Jules contempla el nombre escrito y mira al sargento. —Es quien Axel Russo aseguraba que entraba y lo inyectaba; dice no haber escuchado el nombre, ni antes ni ahora.

—Más incógnitas —se queja, y el sargento niega.

—Visité el astillero, el lugar donde estaba el yate, también el sitio en que trabaja la hija del general...

—¿Por qué ese lugar? —interrumpe, y el hombre toma un marcador, descubre una página en blanco y empieza a anotar.

Alana Parissi fue contratada por Filippo Russo el mismo día en que fue secuestrado Axel. Una nota dejada por su hijo, la última escrita a su padre, fue la clave para tomar esa decisión. La chica no fue ubicada en el sitio que Russo dio la orden, sino que estuvo al lado de los soldadores: doce hombres que tenían en común el machismo y la territorialidad.

—Sufrió ataques laborales, nada del otro mundo: boicot a la hora de trabajar, daño o esconder sus utensilios de trabajo —Jules asiente, pero el sargento aún no ha acabado. —Bruno Conti le dio la orden a un tal Óscar, jefe de esa área, de dejar a la chica en territorios complicados; la idea era que ella renunciara. Así que sufrió cambio de turnos, doblar en algunas ocasiones y era sacada del lugar y llevada a otro sitio para elaborar trabajos acordes a su carrera.

Días antes de que llegara la policía al astillero y se los llevara, a los cinco hombres se les pidió regresar al lugar para extraer el motor del yate que hizo explosión (fue lo que habían dicho en sus declaraciones iniciales). El motor fue exhibido, y se les pidió a varios arquitectos que dieran sus teorías sobre qué daño había causado el naufragio, sin decirles de qué lugar habían sacado el motor.

—Desconocen por qué se pidió su opinión, pero el tal Óscar la sacó de su sitio de trabajo y le pidió dar sus teorías. Lo primero que dijo fue que el motor estaba muy sano para hacer explosión e incompleto; que le preguntaran a quienes lo extrajeron, porque habían dejado la parte importante. Esa noche, Filippo Russo la busca y le pide más explicaciones; la chica acepta que no es su área, pero que conoce a alguien que sí puede ayudar —Jules empieza a entender el terreno que va tomando lo que dice Elián y recuerda otros eventos.

Dos chicos mellizos, asiáticos, bastante simpáticos, pero de pocas palabras. Su personal estuvo custodiando el auto que los llevó y esperó a su regreso para llevarlos a casa del magnate.

—¿Los mellizos que llegaron eran sus amigos? —el sargento asiente, y Jules lo recuerda perfectamente.

Filippo Russo se negó a dar el nombre de la persona que le había dejado la duda o quién contactó a la pareja de asiáticos; solicitó custodiar ese único día. Dos hombres adoptados por una pareja de españoles pidieron discreción para que sus jefes no supieran que ellos estaban ayudando a la competencia.

—Creo que el asalto con esa botella de agua que sufrió la hija del general fue en retaliación por lo que logró... Es decir, ubicar al culpable del secuestro y, con ello, el sitio exacto donde estaba Axel —ambos sueltan el aire y miran el tablero. —Solo existió un acto de violencia, y fue un tal Santana, porque la creían a ella culpable del encarcelamiento de los cinco arquitectos.

Filippo Russo jamás dijo cómo liberaron a su hijo; se dijo que había pagado para liberarlo, por el hermetismo que rodeó ese evento. Ahora, con lo que tenían frente a ellos, sabían que era poco probable. ¿Cómo liberaron a Axel? Necesitaban verificar ese detalle; allí, quizás, estaba la respuesta a todo.

—En el puerto de los Russo hay un viejo buque que la corrosión lo está destruyendo —le dice y busca algo de la pared y lo extiende a su jefe. —Santana y dos de sus compañeros encontraron esto; dicen que es un plano de un yate, pero está en otro idioma.

Frente a la bahía, diez de la noche.

Jules luce ofuscado, histérico y a punto de desquitarse con cualquiera. Ha llevado a Filippo Russo a un terreno sin salida, uno en el que el anciano debería decir quién liberó a su hijo.

Sin resultados.

A quienes protegía, obviamente, era más importante que contar la verdad. Simplemente dijo que puso un precio a la cabeza de las personas que tenían a su hijo. Si tenía que pagar, pagaría cuatro veces, pero por quienes lo tenían en cautiverio. "—No te metas en ese territorio, Jules; te aseguro que no es por allí. No querrás estar en ese lío; nadie es tan estúpido —". Esas fueron sus palabras o su amenaza.

—¿Jules Duges? —habla una voz fuerte detrás de él. —¿Para qué me buscaba?

Se lleva la mano a la pretina del pantalón por instinto y se encuentra con un hombre de cabello corto cobrizo, bastante alto, estaba seguro de que tenía problemas para estar en cualquier lugar y escenario. No supo por qué; quizás era ese aire de misterio, de psicópata o antisocial, pero supo que era la persona que liberó a Axel de ese secuestro.

—No recuerdo haberlo hecho —responde con voz calmada, asegurando de nuevo su arma. —¿Quién es usted?

El individuo solo hace una mueca como respuesta, observando el mar ante ellos y ese tono oscuro que en nada se asemeja al azul que suele tener durante el día. Un par de botes están a esa hora aparcados frente a ellos, y, algo más lejos, varios yates con turistas a bordo. Es temporada alta, y San Juan es un buen lugar para liberar estrés; en otras circunstancias, diría que sano; Jules, ahora, le daría vergüenza decir algo así en voz alta.

—No había nadie en ese lugar, importante, quiero decir —responde sin mirarle, y con el enojo reflejado en cada poro de su piel. —Quince hombres: tres en la celda donde estaba Russo, cinco más en toda la casa, cuatro rodeando los terrenos aledaños y otros tres en el puerto. No había rastros de la mujer, documentos, droga, ni siquiera basura; el sitio estaba impecable —termina de decir y se cruza de brazos.

—La casa fue limpiada —concluye, y el hombre asiente. —Lo que quiere decir que alguien sabía que usted iría.

—No, de los míos...

—No he dicho eso —se apresura a decir, porque, de alguna manera, mantener relajado a ese hombre le alivia.

En respuesta, sonríe, mira la hora y lo vuelve a observar. No sabe cómo lo ubicó; no recuerda que alguien lo estuviera siguiendo, pero allí estaba, solo y sin escoltas, pues alrededor no había absolutamente nada, solo ellos dos.

—Pero lo piensa —sonríe al decirlo. —Un criminal no tiene códigos de honor; ustedes, los buenos, sí.

—No lo he...

—Solo un par de personas sabían que yo había encontrado algo en ese vídeo que nos dieron los buzos, amigos de la hija del general, aparte de los Russo, obviamente —interrumpe y suelta el aire al ver que el hombre no deja hablar. —Se supone que esos dos asiáticos no vieron el contenido; no tuvieron oportunidad. Lo que sí supieron fue que los que lo llevaron tenían algo que ver, porque el trato recibido y el yate fueron sumergidos, no hicieron explosión, como se decía.

Filippo Russo ordenó que un grupo los acompañara, y Bruno Conti envió a los mismos que se fueron con Axel ese día. Al día siguiente, fueron puestos en prisión preventiva: los cinco y el tal Rodrigo. Bruno estuvo desaparecido o huyendo, lo que sea que hacía, así que él o esos dos tienen que ver.

—Alguien sabía que encontrarían algo —sigue diciendo ante el silencio del capitán— o, simplemente, los seis sabían que, tarde o temprano, irían por ellos... Tenga en cuenta que se culparon y no mencionaron a nadie; aún lo hacen —Jules asiente, entre sorprendido y enojado por todo lo que el tipo sabe y que ellos no. —Solo le ayudé por los Russo; no acostumbro a hacer negocios con ustedes —espeta de mal humor, y Jules es muy consciente de ello; su renuencia a dejarle hablar e interrumpir todo lo que dice es prueba de ello. —Bruno Conti fue herido por Zack. Las cámaras posteriores muestran al auto del chico entrar al astillero en compañía de Caitín, y, al salir, la mujer lo hizo con Zack, en un auto totalmente distinto.

Jules recuerda el plano y que fue encontrado dentro de ese buque; ya que están compartiendo información y, en vista de que el hombre parece más informado que él, decide compartir lo hallado.

—Le mostraré algo —murmura en respuesta, va hacia el auto y abre el capó; saca el documento entregado por Elián esta mañana y lo despliega frente a él. —Los excompañeros de Alana Parissi encontraron esto en un buque abandonado, cerca del lugar donde apareció herido Bruno Conti.

—El lugar que no tiene cámaras... Lo conozco; yo mismo fui allí —dice y mira el plano. —Es un crucero; está en japonés.

—Lo sé, pero nadie que conozco lo habla, y, de momento, no sé qué tan importante es —el hombre señala con el dedo índice las notas que están en el lado izquierdo y sonríe.

—"Esperamos verlo en alguna ocasión materializado" —lee el primer mensaje y señala el otro; Jules lo observa y no se sorprende; es notorio que, detrás de este aspecto de matón, se esconde un hombre culto. —"Espero logres cumplir tus sueños y, una vez estés en alta mar, nos invites" —busca el tercero y el último. —"En toda mi carrera, jamás me he encontrado con algo parecido; me siento orgulloso de haber contribuido en tus sueños."

Lo siguiente es observar el plano con ojo clínico, y Jules solo ve garabatos en otro idioma y líneas por todos lados.

—¿Alguna idea de quién es el dueño? —pregunta, y el gigante asiente, golpeando con el dedo índice el papel.

—Solo hay alguien en la isla que puede ser la dueña de esto: estudió en Tokio y es arquitecta naval —le señala las iniciales escritas al final del plano: I. A. P. V. —Idara Alana Parissi Vítale.

Saca el móvil de su bolsillo, captura una imagen del plano que tienen frente a ellos y le pregunta:

—¿Dónde dice que fue encontrado? Sitio exacto.

Lo dice en ese tono de voz firme que odia en ríos y que le indica que no da lugar a desobedecer; de hecho, está seguro de que es un hombre acostumbrado a mandar y a tener personas a su cargo.

—Salida del viejo buque, sector norte, zona de desechos —responde de mala gana.

El desconocido envía algo por móvil y espera, observando el plano. Jules no entendía mucho de ello; sin embargo, su acompañante sí tenía todo el aspecto de alguien que sabía lo que tenía en sus manos. Ante la vibración de su móvil, que lee y sus cejas se juntan, recoge el plano y lo toma en manos.

—¿Por qué se lo lleva?

—Porque es la tesis de grado de Alana, la esposa de Russo; es el primer borrador —dice, terminando de envolver el plano y guardándolo en el estuche. —El que presentaba a sus maestros para las correcciones debidas. El original, y el que está registrado, reposa en la caja de seguridad de su esposo.

—¿De dónde salió ese, entonces?

—Tokio, mi querido capitán, y usted tiene a tres sospechosos: los mellizos y el tal Kai... Nos vemos —diciendo esto, se pierde en la oscuridad de la noche.

Unos minutos después, y detrás del gigante, tres motocicletas de alto cilindraje le seguían a varios kilómetros.

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