Capítulo 2
Alana
Suspiro observando la pantalla del computador: el rostro cuadrado, ojos grises y una sonrisa que cualquier actor de cine envidiaría. Por un momento, mi mente fantasea y me imagino siendo abrazada por esos fuertes brazos o siendo besada en todo el cuerpo por los sensuales labios del hombre que veo en el monitor. Axel Russo era el sueño de cualquier mujer y Caitín, era una suertuda por ser la mujer que logró conquistar su corazón.
Soy amante de las novelas rosas, aquellas cuyos finales felices y el "juntos por siempre" me hacen pensar que puede llegar a mi vida un hombre así; que la vida real no es una mierda y que no existen seres capaces de dañarte o burlarse de ti. En todas mis lecturas, siempre imagino que la heroína soy yo, y que el protagonista es Axel.
Pilar, mi mejor amiga, dice que estoy obsesionada con él, pero yo solo sé que tengo un gusto "fijo, predefinido y constante" y que Axel Russo tiene todo lo que a mi maltrecho corazón le hace falta.
Han pasado muchos años desde la última vez que lo vi. Conocía a mi hermano porque ambos acudían a la misma universidad y tenían como amigo en común a Zachary Bern's, el mejor amigo de Axel. Zack, como todos le decían, era un mujeriego empedernido, divertido, buen bailarín, pero también buen amigo, amable y caballeroso. Fue él quien me libró esa noche de una mayor humillación, si es que eso era posible.
A los dos, Zack y Axel, los recuerdo como dos adolescentes simpáticos, hermosos y que solían ir al gimnasio y cuidar de su cuerpo, de buenos modales y moja bragas. Yo era la hermana menor de Liam, la gordita bonachona y divertida.
Nací con un problema en mi pie izquierdo; estaba desviado de manera leve hacia el interior, lo que me hacía caminar de una manera particular. Era eso y mi obesidad lo que causaba las constantes burlas en la escuela y lo que llevó a Bruno Conti, primo de Axel, a hacer lo que hizo ese día, junto con todo el equipo de soccer.
Un evento desastroso me hizo cambiar de ciudad, país, idioma y hasta de carrera. Una vez que descubrí que existen personas maravillosas, no solo me ayudaron con mi sobrepeso yendo conmigo al gimnasio, sino que averiguaron sobre mi problema y encontraron que podía disminuir con cirugía. Hoy día podía usar zapatos distintos a los ortopédicos y hasta zapatillas, de un tamaño discreto. Gracias a Dios y a todos los santos, era alta y no necesitaba de un tacón alto para resaltar.
—¿Crees que Liam pueda convencer a Axel para que te deje trabajar en su empresa? —la voz de Pilar me hace alejar la vista del PC a regañadientes.
—Lo dudo —respondo, mirando a mi amiga que está acostada en la cama, con su larga cabellera castaña regada en la almohada. —Hace dos meses que no se hablan.
Le digo y recuerdo que mis padres me contaron que a Axel alguien le dijo que la relación entre Caitín y mi hermano no fue tan fugaz como eventualmente se le dijo. Eso y los celos de Axel con mi hermano lo han hecho alejarse de él, por lo que dudaba que pudiera cumplir mi sueño y trabajar en ese lugar, pero no perdía nada con meter mi currículo allí.
—Pues no veo en dónde más puedas trabajar, dado que no has escogido una profesión normal —me dice y sonrío. —¿En serio, Idara Alana Parissi? ¿Arquitectura naval? ¿En qué pensabas?
—En él —le respondo, señalando la pantalla que tengo ante mí, lo que hace que mi amiga resople.
Se instala detrás de mí y mira con desdén la imagen del hombre que tiene frente suyo. Si bien no lo va a aceptar en voz alta, porque teme que su crush la escuche, sé que es consciente de que el tipo es un... papacito.
—¿No te recomendaron con Tomasevic? —me pregunta y asiento. —¿En qué? —insiste y alzo la mirada hacia ella. —Instrúyeme con tu vasta inteligencia —habla con sorna.
—Tiene buques que llevan crudo y que requieren mantenimiento. Una embarcación debe ser estable y tener la fuerza suficiente para navegar bajo todo tipo de condiciones meteorológicas. También debe ser lo más cómoda posible para la carga y tripulación —le digo y guardo silencio, pues estoy actuando como la típica recién egresada. —Siempre puedo trabajar como independiente, consultoría, asistencia técnica, no sé, Pilar, ya se me ocurrirá algo.
—¿Llevarás el currículo?
—Sí —respondo segura.
—¿Le dirás a tu padre? —niego.
No le doy a mi amiga las razones. En ese lugar me encontraré muy seguramente con Bruno, pues sé que trabaja allí. Han pasado muchos años y ni él es el más hermoso del planeta, ni yo soy la obesa y con problemas de autoestima. Además, me sé uno que otro truco de defensa por si se quiere pasar de listo.
Eso, en caso de que me contraten en ese lugar.
—No, porque me dirá que no quiere que trabaje y luego querrá que lo haga para él —miento. —Además, sabes que necesito independencia.
—Ya —me dice y mira a mi alrededor. —¿Cuándo le dirás que te mudas sola?
—Cuando consiga empleo —respondo con una sonrisa y mi amiga sonríe. —Ya se lo dije a papá y lo aceptó.
—No cree que consigas trabajo...
—Ajá... —alzo el dedo índice hacia ella y sonrío. —Pero tengo toda la intención de no dejarme vencer —sigo diciendo con el currículo en mis manos.
En respuesta, sonríe y dos hoyuelos se hacen en ambos lados de su mejilla. Miro la hora y tengo el tiempo justo. No he dormido en toda la noche, haciendo el currículo perfecto, llamando a mis profesores y solicitando cartas de recomendación. No me lo tomen a mal; soy buena estudiante, pero me llamaron de casa antes de poder recolectar mis documentos.
—Arriba ese trasero, cariño, que debes ir presentable y sexy —murmura, tomándome de mi brazo y poniéndome en pie.
Ha dormido esa noche conmigo porque llegué el día anterior y ella no quiso esperar al día siguiente para ponerse al día. El resultado: no dormimos en toda la noche y, muy seguramente, mi padre tampoco.
Dos horas después...
—¿A dónde se supone que van, jovencitas? —la voz de Justin Parissi, mi padre, nos detiene en mitad de la sala.
Nos quedamos en una pieza, con una pierna en el aire. Suspiro y cierro los ojos, elevando una plegaria al creador, prometiéndole no hacer más travesuras si solo es una simple pregunta y no se fija en los papeles que llevo en mis manos o en lo elegante que voy ese día.
Giro sobre mí misma. Pilar se ha quedado relegada y a pocos pasos detrás de mí, no sin antes quitarme los documentos de mis manos. Sentado en su sillón de siempre, con la prensa en sus manos y sus gafas en el puente de su nariz, nos observa serio.
—Uno creería que estarían con sueño —dice, mirando a una y otra. —Las escuché reír hasta altas horas de la madrugada —sigue diciendo y mira a Pilar.
Giselle Parissi, mi madre, entra en escena, vestida con un traje de dos piezas rosa y unas zapatillas del mismo color. Es todo lo que siempre quise ser de pequeña: elegante, hermosa y distinguida.
—Déjalas, cariño; de seguro tienen muchas cosas pendientes que decirse.
¡Gracias, mamá! Grita mi mente y corro hacia ellos, besándolos a ambos una y otra vez. Pilar se ha ofrecido a llevarme a esas oficinas y esperarme en su casa para que le dé los pormenores de mi entrevista. Sé que están contratando personal, no de mi área. Soy, ante todo, una mujer de fe y que no suele rendirse fácilmente... he decidido que eso no me va a detener.
Media hora después, vestida con una falda negra por encima de mis rodillas, blusa blanca manga larga, mi cabello negro suelto, bolso y zapatillas del mismo color de mi falda y un recatado maquillaje, cruzo la recepción y pido información.
—Tiene que llenar esta forma, entregármela y yo le doy el número que le corresponde —me aclara la recepcionista.
"No es cierto", grita mi mente al dar media vuelta. Una fila de mujeres y hombres están llenando, cada uno, el mismo documento azul que tengo en mis manos. Con una R enorme en el respaldo, del tamaño del ego de su propietario (con propietario, me refiero a Filippo Russo).
Para hacer de mi desdicha más grande, no hay lugar para sentarme y/o acomodarme para llenar ese documento. Lo que eventualmente me dice que mi letra saldrá como niño de kínder.
—Hoy no es mi día —digo mientras me alejo, hombros caídos y arrastrando mis pies. —Odio mi vida —sigo diciendo, ajena a todo a mi alrededor. —¿Por qué no durmieron un poco más? Nadie les ha dicho que dormir rejuvenece y hasta ayuda a que tu día sea productivo —insisto mientras avanzo hacía unos muebles que están a varios metros de los demás.
¡Genial! Ahora no escucharé si la mujer llega a decir "Tiempo fuera" y recoge los documentos. Desesperada, aburrida y con la certeza de que no quedaré, empiezo a llenar la forma.
Edad, nombre, padres, personas a cargo, nivel de estudios, sueldo que aspira, etc. Una pregunta llama mi atención y no puedo evitar leerla en voz alta.
—¿Tiene algún problema si por su trabajo debe ausentarse varios días? —leo y río divertida. —Depende con quién vaya —respondo, alzando una ceja y mordiendo mi bolígrafo de manera pícara, recordando al dueño, a sus brazos y a mis fantasías más perversas.
—Digamos que le tocaría conmigo, ¿qué escribiría? —suelto el esfero ante esa voz profunda que he escuchado y giro rápidamente.
En pie ante mí, está el mismísimo Axel Russo en persona, más maduro, más hermoso y más endiabladamente sexy.
Mi cerebro grita: ¡contesta!
Mi corazón: ¡pum! ¡pum!
Y entonces sonríe al verme mirarle con la boca abierta y empezar a tartamudear. Dudo que me llegara a reconocer y no porque hoy día sea una femme fatale; es básicamente porque, en la época en que nuestras vidas se cruzaron, yo era algo así como invisible para él y no lo juzgaba. Esa risa hace que mi cuerpo se estremezca y que mis bragas se mojen...
¿Escucharon? Creo que han reventado ante la imagen perfecta que tengo ante mí. Me levanto de manera lenta y un poco torpe y todos los ojos están puestos en ese hombre. El currículo cae ante mis pies; lo nota y se arrodilla ante mí, lo toma y abre de forma distraída. Una vez lo hace, sus cejas se arquean de forma atractiva y sigue leyendo, sin importar que es mi documento y que lo ha tomado y leído sin permiso.
—Arquitecta naval —dice y mira en mi dirección, intrigado; sus labios esbozan una sonrisa y sus ojos brillan con ese gesto. —Esa fila es para asistente de personal —habla, señalando las personas que están detrás de nosotros.
—Yo... lo sé —tartamudeo y me doy golpes mentales; me aclaro la garganta antes de seguir. —Quise que esta empresa tuviera un poco de éxito...
—¿Éxito? —pregunta y se cruza de brazos. —¿Cómo cree que eso sea posible?
—Simple, usted no puede desaprovechar esta oportunidad que tiene en este instante. Le aseguro que no encontrará a trabajadora mejor que yo —sigo diciendo.
Agradezco a Pilar que me recomendó escribir mi nombre completo y anular mi segundo apellido, para evitar ser asociada con mi hermano. Me dijo que se fijarían más en mis referencias, estudios y si tenía nexos con la mafia que en quién era mi hermano. Mi respuesta parece divertirle, porque sonríe y sus ojos grises brillan divertidos, mientras mi entrepierna se moja con cada vez que amplía esa sonrisa.
—Ok —responde luego de una larga pausa. —Señorita... —pregunta y lee mi nombre. —Idara —lee.
Hace un gesto que me hace saltar emocionada, saca la pluma de su saco y escribe algo en la esquina superior izquierda de mi currículo. Mientras lo hace, un mechón de su cabello cae en su frente; aprieto las manos para evitar el impulso de pasar mis manos por ese cabello, sentir si es tan sedoso como se ve o como lo siento en mis sueños. Al terminar, muestra el documento ante mí con una sonrisa.
—La ayudo con una sola condición —dice y asiento, respondiendo con una sonrisa igual. —De llegar a convencer a Filippo Russo de ser contratada... usted me deberá un favor —junto las cejas, porque no entiendo por qué él querría algo de esa naturaleza.
Se supone que es un hombre felizmente casado, que ha llegado a arreglar los problemas que tiene con su esposa. Papá aseguraba que esos pleitos eran normales, porque Caitín se dejaba influenciar por sus padres, que eran ambiciosos, y Filippo era un hombre muy desconfiado.
—¿Qué tipo de favor? —pregunto, sin tomar el documento y dando un paso atrás.
—Le aseguro que no es el que esa hermosa cabeza está pensando —responde, sin dejar de reír. —Soy un hombre casado —suspiro, aliviada y tomo los papeles.
—En ese caso... le debo un favor —hablo segura. —Sé lo que valgo, señor Russo.
—Me alegra, señorita Idara —me responde, guardando la pluma. —Tengo un yate que entregar, pero... nos veremos al regresar.
Da unos pasos alejándose de mí, sin dejar de reír y con una leve inclinación de cabeza, se aleja. En la puerta lo espera su esposa, que sonríe y lo abraza, pegándose como si fuera su segunda piel. Por alguna razón desconocida, mi piel se eriza al verlos allí besarse y decido posar mis ojos en lo que escribió.
Para Filippo: "Sé que no sueles contratar a mujeres dentro de este grupo, pero te aseguro que este currículo es interesante y su dueña lo es aún más"
Te ama,
Axel.
Narrador
Observa la hora por enésima vez y mira por la ventana mientras se abraza a sí misma. Esto no le está gustando; se supone que él debió llamar y decir lo que ocurría; no hay nada, ni llamada, nada. Su madre no ha dejado de llamar una y otra vez, pero ella no quiere hablar con nadie.
—No puedes hacerme esto —murmura, cerrando la gabardina en su cuello y temblando ante el frío de la tarde.
—¿Es que no puedes levantar ese teléfono? —la voz de su madre la saca de su letargo, pero sigue atenta al mar.
—Déjame sola, mamá; no es el momento —le responde.
Siente las uñas en su brazo y la gira rápidamente, mientras la hace verla. Sus ojos negros han adquirido un brillo peligroso, al tiempo que bate su dedo índice frente a ella.
—Escúchame bien, jovencita —le habla de forma amenazante. —Más te vale que puedas cumplirle a tu padre o estamos en problemas.
—No han llamado, mamá, ni me han dicho nada; se supone que deberían hacerlo y no es así. ¿Puedes, por un momento, dejar de pensar en ti? —le reclama y sus labios tiemblan.
Vestida en traje negro, labios y zapatillas rojas, Camila Mancini sonríe; en ningún momento deja de ver a su hija o de sostener sus brazos con fuerza. Incrusta sus uñas en el proceso, pero el letargo de su hija es tanto que no siente dolor alguno.
—No me hagas reír —sonríe. —Tu preocupación es por otra cosa; ya me dijeron toda la verdad.
Sus rodillas fallan y, por un momento, cree que caerá al suelo, pero logra agarrarse con fuerza a los barandales de la terraza. No sabe cómo su madre sabe aquello, solo que le traerá problemas y la única manera de callarla es dándole dinero.
—¡No sé de qué hablas! —balbucea y su progenitora solo niega, divertida.
La suelta, lo que eventualmente la hace suspirar aliviada, pero sabe que es un alivio momentáneo.
—Todo ese show que formaste para que él quisiera un hijo es por eso —me recuerda. —Estás embarazada y, lo que es peor, no sabes de quién es. Ahora estás metida en esto y solo espero que resulte, Caitín, o tendrás problemas con tu padre y conmigo.
—Por primera vez en mi vida, mamá, estoy haciendo lo que deseo... no me molestes...
Tiembla de forma violenta hasta que ve llegar el auto de Zack, que frena bruscamente y se baja del vehículo. Sabe que son las noticias que esperaba y sonríe internamente al ver al amigo de su esposo preocupado en mitad de la sala.
—Secuestraron a Axel.
(...)
Alana atraviesa el jardín de los Russo veinticuatro horas después del encuentro con el hijo de este; sonríe victoriosa al darse cuenta de que la entrevista fue más fácil de lo que esperaba. Ahora, su padre no tenía otra opción más que aceptar el hecho de que ella se iría de casa; tenía 26 años y era hora de independizarse.
No tiene presente que fue contratada porque fue, quizás, la última orden que Axel le dirigió a su padre, pues después de aquello, su esposa lo llevó al puerto, donde, tres horas después, el yate en el que viajaba fue interceptado. La tripulación fue bajada y al dueño, luego de dispararle, fue arrojado al interior de una lancha rápida que se perdió en el océano. Desde ese instante y hasta ahora, no se sabía nada de él, hasta que llegó la chica con el currículo en manos, diciendo que venía de parte de Axel.
Dentro de la casa, Filippo solo sabía que ese documento tenía un valor inmensurable para él; era el "te amo" más doloroso que jamás ha leído. Le muestra a su esposa el documento con la letra de su hijo y ambos lloran abrazados. Axel jamás se equivocaba en la contratación de alguien y algo debió ver en la chica que lo hizo querer contratarla.
—¿Señor? —la voz de la empleada los aleja y ambos la miran un instante. —El doctor Zachary Bern's lo necesita.
—Hazlo pasar —ordena, alejándose de su mujer y acomodándose en la silla.
No han recibido llamadas pidiendo rescate, tampoco han encontrado sus restos o algo que indique que fue lanzado al mar. Así que tenían la esperanza de que estaba con vida; sin dudas, Axel tenía más valor vivo que muerto y quienes lo tenían, muy seguramente, lo sabían. Italia estaba al tanto de la desaparición de su hijo y ese amigo suyo también. Desconocía cómo lo supo, pues hasta el momento ni siquiera la prensa estaba enterada.
Aseguró no tener nada que ver, pero sí estar dispuesto a mover cielo y tierra por encontrarlo. Caitín estaba bajo sedantes; Zack y Liam estaban al pendiente de ella, más Liam que Zack. No era el momento para esos pensamientos, pero la cercanía de ese hombre con la chica no le gustaba, menos la desaparición de su hijo.
—Buenos días —habla, entrando a la oficina. —Lamento molestar; sé que no están para visitas, pero tengo algo que Axel me dijo que le entregara.
El joven da algunos pasos y le alarga un documento que el anciano recibe con cierta duda. Lo abre y, en el interior, se encuentra un documento que se niega a efectuar; que se le entregue justo el día en que su hijo desaparece le crea dudas.
—¿Sabes por qué esto? ¿Quién más sabe de esto?
—Creo que Caitín, Axel y yo —responde seguro. —Y fue un par de meses atrás, cuando él y Caitín tuvieron aquellos problemas; me dijo que, si en 24 horas no se sabía de él, le entregara a usted esto —mira el documento y lo vuelve a leer. —Volvió y, cuando lo entregué, me pidió que lo tuviera.
Recuerda que Ángelo tiene un tío que es abogado y va a la última hoja rápidamente. El nombre del abogado que firma lo hace sonreír. Solo William pudo hacer un documento de esa naturaleza, con ese vacío legal, en donde podría calmar a Axel.
—¿Quieres algo de tomar? —le pregunta al hombre rubio.
—Un café, si no es mucha molestia —llama a la ama de llaves y le solicita el café, mientras intenta buscar las palabras para la pregunta que hará.
—¿Tienes conocimiento de por qué mi hijo y Liam se separaron? —pregunta su esposa y se sienta antes de responder.
Están sentados en el estudio, al lado del teléfono, de donde no se han movido en todas estas horas. Han recibido solo las llamadas de Italia y de Grecia; un puñado de amigos y la policía saben de la desaparición de Axel. Está dispuesto a pagar lo que sea con tal de que su hijo sea devuelto sin un rasguño.
—Liam y Caitín estuvieron casados por lo civil —le dice. Agnes, su esposa, se yergue en la silla. —Se separaron días antes de que él se fuera a América; vivieron juntos como supuestos novios. Nadie supo de ese matrimonio, porque el padre de Liam jamás quiso a Caitín.
—¿Estás seguro?
—Ángelo se lo dijo, señor; también que eran novios desde la preparatoria —sigue diciendo.
—¿La mandó a investigar? —insiste Agnes.
—Ángelo no la conocía y quiso saber un poco más —se encoge de hombros y mira a ambos ancianos. —Le fue imposible llegar a su boda. El problema no es Caitín, son sus padres y lo fácil que es manipular a su hija.
—¿Qué dijo Liam y ella?
—Jamás le reclamó a ella, a él sí —confiesa.
Observa el documento y calla al ver que al hombre le entregan el café. Sabe que debe tomar cartas en el asunto, que su hijo aparecerá y querrá continuar con esa malsana relación. Allí dice que Filippo Russo puede proceder con los bienes de Axel Russo de la manera que lo disponga y cuidar de la esposa de este, si a él le llegara a pasar algo.
¿Qué sucedería si Axel no tiene dinero con que mantener a su esposa? Piensa, sin dejar de ver al chico, que le pregunta si necesita que haga algo por él.
—¿Podrías viajar a Sicilia si llegara a necesitarlo?
—Claro que sí... —asiente y le entrega el documento a su esposa; no es buena idea que él vaya personalmente, pero puede mandar a un emisario.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro