Capítulo 19
Lena
—¿A dónde crees que vas? —la pregunta la formula Axel, y Zack retrocede, mirándolo enojado.
Llevamos casi diez horas al pie del teléfono; mis padres, los de Axel y los de Pilar, quienes están devastados, están frente al teléfono, en espera de que llamen pidiendo rescate. Axel asegura que es poco probable; si no lo hicieron en las horas siguientes a su desaparición, no lo harán ahora.
Liam tiene en sus manos al niño, a quien abraza como si ese acto le diera valor. Tiene los ojos rojos de tanto llorar, un acto que no se molesta en ocultar. Por extraño que parezca, y pese a sus diferencias, ha encontrado consuelo en los brazos de los padres de la mujer que había recuperado y perdido en pocas horas.
—Ya dije lo que sé —dice Zack, sacudiéndose de la chaqueta un polvo inexistente. —Tu querido cuñado me sacó de la casa, pese a decirle que no se había ido.
—La policía insiste en que debes estar aquí; ya vienen en camino. Solo diez minutos, ¿puedes? —en respuesta, Zack se vuelve a sentar, saca el móvil nuevamente y empieza a ver algo allí.
Lo poco que he escuchado: Liam llegó a preguntar por ella; Zack le dijo que no estaba y quiso irse. Sin embargo, en un último segundo, ya en el auto a punto de irse, llamó a Axel. El consejo de Axel fue simple: lo sucedido con Bruno tenía a toda la policía en las calles y no recibiría ayuda, por lo menos no enseguida; era mejor si recorría los lugares por los que Pilar pasaría. Con esa idea, mi hermano regresó a casa de Zack y le pidió que lo acompañara; desde ese momento, estábamos todos allí.
—No se ve feliz, Axel. ¿Es necesario tenerlo aquí? —le digo al ver el rostro enojado de Axel.
—SÍ —responde, simple, y me pega a él. —Lo es.
La sala de la casa de los Milani está repleta de personas: amigos y familiares del exalcalde. Todos, con la curiosidad de ver al heredero de los yates Russo en ese sitio. Mientras él, tranquilo y de piernas cruzadas, ojeaba una revista de moda. Le han ofrecido té, café o galletas; se han desvivido en atenderlo.
Cruzado de piernas y pasando más hojas de la revista de moda, como si se tratara de un dinner y con actitud relajada, negó todas las atenciones; no parecía incómodo en ese territorio de mujeres y podría jurar que le divertía molestar a Zack. No hay mejoría de Bruno, y las probabilidades de morir son altas; a su primo no parece molestarle eso. Asegura que, muy seguramente, la persona que lo baleó fue su cómplice.
—Es hora de irnos —hablan los padres de Axel. —Tenemos que ir al hospital; Leonardo acaba de llegar —Filippo mira a su hijo, quien simplemente lo mira en silencio y asiente.
—Deberías estar allí, presentar tus afectos —recrimina su madre.
—Para él, yo soy culpable, cuando es claro que su hijo no es más que un delincuente capaz de vender su alma al diablo solo por dinero —les responde a sus padres, quienes se sorprenden por lo frío de sus palabras. —Yo tengo la culpa por ser tu hijo; Lena tiene la culpa por estar en esa fiesta; Liam tiene la culpa por dejarla en esa fiesta, pero... Bruno es inocente y solo fue víctima de las circunstancias —sonríe, negando, y sus ojos grises brillan divertidos, mirando a Zack. —Es lo más estúpido que alguien puede hacer: culpar a otros por sus problemas.
Su mirada sigue fija en Zack, quien palidece de repente, y Axel sonríe. No entiendo el intercambio de miradas; puedo asegurar que los demás tampoco. Mi padre también se retira, y, por más que mi deseo es quedarme en ese lugar y ver en qué acaba todo, papá me dice que me vaya con ellos.
—Tu padre tiene razón; estaré más tranquilo si estás con ellos —me despido de todos y abrazo a Tina, la madre de Pilar.
—Sé que estará bien; Pilar es una mujer fuerte —digo, y la señora solloza.
—Me dijo que quería esperar a Liam y le insistí en que se fuera; su vida depende, quizás, de mis palabras y no dejo de... —no termina sus palabras porque empieza a llorar, y Darek, su esposo, la abraza.
—La vamos a encontrar; usted no se preocupe —habla, seguro, Axel, y ambos sonríen. —Sana y sin un rasguño, puede asegurarlo.
—Creo que mejor damos otra vuelta; esta espera me está matando.
Todos asienten ante las palabras de mi hermano, y tomo al pequeño, su morral y beso sus mejillas.
—Yo me llevo a Liam; así tendré en qué entretenerme —tomo al pequeño y salimos todos del lugar.
Mis padres me han preguntado constantemente si tengo problemas con los padres de mi prometido, porque no me he acercado a ellos; negué, alegando que simplemente no era el momento para hacer plática. Filippo Russo tendrá sus motivos para desconfiar de mí; muy seguramente, mi hermano le ha dado motivos, pero no puedo ser juzgada por los pecados de otros. En el fondo, los entiendo; no debe ser fácil tener tanto dinero y mirar a todos como posibles estafadores.
Aprendí algo nuevo esa mañana: a cambiar pañales, preparar el biberón, sacarle los gases a Liam, bañarlo, vestirlo, etc. En todo momento, no dejó de sonreír, algo que mis padres aseguraron que sacó de su tía, y era realmente calmado.
Cabeceaba en la silla, con el pequeño dormido en mis brazos, cuando me llegó la noticia de que mi amiga fue encontrada en la playa, mal herida.
—Al parecer, fue víctima de robo —dijo mi padre, con el móvil en sus manos. —Axel está con ellos, y tu hermano pide si podemos quedarnos con el niño.
—¿Crees que pueda ir? —pregunto, con anhelo, pero sé la respuesta.
—No, Axel no te quiere en la calle, y estamos de acuerdo con él —sentencia, y suelto el aire, frustrada. —Él vendrá cuando revisen a Pilar; parece que fue solo golpeada y dejada en ese lugar, pero Liam y sus padres quieren estar seguros.
Me quita al pequeño para llevarlo al cuarto que, otrora, pertenecía a su padre y me indica que lo mejor es descansar, pues no he dormido en días. Resignada y sin más que decir, subo las escaleras, aunque sé que no podré dormir.
Narrador
Era la tercera ronda por ese lugar; el rubio, del trío de hombres, lucía particularmente nervioso. No había podido deshacerse de la mujer y temía que pudiera soltarse o hacer algún ruido que alertara a sus vecinos. Restriega sus manos en su pantalón, y el auto se detiene en su casa.
—Necesito un baño —murmura el menor de los tres, el conductor y el causante del enojo de Zack.
—¿No puedes esperar? —se queja Liam. —Cada minuto cuenta —insiste.
—Mi vejiga va a explotar; demasiado café para mantenerme despierto —parquea el auto y se baja sin dar lugar a que le contradigan.
Está tan acostumbrado a mandar que se le olvida, en muchas ocasiones, que no está en sus dominios. Zack odia tanto su comportamiento de hombre rico como su posición privilegiada en la sociedad. Ver a Axel es como ver a su hermano Alexander, el heredero de su padre.
Hijo perfecto, hombre perfecto y vida perfecta; odiaba todo lo que Axel y Liam representaban. Los dos se bajan a regañadientes; Zack se queda relegado, dando oportunidad a que los hombres se retracten y digan que mejor lleguen a ver a su futura esposa. Ha pasado tres horas sin verla, y él parece no soportar estar lejos de la ex obesa.
Una vez entra, sube las escaleras; Liam se queda en la puerta, y Zack, en mitad de la sala, atento a cualquier situación, al menor ruido que pueda salir del sótano. Suda frío, esperando que el hombre no entre en la habitación acostumbrada; cierra y abre las manos, expectante.
—¿Te sientes bien? —la voz de Liam opaca un ruido que escucha en el sótano. —No sé, viejo; te ves fatal. ¿Muchos turnos?
—Kaia Taylor es una perra —dice, de mal humor, y su amigo sonríe, pese a la situación en la que está. —Se acuesta con el gerente, y eso le da cierta preferencia.
—¿Doblas y ella no? —le pregunta, y asiente. —Sé cómo es eso; en mi caso, papá insiste en que necesita que los demás sepan que estoy allí por mi trabajo y no por ser su hijo.
¡Claro! Porque, si él fuera hijo de un arrastrado, estaría empleado en una de las mejores clínicas del país con ese sueldo. Sin dudas, ser el heredero del general Parissi ayudaba en su condición. Los pasos acelerados por el pasillo lo mantienen alerta.
¡Ha encontrado el jodido cuarto! Es lo primero que a Zack se le viene a la cabeza. No obstante, la risa que trae, bajando las escaleras de a tres, lo hace respirar aliviado.
—La policía la encontró —es todo cuanto dice. —Parece que fue asaltada; está inconsciente, pero no tiene heridas de cuidado.
¿En serio? Parece decir su sonrisa, y mira a Liam, quien se toca la cabeza con desesperación.
¡Imbécil!
—¡Excelente noticia! —responde, mirando al sótano.
Los imbéciles se han confundido de mujer; ello le da a él la oportunidad de quedarse en casa y poder desaparecer a la verdadera. Tiene un yate en el puerto, cargado y dispuesto para cuando él quisiera largarse de ese lugar.
—Creo que es mejor si Zack se queda —Axel asiente y le mira, sonriente.
Se acomoda su saco y alisa su traje, como si no se viera perfectamente bien con todo.
—Te debo una disculpa; por un momento, creí que tenías que ver en todo esto —murmura un "aja", acompañándolos a la puerta.
—Tres horas, y estoy con ustedes; le dan mis saludos a Pilar. Lamento mucho esta situación —dice a Liam. —Pero te ha servido para que tus suegros te amen.
—Haz algo con ese cuarto —dice Axel, pero lo ignora.
Liam solo logra asentir y se queda allí un instante hasta que el auto arranca y se van. Cierra la puerta y corre escaleras abajo, en búsqueda de la mujer, mientras la llama entre risas.
—¿Escuchaste? Te han encontrado, cariño, y tu futuro marido va por ti —dice, a sabiendas de que ella lo está escuchando.
Ingresa la llave en la ranura y empuja la puerta; la sorpresa lo embarga una vez entra y mira a todos lados. No está; ella no está; alguien la ha soltado. Busca el arma que ha dejado en la mesa, la toma y, con ella en manos y desesperado, corre escaleras arriba, pues recuerda lo que Axel dijo sobre su cuarto.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No! —grita, desesperado, al ver el cuarto desocupado.
No hay fotos; parece que fueron arrancadas, y, en su lugar, hay espacios vacíos con pintura faltante. El espejo que estaba en el techo fue hecho trizas y está dispersado en todo el lugar; la mesa con sus juguetes tampoco está.
—¿Qué mierda pasó? —grita y corre hacia su habitación.
Se queda en una pieza al ver todo el lugar revuelto y los cajones donde guardaba las cintas de sus encuentros han desaparecido. ¿Quién pudo ser?
—Caitín, maldita enferma, si fuiste tú...
Corre escaleras abajo y entra a su garaje; la puerta electrónica empieza a abrirse, y la luz del sol ingresa e ilumina todo el garaje. Abre la puerta y retrocede al ver a quien está: el cadáver en la silla del copiloto. Tiene los ojos abiertos, vacíos y carentes de toda la magia que él recordaba, con una herida de bala en su frente. Toda su camisa blanca está manchada de un líquido color carmesí.
—Baje el arma, señor Bern's —la voz le hace girar a la calle, y ve a cinco oficiales dispuestos en la entrada de su garaje, apuntándole. —No nos obligue a disparar, señor... ¡Baje el arma! —insiste el oficial.
Solo entonces se da cuenta de que la tiene en sus manos, con la que muy seguramente han asesinado a Caitín. Un auto pasa justo detrás de la patrulla y se detiene un instante; el conductor baja los vidrios, sonriente. Las palabras dichas hace años llegan a él y taladran su cabeza.
"Peones, Zack, somos peones en sus historias, seres partícipes de ella, pero no protagonistas; aprende a soportarlo".
Resignado, baja el arma y se tira al suelo, tal cual se lo han pedido.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro