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Capítulo 12

Axel

—¿Rosas solamente, señor?

—Solo rosas, Paola, rojas —respondo, bajándome del auto, y la chica se aclara la garganta.

—¿Aún no me dirá por qué aumenta el número de rosas cada día?

—Diez rosas, Paola —cuelgo la llamada y activo la alarma del vehículo mientras avanzo.

Alana era, en definitiva, una mujer calmada, bastante responsable con su trabajo y, en cuestión de días, se llevaba bien con casi todo el personal de su piso. Hablé con sus padres y fui todo lo sincero que me fue posible; aceptaron a regañadientes y porque eran conscientes de que su hija era una mujer capaz de tomar sus propias decisiones.

El general me advirtió que estaría vigilando y que, ante cualquier sufrimiento de su hija, me las pagaría. Aún hoy, después de dos meses, sonrío ante eso; de momento, nuestra relación era calmada. No daba escenas de celos y solía alejarse cuando, por alguna razón, las damas se acercaban.

No había tenido oportunidad hasta hoy de hablar con Zack sobre lo sucedido esa noche. Estaba la mayor parte del tiempo en doble turno, debido a un accidente en alta mar, y el hospital está repleto. No tuve de otra más que ir a su trabajo y buscarle; necesitaba saber lo que realmente pasó ese día.

Promediaba las siete de la mañana cuando cruzaba los pasillos del hospital. A esa hora, solo se veían los galenos que entregan sus turnos, con sus rostros cansados, andar pausado y hombros caídos. El auto de Zack no estaba en el lugar de siempre, pero sabía que estaba allí. Una figura camina en mi dirección, apresurada; me detengo al ver que se trata de él. Trae la bata en las manos, su cabello enmarañado y una barba de días.

—Sácame de aquí —dice, pasando de largo, dejándome en mitad del pasillo.

Me siento, por un momento, como el GIF de John Travolta en Pulp Fiction que suelen enviar por WhatsApp. Le sigo al ver que no se detiene y que sigue el camino en dirección a mi auto. Apoya las manos con desesperación para abrir la puerta de este y quito el seguro, entre intrigado y divertido. Algo me dice que tendré material para molestarlo en todo el recorrido.

—¿A dónde? —pregunto, una vez estoy detrás del volante.

—A casa; 48 horas —espeta, fastidiado. —Es el tiempo que llevo en ese lugar, porque a la señorita perfección no le ha dado la gana de acudir a trabajar.

Enciendo el auto y descubro la parte superior del mismo; el aire fresco le refrescará el cerebro y evitará que explote. Cierra los ojos al sentir el viento frío y recuerdo las razones por las cuales lo he visitado.

—Estoy investigando lo sucedido con Lena... Lo que sucedió en la cancha de fútbol me hizo pensar que es la misma persona —empiezo a decirle y asiente sin verme.

—Bruno era su jefe allí...

—Sí, y fue el que llevó los uniformes; la dejó en ese sitio, rodeada de esos tipos celosos de su territorio —sigo diciendo y el rostro de Zack se crispa.

—¿Sabes algo de las botellas de agua?

—No mucho, solo que el tío Leonardo es el proveedor de todo el astillero. No ha podido encontrar la falla; de todas maneras, mi padre rompió tratos con él —suelto el aire y decido pasar por la bahía, de paso le doy tiempo a Zack para calmarse. —Hablé con Brad; él fue quien asistió a Lena.

Mi compañero cierra los ojos, apoyando una mano en ellos, y suspira fuerte. No necesito seguir para que él entienda lo que he encontrado. Estamos casi llegando a la casa y yo necesito que él me diga lo que sabe.

—Todos estos años me he preguntado qué hubiera pasado si le creyera cuando hizo esa llamada —aprieta con fuerza la bata que está en sus manos y señala a la nada. —Y no pensar que era uno de sus juegos favoritos... Acosarme.

—¿Te llamó? —pregunto, entre confundido y enojado, y mira a otro lado, pero la culpa está en sus ojos.

—Sabes cómo era ella. ¿Ya lo olvidaste? —cuestiona. —Cuando se enteraba que tenía una cita, fingía cualquier tontería para que no llegara o me las dañaba.

Freno rápidamente y el cuerpo de Zack se lanza hacia delante; el cinturón de seguridad lo regresa a su lugar. Salgo del auto porque no quiero estar cerca suyo, menos escuchar sus excusas. Alana era una niña, soñadora, alegre y divertida; era normal que se fijara en los chicos. Particularmente, a mí nunca me molestaron sus bromas; incluso llegaba a divertirme y, cuando pasaba por delante de nosotros seria, me preocupaba. Eso solo decía que alguien la había molestado en la escuela.

—He vivido todos estos años con esa culpa; esa noche llamó a sus padres, estaban en una reunión de excompañeros y tenían los móviles apagados. Liam igual y yo fui el único que levanté; pensé que era una de sus bromas —dice, caminando por delante de mí.

Estamos a pocos pasos de su casa y nos dirigimos allí; no puedo creer que haya hecho oídos sordos a su ayuda. La casa está en la semi penumbra, pero ambos la conocemos al detalle, que no necesitamos de luz. Una sala amplia, ideal para una familia de cinco o seis personas, muebles en estilo victoriano, igual que la casa y todo el lujo de ella. Va directo al bar y sirve dos vasos de whisky.

—Paso —digo al ver que me extiende la bebida; camino hacia la extensa ventana y presiono el botón que abre las cortinas.

En cuestión de minutos, la casa está iluminada. Espero que tome el licor; tiene ambos en cada mano y se los toma rápidamente. El ruido seco que hace el vaso al tocar el mueble de madera hace eco en el silencio de la habitación.

—Ella no lo recuerda y yo... No doy para decirle que lo sucedido después yo pude evitarlo —sigue diciendo. —Yo también he estado investigando; es lo mínimo que puedo hacer por ella.

No necesita de mi reproche, aunque los tengo. Ha vivido todos estos años con la agonía de que él pudo cambiar la historia de haber llegado. Le cuento lo que Brad me contó y dice que, desde la perspectiva de Brad, fue lo que ocurrió. Que la fiesta era el cumpleaños de Bruno, la organizó su padre; recuerdo entonces por qué no me llamó a mí. Estaba de viaje con mis padres, visitaba la casa de los abuelos y duramos mucho tiempo allí. El tío Leonardo se hizo cargo de la empresa y fue, quizás, por eso que pudo convencer a la policía de no hacer nada contra su hijo.

Recibió la llamada cuando estaba con una mujer que había durado meses detrás para que le aceptara una cita. Lena le llamó desde un móvil que no registraba y aseguró que un padre de familia le dio la llamada. Se escuchaba alegre y le preguntó si había dañado algo. Lo que le llevó a pensar que la llamada era para que él no tuviera noche loca, porque ella sabía de esa cita. Había tomado de más; eran más de las once de la noche y su hermano no aparecía; que si él podría pasar a recogerla.

—Me preguntó si quería noche loca; ella estaba más que dispuesta, que sería nuestro secreto. Pensé que era una puta broma —sirve otro trago que lo pasa de la misma manera. —Colgué, diciéndole que era hora de madurar; eran casi las dos cuando vi la llamada y el correo de voz...

Se voló varios semáforos en rojo cuando llegó a la casa; el sitio estaba a reventar. Preguntó por ella y nadie le daba razón; Jack le dijo que la había visto con Bruno y un desconocido, señalándole el lugar donde le había visto irse. Casi todo el equipo estaba en la sala, bailando y tomando; cuando subió, escuchó el coro "Conti, Conti". Abrió la puerta y la habitación estaba a oscuras; solo una luz se reflejaba en mitad de ella e iluminaba a Lena. Estaba de rodillas, desnuda, y alguien al pie de ella le tenía su cabello enredado en un puño y sus pantalones en el suelo.

Apoyo todo mi cuerpo en la pared y me lamento no haber pedido ese trago. Dice que la rabia le cegó; lo primero que pensó fue en la llamada que ella le hizo horas antes y que lo que estaba viendo él lo había causado. Golpeó a quien la estaba obligando y dos brazos lo detuvieron; el ruido alertó a todos los que estaban en el pasillo del segundo piso y estos, a su vez, a los de la sala.

Los que llegaron, siguiendo el estruendo, se dieron cuenta de la situación; lo ayudaron con los hombres que lo golpeaban, luego a cubrir a Lena y lo acompañaron al hospital, donde minutos después llamó a sus padres y estos a la policía. En adelante, y los dos años que siguieron al destierro de ella, se dedicó a averiguar lo sucedido ese día.

—Es lo que hay en la mesa de noche; todo lo que averigüé en esa época. Llegué a un callejón sin salida y dejé todo así —sube las escaleras y me deja contemplando la casa.

¿Cómo puede vivir en algo tan grande sin sentirse solo? Fue el motivo por el cual no me quedé en la casa en que vivía con Caitín; eso y los recuerdos de todo lo vivido allí. Baja minutos después con un abultado sobre; desocupa la mesa del bar y va regando en él varias fotografías. Son fotos de Bruno y varias personas en esa casa en que solía hacer sus fiestas, con diversas personas abrazadas en diferentes lugares de la casa.

La gran mayoría tienen cervezas, algunas botellas de licor; otros están fumando yerba. Las empezó a recolectar luego de que ella fuera enviada lejos de sus padres. Solo Brad aparece con una botella de agua y en dos de las casi 50 fotos que tiene de ese día. No hay videos, pese a que ella insiste en que fue grabada. Zack ha pagado una fortuna por cada una de estas fotos. El ansia de apagar su conciencia lo ha llevado a querer darle una respuesta a todo lo sucedido ese día.

—Esta foto, según me dicen, es en la habitación en que todo ocurrió —señala una fotografía que me hace tomar y la miro con detenimiento. —Las declaraciones son contradictorias, pero por lo menos diez de ellos coinciden en decir que Bruno llegó con Lena y preguntó quién sería el segundo; el primero fue Brad. Uno a uno fue saliendo de la habitación y solo quedó Bruno con ella.

Solo estaban los del equipo y la chica; en eso, todos coinciden; también coincidieron en decir que llegó a la habitación con moretones y drogada. Bruno asegura que fue idea de ella llegar a la habitación y que decía que sí a todo lo que él le decía. Decían, además, que toda la fiesta la pasó hablando o bailando con varios chicos que no son de la universidad y en conductas raras. Sin embargo, las fotos la muestran siempre con un cóctel en la mano y con su sonrisa acostumbrada.

—¿Quién tomó la foto de la habitación? —pregunto.

Todos los del equipo están distribuidos en los sillones y otros cuatro en la cama de dos por dos que está en medio de la habitación. Solo hace falta Brad, pero él insiste en que no se quedó en esa habitación y el entrenador lo corroboró. Sí, hablé con el hombre, quien dijo que fue a cuidarlos, pero, al ver adultos en la fiesta, no pensó que requería más supervisión. Tenían, al otro día, un partido importante y no querían que ellos llegaran con cruda.

—Bruno; solo había una cámara permitida y era la de Bruno; dijo que solo él podría tocarla porque era costosa y ellos jamás tendrían cómo pagarla —pero Bruno estaba en todas las fotos, pienso al ver las demás. —Quizás fue el hombre que todos dicen que estaba allí. Nadie sabe quién es o quién lo invitó; solo llegó a la fiesta, manoseó a una que otra chica y se metió en líos.

No fue sacado, pese a que ellas se quejaron con el organizador de la fiesta (Bruno), quien solo dijo que estaba borracho y que era un familiar suyo. La gran mayoría asumió que se trataba de mí, y por eso lo dejó pasar.

—¿Bruno era el que...?

—No estoy seguro, viejo; ella dice que él estaba allí y, de hecho, sí... A Lena le hicieron exámenes; no la tocaron —lo observo sin entender y asiente. —La obligaron a hacer de todo a ellos, la manosearon... Pero penetración, como tal, no hubo. La vieron como una chica que tomó y se drogó, provocó a todos allí. Nunca pidió ayuda o gritó y alguien de tu familia, se decía que tu padre, llamó a la estación, habló con el jefe y dijo que Bruno estaba dispuesto a pagar con labor social...

—No tienes idea de la impotencia que me causa; el tío Leonardo no sabe dónde está. Se ha estado ocultando y no... —aprieto ambas manos en un puño y niego con la cabeza. —Cuando lo tenga en mis manos, lo mato.

Zack no dice nada y se limita a verme en silencio por un tiempo. Mientras, yo observo todas las fotos en silencio; ella no habla de lo ocurrido. Que no le creyeran hizo que se cerrara en sí misma y no volviera a contar la historia. Zack pone una mano en la fotografía del equipo en esa habitación y eso me hace verle.

—Dos cosas me han puesto a pensar en estos días; una es que, si yo llegué antes de tiempo y por eso no la dañaron, o Bruno, con ese tipo, eran muy listos y no tocarla fue a propósito para no dejar huella —saca de su bolsillo un documento arrugado y lo abre en la mesa ante mí. —La otra fue anoche; el líquido de la botella de Lena es el mismo que encontraron en su organismo esa noche.

Leo el papel, una copia de la historia clínica de hace once años, y recuerdo lo que las autoridades me dijeron. Es el mismo documento; ninguno de los dos dice o hace algo más. Dejo todo en sus manos y le prometo ir contándole lo que vaya encontrando y él hace lo mismo.

Una vez en el edificio, encuentro a Alana esperándome, sentada, con unos planos en la mano. Mi mente divaga, buscando algo que yo le haya encargado hacer y no encuentro nada sobre ello.

—Buenos días, Paola —saludo, como si no la hubiera llamado hoy a las seis y despertado.

—Buenos días, señor; no tiene reuniones pendientes hasta las once —asiento y sonrío a Alana.

Abro la oficina y le hago espacio para que entre y, una vez cierro, empieza el interrogatorio. Ya decía yo que tanto silencio, luego de recibir las rosas y los chocolates, era sospechoso.

—¿Por qué ayer eran nueve y hoy diez? —pregunta, una vez le doy el frente.

Tiene los brazos en jarras, las mejillas coloradas y ese mechón de su cabello que insiste en ser rebelde. Me acerco a ella y retrocede hasta llegar al escritorio; paso una mano por su cintura, impidiéndole, así, que se aleje de mí.

—Puede que hicieras algo para ganarte esa rosa —respondo y niega.

—Necesito una respuesta; esa no me satisface —no descansará hasta que le diga el motivo de ese acto. —Sé que tienes un mo...

Le callo con un beso y, como suele ocurrir cada que lo hago, no me es suficiente uno sencillo. Me está costando ser caballero y decente cuando lo que deseo es alzarle esa falda y hacerle el amor allí mismo. Es su rostro tierno y el recordatorio de lo sufrido ese día lo que me hace detenerme. Estaba pensando en una ocasión especial; quizás uno de esos libros que leía me daría una idea.

Después de todo, el aumento de las rosas todas las semanas salió de uno de ellos. La pregunta que me hacía era: ¿por qué no lo recordaba?

—No seré sobornada con un beso —se queja al alejarme de ella.

—¿Y con dos? —pregunto, inocente, y sonrío. —¿O muchos?

—Quizás... No sé; necesito una prueba...

El sonido de mi móvil nos obliga a separarnos un instante, pero me niego a soltarla o que se vaya, que es lo que veo que quiere hacer. Es un número desconocido y, al levantar la llamada, una voz que conozco me hace sonreír.

—Espero no interrumpir nada, Russo —la voz de Ángelo me hace resoplar y me obliga a decirle a Lena que es él, porque me mira intrigada.

—Tus hombres no han llegado —me quejo.

—Allí están, solo que no es bueno que te vean con ellos —me aclara. —La mujer que te violó todas las noches y por una semana existió; se llamaba Rebeca Wood. Su cuerpo fue encontrado flotando en el mar; mis hombres han estado investigando. Han llegado a la conclusión de que lo que sucedió con Alana y a ti lo hicieron las mismas personas, por cosas distintas.

—¿Alguna idea de quiénes son y por qué?

—Vamos por partes, Russo; por ahora, solo te pido que los dejes trabajar a ellos. Meter tus narices puede hacer que dañen a la chica —cuelga la llamada y soy observado por Alana con rostro preocupado.

—¿Quién era? —pregunta, preocupada, y hago que se siente, porque sé lo que le afecta hablar sobre eso.

—La mujer que entraba en mi habitación existe —le digo y asiente, con rostro pálido. —Se llamaba Rebeca Wood. ¿La recuerdas?

Quita sus manos de las mías y se abraza a sí misma; segundos después, empieza a llorar. Se pega a mí sin dejar de hacerlo, mientras murmura.

—Mi hermano y ella trabajaban juntos; él no pudo recogerme y la mandó a ella... —lo que me narra después me hace abrazarla fuerte y no querer soltarla. —Ella me entregó a Bruno y le dijo que Brad había estado conmigo; no fue verdad, tampoco escribí esos mensajes y menos los provoqué; debes creerme.

—No tienes que decirlo, cielo; sé que no es verdad —le digo y la alejo para que me vea a los ojos. —¿Quiénes eran los adultos que estaban ese día? —me mira un instante antes de responder.

—Solo había uno... Leonardo Conti, tu tío.

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