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Capítulo 9

Emma

Emma observaba la mirada perdida de Pierre, vidriosa y ausente, y un suspiro pesado escapó de sus labios. Se ve muy mal, pensó con el corazón apretándose en su pecho. Debía encontrar la manera de sacarlos de aquel lugar, de ese infierno de paredes húmedas y aire cargado de miedo.

—Promete que buscarás a Alessandro y le darás la carta —murmuró Pierre, su voz quebrada como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano.

—Shhh... intenta descansar —susurró Emma, acercándose más a él en la penumbra—. Tú mismo le dirás a tu hermano todo lo que desees decirle. Pero primero, debemos encontrar la manera de salir de aquí.

Callaron por un momento, aguzando el oído. En el piso superior, el sonido de botellas chocando y risas groseras se filtraba a través del techo. Parecían estar celebrando, como si alguien les hubiera pagado algo.

—¿Crees que pagaron el rescate? —preguntó Pierre, arrastrando las palabras.

—No lo sé —respondió Emma, apretando los puños—. Pero si siguen bebiendo, dentro de poco estarán demasiado borrachos para vigilarnos. Esta podría ser nuestra única oportunidad.

Vio a Pierre esforzarse por incorporarse, apoyándose contra la pared fría mientras intentaba mantenerse alerta. Cada movimiento suyo era lento, doloroso, como si su cuerpo estuviera hecho de cristales rotos. Emma se acercó más y, con dedos temblorosos, le acarició el cabello enredado y sucio.

Había perdido la cuenta de cuántos días llevaban encerrados en aquel sótano maloliente. Tampoco recordaba cuántas veces los habían golpeado. La mayoría de los golpes los había recibido ella, interponiéndose entre Pierre y sus captores, incapaz de soportar ver cómo lo lastimaban.

Estaban lejos de la ciudad, eso lo sabía. Por las mañanas, cuando el silencio era menos opresivo, alcanzaba a escuchar el canto distante de los pájaros y el ladrido ocasional de un perro. El bosque, dedujo. Un lugar perfecto para esconder a dos personas que nadie encontraría.

El rostro de Emma, marcado por moretones y cortes, se contrajo de dolor al mirar a Pierre. Su piel, antes sonrosada y llena de vida, ahora estaba pálida bajo la suciedad y la sangre seca. Una herida en su costado seguía supurando, manchando su camisa rasgada. Lo peor eran sus ojos: esos ojos azul grisáceo que solían brillar con vivacidad ahora parecían opacos, apagados por el dolor y la desesperanza.

La comida era escasa. Les daban agua en un recipiente sucio y, de vez en cuando, un trozo de pan duro que Emma escondía para dárselo a Pierre. Ella, criada en la pobreza entre gitanos, estaba acostumbrada a pasar hambre. Pero Pierre... Pierre era un hombre de cuna de oro. Se notaba en su postura erguida, en su nariz fina y respingada, en su acento italiano pulido. Hasta sus manos, con dedos largos y suaves, delataban que jamás habían conocido el trabajo rudo.

Por primera vez en su vida, Emma agradeció la dura educación que su padre le había dado. El menor de siete hermanos, su infancia no había sido feliz. Su padre, un gitano estricto, la había criado con puño de hierro, enseñándole a pelear, a defenderse, a soportar el dolor. "El mundo es cruel con los débiles", le decía. "Solo sobrevive el más fuerte". En ese entonces, lo había odiado por ello. Había odiado a su madre por no protegerla, a su sangre gitana por condenarla a una vida de restricciones, a las costumbres absurdas de su clan.

Recordó el día en que Samantha llegó a su vida, como un rayo de sol en medio de la tormenta. Fue su amiga quien la animó a ahorrar, a soñar con escapar, a huir lejos de ese infierno. Pero el destino era cruel. Ahora, años después, estaba otra vez sumida en la miseria, en otro lugar, pero miseria al fin, al lado de un hombre que se consumía lentamente, un hombre que no merecía esto.

Maldijo su suerte. Maldijo el día en que decidió venir a Nueva York en busca de un futuro mejor.

Su mente vagó hacia Antwan, su jefe. ¿Estará buscándome?, se preguntó. Pensó en su familia, en si alguien habría notado su ausencia. En Jason y Alex, sabía que ellos sí estarían moviendo cielo y tierra para encontrarlos. Y en Nick...

Se dio cuenta de que, a pesar de los meses de conversaciones íntimas en el bar, apenas sabía nada de él. Nunca habían intercambiado apellidos ni números de teléfono. No había sido necesario; siempre se encontraban en el mismo lugar, en la misma mesa. Se habían distanciado cuando él supo de su compromiso, aunque nunca le explicó las razones. Antwan le había sugerido alejarse del bar, y ella, tonta, había obedecido.

Su última noche allí había terminado en pesadilla. Había salido del local acompañada de Pierre, riendo, sin ver el peligro que los acechaba. Los hombres los superaban en número. Por más que pelearon, fue inútil.

Un quejido de Pierre la sacó de sus pensamientos. Lo sintió moverse, retorciéndose de dolor, y sin pensarlo, comenzó a cantar suavemente, una canción de cuna gitana que su madre le tarareaba en las noches frías. Mientras la melodía llenaba el sótano, Emma siguió acariciando el rostro de Pierre, como si sus dedos pudieran borrar cada herida, cada marca de sufrimiento.

Tiempo después

Todo estaba en silencio. Un silencio espeso, cargado de tensión, como si el aire mismo contuviera la respiración. Emma vio a su amigo levantarse con dificultad, cada movimiento una batalla contra el dolor. Con paso vacilante, Pierre se acercó a la puerta, y para sorpresa de ambos, esta cedió bajo su empuje.

Cuando él volvió la mirada hacia ella, Emma sintió que el corazón le daba un vuelco. Por primera vez en mucho tiempo, esos ojos azul grisáceo brillaban con la chispa de vida que tanto había extrañado. Pierre le hizo señas para que se quedara quieta, pero ella, incapaz de obedecer, se levantó con cautela. Lo vio salir, tambaleándose como un marinero en medio de una tormenta.

Los segundos que pasaron hasta su regreso se le antojaron horas. Cuando finalmente reapareció, su rostro estaba contraído por el dolor, pero en sus gestos había una urgencia febril.

—Vamos, están todos dormidos —susurró con voz ronca—. Y dejaron la puerta principal abierta.

Emma no lo pensó dos veces. Rodeó la cintura de Pierre con un brazo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo su contacto. Juntos, avanzaron con la lentitud de quienes saben que un solo ruido podría despertar a sus captores. No se detuvieron a mirar los rostros de aquellos hombres; Emma los conocía demasiado bien, cada cicatriz, cada gesto de crueldad. En ese momento, lo único que importaba era escapar.

Una vez fuera, Pierre intentó orientarse, pero Emma lo detuvo con un apretón en el brazo.

—Debemos rodear el lugar —murmuró, escaneando la espesura con ojos de halcón—. Cuando despierten, será lo primero que revisen. Tenemos que ir por el camino empedrado; jamás pensarán que tomamos esa dirección. Para cuando se den cuenta, estaremos lejos. Tal vez... tal vez a salvo.

Varias horas después...

Acurrucados en un rincón de la espesura, Emma sintió que alguien la observaba. No había escuchado pisadas, ni ramas romperse, pero la sensación era innegable: una presencia que helaba la sangre.

—Vaya, al fin despiertas —dijo una voz que no debería existir.

Emma giró la cabeza, y el mundo pareció detenerse. Allí, sentado sobre una roca musgosa como un espectro surgido de sus peores pesadillas, estaba él. Alto, delgado, tan real como imposible. Aunque su rostro seguía siendo una sombra, sabía que la miraba. Lo sabía cómo sabía el latir de su propio corazón.

—¿Qué quieres? —escupió, con un desprecio que ardía como ácido.

—Sabes lo que quiero —respondió, mostrando una hilera de dientes blancos en una sonrisa que no llegaba a los ojos—. ¿Pensaste que huyendo de la aldea podrías escapar de mí?

Negó con la cabeza, lenta, deliberadamente, antes de alzar una mano. Con el dedo índice trazó un corazón en el aire y luego lo aplastó contra su propio pecho. Emma contuvo el aliento. Nunca le había hecho daño físico, pero sus palabras eran cuchillos que cortaban más profundo que cualquier arma.

—Somos uno mismo —susurró, y la voz le resonó en los huesos—. No puedes huir de lo que eres. ¿O acaso lo has olvidado?

Emma apretó los puños hasta sentir que las uñas le clavaban en las palmas. De reojo, comprobó que Pierre seguía inconsciente.

—Lárgate —masculló, pero la figura solo rio, un sonido que heló el aire alrededor.

—No puedo. Ya te he dado demasiado tiempo. —Señaló a Pierre, cuyo cuerpo ensangrentado parecía cada vez más pálido—. Tu amigo necesita ayuda, ¿no? Podría guiarte... pero no será gratis.

Emma desvió la mirada hacia Pierre. Tenía razón. La herida en su costado supuraba, y sus labios estaban teñidos de un azul inquietante. Cuatro días sin atención médica, recordó con un nudo en la garganta.

De repente, la voz susurró junto a su oído, tan cerca que sintió el aliento frío:

—Por allá —indicó, señalando hacia el este, donde la vegetación era más densa—. Es tu única salida.

Emma se irguió de golpe, buscándolo, pero ya no estaba. Solo quedaba el eco de su risa y una elección imposible.

—Pierre, levántate —dijo, sacudiendo suavemente al hombre—. Debemos movernos antes de que oscurezca. Vamos por el este.

Con esfuerzo, lograron avanzar. La herida de Pierre supuraba, y cada paso suyo era más lento que el anterior. Cuando finalmente divisaron el camino pedregoso, Emma casi cayó de rodillas. A lo lejos, los faros de un vehículo cortaban la penumbra.

—Por favor, que no sean ellos —rogó en silencio.

El auto redujo la velocidad. Un hombre rubio asomó la cabeza, iluminándolos con una linterna.

—¡Dios mío! ¡Son ustedes! —exclamó, bajándose a toda prisa—. Soy Vincent, amigo de Jason. Él me envió a buscarlos.

Mientras ayudaba a subir a Pierre a la camioneta, Vincent le tendió un teléfono.

—Será mejor que sea usted quien le dé la noticia —dijo, arrancando el vehículo—. Y dígame a qué hospital ir. No podemos perder tiempo.

Emma tomó el dispositivo con manos temblorosas. No supo por qué eligió marcar a Jason primero, pero cuando escuchó su voz al otro lado, algo se quebró dentro de ella.

—¿Vincent? ¿Por dónde vienes? Debemos aprovechar la noche —decía Jason, con tono urgente.

—¿J? —logró articular, y entonces lo oyó: un sollozo ahogado, un temblor de alivio.

—¡Emma! ¡Dios mío, preciosa! —La voz de Jason se quebró—. ¿Dónde están? ¿Estás bien? ¡Por favor, dime algo!

—Vincent nos encontró en la carretera —respondió, mirando a Pierre, que había perdido el conocimiento de nuevo—. Pero Pierre está muy mal. Necesitamos un hospital.

Del otro lado, escuchó a Jason repetir la información a alguien más, seguido de exclamaciones y llanto.

—¡Ve a la clínica de mi padre! —ordenó Jason—. Que entren por la puerta de servicio. La cerraré para que nadie los moleste. Emma, dime cómo están las heridas.

—Pierre tiene una puñalada profunda en el costado derecho —respondió, conteniendo las lágrimas—. Ha perdido mucha sangre y no deja de llamar a alguien... a una "María".

—Pásame a Vincent —interrumpió Jason, con voz firme—. Necesito darle indicaciones exactas.

Emma obedeció, pero antes de soltar el teléfono, apretó la mano de Pierre, que por un momento había agarrado la suya con fuerza.

—Todo estará bien —murmuró, besando su mejilla fría—. Pronto estaremos a salvo.

Pero Pierre ya no la escuchaba. Había caído de nuevo en la inconsciencia, dejándola sola con el peso de una promesa que tal vez no podría cumplir.

Jason

El teléfono vibró en su mano como un latido desesperado. Jason apenas tuvo tiempo de leer el nombre en la pantalla antes de que sus dedos, temblorosos por la adrenalina, aceptaran la llamada.

—¿J?

La voz de Emma atravesó la línea como un rayo de luz en medio de la tormenta. Jason sintió que el aire le quemaba los pulmones.

—¡Emma! ¡Dios mío, preciosa! —Las palabras le salieron entrecortadas, mezcladas con un sollozo que no pudo contener—. ¿Dónde están? ¿Estás bien? ¡Por favor, dime algo!

Mientras escuchaba su explicación —Vincent, la carretera, Pierre herido—, sus piernas cedieron. Se dejó caer contra el capó del auto, sintiendo el metal frío a través de la camisa. A su alrededor, las voces de Alex y los demás se convirtieron en un murmullo lejano. Solo existía esa voz, ese hilo frágil que lo unía a ella después de días de infierno.

—Pásame a Vincent —logró decir al final, con una firmeza que no sentía.

Al colgar, el mundo volvió a enfocarse. La noche olía a lluvia reciente y a gasolina, pero en ese momento le pareció el aroma más dulce del mundo. Alex lo miraba con los ojos brillantes, esperando.

—Están vivos —fue todo lo que Jason pudo articular antes de que su Alex lo abrazara con fuerza.

En la radio, los primeros acordes de I Don't Wanna Miss A Thing de Aerosmith llenaban el espacio cerrado del auto, envolviéndolo en una mezcla de nostalgia y dolor.

"I could stay awake just to hear you breathing..."

La letra le golpeó como un puño en el pecho. Cuántas veces había estado con Emma, escuchando su risa, viendo cómo sus ojos brillaban bajo las luces del atardecer, y nunca había encontrado el valor para decirle lo que realmente sentía.

"I don't wanna close my eyes, I don't wanna fall asleep..."

Jason se rio, un sonido ronco que llevaba días atrapado en su garganta. Subió al auto con paso ligero, dejando que la música lo envolviera. "I don't wanna close my eyes, I don't wanna fall asleep..."

Mientras aceleraba hacia ellos, con la melodía aún sonando y el corazón latiéndole como un tambor, supo que esta canción sería su himno desde ahora. Porque le había traído de vuelta a ella.

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