Capítulo 17
Sofía observaba a su jefa en la cafetería con curiosidad. Emma jamás frecuentaba ese lugar. Unos decían que no le gustaba socializar con el personal; otros, que el sitio le parecía vulgar.
Los rumores sobre Emma Bradford abundaban en el edificio: que tenía un pacto con el diablo, que su cuerpo estaba cubierto de tatuajes por haber sido prostituta, que fue cantante, que era amante de Alessandro... Todo para explicar su cercanía con la familia y su rápido ascenso.
Sin embargo, Sofía, que la conocía un poco, podía afirmar que Emma era una mujer de astucia e inteligencia casi sobrenatural. Perfeccionista e implacable en los negocios, aunque de pocas palabras y semblante severo, jamás alzaba la voz. Poseía un autocontrol que Sofía envidiaba. Ni siquiera Sara, la esposa de Alessandro, lograba sacarla de quicio con sus constantes ofensas.
Trataba al personal con respeto y mostraba una nobleza inusual. Sobre los tatuajes, Sofía no sabía mucho, aunque sospechaba que el rumor surgió porque Emma nunca usaba escotes o prendas que mostraran más que sus manos y parte de los brazos. Sus compañeros siempre la presionaban para obtener información sobre la misteriosa CEO.
Emma había sido fundamental cuando Sofía comenzó su independencia, por lo que le guardaba gratitud y discreción absolutas. Ahora, al verla sola en la cafetería, dudaba entre acercarse o pasar de largo. Esa mirada azul y penetrante la intimidaba; cuando Emma Bradford fijaba sus ojos en alguien, parecía leer sus pensamientos.
Con pasos lentos y la bandeja en manos, Sofía vio a Estela y Josep llamarla. Al pasar junto a la mesa de su jefa, le hizo un leve gesto de saludo. Para su sorpresa, Emma respondió levantando el pulgar con una media sonrisa. El simple acto causó revuelo en la cafetería; la presencia de la CEO ya era evento suficiente, pero que sonriera resultaba excepcional. Sofía, sin darse cuenta, soltó el aire que contenían sus pulmones y se sentó frente a sus amigos, preparada para el inevitable interrogatorio.
—Hoy tenemos una pregunta para ti —anunció Josep con sonrisa pícara—. Hay una apuesta de por medio, y tú serás la juez.
—Buenas tardes para ti también, Josep —respondió Sofía, arqueando una ceja con ironía.
—Vaya, la pequeña cada vez se parece más a su jefa —comentó Estela.
Sofía resopló. ¿Nunca se cansarán de los chismes?, pensó. ¿Acaso no les basta con tener a una mujer competente al frente de la empresa?
—Adelante, soy toda oídos —dijo, apoyando los codos en la mesa y la barbilla en las manos.
—Verás —explicó Estela—. Josep y los chicos se preguntan cuánto tiempo más ocultará sus sentimientos nuestro verdadero jefe, Frederick. Vamos, Sofi, el pobre está perdidamente enamorado.
Sofía bajó los brazos y se concentró en su almuerzo, ignorando el comentario.
—¿Nada que decir? —insistió Josep—. Trabajas con ella, eres la más cercana. Debes haber notado cómo la mira Frederick.
Sofía se encogió de hombros.
—Me pagan para trabajar, no para desmentir rumores. La vida privada del señor Frederick y la señorita Emma es exactamente eso: privada. Además —añadió, clavando el tenedor en el plato—, Frederick es así con todos: atento y formal.
Estela lanzó una carcajada que resonó en la cafetería.
—¡Es una simple empleada y recibe demasiada atención! —dijo Josep.
—Se equivocan —replicó Sofía, señalándolos con el tenedor—. La señorita es socia de Frederick. En todo caso, si fueran pareja, harían buena combinación, ¿no creen? —Concluyó retomando su almuerzo, dando por terminado el tema.
Y era cierto. La señorita era una mujer de casi 1.80 de estatura, con un cuerpo bien formado: caderas anchas y cintura estrecha. Tenía una figura digna de cualquier modelo, aunque no era delgada. Su musculatura definida revelaba horas de entrenamiento. Por su parte, el doctor Frederick superaba el 1.90, con pelo rubio, ojos verdes y una sonrisa encantadora. Juntos habrían formado la pareja perfecta. En algo sí acertaban: el jefe sentía algo por la señorita, pero de ella no saldría ni una palabra...
—Por Dios, Sofi, ¡qué buena pareja harían! Lástima que ese ángel se fije en tu jefa...
Sofía apartó las manos del rostro, se levantó lentamente y apoyó las palmas en la mesa, inclinándose hacia sus amigos. Josep retrocedió instintivamente. Aunque Sofía era una rubia de ojos verdes normalmente alegres, en ese momento su mirada se había oscurecido de ira. Curiosamente, Estela seguía sonriendo, ajena al cambio.
—¿Qué pasa, Sofi? ¿No te gusta que digan la verdad sobre tu jefa? ¿Acaso crees que es un ángel caído del cielo?
Sofía iba a responder cuando una voz conocida resonó detrás de ella. Mierda... y más mierda, pensó.
—Tiene razón, señorita Write... Yo no caí del cielo. Subí del infierno.
El silencio se apoderó del lugar. Sofía giró lentamente, no sin antes lanzar una mirada de reproche a sus amigos.
—Me intriga el tema de su conversación. —continua diciendo su jefa— Si tienen dudas sobre mi vida privada, Sofía no es quien debe responderlas. Invito a lanzar sus preguntas directamente. Prometo satisfacer su curiosidad, si con eso dejan en paz a mi asistente.
Josep palideció. Abrió la boca, pero solo salieron balbuceos. De no ser por la tensión del momento, Sofía habría disfrutado el espectáculo.
—Yo... nosotros... —tartamudeó Josep, paralizado bajo la mirada gélida de Emma. Sofía conocía esa expresión: indescifrable, pero capaz de extraer verdades.
Luego, Emma clavó sus pupilas dilatadas en Estela. El habla pausada y esa mirada no presagiaban nada bueno. Estela se removió en la silla, logrando sostener el contacto visual solo unos segundos.
—¿Y bien? Espero respuestas. —El silencio en la cafetería era absoluto.
—No volverá a ocurrir, señorita —logró articular Josep.
—No prometa lo que no puede cumplir, señor Restrepo. Menos por otros. —Emma no apartaba los ojos de Estela—. Ambos sabemos que esto se repetirá. Solo exijo que dejen a Sofía fuera de sus chismes. —Su mirada abarcó a todos los presentes— ¿Queda claro? ¿Me explico?
Sofía sonrió con suficiencia. Se lo merecían por hablar sin saber. Recogió sus cosas.
—Tenemos trabajo pendiente, Sofía. Vámonos.
Emma giró y caminó hacia la salida. A mitad de camino, se detuvo y habló por encima del hombro:
—Un último consejo: "Quien dedica tiempo a mejorarse a sí mismo, no lo tiene para criticar a otros".
Todos respiraron al verla salir, seguida por una Sofía cabizbaja y nerviosa. Nunca había recibido una llamada de atención, pero algo le decía que hoy sería la excepción.
Debí confiar en mi instinto y sentarme con ella, pensó. No... mejor debí quedarme en casa.
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